G. CHRISTOPH LICHTENBERG
38. UNA RODAJA DE SALCHICHÓN HÚNGARO
Ver un camión de mudanzas delante de una casa de Zizkov era lo más común. A los habitantes de allí les gustaba cambiar de residencia. Se peleaban con los vecinos y en seguida se iban. O no se ponían de acuerdo con el propietario y a la semana siguiente aparecía delante del portal un camión enorme y torpe. Nosotros también nos habíamos mudado varias veces. No por esta clase de desacuerdos, sino para mejorar, un poco, y otras veces por el contrario, en busca de un piso más barato. Según las circunstancias de la vida. Durante varios años vivimos en una bonita casa nueva
de la avenida Carlos, muy cerca de Sklenáfka, que así se denominaba el edificio de la esquina, con su torrecita visible desde todas partes. De hecho, nuestra casa estaba unida con aquel edificio, en cuya esquina había un restaurante. Era difícil encontrar lugares sin bares o restaurantes en Zizkov. En cada cuarta o quinta casa había alguno. En nuestras cercanías más próximas se encontraban cuatro cervecerías, dos hoteles y dos tabernas. A una de ellas solía ir en el pasado el poeta Jaroslav Vrchlicky. Sé por qué. Pero no lo diré.
Que la casa donde vivimos durante varios años era una de las mejores es evidente por el hecho de haber allí una charcutería. La tienda no era grande, pero nos perfumaba toda la casa. El olor nos golpeaba en la nariz incluso cuando caminábamos por la acera de enfrente y alguien abría la puerta. Yo inhalaba con placer aquel soplo de aire que surgía de la tienda. Era un cóctel exótico de toda clase de buenos olores mezclado de tal manera que formaba una atmósfera única y característica, común a las charcuterías de todos los tiempos. Así olían también las demás charcuterías. Yo lo sabía, aunque no las visitaba, eso no. Pero las miraba en todas partes. Es un perfume ahora ya irrepetible y perdido para siempre. No quiero ser un ensalzador de los tiempos pasados, pero lo busco en vano en las tiendas de hoy. Al mismo tiempo debo añadir, sin embargo, que entonces no había colas como hoy delante de los mostradores. Ni tampoco hay en las tiendas de ahora aquella especie de ambiente sagrado que caracterizaba a las tiendas de mi juventud. En las charcuterías uno se quitaba el sombrero al entrar, como se hacía en las farmacias, donde ahora la gente no se descubre hace tiempo. En las pastelerías también había un perfume especial. Cuanto mejor era el establecimiento, más fino era el olor. El de ahora es muy distinto. En cambio hay mucha gente, mucho barro, prisas y desorden. La poesía se ha esfumado.
Seguramente todo esto lo hacía el dinero, podríamos decir para simplificar el asunto.
En nuestra charcutería no comprábamos nada. Y cuando decíamos «ése compra en Kolman», que era el amo de la tienda, significaba que se trataba de un ciudadano más bien rico y dotado de un paladar de sibarita. Muy raramente, por lo general antes de las fiestas de Navidad, me mandaba mi madre allí en busca de alcaparras y anchoas. Kolman las tenía mejores que en otros sitios.
El amo solía estar delante de su tienda, tocado con el gorrito bajo y negro que llevaban los charcuteros y los dueños de las tiendas buenas, y sonreía amablemente a la vida y a la gente. La vida naturalmente sólo era nuestra calle. Yo saludaba con respeto a Kolman. Seguramente por una cierta consideración por los inaccesibles tesoros charcuteros que guardaba en su tienda y exhibía en el escaparate.
Cuando salía de mi casa no me olvidaba nunca de mirar el escaparate del señor Kolman. Cuando tenía tiempo y no me apresuraba camino del colegio o de otro sitio, me quedaba mirando bastante tiempo. Y una vez ocurrió algo muy excitante y memorable. El señor Kolman me saludó sonriendo, fue detrás del mostrador y, con la punta de un afilado cuchillo, me dio una rodaja de salchichón húngaro. Era la primera que comía en mi vida. Y como veis, todavía no lo he olvidado.
Casi cada día el señor Kolman arreglaba de forma distinta los tentadores productos de su escaparate. Levantaba el pesado cristal en su marco, lo aseguraba y movía con maestría sus raras golosinas. Igual que los pintores holandeses cuando se preparaban para pintar sus célebres naturalezas muertas. A cada momento salía del cristal para observar su creación desde más lejos.
En medio del escaparate solía haber un trdlovec monumental. Probablemente no sepáis lo que es eso. Ahora hay poca gente que lo sepa. Era una especie de pastel de charcutero. Nunca lo he visto en una pastelería, en cambio no había casi ninguna charcutería que no se enorgulleciera entonces con esa extraordinaria creación.
