G. CHRISTOPH LICHTENBERG
43. A QUIÉN ECHARSE AL CUELLO ANTES
Estoy pensando en nuestra juventud. Hubo tiempos en que hasta un poeta principiante tenía posibilidades de leer en breve una apreciable cantidad de reseñas sobre su primer libro, tan sucinto; reseñas cortas y largas, algunas de ellas publicadas por revistas literarias especializadas y otras, en las secciones de cultura de los diarios. Eran unos tiempos en los que disponíamos de un amplísimo surtido de la crítica literaria más variada, tanto benévola como severa, tanto buena como mala; y en aquel entonces le era fácil saber a cualquiera frente a cuál de las tumbas de Vysehrad u otro lugar tenía que detenerse para dejar allí una flor en señal de su reconocimiento y para murmurar unas palabras de gratitud.
También yo lo sabía. Los autores de las reseñas me habían ido nombrando a algunos de los más afamados poetas. Lo más probable, para que hiciese mi elección. Neruda, Hálek, Sládek, Toman. Se habían olvidado de uno. Srámek también me gustaba. Empecé por Neruda. Me detuve en todas las tumbas, y al final llegué a la de Srámek. Entre todos ellos, él fue el último en morir, y sobre su sombría tumba sonríe, afectuoso, Humprecht. Desde lejos.
Si hace buen tiempo, me hago llevar, de tarde en tarde, al cementerio de Vysehrad y me siento en los escalones de algún sepulcro de Slavín. Me gusta ir allí. La compañía es buena, como dice un amigo mío que vive cerca y visita el cementerio con frecuencia.
Sé que no debemos sentarnos encima de una tumba, pero caminar me cuesta, me duelen las piernas; así que, quizá, los muertos me perdonen. Por lo demás, tengo dos compañeros allí, entre los poetas.
Las nubes pasan flotando sin que se las oiga. Los féretros, inmóviles, están en las profundidades de la tierra. Las voces de los muertos no rompen el silencio. Pero el lenguaje vivo de la poesía brota como un cálido manantial medicinal. La última vez que estuve allí, fue en este hermoso mes de amor. Olía a lilas; la tumba de Karel Hynek Macha se encontraba a dos pasos.
Salvo a Karel Toman, no he llegado a estrechar la mano a ninguno de estos poetas. No me encontré nunca en vida al admirable Srámek. Cuando miro su rostro, cuando veo su nombre, algo delicioso me acaricia la cara haciéndome pensar en las sonrisas y los besos de las chicas jóvenes. Me gustaban sus poesías sobre las muchachas.
A Toman, en cambio, sí le conocí. Incluso muy bien. Me había brindado su amistad. Vivía cerca de nosotros y me invitaba a ir a verlo. Cuando cayó enfermo y pudo salir más a la calle, quería estar al corriente de todo cuanto ocurría entre los escritores, entre los que eran sus amigos y compañeros. Apreciaba a Hora y siempre preguntaba por Hofejsí.
En verano, yo encontraba algunas veces en la puerta de su casa un papel con instrucciones para los visitantes, como los que se pueden ver en las puertas de los hoteles de Praga:
«Hoy, en el jardín.»
Era una broma amarga. Toman estaba enfermo y el jardincillo era pequeño y triste.
Alguna que otra vez, en verano, le llevaba agua de Vojtések, del manantial que había visto en el claustro de la abadía de benedictinos. Estaba fría y la bebía con gusto. Se la llevaba en una jarra que me había traído de Zbiroh. Había sido de J. V. Sládek.
Los caminos que habían conducido a Toman a la llanura de Bélohorsk fueron, más o menos, accidentales. Antes él vivía en Veleslavína, pero no se sentía a gusto allí. Estaba demasiado lejos de Praga y su piso era incómodo. Luego se trasladó a Brevnov y se encontró como si hubiera vivido en aquellos parajes desde siempre. Allí transcurrió también el penoso final de sus días. El docente Hejda consiguió sosegar su débil corazón cansado y, después, a lo largo de unos años, supo mantenerlo en un estado cuando menos aceptable. En medio de los desenlaces históricos que le andaban rondando, Toman vivió toda la guerra. A menudo yo le encontraba, mientras estaba combatiendo con empeño sus dolencias. Tampoco le ayudaba a curarse el no tener noticias de su hijo menor, desaparecido en el norte de Europa y al que la guerra había cortado todos los caminos para volver a casa.
Íbamos a ver a Toman en busca de unas palabras de aliento y de ayuda, cuando los tiempos se volvían especialmente feos. El poeta, esclavizado por su propio corazón y, a la vez, aquejado de insomnio, escuchaba día y noche las desesperantes noticias que le llegaban de todas las partes del mundo. «De nuevo estoy caminando por el mundo sin bajar de la cama —decía—; y albergo algunas ilusiones.» Aquellas ilusiones nunca eran desmedidas. Se estaba mal, muchas veces se estaba peor; pero las ilusiones seguían resplandeciendo, hasta que se tornaron realidad.
