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LA IGLESIA EN QUE SE CASÓ MI MADRE

G. CHRISTOPH LICHTENBERG

54. LA IGLESIA EN QUE SE CASÓ MI MADRE

Sé muy bien que no me lo va a preguntar nadie, evidentemente, pero si a alguien le interesase y me interrogase sobre el matrimonio de mis padres, me vería obligado a caracterizar aquella unión recurriendo a una terminología enteramente moderna: fue una convivencia de dos solitarios cuyo modo de ver el mundo era completamente distinto. Mi padre era un socialdemócrata: mi madre, en cambio, era una apacible católica lírica, que acataba las leyes de Dios y las de la Iglesia siempre que fuese posible. Le gustaba ir a la iglesia: era una escapada del estereotipo de la cotidianidad, la escapada de la sucesión mecánica del trabajo de cada día. Era su poesía. Sin embargo, acudía a la comunión raras veces; quizás sólo en aquellos momentos de infortunios vitales que representaban para ella un castigo de Dios y cuando deseaba aplacar al cielo.

Así, de común acuerdo los dos, reaccionaban ante la vida cada uno a su manera, a veces no sin cierta abnegación y, durante la guerra, pasando hambre. Recuerdo muy bien cómo me cantaban las tripas. Mi madre vivía instantes de tranquilidad verdadera e infalible cuando se postraba sobre las húmedas losas heladas de la iglesia de Zizkov para contar sinceramente sus preocupaciones a la Virgen María e intentar, aunque en balde, colgar sobre sus hermosos brazos extendidos el rosario de

sus lágrimas. Yo iba y venía entre los dos, pasando a veces, entre la mañana y la tarde del mismo día, de la «Bandera roja» a «Mil veces Te saludamos».

Pero os ruego que no busquéis en mí obsesivos disparates personales. Con frecuencia la poesía moderna se abalanza sobre los lectores desde unas posiciones enteramente subjetivas para que su verosimilitud cobre más relieve y resulte más convincente. También reclaman el derecho a la misma subjetividad unos géneros literarios menos serios, que suelen ofrecerla con la desventaja de ser, no sólo verosímil sino, a la vez, verídica. Yo quiero dejar el testimonio de una época para que la época conserve un testimonio de mí mismo, aun cuando no sé bien para qué.

¿Qué interés representaría, si no, para vosotros, una humilde familia de Zizkov, cuando en Praga había miles de familias como ésa?

Para mí se trata principalmente de sacar un poco de poesía a aquellos días corrientes que algunas veces querían ser menos corrientes de lo que les estaba destinado.

¡Mi hermoso y querido Zizkov! En una ocasión escribí en alguna parte que era el sitio más bonito del mundo. ¡Y era cierto!

Se habla de épocas grandes y pequeñas. Sin embargo, una época es siempre el umbral de la siguiente, de una gran época, y por esa causa tantas botas guerreras han pisoteado tantos brotes verdes. Los tiempos pasan como las aguas de un río. No he estado en la guerra. Prefiero el canto de los pájaros a las marchas militares.

En uno de los períodos tardíos y no especialmente alegres para nuestra familia, cayó en mis manos el certificado de matrimonio de mis padres. Para mi asombro, me enteré de que no se habían casado ni en Praga, donde vivía mi padre, ni en Kralupy, de donde era oriunda mi madre, sino en un pueblo pequeño situado en las proximidades de Kralupy, porque en aquellos tiempos en Kralupy no había iglesia.

La pequeña iglesia de Minici, lugar que ahora se ha convertido en una parte de Kralupy, está cubierta de moho y se encuentra sobre un apacible promontorio, mirando a un verde estanque, cuya agua, verde y turbia, agitan unos gansos y unos patos. Cuántas veces pensé en ir a echar un vistazo a esa iglesia. Pero los veranos pasaban y yo no llegaba a ir. Hasta hace poco.

Antaño los novios, antes de casarse, intercambiaban unos modestos regalos. Mi madre le compró a mi padre una leontina de plata para su reloj de bolsillo, de los que se llevaban entonces en el chaleco. Mi padre tenía una leontina trenzada del cabello de su difunta mamá, pero se le iba deshilachando, los pelos se cortaban, y a mi madre aquella leontina sencillamente no le gustaba. Me acuerdo muy bien de la que fue su regalo de boda. Tal vez no era muy lujosa, pero llevaba un dije que me fascinaba enormemente. Tenía, en ambas caras, un medallón de cristal. En un lado estaba el retrato de K. Marx y, si se daba vuelta al medallón, aparecía el de F. Engels.

