G. CHRISTOPH LICHTENBERG
58. LA PIPA DE TRISTAN CORBIÉRE
En uno de los primeros días de junio acompañamos a Jindfich Hofejsí hasta su tumba del cementerio de Vysehrad. Cuando regresábamos, el tranvía nos dejó en la calle Myslíková, donde teníamos que hacer el transbordo. Esperamos unos minutos en la parada. Entonces fue cuando Hora me propuso pasar por Túmovka, un viejo café que estaba a la vuelta de la esquina, al final de la calle Lazarská. Horejsí iba allí cada día. En cierta época, nosotros también.
En la mesa situada junto a la ventana, donde se sentara a lo largo de años, colocando delante de sí sus libros y papeles, encontramos a su buen amigo Karel Konrád. Estaba solo y en su interior estaba entonando ya un pequeño réquiem a la voz de ruiseñor, expectante de que alguien se le uniese.
Cuántas veces encontré, durante los años pasados, a Hofejsí trabajando aquí. Los encargos de traducciones solían ser urgentes. Las más de las veces se trataba de obras francesas para el Teatro Nacional. Pero se equivocaría quien pensase que le molestaba si alguien le interrumpía o incluso se
sentaba a su mesa. El tumulto y el humo, el ambiente típico de un café antiguo y popular, eran indispensables para que él pudiese trabajar. Se había acostumbrado a aquel café. Traducía de prisa y seguía escribiendo, a la vez que contestaba a las preguntas de sus amigos, sentados a cierta distancia. Nada le importunaba. Se tomaba un café solo tras otro; a veces alternaba el café con una jarra de cerveza y fumaba sin parar. Por la tarde llegaba a tomarse una decena de cafés. Y por la noche, ya no le quedaba nada para la cena.
Pero cuando estaba traduciendo poesía, se comportaba de una forma completamente distinta. En aquellos momentos nadie se atrevía a molestarle. Estaba irascible, nervioso, y todo el mundo optaba por dejarlo en paz. Encendía un cigarrillo con la punta del otro y permanecía absorto en sus pensamientos. La poesía no es una broma, decía; es algo terriblemente importante. La poesía es más importante que el puente sobre el valle de Nusel. En aquella época los periódicos habían entablado una discusión gratuita acerca de aquel puente.
Era, junto con Dyk y Capek, uno de aquellos traductores que le exigían a la traducción de un poema, además de su personalidad, una equivalencia absoluta con el original. Si al lector se le tapaba el nombre del autor, no debía sospechar que se trataba de una traducción, según su teoría. Nada debía recordarle que los versos habían rebasado el área de su idioma original para encontrarse, no sin cierto esfuerzo, pues toda traducción es un esfuerzo, en un reino lingüístico distinto. Con este criterio juzgaba Hofejsí la calidad de una traducción. Le gustaba Hanus Jelínek, pero no aceptaba varias versiones de Vrchlicky de Vítézslav Nezval. En su opinión, estos dos poetas traducían con excesiva libertad e insertaban en sus versiones demasiado de su propia personalidad. A menudo, desgraciadamente, cosas menos deseables aún. A veces la prisa, a veces la negligencia y la superficialidad.
¡Hay que ver esos franceses!, añadía. Mientras a ellos se los traduce con amor, ellos vierten a poetas extranjeros tan sólo en una miserable prosa. ¡El propio Baudelaire, que sí que estaba enterado de la reforma poética, traducía al maravilloso Poe únicamente en prosa!
El checo es un idioma espléndido. Se puede traducir al checo cualquier cosa, no sólo sin detrimento para la forma del original, que no es tan difícil, sino también conservando la fuerza de la expresión poética. El checo domina la poesía del autor más complejo. Aunque hace pensar mucho. Éstas eran sus palabras.
A Hofejsí no le gustaban las rimas fáciles y gastadas. La rima debe posarse sobre el verso como una mariposa se posa sobre una flor. Y eso no es fácil. El lo conseguía muchas veces al cien por cien.
Entre los poetas que traducía, le gustaba mucho Rictus, pero el que más le gustaba era Corbiére. A menudo reproducía, con una coquetería leve y bien oculta, su pose literaria.
El arte no me conoce a mí, yo no conozco el arte, contestaba junto con Corbiére cuando le preguntábamos sobre sus propias poesías, para las que le quedaba muy poco tiempo. Cuando un camarero se le dirigió preguntándole qué iba a tomar, citó al poeta: «¡Tengo todos los deseos y ni un solo franco!»
Le encontré en la presentación de una selección de Los amores amarillos, que más tarde fue publicada por Melantrich. Me leyó unos poemas, pero el que él prefería era el dedicado al poeta y su pipa, que también había traducido.