Brevnov es un suburbio bonito, sano, situado sobre las dos vertientes de un valle en cuyo fondo hay un estadio. Por allí soplan los perfumados vientos de los bosques de Kfivoklátsk. En el horizonte verdea la frondosa floresta de Hvézda («Estrella»), y de allí al Monte Blanco sólo hay unos pasos. Siempre que estaba en condiciones de hacerlo, Toman iba hasta allí en tranvía. Desde la terminal hasta la iglesia de la Virgen María de la Victoria hay muy poco trecho. Toman se sentaba a descansar en el patio de la iglesia. Desde los prados del Monte Blanco se ve Ríp perfectamente. ¡Cuántas veces habíamos mirado aquella cumbre durante la guerra!
Fue Hora quien me llevó a casa de Toman por primera vez. La mirada irónica, que las gafas volvían vidriosa, de Toman me lo hizo ver al principio como un ser algo extravagante. Su amistoso apretón de manos no ahuyentó aquella impresión de estar tratando con un ser extraño. Además, por aquel entonces Toman no compartía nuestro juvenil entusiasmo revolucionario y juzgaba nuestros primeros intentos poéticos con escepticismo y condescendencia. Cuando aparecieron los primeros poemas sin puntuación, manifestó sonriente que se los daba a sus hijos para que pusiesen todas las comas y puntos que faltaban. «¡Para que los niños aprendan!» Le gustaba Jindfich Horejsí. Éste le llevaba nueve años, pero habían compartido su época parisién.
«Nos encontramos una vez en El león de Belfort, y desde entonces no nos hemos separado en toda la vida», decía Horejsí y no se cansaba de contar cosas sobre Toman. Y no tenía poco que contar. Aquello era realmente hermoso. Por aquel entonces nos gustaban, más aún que los poemas, aquellos recuerdos y las proletarias andanzas sin rumbo fijo de Toman por los caminos torcidos de Francia e Inglaterra. Al igual que su manifiesto desdén por los pequeños burgueses bien nutridos y honrados. El polvo de los bulevares de París centelleaba delante de nosotros desde los pliegues de su abrigo, y se nos antojaba que sus botas tenían alas de ángel.
Muchas historias, aventuras y anécdotas están relacionadas con aquellos caminos torcidos. El redactor jefe Laurin nos hablaba de una reunión de amigos en Lány. Uno de los invitados mencionó a Toman, que había trabajado algún tiempo como bibliotecario del Senado. Un día, sin decir nada a nadie, Toman se marchó a París. Dejando su sombrero colgado en la percha. Otro invitado observó que los poetas no eran de fiar. A lo que Masaryk replicó:
—¡Yo habría hecho lo mismo!
En la personalidad de Toman fulguraban ante nosotros las vidas y leyendas de los poetas malditos. Le queríamos. Para nosotros encarnaba la libertad romántica de los maestros y tratábamos de parecemos a él en todo. El vaso de vino se encontraba en nuestras manos con mayor frecuencia que la pluma. También su melódico retorno a la quietud del hogar lo vivimos nosotros, a través de su poesía, unos años más tarde. Digo nosotros, pues en realidad no fui yo solo, Los versos de Toman también le gustaban a Halas, aunque no se llevaba muy bien con él. Yo, en cambio, trabé con él una deferente amistad.
Conocí al poeta en los años anteriores a la guerra, cuando le gustaba —y la salud se lo permitía aún— pasar las tardes, y también algunas noches, bebiendo vino. No se negaba aquel placer, como tampoco lo desatendió nunca. Ocurría que, a veces, la luz del día ya cubría su regreso a casa con una alfombra soleada.
Una hermosa mañana de verano me mandó decir que bajase en seguida a verle, que estaba en la taberna de Rehák. Era un establecimiento pequeño, pero acogedor, situado en el primer patio de la Casa del Pueblo, y la gente iba allá a tomarse un trago de vino. Era el lugar donde se reunían los empleados de la Casa del Pueblo. Encontré a Toman, que después de una larga fiesta que se había prolongado toda la noche, estaba de muy buen humor. Me saludó con todo su corazón, y su corazón estaba rebosante. En momentos semejantes un hombre no se encuentra a gusto solo. Pero, apenas llegué yo, en cuanto me serví el vino, se abrió la puerta y en el umbral apareció mi mujer con mis dos hijos pequeños. Habían estado buscándome en la redacción y allí la enviaron a la taberna. Les había prometido a los niños hacer componer sus nombres en la linotipia para que tuvieran unos sellos personales. Mi mujer frunció el ceño. ¡Cómo no! A las primeras horas de la mañana y ya me encontraba bebiendo vino, en lugar de estar trabajando tranquilamente en la redacción. Pero Toman salvó la situación. Subió a los dos niños cariñosamente a sus rodillas, diciéndoles que les iba a contar la historia del pimpollo, la rosa y el sabio pajarito. Y acto seguido empezó a contarla. Ojalá supiera yo contar historias al menos aproximadamente como Toman. ¡Pero no sé hacerlo!