Mi padre le regaló a mi madre una cruz de oro con una cadena también de oro. Como se puede ver, mis padres respetaban sus respectivas actitudes ante la vida. Los dos regalos, sobre todo durante la Primera Guerra Mundial, fueron a parar varias veces a la Casa de Préstamos de Praga, como se llamaba aquel establecimiento estatal. Estaba emplazado en la calle Rüzová. Aunque de aquello lo ignoro casi todo. Lo cierto es que aquella institución no tenía nada que ver con las flores.

A la hora de la valoración, la leontina y el reloj rendían mucho menos que la maciza cadena de oro, por la que llegaban a dar hasta cincuenta coronas. Los dos regalos de boda tuvieron un final triste. Durante la guerra, mi padre no tenía trabajo y, llegado el momento, no tuvimos el dinero necesario para pagar los préstamos. Los dos objetos se perdieron —ése fue el término oficial— y fueron vendidos en la subasta. Mi madre lloró largamente.

Fingiría, si me quejase. La diferencia entre sus modos de ver el mundo no me causaba especiales contratiempos. Me gustaba acompañar a mi padre a las reuniones políticas y a los mítines, pero experimentaba casi el mismo placer cuando seguía a mi madre para entonar los largos cantos marianos y permanecer de pie junto al banco en que estaba sentada.

En aquel entonces había en San Procopio de Zizkov un capellán joven, Petr Kurz. El apellido es exacto, pero en cuanto a su nombre de pila, ya no estoy tan seguro. Era muy popular, sobre todo

entre la feligresía femenina. En eslovaco, las chicas y las mujeres le llamaban «el hermoso señor padre». No obstante, cautivaba no sólo con su encanto personal, pues era joven e iba destocado, sino porque también era un excelente predicador. Cuando Kurz aparecía en el altar, la iglesia quedaba abarrotada de gente. Cuando se acercaba a la escalera de caracol del pulpito, entre los parroquianos se escuchaba un suspiro de devoción.

El párroco de Zizkov ya era viejo, así que era el capellán Kurz el que encabezaba las tradicionales romerías anuales a la Montaña Sagrada. Para las mujeres de Zizkov aquellas procesiones eran sus manifestaciones y nadie podía privarlas de su anual regocijo. Ni los no católicos, ni los ateos, ni los paganos. Era un evento singular y festivo.

La romería de la Virgen María de la Montaña Sagrada empezaba con una oración en la iglesia y con una petición de que les concediese el éxito de su peregrinación. Luego, la procesión se ponía en marcha, manteniendo un riguroso orden. Descendía de la alta escalinata de la iglesia y, en cuanto se abrían los dos batientes de la puerta, empezaban a tañer las campanas. Primero salían todos los oficiantes vestidos con sobrepellices blancas y con sotanas rojas y negras. El que iba a la cabeza llevaba el crucifijo; le seguían los portadores de los estandartes con las imágenes de los santos. Detrás de los oficiantes caminaban el sacerdote, que lucía una suntuosa capa pluvial, y luego unas mujeres viejas llevaban sobre un solio la estatua de Santa Ana. La verdad es que la talla de la madre de la Virgen María estaba hermosamente vestida, pero con el decoro y la dignidad propios de una dama mayor. Como lo estaban las que la llevaban y seguían a su patrona en varias filas.

