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13 EL ESPÍRITU HACE LA IGLESIA

In document Sve Chus Villarroel (página 133-137)

CAMINAR EN EL ESPÍRITU

13 EL ESPÍRITU HACE LA IGLESIA

Os va a parecer extraño lo que os voy a decir, aunque en la Renovación es una experiencia muy común. Si un hombre se casa con una mujer y quiere comunicarse a fondo, lo mejor es que no se comunique directamente con ella. La comunión humana sólo es posible a ciertos niveles. El hombre por sí mismo no puede prescindir de su yo, de sus criterios, de sus seguridades. Por eso, a tu mujer le contarás unas cosas, y otras no se las contarás; y descubrirás a lo largo de tu vida que tu nivel de sinceridad no ha sido demasiado grande. Si quieres comunicarte a fondo con tu mujer, no te relaciones directamente con ella, sino a través del Espíritu de Jesús resucitado. Sólo con este Espíritu llegarás al fondo de su personalidad, sin hacerte ni hacerle daño. Y disfrutarás de ella, y ella de ti, más que si lo hicieras desde ti. El viaje hacia los hermanos lo tenemos que realizar con el Espíritu Santo. Con él caminamos seguros y podremos construir gozo, comunidad, Iglesia.

La comunión que el Espíritu va a hacer entre nosotros se realiza en las tres dimensiones del ser humano:

COMUNIÓN EN EL ESPÍRITU: Lo más bello que nos da la Renovación es una fe viva, que no sólo nos da vida a cada uno, sino que la podemos compartir con otros que la están viviendo también. La comunión en una fe viva a pesar de darse en el espíritu, que a veces no sabemos ni lo que es, es lo más hondo que se puede dar en esta vida. Para todos nosotros ha sido una experiencia sorprendente al entrar en la Renovación. Todos nos hemos contado que jamás habíamos tenido vivencias parecidas en esta línea. De aquí brota una comunidad de fe que se expresa en una alabanza fuerte y común, impulsa al canto, aun a los que no tienen ni voz ni oído, suaviza las cautelas corrientes que impiden abrir el corazón a los hermanos, derriba barreras y obstáculos, y te hace sentir en una familia nueva.

Para mí fue un gozo enorme poder experimentar esto que os digo con los chinos de Hong Kong, con los filipinos en Manila, con los coreanos en Seúl. Vas por las calles de estas ciudades abarrotadas de masas, y sientes que no tienes nada en común con esas gentes. Vas a la oración y esos seres lejanos y anónimos, bajo el mismo Espíritu, y al calor de la misma

alabanza, se te transforman en seres entrañables cuya vida empieza a interesarte enormemente. Y te alegras de que el Señor te abra tantos corazones al amor y a la caridad.

Mi herida en este sentido la tenía con los franceses. Me venía, tal vez, de mi época de estudiante allí. Me molestaba de tal forma dicha herida, contra mi voluntad, que un día en Paray le Monial ya llegué a dudar, en los Laudes de la mañana, de que aquellos franceses fueran carismáticos y tuvieran el mismo Espíritu que tenemos en España. Así me pasé todo el día. Yo me daba cuenta de que los juzgaba, pero no podía evitarlo. Por la tarde charlábamos después de la cena, sentados en aquellas amplias praderas delante del comedor, bajo aquellos enormes platanoides. De repente, llega una chiquita muy joven y se dirige a mí en francés: "¿me puedes confesar?" Me extrañó, porque ni la conocía, ni la había visto jamás, y además allí había muchos sacerdotes. Me levanté, y nos internamos un poco más adentro en el bosque. Me habló durante más de una hora, en un francés que me pareció bellísimo -también tenía herida con esta lengua- de ella, de sus cosas, y de su experiencia del Señor. Me di cuenta de que el Señor me la había enviado. Me impresionó y me llenó de gozo, y desde entonces ya no dudé más de que también los franceses tienen Espíritu Santo. Le pregunté: ¿Por qué te dirigiste a mí para que te confesara? No sé, me respondió, no te conocía, pero me sentí impulsada. Aquella tarde el Señor sanó mi herida.

La comunión de fe que tuve en esos momentos con esta chica, la que tengo ahora con tantas personas, la que empezáis a tener vosotros, para mí es evidente que no proviene de la carne y de la sangre, ni de ningún esfuerzo, ninguna teología o comportamiento adecuado, sino que es un don de Aquél que nos invita a vivir en "un solo Cuerpo, un solo Espíritu, como una es la esperanza que estáis viviendo. Un solo Señor, una sola fe, un solo Dios y Padre de todos" (Ef. 4,4).

COMUNIÓN EN EL ALMA: El Espíritu no hace su comunidad con hombres prefabricados, en serie. Cada uno permanece con su carácter y su temperamento. Son distintas las ideologías, los afectos y las cualidades naturales. Lo mismo los atractivos, aficiones, diversiones, gustos; fijaciones, obsesiones, manías y complejos; sexo, intereses, sensibilidades. Distintas son las razas, lenguas, pueblos y culturas. Pero lo que sí hace el Espíritu es evangelizar todas estas diferencias naturales que pueblan el mundo del alma humana y que, dejadas en sí mismas, son más bien factores de discrepancia y desunión. Por sí mismas no hacen comunidad, ni desembocan en la caridad y en la comunión. Necesitan ser bautizadas, evangelizadas, bañadas en el agua del Espíritu, para que desaparezcan de su entraña el pecado y la división que les son congénitos.

