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LAS HOJUELAS RUSAS

G. CHRISTOPH LICHTENBERG

62. LAS HOJUELAS RUSAS

Antes que nada tengo que confesaros que soy algo sibarita. Me agrada comer, y como con verdadero placer. Lo reconozco de buena gana, pues no es nada terrible. Pero no soy un gastrónomo, ¡eso no! Lo como todo; pero para mí una buena comida sólo es la carne y odio con toda mi alma la zanahoria estofada.

¡Por el amor de Dios, no me habléis de los campos de concentración!

El sabor y el olor de las comidas, lo mismo las preparadas por afamados hombres de altos gorros blancos que las que hacían mi madre y mi mujer en casa, se me olvidan, por desgracia, como la melodía de la canción que sólo he escuchado una vez. En vano trato de reconstruirlos en mi mente, en vano piensa mi lengua atormentando con desasosiego mis olvidadizos labios. ¡Qué lástima!

Pero sí hay un plato que recuerdo con nitidez, y cuyo sabor vuelve a extenderse sobre mi lengua siempre que lo deseo. Porque se trata de un plato que me gustó sobremanera y que fue acompañado por una vivencia intensa y, a la vez que una vivencia, por un hombre estupendo.

El plato es las hojuelas rusas. El hombre, Román Jakobson, y la vivencia, quiero contárosla con pelos y señales.

¿Habéis probado alguna vez las hojuelas rusas?

No importa, os daré la receta. Es sencilla, aunque no precisamente barata. Pero, al fin y al cabo, podéis prescindir del caviar.

Las hojuelas no son otra cosa que nuestras, tan conocidas, lívance. Pero en Rusia las hacen de harina de cebada, sin sal y de tamaño de un plato. Después de freirlas, las hojuelas se ponen una encima de otra para que se conserven más tiempo calientes. Eso es todo. Cuando se han preparado las suficientes, empezamos a comerlas. Y aquí llega lo importante. Al extender una hojuela sobre el plato, echamos encima un poco de caviar, una loncha de salmón ahumado, un trozo de pepinillo, una rodaja de salchicha, una aceituna deshuesada, un filete de arenque u otros aderezos por el estilo. Luego enrollamos la hojuela, le echamos mantequilla derretida y nata dulce y espesa.

Cuando luego lo probáis, todas las células del gusto que tenéis en la boca se regocijan. Dejadlas gozar hasta que comáis por lo menos cinco hojuelas. Yo la primera vez comí siete, pero es demasiado.

Las hojuelas sólo piden vodka. No os opongáis, os convertiríais en vuestros propios enemigos. A veces os parece que han sido inventadas para poder acompañarlas con vodka. Cada hojuela, con notable insistencia y rotundidad, exige que se la rocíe con una copa de vodka. Y mucho mejor, con un vaso. ¡Qué bien saben entonces!

Creo haber descrito con mucha exactitud las hojuelas y su guarnición, pero no puedo decir con la misma precisión cómo llegó a Praga Román Jakobson. Supongo que vino a nuestra república con la primera misión soviética que se instaló en el antiguo palacete Tereza de Zizkov, situado entre el Jardín del Paraíso y el Riegrovy. Asistiendo a una de las primeras recepciones celebradas en la misión, vi por primera vez el simpático rostro de Jakobson.

Las recepciones del palacete Tereza, escasas, pues sólo se ofrecían con motivo de alguna fiesta, no eran, ¡ay!, únicamente las mesas llenas de manjares insólitos y exóticos, claro que no. Es imposible no recordar las fuentes colmadas de un jamón rosa pálido, que solían destacarse en las mesas, las lonjas de salmón ahumado de un rosa subido, los atrayentes tarritos de caviar, los platos con pescados de toda clase coloreados como las flores y los montoncillos de diversas frutas extrañas, entre ellas unas uvas gigantescas que se conocían con el nombre de «dedos de señorita», porque sus granos eran notoriamente oblongos. Allí se reunían muchas personalidades destacadas e interesantes, y entre ellas sobresalía la del embajador Antonov-Ovseyenko, del que todos nosotros nos enamoramos de inmediato. También Román Jakobson estuvo allí. Se nos acercó y en seguida nos trató como amigos. Nosotros —en seguida también— le consideramos como uno de los nuestros.

Nos llevaba unos años y tenía su manera propia de ganarse el afecto y el cariño. Su simpatía y cordialidad eran suaves y modestos. La importancia con que se presentaba al principio no tardaba, en transformarse en un centenar de leves sonrisas. Su aspecto llamaba la atención... Había en él algo oblicuo. Supongo que se debía al ligero desplazamiento que sufría la córnea de su ojo izquierdo. Te miraba a la cara y te estaba hablando, pero su cabeza estaba vuelta de lado, así que daba la impresión de que miraba a otra parte y hablaba a alguien más. Pero, por lo que parecía, a él no le importaba en absoluto y a nosotros, desde luego, menos aún.