Érase un reino y vivía en él un rey que tenía una mujer joven y bella. Una mañana, el rey decidió ir de cacería a un oscuro bosque. En vano le imploraba la reina que no fuese. ¡Había tenido un sueño horrendo aquella noche y, además, justamente hoy era su cumpleaños y se iba a celebrar una fiesta! El rey no dijo nada. Besó a la reina en la frente, subió al caballo y se marchó. Pronto desapareció entre los árboles del negro bosque y la reina lo perdió de vista. Pero aquel día el bosque parecía embrujado. No se movía una hoja, los pájaros no cantaban y no se veía por las sendas ni una sola alimaña. El bosque estaba completamente muerto. Al adentrarse más en la espesura, el rey sintió una terrible sed. Pero en ninguna parte había un manantial, ni murmuraba un arroyo. En aquel momento, un repugnante cuervo se posó sobre el hombro del rey y graznó: «Rey, sígueme.» El rey arreó al caballo y se fue siguiendo al cuervo, hasta que llegó a una choza medio derruida, en la que vivía una vieja bruja. La mujer le preparó al rey un brebaje. El rey lo probó con cautela. La bebida sabía como el mejor vino, así que el rey apuró el vaso hasta el fondo. Pero apenas el rey hubo visto
el fondo del vaso, la bruja y el cuervo desaparecieron de repente, y el rey sintió que la cabeza le daba vueltas. Entonces se dio cuenta de que se había perdido en el bosque. En vano miraba alrededor suyo. Estuvo mucho tiempo andando, pero siempre regresaba al mismo sitio. Y sólo daba vueltas y más vueltas. Estaba ya completamente desesperado, cuando vio en la senda un rosal. Sobre el rosal había un solo pimpollo, una sola pequeña rosa, y junto a la rosa estaba sentado un pájaro sabio. El pajarito le pió al rey que debía seguir por la misma senda hasta que llegase a una roca verde.
El rey hizo como el pajarito le había dicho y, al encontrarse frente a una verde roca, vio un manantial. Se inclinó en él y bebió con avidez. Era una fuente milagrosa. Apenas se levantó, notó que la cabeza ya no le daba vueltas y encontró el camino en seguida. No tardó en descubrir delante de él su palacio real. La reina esperaba sentada junto a la ventana; estaba triste y bordaba algo. En cuanto vio al rey, lo dejó todo, clavó la aguja en la almohadilla y, alborozada, echó a correr a su encuentro. Se abrazaron felices. «Querida esposa mía —le preguntó el rey—, ¿qué estabas bordando?» La reina se sonrojó y le enseñó su camisón de seda, sobre el que había bordado el pimpollo, la pequeña rosa y el sabio pájaro.
Los niños escucharon la historia con desconfianza, mi mujer se echó a reír. Todo estaba en orden, de repente. ¡Este poeta sí que sabe lo que hace!
Tuve que volver a contar el cuento muchas veces a los niños. Siempre andaban pidiendo el cuento de la taberna, y yo, antes de empezar, siempre precisaba: «Escrito por Karel jaromír Toman.»
Poco después de la muerte del poeta, Borovy publicó la edición definitiva de su lírica. Toman había reunido en el libro la obra de toda su vida. Le había faltado poco para verlo. El tomo no era nada voluminoso. Cuando el poeta estaba vivo aún, Nezval se refirió al pequeño libro con unas palabras de menosprecio. A Toman le dolió saberlo. De hecho, era todo un antípoda de Nezval. Nezval lanzaba a sus lectores miles de versos con gran fausto y, como decía Milan Kundera, le exigía a su público que los recibiese con gran fausto. Yo vi trabajar a Nezval. Encendía un cigarrillo, se sentaba a la máquina y el papel corría por debajo de sus dedos con un largo poema. El autor volvía al manuscrito sólo de pasada. El poema estaba listo. Por lo menos así nacían sus poemas surrealistas, que son innumerables.
Toman iba por el camino de la vida como sembrándolo de pequeñas joyas con su mano. Pero la alegría de aquellos que las han recogido lealmente es muy grande. Sabía todos sus poemas hasta la última línea. En eso se parecía a Bezruc, el autor de un solo libro.
