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EN LA COLUMNATA DE KARLOVY VARY

G. CHRISTOPH LICHTENBERG

63. EN LA COLUMNATA DE KARLOVY VARY

Sosteniendo en la mano una copa de porcelana en la que estaba dibujada una gacela sobre una roca, yo paseaba asiduamente por la columnata de Karlovy Vary que, aunque había sido diseñada por el mismo arquitecto que el Teatro Nacional, no puede parangonarse con la de Marienbad. Siguiendo la prescripción del médico, sorbía el agua tibia y amarga, pasaba del manantial del Molino al de la Sirenita y al de Carlos IV, aunque la recomendación se me antojaba algo arbitraria. Aparentemente, los manantiales son todos iguales, brotan en el mismo sitio; sólo varía su temperatura. ¿Pero qué entiendo yo de eso?

Debo decir que la cuestión, tan vivamente discutida por entonces en los balnearios, de si aquellas aguas medicinales rejuvenecían y manaban a la superficie desde el magma de la tierra, o de si se trataba de aguas del suelo absorbidas por la tierra y que volvían a ella, me dejaba más bien indiferente. Pero mi vesícula biliar me atormentaba y había venido a los baños para ponerla en orden. Pese a ello, la idea de que estábamos bebiendo la leche de la madre tierra directamente de su seno, todavía me sigue pareciendo más cautivadora que la patente realidad de que se trataba del agua que un día había arrastrado el lodo y el fango de los caminos de nuestras tristes vidas.

Me gusta ver el pulular cotidiano de los clientes de los baños con sus cajitas de pastillas en la mano, y observo sus rostros que se repiten a diario. Al llegar a una edad avanzada —dice André Gide—, siento menos curiosidad por los países, incluso por los más hermosos, pero cada día me siento más curioso con respecto a la gente. Aunque el científico Jean Jeans nos asegure sinceramente que no somos más que moho. Pero, ¡qué cosas ha conseguido hacer este moho y cuánto ha creado!

Cuando terminé de beber el agua, me senté en un banco húmedo al lado del Manantial y me quedé escuchando su incesante rumor, bajo una lluvia de gotas microscópicas. El sonido monótono del agua que fluye hace más fácil recordar, soñar y meditar. Allí fue donde un día me encontró Vítézslav Nezval. Hacía mucho que no nos habíamos visto, y me alegré.

Recordé un episodio. Poco después de la guerra llegó a Praga el pintor Josef Sima, nuestro buen compañero. Lo recibimos con los brazos abiertos; ansiábamos conocer las noticias del París de la época de la guerra y de la posguerra, al cual seguíamos amando y que para él era su segunda patria. Durante la guerra, Sima había colaborado con el maquis. Pero hablaba de su trabajo sin darle importancia.

Una vez, al reunimos en el antiguo Café Nacional, inquirió, con una ironía fina como la seda, si Nezval llevaba a su importante despacho su bastón balzaquiano. Por aquel entonces, Nezval fue llamado a ocupar el cargo de jefe de un departamento del Ministerio de Información. Ya casi nos habíamos olvidado de su extraño bastón.

Muchos años antes de la guerra, Nezval irrumpió una tarde en el café y blandió, triunfante, un bastón descomunal, más parecido a una pequeña estaca, que colgaba de una correa en su muñeca. Era liso y en su pomo había un trozo de vidrio pulido. Había sido Sima quien, a petición de Nezval, le dibujó el famoso bastón de Balzac. Pero todo se redujo a un suspiro de desilusión. Porque Balzac, aun endeudado, llevaba en su bastón una auténtica piedra preciosa y Nezval sólo tenía un pedazo de cristal sin valor. Lo mismo le ocurría entonces a nuestra literatura en el mundo.

Nezval siempre manifestaba con notorio estrépito su alegría ante un encuentro. Era su modo de ser. Se excedía un poco en aquellas efusiones, pero nos conocíamos desde hacía mucho tiempo.

También a él le había traído a Karlovy Vary su vesícula biliar infectada. Como me confesó, también pensaba quitarse algún que otro kilo. Estaba bastante gordo, y eso no era bueno. Había sufrido un infarto.

Por el momento le bastaba con los baños. Tenía múltiples ocupaciones. También cuidaba la elegancia de su aspecto. A lo que prestaba menos atención o, en todo caso, trataba con la mayor indolencia, era a su salud. Aunque había dejado de fumar, fue, a lo que parece, lo único que cumplió con perseverancia. Cuando yo encendí un cigarrillo, me lo quitó de la boca y lo aplastó ruidosamente contra el suelo. Así me vi obligado a fumar sólo cuando él no me veía.