"La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma" (Hch. 4,32). Cuando el Espíritu evangeliza nuestros diferentes modos de ser y de pensar brota una sola alma en la comunidad, pues aunque todos seamos distintos, ya no utilizamos las diferencias naturales o adquiridas como factores de identidad, de seguridad, de autonomía y de rechazo, sino de integración y unidad. "Todo lo vivían en común", sigue diciendo el libro de los Hechos. Para esto hay que entregarle al Señor lo que cada uno posee, no sólo en bienes materiales, sino lo que nos viene del alma y del espíritu. De esta forma puede darse, en un nivel superior, una plena comunión, aunque seamos de condiciones muy distintas, porque el Señor no rechaza nada.

Ser de una raza, tener una cultura, hablar una lengua determinada, pertenecer a un país o a otro, en sí son cosas buenas e inocentes. El pecado viene cuando utilizamos estos elementos con morbo de disgregación. La Renovación ha sufrido mucho con esto en los diversos países. Hay gentes que con poco Espíritu, y por lo tanto apenas sin darse cuenta, se han introducido en la Renovación, más que para servir al Señor, para politizar este grupo humano en aras de promover una raza, una cultura, un nacionalismo, una lengua, una ideología y, a veces, hasta algunas devociones peregrinas, con lo cual no sólo dividen, sino que arrastran a muchos lejos del Señor. Cuando algunas de estas cosas, aún inconscientemente, ocupan en nuestra alma el lugar de la verdad, nos bloquea radicalmente el progresar en el Espíritu. Aquí el Señor nos diría con toda claridad: "el que no odia a su padre y a su madre -cultura, raza, lengua, nación e ideología- no es digno de mí" (Lc. 14,26).

Sin embargo, todos estos temas hay que tratarlos con sumo respeto y paciencia, pues afectan a los estratos más hondos del ser humano, muy heridos a veces por nuestra historia o por la de nuestro pueblo. Aquí el Espíritu para hacer comunidad tiene que revelarnos a todos la raíz profunda de nuestra pobreza e iluminarnos sobre la perspectiva verdadera de las cosas. Somos muy pobres y nuestros cortos límites nos empequeñecen aún más. Sólo el Espíritu puede producir encuentros entre personas a veces tan dispares, pero esto es la perfección cristiana. "Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús" (Flp. 2,6).

COMUNIÓN EN EL CUERPO: También el cuerpo es un lugar indispensable para la comunión. La gracia se hace sacramento en el cuerpo, comiendo, bebiendo, trabajando, amando. El amor se hace encarnación. El funcionamiento de las hormonas no es ajeno a muchas de las expresiones de la caridad. Es necesario integrar el cuerpo en el camino de la perfección, y rehabilitarlo de tanto desprecio y maniqueísmo de que ha sido objeto en la historia de la espiritualidad.

Yo no soy un ingenuo optimista que piensa, como muchos Ilustrados, que el hombre es un ser naturalmente bueno, y que sólo con dejarle en libertad y sin presiones, se va a hacer perfecto. La naturaleza humana está herida por el pecado y tiende al mal, especialmente al egoísmo y al disfrute indiscriminado de gratificaciones de todo tipo. El cuerpo humano ha quedado debilitado por el pecado, de forma que no ayuda con agrado al bien espiritual de la persona. Busca su placer y su agrado en todo. Por eso hay que reducirlo a servidumbre y educarlo.

Sin embargo, el cuerpo entra en el plan de Dios. Es amado por Dios hasta el punto de que lo va a resucitar. No puede ser objeto de desprecio, ni se debe tender a eliminarlo para que el alma quede libre. Al contrario, tiene que ir siendo sanado de sus tendencias, para que pueda entrar a colaborar en el conjunto de la persona. Este es el punto clave: un cuerpo sanado multiplica las expresiones comunitarias, lo humaniza todo, hace a Dios muy cercano, y se vislumbra la armonía perdida del paraíso. Para ello no podemos profundizar ni en nuestro cuerpo ni en el cuerpo de los demás si no hacemos este viaje con el Espíritu Santo. Si lo hacemos así, ni la limosna será una afrenta, ni la caricia y el beso serán un peligro.

La dimensión corporal se extiende a muchos ámbitos de comunión, incluido el económico. Pero al cuerpo no solamente se le ama dándole de comer y de beber, o embelleciéndolo y preservando su salud con el deporte y el descanso, sino que hay que sacarlo de su postración moral. Todos somos testigos de la sorpresa que significa para nosotros la relación cálidamente humana que encontramos en la Renovación. Y oímos hablar desde el principio que hay que aceptar el propio cuerpo, descubrirlo desde la fe, orar con él y desde él, y hacerle lugar de acogida y encuentro para los demás. Una relación basada en la naturalidad del Espíritu, lleva también al cuerpo de los demás la presencia sanadora del Señor. Por eso en la Renovación se multiplican los gestos hacia el cuerpo del hermano. Y nunca deberíamos permitir que una nueva gazmoñería sacralizante desnaturalizara la relación humana, incluso dentro de un acto sagrado o momento de oración. La encarnación del Hijo de Dios ha sacralizado al mundo entero. Necesitamos, pues, ser amados por los demás en nuestro cuerpo para aceptarlo, para valorarlo, para quererlo, para aportar sus dones y cualidades a la comunidad y, en definitiva, para que se haga un vehículo de resurrección y vida eterna.

Por lo demás sabemos que Dios se revela en la historia, y el elemento más histórico que tenemos los hombres es nuestro cuerpo. En él queda inexorablemente marcado el paso del tiempo y, por tanto, del plan de Dios. Siempre me impresionó la frase de san Pablo cuando dice que "Jesús nos redimió en su cuerpo de carne" (Col. 1,22); y la carta a los Hebreos pone en boca de Jesús las siguientes palabras: "Sacrificio y oblación no te interesan,

pero me has dado un cuerpo. Y entonces dije: en este cuerpo, de esta forma, cumpliré tu voluntad" (Hb. 10,5-8).

In document Sve Chus Villarroel (página 133-137)