Sus poesías no están envueltas en ningún misterio. No hay en ellas nada que descifrar. Son claras y llegan a la gente. Son verídicas. Y verosímiles. Tampoco hay en ellas líneas que reflejen una presurosa contingencia, ágilmente revestida tan sólo con una rima oportuna. Están libres de esos rellenos coloreados que tantas veces encontramos en ciertos poemas en cuyas plumas se agolpan los poemas con premura. Los de Toman son irrepetibles, están fuera de todo parangón. Son plena y profundamente checos.
No obstante, Toman no escribía fácilmente. Pagaba sus poemas con la vida. No provenían de las ligeras y generosas manos de la destreza poética. En su mayoría, son pequeños dramas creados por la parca soberanía de un maestro y por la mano experta de un buen trabajador.
Alguna que otra vez anduve con Toman por el hermoso camino campestre que conduce al estadio. En aquellos tiempos no estaba aún arreglado como lo está ahora. Debajo de nosotros se extendía Smichov, humeante y rugiente. A lo largo del camino, allí y allá, se veían arbustos de escaramujo en flor. A Toman le recordaban las familiares lindes, entre las plantaciones de su tierra, y los miraba con amor.
«¿Me preguntas cómo escribo poesías? En realidad, casi no las escribo. Desconozco el montoncillo de papel que va menguando hoja por hoja, mientras se escriben unos versos no del todo logrados y hay que arrugar el papel y tirarlo. Paso mucho tiempo con la idea de un poema, lo pienso despacio, reflexiono sobre cada línea. Cambio las palabras hasta que el verso y, luego, todo el
poema, estén terminados y, a mi juicio, no tengan defectos. Siento el placer del trabajo creativo antes de coger en mi mano la pluma para anotarlo simplemente. Éste ya es un trabajo enteramente mecánico.»
F. X. Salda, en su estudio sobre Toman, que posee el rigor de una verdad conocida, ha resumido este proceso creativo muy acertadamente: «Se nota que estos versos de Toman han sido recitados durante largas caminatas y paseos, sobre rutas infinitas, y que el poeta, antes de apuntarlos, los sabe de memoria.»
Toman cuenta que se quedó maravillado al leer aquel ensayo. Le escribió una carta a Salda dándole las gracias y describiendo el asombro que le causó la perspicacia de éste.
Sin embargo, para mí, que nunca he despreciado enseñanzas, aquel procedimiento era demasiado ajeno. Porque, para mí, el verso que no es inmediatamente registrado sobre un papel, no existe. Yo he escrito con cierta facilidad, pero he arrugado mucho papel. Las poesías me salían por la punta de iridio de mi estilográfica. Pero después de escuchar las palabras de Toman empecé a verlo de modo distinto. Quince palabras expresan la idea del poeta y, en este instante, la idea, como en una ligera danza, empieza a volar y se convierte en un verso. Por eso al magnífico poeta le bastaba con pocas palabras, pues en su obra estaba todo él, entero y grande.
Casi frente a las ventanas de la casa de Toman se levantaba la antigua fábrica de ladrillos de barro de Brevnov. Durante la guerra, los soldados alemanes se entrenaban allí disparando con cartuchos de verdad. Los estampidos de los tiros acompañaban a los latidos del corazón de Toman. Escuchaba con angustia los unos y los otros.
Al final de su vida tenía tres deseos. Quería celebrar el día de la liberación, ver a su hijo y hojear, sobre la colcha del lecho, una edición completa de su obra poética.
El destino, que no lo mimaba demasiado, le proporcionó el cumplimiento de los tres.
Celebró el día de la liberación. Aquel día abandonó, con cierto esfuerzo, el lecho y se puso sus ropas domingueras. Poco después pudo abrazar a su hijo y, por último, hojeó, por lo menos, las galeradas de sus Poemas y al final de ellas escribió unas líneas de epílogo que concluían con un triste saludo dirigido a los lectores.
Después de su muerte, el nombre de una calle de Bfevnov que antes se llamaba K Ladronee (Hacia Ladronka) fue cambiado por el de Toman. Es una bonita calle que ahora se sitúa al borde del cinturón verde. Está llena de sol, de viento y de tormentas de primavera. Desde sus aceras se ve la espaciosa campiña del sur de Praga. A la derecha, detrás de la iglesia de Stodulki, azulean las bajas estribaciones de Brd, a la izquierda se ven por la noche las luces de los automóviles que salen del bosque de Ládva. Y en medio de ella, se ve a lo lejos la torre de televisión de Cukrák, que se alza sobre Zbraslav. Junto a la vieja granja de Ladronka, la calle baja hacia la Bélohorska.
Se me encargó que anunciase a los habitantes de Brévnov el cambio de nombre de la calle. Pusieron una pequeña tribuna para una persona, en medio de la calle, cerca del parque, justo al lado de un arbusto de escaramujo que todavía sigue allí. Aquel día, precisamente, floreció.