En cuanto al radical régimen de adelgazamiento que se le prescribió en el sanatorio, simplemente no lo observaba. Era el único que se atrevía a recorrer en coche las calles de los baños. Cuando en el comedor del sanatorio dejaba el tenedor sobre la mesa —tenía para el almuerzo una zanahoria hervida en agua— se metía en el restaurante de enfrente de la columnata y encargaba un filete del tamaño de un plato, o bien una chuleta. Una ración doble. Los médicos conocían sus inobservancias dietéticas, pero no podían hacer nada. La equívoca convicción de que se curaba lo suficiente con aguas y medicinas le infundía cierta euforia brusca y su irrefrenable temperamento no le permitía descansar.

Aquel verano —corría el año cincuenta y seis— en Karlovy Vary se trataba también el mariscal Budienny. Nos lo encontramos cuando volvía a los manantiales. Nezval lo saludó efusivamente. Budienny le devolvió el saludo con una sonrisa amistosa.

Las cosas le iban peor con las chicas que en la columnata, suscitaban la curiosidad de Nezval. Se paraba a su lado y les murmuraba algo confidencial. Alguna soltaba una carcajada, a la otra le salían los colores a la cara y estaba a punto de echar a correr. Sólo cuando se enteraban de que se trataba de Nezval, aceptaban su galanteo sin tanta turbación y algunas estaban visiblemente halagadas. No sé cómo está esto ahora, pero entonces las mujeres y las chicas amaban no sólo la poesía, sino también, quizás, a sus autores. Aquello estaba bien, ¡ya lo creo!

Yo esperaba, cada mañana, en la breve cola que se formaba delante del manantial del Molino. Un día vi a Nezval caminando a toda prisa. Estaba enormemente excitado. En seguida supe por qué. Me hizo salir de la cola para comunicarme, lleno de alborozo, que iba a hacer un viaje a la India.

La Unión de Escritores Checoslovacos enviaba, de tarde en tarde, a sus miembros al extranjero. Nezval estaba sorprendido y no ocultaba que la idea del viaje le alegraba. Hacía mucho que deseaba conocer aquella tierra misteriosa y bella. Ya estaba imaginando a las gráciles indias en sus saris color crema y se prometía que, desde Delhi, iría a ver sin falta los viejos templos de Khadzurah.

Cuando íbamos a casa de Teige, en la calle Cerná, y hurgábamos en la enorme biblioteca del anciano caballero, en la que había numerosos manuscritos, escrutábamos con amor una antigua monografía alemana dedicada a la India y sobre todo las páginas en que estaban las imágenes de aquellos antiquísimos lugares sagrados de los indios. Las fachadas del templo de Khadzurah estaban cubiertas de estatuas. Igual que un general de medallas. Eran innumerables. Quizá varios centenares, o más. Eran estatuas de amantes, de bailarines y de bailarinas. Los amantes estaban enlazados en estrechos abrazos y adornaban el templo con las actitudes amorosas más secretas y más íntimas. Aunque a mí más bien me recordaban los números acrobáticos de la familia Blondini en el trapecio, cuando estuvo aquí el circo de Kludsky. A su lado, una bailarina alzaba unos pechos tan redondos que parecían bolas de billar.

En nuestra tierra, como es sabido, los amantes buscan un escondrijo para su amor. En Krec, cerca de Praga, se ocultaban en la concavidad de un viejo roble hueco, a la que trepaban por sus ramas bajas. No sé por qué en Khadzurah habrían escogido la fachada de un templo. En fin, ¡están allí desde el siglo diez, así que nada!

¿Cómo no iban a atraernos aquellas imágenes? Eramos jóvenes, hacía mucho que conocíamos unas traducciones lapidarias del Kama-Sutra y, por supuesto, sentíamos curiosidad por el amor. ¡Cómo no! Por eso nos agradaba hojear aquella monografía de vez en cuando.

Acto seguido, Nezval completó aquel recuerdo con el sabor de los platos insólitos y exóticos; y el aire se llenó del olor dulzón que despedían los manjares, junto con los excitantes olores y sabores de la fruta que durante su visita a la India le esperaría en todas partes.

Yo disipé súbitamente aquellos momentáneos sueños sobre la cocina india y la fruta. Pocas semanas antes había regresado de un viaje por Vietnam y China una amiga de mi mujer, que había contraído allí una desagradable enfermedad. Los parásitos. Lamblias. Estaba en la cama de un hospital, y no era ella sola. Casi todos los que habían vuelto de aquellos países asiáticos pagaron su curiosidad gastronómica con algún mal tropical. Sobre todo con parásitos intestinales.

Se me escapó, y lo lamenté en seguida. No tendría que haber sido yo quien señalase a Nezval aquellos inconvenientes. Debería haber dejado que se lo dijesen los médicos. Había cometido un error. Su alegría, se extinguió. A pesar de su vida despreocupada y sus horarios nefastos, Nezval era un hipocondríaco.

