CAMINAR EN EL ESPÍRITU
10 CUERPO DE CRISTO
Encontrarse con la persona de Cristo es el todo de la perfección cristiana. Este encuentro se realiza a través de un largo proceso en el que Jesús toma posesión de nosotros y de nuestras vidas, que quedan sometidas a Él como Señor. No es un proceso de absorción, sino de encuentro, porque este dominio y señorío de Jesús tiene como objetivo devolvernos toda nuestra libertad y capacidad de ser auténticos. Nos descubre la capacidad de amar, y de ser un tú; es decir, de ser amigos de Dios.
Pero este encuentro no es abstracto y desencarnado. Tiene una mediación. Se realiza mediante los demás, mediante aquellos hermanos reales que forman el Cuerpo de Cristo. Por tanto, el encuentro con Cristo exige el encuentro con los hermanos, exige la comunidad, exige la Iglesia. Jesús se identifica con su Cuerpo. Lo que se hace a uno de los suyos, se hace a Él mismo: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" (Hch. 9, 4). "Quien destruye el Cuerpo de Cristo, Dios le destruirá a él" (I Co. 3,17).
En cierta ocasión fui a escuchar al Papa Juan XXIII, que nos hablaba a los estudiantes de las distintas facultades eclesiásticas de Roma. Al terminar volví a casa decepcionado. Me había parecido un discurso insulso, sin profundidad, sin ideas. Con el paso del tiempo, el Señor ha ido haciendo algo en mí; y una de las cosas más bellas que me ha revelado, ha sido la necesidad de los hermanos, de la comunidad, de la Iglesia. Después de esta conversión me he preguntado muchas veces: qué fatuo debía ser yo en aquel entonces, que no entendí nada de lo que dijo Juan XXIII.
Yo era joven, vivía en mí, en mi razón, sin darme cuenta juzgaba a la Iglesia, juzgaba lo que no entendía. Yo lo vivía todo desde mí, y desde ahí es imposible el encuentro. Nuestras ideas, nuestros derechos y razones, nuestras riquezas, nos separan. Yo quería arreglar las cosas, cambiar la Iglesia, y para eso buscaba ideas y programas brillantes. No había encontrado la puerta por donde se entra al corazón de este misterio. Ese corazón es Jesús resucitado amando a su Esposa pobre, pequeña, necesitada. Y yo totalmente empeñado en hacerla rica. La pobreza de la Iglesia, de la comunidad, del hermano, me escandalizaban hasta el punto de que me sentía distinto y distante. Ahora he descubierto mi propia pobreza e indigencia. Ahora prefiero confiar más en lo que diga la Iglesia, que en mis propias razones. Ahora he comprendido que la Iglesia es un don para los pobres; es decir, para mí, y para todos los que estáis aquí. Antes sentía
deseos de escapar; ahora le digo al Señor: que tu Iglesia no me falte, que no me abandone, que no la pierda yo por nada del mundo.
Dice san Pablo: "ved, hermanos, los que habéis sido elegidos. No hay entre vosotros muchos sabios, ni poderosos. Dios ha elegido más bien lo pobre del mundo, lo débil, para confundir a los que se creen fuertes" (I Co. 1, 26). No creáis que Pablo hizo aquí una mera constatación sociológica, ni siquiera teológica. Nos ha dado una referencia teologal. Es decir, hay una pobreza que no suele abundar en los que se creen algo según la carne, que es condición teologal, indispensable para el encuentro con Jesús y sus hermanos.
11.- EL YO RELIGIOSO
El Señor, pues, nos tiene que revelar toda nuestra pobreza y la de nuestros hermanos para que se dé la experiencia y la práctica de la fraternidad, núcleo esencial de la Iglesia o Cuerpo de Cristo. Si algún día se constatara que los elementos institucionales u organizativos no colaboran a una vida de fraternidad y de encuentro, habría que eliminarlos o revisarlos profundamente. Pero aunque no sea así, sí es cierto que en el viejo tronco de las instituciones -diócesis, parroquias, conventos, asociaciones- se esconden a veces actitudes que imposibilitan esta fraternidad. Son esas actitudes fariseas, que utilizan y se apoderan de las instituciones, y sientan cátedra del bien y del mal. Pululan gentes poco convertidas que no han tenido un encuentro real con Cristo, pero que viven un cristianismo cultural muy comprometido. Su yo religioso se ha puesto muy gordito por una práctica y un consumismo muy devotos. Siempre están en la parroquia, dispuestos a que se les mande cualquier cosa, mientras esa cosa coincida con su idea de parroquia. Los mismos sacerdotes ayudan a esta falacia con predicaciones en las que se dice lo que la gente quiere oír, sin afectarle para nada a su vida ni revelarles su pecado y pobreza. Otras veces colman este vacío con un activismo que llena la parroquia de grupos, asociaciones, compromisos, para sentir una plenitud numérica. La gente suele estar muy contenta porque sus obligaciones coinciden con sus intereses inconscientes, por lo cual su autoestima religiosa se encarama hasta las nubes. Se consideran buenos, irreprochables, los mejores. Todo este mundo vive y colabora desde su yo, desde sus riquezas, desde sus razones y derechos. Muchos saben teología, o son especialistas en catequética o asistencia social. Para colmo suelen comportarse bien socialmente, y son personas honradas y buenos profesionales, que han formado o pertenecen a una familia que goza de crédito o posición. Hablan mucho de Dios, pero no conocen a Jesucristo. Por eso, todo está lleno de envidias, de rivalidades y competencias. Nadie se goza de la misma fe, de la esperanza y de la
caridad. No hay encuentro real entre las personas, pues todo lo que es pobreza se esconde en el abismo solitario de cada uno.
Sólo el Espíritu Santo puede penetrar en este conglomerado granítico. Sólo Él puede inquietar sus vidas y revelarles su pobreza. Cuando Jesucristo se acerca a una de estas familias de una forma "impura o degradante", por ejemplo en forma de sida, o de droga, o de hundimiento económico, o de cualquier lacra no asumida por la cultura ambiente, su desconcierto religioso se hace total: "¿cómo es posible que Dios permita esto en una familia buena, honrada, siempre dedicada a su servicio?". El mismo Espíritu Santo lo tiene muy difícil para evangelizar, para revelar a esta gente su pobreza sin apabullarles. Una conversión aquí exige sangre, sudor y hierro. Pero, en fin, para Dios no hay nada imposible.
A vosotros, que habéis sido traídos a este Seminario, el Padre Dios os quiere hacer la revelación de Jesucristo y de los hermanos. Quiere que tengáis un encuentro con ellos, pues en eso consiste ser cristiano. Para eso os tiene que despojar de vuestras riquezas y revelaros el sentido profundo de vuestra pobreza y la de vuestros hermanos. Desde ahí todo es posible.