A primera vista, parecía una especie de tronco vacío. Su corteza formaba unos largos pinchos redondeados, dorados con azúcar enriquecido no sé con qué. Según yo observaba cuando cortaban el pastel, había varias capas de amasijo, unidas con pasta de almendras —entonces no me podía imaginar nada mejor— y de mermelada que se notaba muy poco. No sé cómo lo preparaban. Se cortaba desde arriba y se vendía a peso. Era muy caro. No tengo ni idea del gusto que tenía. Cuando el realizador Werich rodaba la película El panadero del emperador, buscó inútilmente a alguien que
le pudiera preparar un trdlovec. Ya nadie lo sabía hacer. Al lado del orgulloso trdlovec me llamaban la atención unas pequeñas fuentes. En una de ellas había granitos negros de caviar y en la otra rodajas rosadas de salmón ahumado. Estas tres cosas pertenecían seguramente a la aristocracia del surtido de una charcutería. Estaban siempre en lugares destacados. Entre las grandes piezas expuestas llamaba la atención una barra de tamaño enorme de emmental. Me sonreía con sus agujeros grasosos y yo observaba cautelosamente cómo iba disminuyendo, porque el señor Kolman cortaba cada día un gran trozo que colocaba en la tienda, sobre el mostrador. Encima de la barra de queso suizo estaban atractivamente arreglados los demás quesos. Una bola roja de edam cortado, una barrita pequeña de roquefort mohoso, una caja abierta de camembert y un pastel de brie con regusto dulce. No os extrañéis de mis conocimientos. Cada queso tenía pinchado un rótulo en el que, con letra ornamental, el señor Kolman escribía todo lo necesario. En el fondo, en una barra metálica, colgaban los jamones, las negras anguilas ahumadas y los salchichones de todas clases. El húngaro, con su piel mohosa, el salchichón de Verona un poco arrugado, uno liso y gris de Milán, y otro negro, tirolés. Debajo de ellos estaba tumbada perezosamente una enorme mortadela, cuyo corte era una especie de sol que brillaba en el pequeño cielo de la charcutería. Éstos son, naturalmente, todos los embutidos que podía nombrar. Cada día estudiaba aquellos manjares y los conocía detalladamente. Incluso los precios. Sólo el sabor de todas aquellas cosas buenas era para mí, por desgracia, desconocido.
Entonces no me interesaban todavía las botellas de vino. Pero también llegué a conocerlas poco a poco. Y lo que aprendes de joven, siempre te sirve de mayor. Los caballeros de champán, rollizos de cuerpo, con su casco de papel dorado, estaban rodeados de bellezas del Rhin, mientras que los pobres vinos checos de Mélník, Ludmila y Tramín formaban un pequeño grupo como de servidumbre, y algunos de ellos incluso sostenían con la cabeza fuentes de cristal o de plata con ensaladillas de todas clases, bordadas de jamón rosado y adornadas con cuentas verdes de guisantes. Las preparaba el mismo señor Kolman en su cocina de la trastienda. Las fuentes del escaparate y de la tienda se vaciaban al atardecer.
Y casi lo olvidaba: a veces ondeaban en el escaparate orgullosos copetes gris-verdosos de piñas doradas. Y no hablo de las salchichas de Frankfurt amontonadas en un plato, de los embutidos y otras clases de géneros que llenaban el espacio que quedaba en el escaparate.
Mis padres compraban en la tienda de la señora Zvoníckova. Estaba delante de nuestra casa y sobre la acera tenía un barril abierto lleno de arenques cuyos ojos muertos y redondos me conmovían. El barril no estaba cubierto. ¡Es igual si el coche levantaba polvo! El señor Kolman también tenía un barril parecido y también estaba delante de la tienda, pero lo tapaba cuidadosamente con una tapa en que había una ventanilla de cristal. En su barril no había arenques sino anguilas italianas asadas con mantequilla, conservadas en escabeche, de Commocchio. A unos pasos de nuestra casa había la carnicería caballar del malhumorado señor Kovár, llena desde la mañana hasta la noche. En su escaparate había una gran pierna de caballo y sobre los palos colgaba un interminable salchichón rojo que producía fuerte olor a ahumado.
En todos los calendarios, en las paredes o sobre las mesas, corrían los años de la misma manera. Y luego vinieron los años malos, hambrientos, de la primera guerra. El señor Kolman cerró la tienda vacía, bajó la persiana metálica sobre el escaparate desierto y creo incluso que cambió sus tenazas de coger anguilas en escabeche y sus cuchillos afilados de cortar embutidos por un fusil y tuvo que ir a la guerra. Desapareció la belleza de su escaparate. Para siempre. ¡Pero no, no del todo! Alguien llevaba en la memoria su imagen. Era yo. Y hoy recuerdo todavía la belleza y el sabor de una rodaja de salchichón.