Al día siguiente, frente al manantial del Molino, me declaró que no iba a ir a ninguna parte. Había hablado con los médicos y éstos le confirmaron mis palabras. Nezval llamó a Praga y renunció al viaje.

¡Adiós, amantes de Khadzurah! Fue la señora Pujmanova la que se fue a la India.

Supraphon a escuchar nuevos discos. Nezval había invitado a Karlovy Vary a su hijo Robert y a su madre. Les esperaba con impaciencia.

Me enseñó su fotografía con el orgullo de un padre feliz. Nezval no ocultaba su amor paterno. El muchacho tenía un parecido extraordinario con él. Conocí a la señora O. en los baños, pero no vi allí a su hijo. Ya no lo recuerdo. Quizás no había venido.

Tomando mi café en la pastelería Elefant, vi un día al médico y poeta húngaro Fuchs. Conocía bien a Nezval, pero no se llevaba bien con él. Sin embargo, Fuchs hablaba de Nezval con cordialidad y, después de conocer a un médico que estaba al corriente de la situación de Nezval, me trajo noticias desagradables. Los médicos que lo trataban ya no le daban a Nezval, desgraciadamente, mucho tiempo de vida. Estaba demasiado obeso para su débil corazón, Su corazón no lo resistía. Un año y medio, casi exactamente.

Me despedí de Karlovy Vary. ¡Adiós a las aguas! ¡Que el Manantial siga brotando y haciendo ruido hasta los felices años venideros! Kosta Biebl le dedicó un hermoso poema. Cuando hablamos de los años futuros, pensamos siempre en alguna felicidad por venir. Pero no sucede así. Cuando en la torre de San Vito instalaron el nuevo reloj, el dignatario eclesiástico que lo consagró y lo bendijo le deseó que siguiese funcionando hasta los felices años futuros. Poco después entraban en nuestro país las tropas alemanas.

En la cueva que hay debajo del Manantial se hacen unas rosas sorprendentes. Se coge una flor viva y se la sumerge en el agua que fluye de la pila del manantial hasta el río Teplé. En muy poco tiempo, la rosa se cubre de los minerales pardos y verdes del agua y queda petrificada. Propiamente dicho, es la máscara mortuoria de la exquisita flor.

No. No voy a llevar conmigo este sorprendente recuer-do de Karlovy Vary.

Dos años más tarde, en la primavera del año cincuenta y ocho, estuve ingresado bastante tiempo en la clínica de Motol. Allí, la primavera es triste. Los árboles vetustos no se animan a vivir. En abril murió Nezval. Después de todas sus andanzas, murió en brazos de su mujer Fáfinka, que lo seguía queriendo. Murió como se lo había predicho él mismo con su horóscopo: en la Semana Santa. Seis semanas después moría la señora Pujmanova.

En un cuarto del hospital vecino al mío estaba una enferma, hija del profesor Vratislav Jonás, de la clínica de Vinohrad. Era joven y su padre venía a verla a diario. El profesor no era nada insociable; hicimos amistad y me enteré de cosas muy curiosas. El estaba esperando la llegada del profesor Niederle y nos sentamos en un banco frente a la unidad de reanimación. Me habló de la señora Pujmanova, que estaba ingresada en la clínica de Vinohrad.

Al volver de la India, cayó enferma acusando claramente los síntomas de una afección tropical. Le descubrieron parásitos en el tracto digestivo. Tras someterla a un tratamiento infructuoso, decidieron operarla. Pero no encontraron nada. Los síntomas de la enfermedad volvieron a manifestarse. Una vez más se la intervino quirúrgicamente, y los médicos tampoco detectaron los parásitos. Poco después, Pujmanova fallecía. La autopsia mostró una pequeña úlcera en el duodeno. Era una úlcera corriente, sólo estaba sangrando. En todo aquello había funcionado la psicosis de las enfermedades tropicales, que llegó a confundir incluso a médicos eminentes.

No sé con qué sobornaría Nezval a las estrellas, qué les daría ni qué les prometería, para sacarles un horóscopo favorable para su hijo. Me enseñó aquel horóscopo que él mismo había calculado y en el cual creyó. Era excepcionalmente favorable.

La vida del joven Robert no fue, sin embargo, del todo feliz. Los singulares destinos que Nezval trazaba en su prosa, alcanzaron también a su hijo. Un día su madre le encontró tocando el piano con las venas de las muñecas abiertas. Lo salvaron en el último momento. No por mucho tiempo. Poco después decidió de nuevo poner fin a su joven vida. Aquella vez lo consiguió. Se arrojó por la ventana y se mató.

Murió sin haber catado todavía mucho de la vida que su padre había sabido saborear con todos sus sentidos. Sin embargo, su rostro se parecía mucho al de su padre.