Unos días después se sentaba con nosotros en un café, como si hubiera estado viniendo allí durante años.

Además de nosotros, alrededor de la mesa se habían sentado varios poetas y pintores extranjeros a quienes invocábamos siempre en el curso de nuestros interminables debates y discusiones. Las más de las veces era Apollinaire, con la cabeza vendada como le había dibujado Picasso. A nuestro lado se sentaba también Mayakovsky, estrepitoso sin pompa, y el enigmático y sorprendente Jlébnikov, que le gustaba a Jakobson especialmente y sobre quien había escrito un libro.

En nuestro país, Jakobson se explicaba bien en todas partes. Pronto habló checo. Lo había aprendido en tres semanas.

Cuando nos encontramos con él por segunda o tercera vez, sacó del bolsillo un ejemplar de Los

Doce de Biok y me propuso traducir el poema. Me lo dictó línea por línea y yo fui vertiendo su

texto en unos versos horrendos. Tengo que decir que, al principio, el poema no me interesó en absoluto, aun cuando en la Unión Soviética le concedieran una importancia excepcional. Lo traduje con notable falta de maestría y, además, torpemente. Más tarde Antonin Boucek publicó la traducción en sus Actualidades y curiosidades. Todavía me asusto cuando veo la separata de la traducción en la biblioteca. Al cabo de algún tiempo, Jindrich Honzl llevó Los Doce al escenario del antiguo Teatro Svandov. Y entonces ocurrió algo que todavía le hacía reír a Jakobson más de treinta años después, cuando venía a verme en Praga. En el poema hay un episodio en que las mujeres apostadas en la calle gritan a los transeúntes sus nocturnas proposiciones amorosas. Por culpa de mi horrenda traducción, Honzl no comprendió los versos y se los hizo recitar a un soldado del Ejército

Rojo que estaba de centinela, con un fusil de bayoneta y con un viejo yelmo ruso. Por suerte no se fijó nadie. Interpretaba el papel del desgraciado guerrero el futuro editor Jan Fromek.

Pero esta historia la he anotado sólo con tiza, encima de una pizarra escolar. ¡Venid a borrarla! Jindfich Honzl era una persona formidable y un insigne director de teatro.

En el Café Nacional, al que nos trasladamos de Slávie al cabo de un tiempo, saludábamos a Román como un invitado excepcional. No frecuentaba el café tanto como nosotros. Nosotros estábamos allí a diario. Jakobson nos citaba a varios poetas. Así, sobre la mesita de mármol, las mañanas se animaban con el ruido del tambor cuando nos decía las poesías de Mayakovsky. Antes de que nos llegaran de Moscú algunos libros de poetas soviéticos, conocimos también a Essenin, aquellos poemas que a veces son susurrantes y angustiosos como las hojas muertas de abedules en otoño y otras veces amargos como el seco pan negro de la revolución, y también los poemas de Pasternak, muchos de los cuales son incluso más bellos que los de Pushkin.

Con la misma rapidez con que había aprendido el checo, Jakobson comprendió los problemas de la poesía checa. Obviamente, se imponían las comparaciones con la rusa y, ya en el año veintiséis, Fromek publicaba su libro sobre la poesía checa. Cuando aquel mismo año el eminente lingüista checo Vilém Mathesius fundó el Círculo Lingüístico de Praga, grupo que se ganó la fama mundial que todavía perdura, Jakobson fue uno de sus primeros miembros y llegó a ser su vicepresidente. Creo que de ninguna manera perjudicaré a sus demás miembros si atribuyo la pujanza y el papel iniciador a Jakobson, que jamás dejaba a la gente que le rodeaba que se contentase con lo que hacía, al tiempo que él siempre compartía, sin vacilar, con nosotros todos los problemas que se presentaban. Incluso después de cambiar su vida en Praga, apresurada, bohemia y errática, por la cátedra de la Universidad de Brno.

Jakobson ofreció a la filología checa un eficaz método analítico para el estudio de la poesía. Se diferenciaba enormemente de la precaria práctica que existía entonces y contribuyó a aumentar el carácter científico de la crítica checa. Fue un hito con el que deberíamos marcar el comienzo de unos criterios estéticos más profundos y sobre todo una mayor atención a la problemática de la presentación lingüística de la obra, a su estilo, a su trascendencia en el tiempo y en el proceso social.

¡Cuánto dejó aquel hombre a nuestro país en unos pocos años! Nos enseñó a mirar las antiguas creaciones literarias como auténticas obras de arte y detectó en los antiguos cantos checos los vestigios de la cultura eclesiástica eslava de antaño.