No mucho después de la guerra, a principios de los años veinte, me pidió el poeta S. K. Neumann que escribiera en la revista Proletkult unos versos para el 1 de mayo. Corrían mucha prisa. Los escribí en seguida. Neumann, mientras los estaba leyendo, dio unas fuertes chupadas a la pipa y sonrió maliciosamente. Yo sabía por qué. Pero los publicó. Los tituló «El día festivo». Y muy pronto aquello se convirtió en una gran vergüenza.
En los primeros versos del poema yo arreglaba las cuentas con nuestros burgueses. Y después, con los miembros de los dos partidos socialistas.
En aquella fecha pasaban por la plaza Václavské tres manifestaciones: la comunista, la socialdemócrata y la nacionalsocialista. Se trataba de demostrar quién era políticamente más fuerte. Al menos en Praga. Al día siguiente empezó en los diarios una polémica enconada sobre el número de manifestantes. Unas cifras eran las que facilitaba la policía, otras las que daba cada uno de los partidos. Naturalmente, nunca eran las mismas.
Y yo canté, alegremente:
Queremos un mundo nuevo, tal y como lo deseamos, porque la vida es bella y las flores huelen bien; la tierra respira una nueva alegría húmeda y nosotros los proletarios la añoramos.
Eso era pasable. No es que fuera algo nuevo, no era ni demasiado original ni hermoso, pero desde el punto de vista ideológico estaba bien y nadie se enfadaba. Lo peor era cuando llegaba cojeando, con una buena dosis de malicia, hasta el patético final:
Y el que pasa toda la vida en el ayuno, también quisiera, sin preocupaciones, sentarse tranquilo a la mesa llena de comida escuchando melodías tan bellas como el temblor de las alas de los ángeles.
Los versos malos también son versos, decía Jindfich Hofejsí. ¡Pero no hablemos por ahora de las cualidades musicales!
Según recuerdo, en aquellos años había en nuestro país escasez de comida. Sobre todo en mi casa. Mi padre estuvo parado durante bastante tiempo después de la guerra, así que las raciones en los platos no crecían. Esto me hizo cantar bajo el signo del materialismo más apegado en la tierra:
Nosotros también deseamos comer carne, y cenar ternera con su guarnición.
Hablando de estos versos quiero defenderme un poco y también recordar la amabilidad de Neumann. Este poeta tiene una pequeña parte de culpa, aunque muy pequeña e indirecta, de que hiciera estos versos. Era una buena persona y me parece que me tenía un cierto afecto. Al ver mi rostro demacrado de chico de la periferia, me llevaba algunas veces al restaurante Taverna, en el hotel Palace de la calle Jindfisská. Según me confesó, iba allí cuando tenía dinero. A Neumann le gustaba la carne de cordero, costumbre que adquirió durante la guerra, cuando servía en el frente sur. Pero lo que le encantaba era la carne de ternera muy tierna. Sobre todo los riñones de ternera. Y la rodilla de ternera. La comíamos juntos y había tanta que ni nos la podíamos acabar. Cuando la traían en una fuente, parecía algo colosal. Y acompañada con una ensaladilla, tenía un gusto estupendo. Estaba maravillado. Por entonces yo apreciaba muchísimo el sabor de estas comidas, hoy comunes.
Ahora llegamos a lo peor. Puse en el poema la mitad del escaparate del señor Kolman:
Nosotros también queremos beber vino de Borgoña y comer anguilas en escabeche.
Tenemos plena confianza
en que también un día nos sentaremos a la mesa, para comer queso emmental. Y por todas las penas y la miseria, también nosotros queremos lo mejor de la riqueza de los dones de la tierra: salmón ahumado, salchichón, caviar... Etc., etc.
Bueno, y la catástrofe estaba montada. Primero se dejaron oír algunos lectores. Naturalmente sobre todo aquellos en cuyo nombre no había hablado. Entonces era muy joven y todos aquellos gritos me producían una alegría traviesa. ¡Qué interés; aunque fuese negativo! Epater le bourgeois, éste era uno de los lemas que más satisfacción me daba a la hora de ponerlo en práctica.
Pero los versos no sólo habían hecho enfadar a los burgueses. Bohumír Smeral, dirigente del partido comunista y redactor de Rudépravo, me llamó a la redacción y con amable firmeza me señaló que el poema era tonto y podía dañar la causa obrera. Yo ya empezaba a reconocerlo también. Pero era tarde. Puse «El día festivo» en mi segundo libro de poemas; prefiero no nombrarlo porque más tarde lo omití. El libro se estaba imprimiendo ya y no había nada que hacer.