Eran mujeres a las que ya no correspondía perseguir los oropeles mundanos. En su mayoría eran viudas y solteronas que volvían las espaldas a las alegrías del siglo. Detrás venía un enjambre de niñas vestidas de blanco con coronas de flores en la cabeza. Casi todas ellas sólo acompañaban a los romeros hasta la estación del Emperador Francisco José, ahora Estación Central, adonde también acudían luego para recibir la procesión a su regreso. Al grupo de las niñas le sucedían unas filas de muchachos que lucían trajes oscuros y que llevaban en la manga un brazalete con un emblema y unas cintas. Detrás de ellos, como una nubécula blanca y clorada, se alzaba, sobre unas andas livianas, la talla en madera de la Virgen María. Su atavío era objeto del orgullo de las beatas de Zizkov. No había encajes más finos y más trabajados que los que adornaban el amplio vestido y la capa de seda blanca que lo cubría. ¿Cómo iba a bastar con la pintarrajeada indumentaria de la estatua de madera? Los encajes, generosamente fruncidos, envolvían la estatua hasta por debajo de la capa. Sobre un sencillo pañuelo que cubría el pelo castaño de la talla, se ponía una alta corona, pesada y llena de piedras preciosas que, aunque eran de vidrio, tenían una belleza apropiada para la reina de los cielos. Era la parte más bonita de la procesión, el orgullo y la alegría de todos aquellos que habían trabajado sobre su hermosura sin escatimar tiempo ni dinero. ¡Cómo relucía la gran «M» sobre la capa de la Madre de Dios, cuántos collares de corales y de variadas cuentas de cristal rodeaban su cuello! Cuanto mayor era la cantidad de aquellos adornos, que para las personas habían sido pomposos, tanto más hermosa y más sagrada les parecía la imagen. Pues todos aquellos preparativos trabajosos, todas aquellas abnegadas labores eran, para las mujeres que las cumplían, un complemento imprescindible de su fe: acatamiento, rezos y cantos dirigidos a su Intercesora.

Hacía mucho que habían pasado los tiempos en que la procesión hacía andando el largo camino. Ahora se iba en tren. Ya no se disponía de tanto tiempo como antes, la época requería cada vez más velocidad. Pero incluso en la mundana estación, la procesión se despedía frente al andén con cantos y oraciones.

Cuando los romeros regresaban al día siguiente, felices y agotados, con las manos llenas de regalos, de pequeñas figurillas marianas, de rosarios, plegarias e imágenes, las niñas y los desafortunados que no habían podido ir a la Montaña Sagrada saludaban a la procesión con renovada solemnidad. El sacristán volvía a cubrir al padre Kurz con la rica capa pluvial y la procesión se encaminaba, cantando, hacia la iglesia, quizás algo cansada y triste, pero todavía solemne y digna. Las campanadas que la habían despedido, ahora la estaban saludando. Una vez dentro de la iglesia, las imágenes se depositaban delante del altar y los peregrinos se postraban en el

suelo para dar las gracias por su feliz retorno. Y se alegraban por adelantado pensando en la romería del año siguiente. ¡Pero estalló la guerra!

Cuando murió el viejo párroco local, se convocó una representación municipal de Zizkov para decidir a quién se iba a proponer a las autoridades eclesiásticas como nuevo párroco. Tenían derecho a hacerlo.

La reunión fue dramática. Pero no lo fue dentro del ayuntamiento, donde todo se resolvió sin problemas ni roces, sino delante de su puerta, donde se había congregado un tropel nada despreciable de mujeres ansiosas por conocer lo más pronto posible los resultados de la sesión. Cuando se les comunicó que para el puesto de párroco estaba designado el padre Kurz, la turba se dispersó satisfecha.

Sin embargo, el consistorio no aprobó la proposición y se tuvo que celebrar una nueva asamblea. También aquella vez el desarrollo de la sesión —celebrada debajo de la célebre pintura de Liebscher La batalla en el monte Vítkov— fue pacífico. Sólo que la congregación bajo las ventanas del ayuntamiento era ahora más numerosa y estaba más inquieta. La reunión volvió a nombrar a Petr Kurz, y bajo las ventanas resonaron gritos de exultación. Lo sé porque yo también estuve allí.

Pero el consistorio rechazó su candidatura una vez más. Y todo se repitió de nuevo, con la única diferencia de que, delante del ayuntamiento, había aún más gente, porque las feligresas habían llamado en su ayuda a sus maridos. El elemento masculino confirió a la congregación cierto aire amenazador. También esta vez los padres de la villa recomendaron al padre Kurz. Y toda la plaza de Basel, en cuyo centro se levantaba el monumento de Karel Havlícek Borovsky, prorrumpió en exclamaciones belicosas.