¡Pero qué resbaladizo era aquel hielo frágil! La valoración de la labor científica de Jakobson todavía espera en nuestro país la atención de los especialistas. Sólo yo parezco recordar aquel pasado efímero y bello.

Mientras Jakobson estaba en Praga, ni siquiera su intensísimo trabajo científico le impedía sentarse de tarde en tarde ante un vaso lleno de vino. Que no solía ser sólo uno. Cuando por la noche nos levantábamos cansados, él permanecía fresco, tan rebosante de temperamento como cuando había llegado y abierto la puerta. Nadie ni nada podían con él. En esto era insuperable. Sabía beber y yo se lo envidiaba.

Durante una de sus visitas a Vancura, a Zbraslav, apostó ante uno de los invitados que bebería de un trago una botella de vodka. La bebió y ganó. Fue todo un rito. Jakobson tumbó en el borde de la mesa una botella llena, se arrodilló delante de la mesa, descorchó la botella y la acercó a la boca. Escondió las manos detrás de la espalda y de veras vació la botella bebiendo a lentos largos sorbos. Se levantó y salió. En vano le estuvimos buscando en los siguientes minutos. Una hora más tarde apareció entre los invitados fresco y sobrio. Pasó algún tiempo hasta que confesó que había estado durmiendo en la cama que había en un cuarto contiguo. No le encontramos allí porque se había metido debajo del edredón de arriba con tanto cuidado que no desordenó los alisados pliegues de las mantas ni de la colcha. En la superficie del lecho no había una sola arruga.

Durante la Segunda Guerra Mundial, si mal no recuerdo, estuvo un tiempo en los países nórdicos, pero pronto se marchó a América. En los Estados Unidos su labor lingüística llegó a su

apogeo, sobre todo cuando logró aplicar a su trabajo las modernas corrientes de la teoría de la informática. Su investigación filológica fue apreciada por los especialistas de todo el mundo.

Después de la guerra, a lo largo de toda su estancia en los Estados Unidos —hasta hoy en día—, Jakobson ha sido un propagandista apasionado del arte y, sobre todo, de la literatura checa. Atrajo una especial atención a la literatura checa porque, en una serie de estudios científicos, utilizó ejemplos escogidos en la literatura checa y eslovaca, y algunos investigadores extranjeros conocieron entonces por primera vez nuestra literatura. Su extensa obra científica, que engloba descubrimientos sorprendentes del campo de la lingüística, de la semántica, de la poética y del conocimiento de la literatura, repercutió también de forma palpable en otros campos. Concretamente, aquellas experiencias de Jakobson fueron aprovechadas por la etnografía. Pero una desgracia cruel y siniestra acechaba a Jakobson en Estados Unidos. Cuando llevaba al editor el abultado manuscrito de un nuevo libro, le atropello un coche. Al caer dio con la cabeza en el manuscrito, lo cual le salvó la vida, pero las ruedas del coche le dejaron destrozadas las dos piernas. Sin embargo, habla del accidente bromeando. El conductor de otro vehículo lo vio postrado en la carretera, gravemente herido, y vino corriendo para ayudarle. Trajo una cantimplora llena de whisky y le dio de beber de ella.

—¿De dónde es? —preguntó al herido el solícito conductor. —Soy ruso —le contestó Jakobson.

—¿Ruso? ¡Entonces siga bebiendo!

Por suerte, aquellas piernas destrozadas se las compusieron, así que ahora todo está en orden. Pero, por Dios, ¡que no se os enfríen las hojuelas rusas!

Todavía no nos conocíamos mucho cuando Jakobson vino para invitarnos a una fiesta. A Teige, a Nezval y a mí. ¡Habrá hojuelas! El olor de aquel exquisito manjar amontonado sobre la mesa, un manjar que nunca habíamos probado antes, inundaba toda la pieza. Junto a la fuente había unas botellas de vodka. Esto nos resultaba ya más familiar, después de nuestras visitas a la villa Tereza. ¡Las botellas llenas de un líquido brillante y transparente parecían algo tan inocente! Y sobre los demás platos había una profusión de viandas de todas clases.

En Holesovec, Jakobson vivía en la esquina formada por los jardines Dukelsky y la plaza Strossmayer. En aquel edificio había una gran librería. La hermosa mujer de Jakobson estaba haciendo ya las últimas hojuelas. Estudiaba medicina en Praga y creo que todavía sigue viviendo en Brno. Trabaja como médico de niños en el departamento de pediatría del hospital.

