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7 EL SEÑORÍO DE JESÚS

In document Sve Chus Villarroel (página 125-127)

CAMINAR EN EL ESPÍRITU

7 EL SEÑORÍO DE JESÚS

En cierta ocasión oí a una mujer carismática un bello testimonio. Llevaba muchos años en la Renovación, y se dedicaba a predicar retiros y a dar charlas por muchos países. Para ello le había entregado al Señor su profesión, su negocio, su tiempo, sus vacaciones, sus preocupaciones de todo tipo. Un día iba conduciendo su carro, en el que llevaba a sus tres hijos al colegio. De repente sintió que el Señor le hablaba al corazón: "entrégame tus hijos". Se conturbó interiormente: "no, mis hijos, no". Los quería para ella, bajo su poder. Pensaba que, si se los entregaba al Señor, podrían morirse o escapar a su control; en cambio, bajo su custodia le parecía estar más seguros. Al fin, después de mucha oración, pudo entregar sus hijos al Señor.

Con este testimonio, podemos entender un poco por dónde va lo más hondo de la espiritualidad, tal como se vive en la Renovación carismática. En esta dirección progresa nuestro caminar en el Espíritu, nuestra tendencia a la perfección. Aquí está el núcleo. Y ¿cómo podemos entender esto? Ya dijimos que el lema "Jesús es el Señor" no es una frase emblemática o decorativa, sino de parte de Jesús, de su Espíritu, es un acto de poder o de salvación o de evangelización. De nuestra parte es un acto de sometimiento a ese señorío de Jesús.

Se trata de ir entregando cada una de las parcelas de nuestra vida al señorío de Jesús. El protagonista principal de este proceso es el Espíritu Santo, el santificador, que primero nos va iluminando sobre los puntos oscuros de nuestra vida, sobre nuestras idolatrías, sobre nuestro pecado. La aceptación de nuestro pecado, de nuestra impotencia, de todas nuestras pobrezas, es esencial para que el Espíritu pueda ir haciendo la obra de liberación. Es necesario que el enfermo reconozca su enfermedad, para que el cirujano pueda tratarlo y curarlo. Pero Jesús no sólo se tiene que hacer señor de nuestro pecado, sino de toda nuestra vida natural, humana y social, para que así pueda ser todo en todos. Para que Él pueda vivir en nosotros, para que podamos actuar con su amor, para que tengamos el mismo Dios que tuvo Cristo, para que experimentemos el evangelio como buena noticia en nuestras vidas, necesitamos someter nuestro hombre viejo al señorío de Jesús. Eso es la perfección, eso es la santidad.

Si tienes un millón de pesetas y quieres crecer, el Señor te pedirá que se lo entregues. Tú te resistirás, porque has puesto en ese millón tu

confianza y seguridad. Jesús te dirá: "yo quiero ser tu seguridad". En ese momento es importante que ores y oren por ti, para poder entregarlo. Cuando lo entregues, el Señor te dirá probablemente: "quédate con tu millón". Pero ese millón ya está evangelizado, ya no es tu ídolo, Jesús se ha hecho Señor de ese millón. Y tu corazón ha pasado de la idolatría a la fe y confianza en el Dios vivo.

Sin embargo, todo esto no es nada fácil. Aquí vive el cristiano la dimensión de la cruz, de la renuncia a sí mismo, la kénosis. Y cuando el tema son las relaciones interpersonales, se acrecienta la dificultad. En esta entrega experimentamos con frecuencia el desaliento, el desierto y hasta el escándalo. No es nada fácil morir al propio yo, a las propias tendencias, y a lo que a ti te parece más inocente. Cuando creas que ya has sido sanado de muchas cosas, nuevos abismos de egoísmo, de pecado y oscuridad, se abrirán en tu interior, y te darás cuenta de lo radical que ha sido el daño que el pecado original ha causado en nuestra naturaleza.

El Espíritu de esta forma quiere sanar, o evangelizar, cada una de las parcelas de tu ser. Necesita evangelizar tu inteligencia, tu voluntad, todas tus facultades y sentidos. Hasta tu memoria del pasado. Muchas veces vivimos recuerdos del pasado con aguijón. La muerte, por ejemplo, de un ser querido te puede evocar tristeza, resignación o rebeldía. El Señor tiene que hacerse señor de ese recuerdo, y así sanarlo, eliminando el aguijón. De esta forma podrás vivir evangélicamente ese recuerdo en el gozo del Señor. En las tres dimensiones del presente, del pasado y del futuro, tiene que ser ampliamente sanada nuestra vida. Pero no una sanación para volver a nuestra vida vacía y superficial, sino para entrar en el gozo y conocimiento de la verdad. Ahí experimentaremos que Jesús no sólo es el camino, y nos da la vida, sino que es también la verdad última y consistente, donde deben descansar todos nuestros afanes.

En Jesús, pues, se recapitulan todas las cosas. Él nos reconcilia con Dios, devolviéndonos la auténtica imagen del Padre, muchas veces maltratada por nuestros padres terrenos. Nos reconcilia con nosotros mismos, y nos devuelve nuestra verdadera naturaleza, hecha a imagen y semejanza de Dios. Y nos reconcilia con los demás y con el mundo entero. El señorío de Jesús no es únicamente personal, es social, histórico, cósmico. Todo tiene que ser sometido a su poder bueno y benéfico, para que Él pueda devolver al Padre el Reino, después de haber destruido todo principado, potestad y dominación (I Co. 15,24), es decir, todos los que se han constituido señores de este mundo. La liberación total en Cristo, es el verdadero sentido de la vida y de la historia.

Todo es gracia, todo es gratuidad, pero nadie descubrirá el esplendor total de esta verdad, si no se deja introducir en un largo proceso de sanación, de conversión, de liberación.

In document Sve Chus Villarroel (página 125-127)