El consistorio estaba hastiado y adoptó resoluciones tajantes. Kurz fue trasladado a la parroquia de Venkov y a Zizkov se envió a un párroco nuevo, un señor mayor y sonriente. Se llamaba Procházka y tenía méritos ante el Museo Etnográfico, al que había donado su colección de belenes populares. Había dedicado toda su vida a reunirla.

Zizkov, al menos su parte femenina, se sumió en la tristeza. Había llegado la hora de la amarga despedida.

La despedida habría sido mucho más dolorosa si una de las pías admiradoras del padre Kurz no hubiese tenido una feliz ocurrencia. Propuso que se le regalase al querido sacerdote, antes de marchar, un bonito cáliz de misa. La colecta se inició en seguida. Coronas y monedas más pequeñas llovieron en manos merecedoras de toda confianza y la suma, nada despreciable, fue reunida en una semana. Un grupo de mujeres escogió un cáliz profusamente dorado y con abundantes adornos, en cuyo soporte fue grabada una dedicatoria afectuosa. Y todo estaba dispuesto para celebrar su solemne entrega. No sé cuál había sido la participación de nuestra madre en aquella operación, pero también a ella, entre otras, le encargaron custodiar el cáliz en nuestra casa. Era un honor. Mi madre estaba contenta, mientras mi padre sonreía irónicamente. De este modo, también yo pude ver aquella obra de orfebrería, sagrado recipiente y recuerdo. El cáliz estaba adornado con piedras preciosas y descansaba sobre una suave almohadilla de terciopelo. No me atreví a tocarlo. Mi madre volvió a guardarlo apresuradamente, pero con respeto.

Mas por la noche, cuando los míos se durmieron, me acerqué al armario. Sus puertas chirriaban mucho. Tuve que ir abriéndolas milímetro a milímetro para no despertar a nadie. Levanté la tapa del estuche, que era bastante grande, y saqué el cáliz para ver mejor y más de cerca aquella belleza; lo llevé junto a la ventana, donde las farolas de la calle arrojaban un poco de luz. Rocé el borde del cáliz con mis labios, como si bebiera de él. En su dorado interior vi mi propio rostro caricaturizado, como reflejado en un espejo cóncavo.

¿Qué pude beber yo del cáliz vacío en aquellos instantes?

Un poco de luz y un poco de negra noche. ¿Un poco de misterio, un poco de esperanza, de fe, de amor? Sabe Dios.

Quizá conservo todavía aquel misterio en la punta de mi lengua y durante toda mi vida he intentado en vano nombrarlo. No lo sé.

Pero después de devolver el cáliz a su sitio, cuando me acosté de nuevo, tardé mucho en conciliar el sueño. Se me helaba el corazón.

Hace veinte años publiqué un libro de poemas cuyo título había estado buscando durante mucho tiempo. Hasta que Ladislav Fikar leyó el manuscrito y escribió sobre la portada una sola y sencilla palabra: «Mamá.» Y el libro se publicó así. Estoy convencido de que fue más bien el título que la calidad literaria lo que ayudó al libro a conseguir el éxito. Algunos pensaron que en las poesías había creado un retrato completo de mi madre. ¡Pues no faltaba más! Cuando me detengo ahora delante de las tumbas de mis padres, no puedo por menos que reconocer que estaba mucho más unido con mi padre. Su carácter era más afín al mío. Yo quería a mi madre, naturalmente, pero no dejo de creer que más bien se trataba de compasión por su amargo destino. Sea como fuere, sabéis que los caminos que recorre la idea del poema más sencillo, comprensible y transparente, pueden ser desmesuradamente complejos, ininteligibles y oscuros.

Bueno, ya está bien. Adiós.

Por fin, la tarde de un domingo de verano tuve la posibilidad de pisar la antigua escalinata, visiblemente ya pocas veces hollada, de la iglesia de Minici. En las rendijas de los escalones crecían malezas y frondosas hierbas. Un muro bajo rodeaba la iglesia. Antaño había allí un cementerio. Hoy lo han invadido hierbas salvajes y lo único que permanece en las tumbas arrasadas es el silencio. Eché una ojeada a través de las puertas encristaladas y no vi más que pobreza. Dentro había poca cosa. Los cristales de las ventanas estaban polvorientos, y aquella pobreza parecía más pobre y más abandonada de lo que quizás era en realidad.