Aquel romance de mayo no acabó de una manera divertida para mí. Los versos eran malos desde todos los puntos de vista. Yo ya me había dado cuenta. Pero la palabra pronunciada vuela mientras que la escrita queda. Y no se enrojece, según aprendíamos en clases de latín. Cuánto me hubiera gustado borrarlas del mapa. Por suerte, a causa de mi carácter algo despreocupado me salí de este asunto con el corazón libre.
A mi futura mujer le fue algo peor en su trabajo. En la oficina, tanto sus jefes como sus inferiores le tomaban el pelo recitándole aquellos versos.
No tengo mucho sentido para la historia de la literatura. Sin embargo, me parece que no estaría de más revivir algunas de estas voces y opiniones que han desaparecido hace tiempo, igual que los poco honrosos versos.
Cuando era estudiante me gustaba visitar la biblioteca del Museo para hojear allí la revista
Moderní revue. Encontraba allí poemas de Bfezina, Neumann, Sova y Hlavácek. Leía polémicas
que no entendía. Pero, después de la guerra, aquel periódico se situó muy a la derecha y muchos de los nombres sonoros abandonaron sus páginas. La primera persona que se dejó oír entonces fue un reaccionario intransigente, un estricto individualista, el crítico Arnost Procházka. Virgilio nos aconsejaba hablar siempre bien de los muertos, pero no me da la gana. Procházka era malvado, enemigo de todo lo progresista, propagador de una decadencia falsa y de la morbidez aristocrática. Con sus posturas reaccionarias no hacía más que crear mal humor.
Criticaba burlonamente una encuesta de la revista Most. La tercera pregunta de la encuesta la hacía explotar.
«La tercera pregunta —decía Arnost Procházka— es el colmo de la inmadurez ideológica de toda la encuesta. El nuevo arte tiene que ser de clase, proletario y comunista, según ha dictado uno de los jóvenes, jovencísimos "poetas". Por Dios, ¿es que los poetas se ejercitan masivamente, como los soldados? ¿Aprenden su oficio como los peluqueros? Preguntar una cosa parecida es grotesco y pedir esto a toda la generación sería absurdo. Sería el clericalismo más estúpido, el que conoce y reconoce únicamente su clase como correcta, la única iglesia del dios Proletario. A un poeta no se le puede prescribir o prohibir esta o aquella fuente de inspiración. Que se inspire en cualquier cosa, con la condición de que no escriba poemas a base de manifiestos ni programas de los partidos, sino que exprese de manera original sus propios pensamientos y emociones, no imitaciones, porquerías sacadas de todos los rincones, y que no obligue a los demás a que compartan sus opiniones y esperanzas. Haga lo que haga, cada poeta es, en el fondo, subjetivo. Algo así como poesía impersonal no existe; no existe el arte de masas. Ya el hecho mismo de que la gente joven pueda tomar en serio algo tan feo como es una dictadura del proletariado, el problema de clases o el comunismo, demuestra su bajo nivel intelectual.»
De esta forma seguía el crítico en su rabia desenfrenada, expresada en un checo aparatosamente estético, y después de citar con desdén dos poemas cortos de Hoffmeister, cerraba su ataque con la conclusión brutal:
«Además, un trozo de "poesía proletaria", unos versos que en la revista Proletkult había perpetrado Jaroslav Seifert.» Y aquí comenzaba una larga cita de «El día festivo», versos, la mayoría de los cuales ya había citado voluntaria y humildemente yo mismo. Y acababa patéticamente.
«Vaya gula: ¡tanto caviar! Y qué buen estómago revela esto. Pero aún mejor, directamente cementado de estupidez, tiene que ser el "estómago mental" que aguanta y digiere una poesía así.»
Mucho más tarde, de la revista Literární rozhledy llegó la voz tiernamente reprobadora, suave y amable, de Antonin Sova. Yo adoraba al poeta Sova. Me sentía agradablemente en la atmósfera de
su poesía. Todos le querían. Especialmente Josef Hora. Nos conmovía asimismo su duro destino. Sova estuvo varias veces casi mortalmente herido. Su bella mujer abandonó al poeta enfermo, ya para siempre atado a su silla. Josef Hora contó su visita a Sova. El poeta le acogió con alegría, pero trató inútilmente de acercarse a él para recibirle. Dio dos o tres pasos tambaleantes, abrió los brazos y otra vez tuvo que dejarse caer en su silla. Sova se quedó solo con su hijo, que le fue fiel. Alguien nos enseñó la foto de su mujer. Era una señora verdaderamente hermosa y elegante. Probablemente se necesitarían un amor y una paciencia enormes para seguir siendo fiel al poeta. La vida jugó cruelmente en este matrimonio.
En un artículo que tituló «Al margen de la poesía social vieja y nueva», el poeta empieza a contar cómo, en los tiempos en que escribía sus Tristezas desahogadas, no pasaba una buena época.
«Experimentaba una especie de duro "vivir al día" proletario, con pocas alegrías y hambre