... Cambio el firmamento del cielo por la oscuridad, la mar, el desierto y los milagros. El turbio
ojo se les adhiere...
¡ Ya en el otro mundo gira el alma, la vergüenza de su vida! ...Yo me apago. —El se duerme.
Duerme, sin más: Yo arrullaré a la Mariposa Nocturna. Goza de tu sueño hasta que termine... ¡Pobrecillo mío!... Si el humo lo es todo,
Será verdad que todo es humo...
no decía nada. Metió la mano en el bolsillo y me tendió una pipa.
—Cójala. Es de París. La compré en un bar de Montparnasse a un marinero borracho. Es probable que la pipa haya pertenecido a Tristan Corbiére.
La pipa tenía un aspecto en cierto modo inusual y obsceno y llamaba la atención. Cuando, unos días más tarde, la enseñé en Slávia, Nezval manifestó un entusiasmo desmedido. Le gustaba todo lo sobrenatural, todo cuanto rayaba en lo trascendental; era metafísico, absurdo e imposible, y me convenció de que la pipa podía haber pertenecido realmente al propio Corbiére. Esas cosas ocurrían, y no en vano Corbiére había sido poeta del mar y marinero. Clavó en la pipa una mirada tan codiciosa que no lo dudé: le pedí que no se lo dijera a Horejsí y le regalé la pipa.
¡Me gustaría saber quién la tiene ahora y quién fuma en ella!
Bastantes cavilaciones le costó a Hofejsí el nombre del marinero Hrbác (Jorobado), al que Corbiére había dedicado un poema largo y solemne. El marinero tenía un apodo que era el nombre de una pista alquitranada dividida en dos que se utilizaba para la construcción de barcos. En vano buscaba en checo una palabra específica que tuviese este significado, hasta que alguien le aconsejó pasar por la taberna del marinero Pepek en Vinohrady. Allí se reunían los marineros checos después de surcar todos los mares del mundo. En efecto, cuando explicó a uno de ellos, que acababa de regresar de Tolón, de qué se trataba, supo que aquella pista en checo se llamaba dvouítrán. Volvió a casa rebosando alegría. Tenía nombre para el protagonista del poema y, en voz baja, se alabó a sí mismo: «¡Si Corbiére lo supiera!»
Sucedía a veces que por la noche, ya tarde, al guardar sus papeles y libros en su carpeta, y cerrar la estilográfica, tenía que llamar en voz baja al dueño: «¡Señor dueño, sin pagar!» Después el dueño contaba los cafés, cervezas y cigarrillos, lo apuntaba todo en la cuenta que metía en la separación correspondiente de una cartera tan abultada que no le cabía en el bolsillo del pecho y tenía que llevarla en el de atrás del pantalón. Entonces salía Hofejsí del café al aire libre.
Pero no iba lejos: entraba en la taberna de Kuman, situada debajo de la torre de la Ciudad Nueva, al final de la calle Vodicková. Desde Túmovka hasta allí había unos cien pasos.
Íbamos allí con cierta frecuencia. En aquel lugar se encontraban los personajes más variados de toda Praga. Los bebedores de vino y los abstemios disfrutaban allí por igual de sus comidas con cebolla y mostaza.
Justo enfrente de Kuman tenía su vieja farmacia Jaroslav Bednáf, farmacéutico y poeta. Allí mezclaba y preparaba no sólo medicinas, sino también poemas, igualmente empapados, hasta después de mucho tiempo, de los misteriosos aromas de la vieja farmacia.
Una vez en que Bednáí tenía guardia nocturna, Hoíejsí llamó a su puerta e introdujo por la ventana para los clientes nocturnos, protegida por una persiana, un papel en que había escrito con mayúsculas: «POLVOS CONTRA EL SUEÑO.»
Y un instante después apareció en la ventana la mano de Bednáf con veinte coronas.
Cuando Horejsí se casó, estábamos seguros de que acabaría por abandonar su mesa en la cafetería. Le conocíamos poco. No la abandonó. Tuvo una hija. Pero no estaba muy hecho a la vida matrimonial. No lo sé con exactitud, pero había oído decir que su matrimonio no fue ni apacible ni demasiado feliz.
Así nos entregábamos a los recuerdos, sentados en su mesa de siempre, ya abandonada. Cuando nos levantamos, Karel Konrád me dio una palmadita en el hombro y, ceremonioso, me pidió que hablase también sobre su tumba, como había hablado en Vysehrady.
—Ha sido hermoso y conmovedor. Una señora que estaba a mi lado me dejó toda la manga empapada de lágrimas, después del funeral.
Para no estropearle el sombrío chiste, se lo prometí, poniendo una cara seria, de circunstancias, y estrechándole la mano.
Treinta años más tarde, en diciembre del año 1971, cumplí la promesa que le había hecho a Konrád.