Nos invitó cordialmente a la mesa. El piso amueblado que habían alquilado tenía decoración escueta y convencional de gusto pequeño-burgués. ¡No importaba! Ellos lo llenaron en seguida de un simpático desorden propio de dos almas bohemias e informales. Por todas partes había libros y papeles escritos. Si alguien buscaba un pañuelo limpio, hurgaría en vano en los cajones del ropero. En cambio, encontraría los pañuelos sobre el estante de la librería. Está dicho: Jakobson es un científico, antes que nada. Sus trabajos reúnen todos los atributos de la ciencia, pero su rica imaginación lo lleva a una relación esencialmente poética con la realidad. Esta bipolaridad —un científico no académico y poeta— era una parte básica del encanto de su personalidad. Así le veía yo también. Por eso había encontrado tantos amigos en nuestro país y por eso fue querido por todos ellos.

Nos sentamos de inmediato a la mesa, y el montón de las hojuelas fue menguando rápidamente. Jakobson nos indicó una y otra vez que, si queríamos saborear a fondo cada hojuela que descendía a nuestros estómagos rozando el corazón, teníamos que mojarla con una copita de vodka. Cuanto más grande, mejor. Como el rocío que salpica una hermosa rosa abierta.

Comí hasta siete hojuelas. Nezval comió más, pero no las contaba, corno él mismo reconoció. También le correspondió una botella de vodka que estaba delante de su plato. Jakobson se lo servía celosamente. También él lo bebía, pero el vodka resultaba totalmente impotente ante él. Sonreía y estaba visiblemente satisfecho con el éxito de su agasajo.

Cuando Jakobson nos abrió el portal, Nezval fue el primero en salir. Fue un error. No debíamos haberle dejado irse. Mientras nos despedíamos, desde la acera nos llegó un grito. Nezval se estaba peleando con un guardia que estaba apostado junto a la casa. Odiaba a los policías con toda su alma. Nos acercamos corriendo, pero quedamos inmóviles, sin poder hacer nada. El grito de indignación, incontenible, resonaba en la tranquila calle vacía. Cuando el guardia decidió multar a Nezval por gritar y sacó un grueso bloc, Nezval se lo arrancó de las manos. Los papeles se desparramaron alrededor de ellos. Pero el guardia ya había silbado pidiendo auxilio y desde la calle adyacente acudía otro, pisando fuertemente con sus botas. Cuando recogieron los papeles, sujetaron a Nezval por los brazos y, desatendiendo sus vehementes protestas, le llevaron a la comisaría situada en la calle Strojnická, cerca del recinto ferial.

Añadamos que hacía una hermosa noche de mayo. Misteriosa, estrellada y silenciosa. Desde el bosque del Rey llegaba el suave perfume de los árboles en flor, los cisnes de la alberca ya estaban durmiendo, los enamorados se amaban y el reloj de la torre del Palacio Industrial dio, algo ronco, la hora.

Como es lógico, fuimos detrás de nuestro compañero. Estuvimos explicando a los guardias que Nezval era un poeta. Sin resultado. Se mantuvieron firmes e implacables. No les importaba nada de aquello. Los poemas no les impresionaban y, por supuesto, no los leían. La poesía les preocupaba un comino, así de sencillo. Cuando quisimos penetrar en la comisaría, nos cerraron la puerta en las narices dando un portazo y, por aquella noche, Nezval desapareció para nosotros.

Unas semanas más tarde comparecía ante el tribunal de Praga. Le condenaron a tres meses de libertad vigilada. Buscamos alguna protección. Creo que no valía la pena. En cualquier caso, no se le había encarcelado, porque hasta entonces Nezval no había tenido antecedentes.

Quise ayudarle como testigo, y cuando el juez me preguntó si Nezval estaba muy borracho, le dije que tenía la lengua gorda. ¡Se dice así! Pero el juez observó que no podía ser cierto, pues estaba gritando tan fuerte que se le oía en todo Holesovec. Y es que, en aquellos tiempos, la embriaguez constituía un atenuante.

Aquel mismo día fuimos a celebrar el fallo. Cuando terminamos, como si fuera nuestro sino, encontramos de nuevo delante de la taberna a un policía. Nezval se llevó un dedo a los labios en señal de que guardásemos silencio, y se acercó al policía de puntillas, por detrás, con la intención de mojar el odiado uniforme como lo hacen los lobos para marcar su territorio de caza. En el último momento, Karel Teige le detuvo y eso le salvó.

Cuando en el año treinta y ocho, en la época ya crítica, Jakobson, que no era ario, iba a marcharse al extranjero, le encontré por casualidad justo en el momento en que entraba en el andén. Creo que los dos nos alegramos de aquel encuentro imprevisto. La despedida fue breve y apresurada, pero emocionante.

—Me encontraba a gusto en esta tierra y fui feliz aquí —me dijo Jakobson. —Si te agrada oírlo, te diré que me siento checo y que estoy triste.

En aquel instante, asomaron a sus ojos dos parcas lágrimas. Me estaba mirando a la cara, pero parecía que miraba a otra parte y que hablaba a alguien más. Pero allí no había nadie más que yo.