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6 LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO

In document Sve Chus Villarroel (página 47-51)

1º DONES Y CARISMAS

6 LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO

La vida cristiana se parece a un barco de vela. Cuando no hay viento los marineros utilizan los remos, y avanzan poco y con mucha fatiga. Cuando sopla el viento se viaja a vela desplegada, y se llega lejos y apenas sin fatiga. Cuando hay poco Espíritu el cristiano tiene que trabajar fatigosamente en la adquisición de las virtudes, pero cuando sopla el Espíritu con la fuerza de los dones, se llega muy lejos, y con muy poca fatiga. El puerto al que viajamos es Jesucristo y las virtudes teologales y demás actitudes que nos configuran con Él. Si actuamos guiados sólo por nuestra razón y voluntad, aunque estén motivadas por la fe y la Palabra de Dios, no superamos el nivel de un cristianismo infantil y de poco alcance. Para llegar a las grandes metas necesitamos otro impulso, que es el que hace el Espíritu Santo con los dones.

Tradicionalmente se mencionan siete dones, tal como el profeta Isaías nos refiere en su capítulo 11: sabiduría, inteligencia, ciencia, consejo, fortaleza, piedad, y temor de Dios. El espíritu del hombre los necesita para poder tener un encuentro total con Jesucristo y con los demás, en la caridad. La persona en la que no actúan los dones con fuerza, vive una vida cristiana muy rastrera, sin elevarse nunca por encima de los juicios de la razón, que aun iluminada por la fe, apenas llega a conocer y a encontrarse con Dios. Por eso vemos tantos cristianos que no se arriesgan a nada, ni se comprometen con nada, ni sufren por su fe, ni por lo tanto son fecundos. Todos los domingos van a Misa, pero no son capaces de trasmitir a sus hijos ni una sola vibración espiritual. Lo mismo se puede decir de muchos sacerdotes y religiosos que viven un cristianismo apocado, sin elevarse

nunca por encima del juicio teológico convencional y de las normas morales más rancias.

Los dones son necesarios para la santidad del bautizado. Por eso, a diferencia de los carismas, los recibimos todos como semillas en el bautismo. Pertenecen al desarrollo normal de la vida cristiana, aunque en muchos se queden enanitos. Son, como decía antes una chica, siete masters con los que el Espíritu culmina su carrera en nosotros. Vivir a nivel de dones es dejar que el Espíritu sea el que programe el itinerario y velocidad de tu camino. La vida mística es imposible sin los dones. Las genialidades cristianas, los grandes amores, las grandes santidades se dan por la actuación de los dones…. San Pablo nos da el auténtico sentido de la actuación de los dones en nosotros: "que el Padre de la gloria os conceda espíritu de sabiduría y revelación para conocerle perfectamente, iluminando los ojos de vuestro corazón, para que conozcáis, cuál es la esperanza a la que habéis sido llamados por Él, cuál la riqueza de la gloria otorgada por Él en herencia a los santos, y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos, y sentándolo a su diestra en los cielos (Ef. 1,17-19)

DON DE SABIDURÍA. ¿Con qué intención infunde el Espíritu Santo el don de sabiduría en nuestro espíritu? Para que conozcamos en plenitud a Jesucristo, en el cual se encierran todos los tesoros de la sabiduría y ciencia de Dios. Para eso tiene que elevar nuestro conocimiento a una dimensión que no es la suya propia. El conocimiento humano dejado a sí mismo tiene como objeto la comprensión de las cosas materiales, y no puede salir de esa dimensión, a no ser mediante complicadas reflexiones. Con el don de sabiduría, que nos da un conocimiento sobrenatural, podemos llegar a Dios en sí mismo, y ver al mundo desde Dios, con los ojos de Dios, con el ritmo y la paciencia de Dios. Conocemos las cosas desde su fuente y razones últimas que están en Dios. Según Tomás de Aquino, el don de sabiduría perfecciona y es inseparable de la caridad, a la que da la modalidad divina (II-II, 45,2). De esta forma podemos amar a las personas y a las cosas como las ama Dios, con su paciencia, con su ritmo. No con nuestras prisas, exigencias y temores.

Con esta visión divina de las cosas, se puede vivir como vivió Cristo, se puede amar a los enemigos, perdonar setenta veces siete, y entregar la propia vida gratuitamente por los demás. No te agobias, no eres pesimista, y entiendes que para todo hay un plan y un amor. Ni el mal de la historia, ni la marcha de la política, ni la situación de la Iglesia te agobia. Aprendes a quererte y aceptarte a ti mismo, que no eres capaz de cambiar y convertirte. Este don en la Renovación carismática nos da el auténtico sentido que origina la alabanza: por su inmensa gloria, porque Dios existe, porque es

bueno en sí mismo, porque es amor. Nos da el gozo de haber sido queridos y redimidos por Jesucristo, de una manera especial al celebrar la eucaristía. Nos hace también ver la comunidad desde Dios, penetrar en su misterio. No nos hemos reunido por nosotros mismos, ni por casualidad. Por lo tanto el misterio de nuestras pobrezas, cobra visión divina. Lo relativiza todo para darnos un sentimiento de eternidad. Da en un momento dado un amor especial por alguna persona, y pone raíz espiritual a una amistad. De él derivan también el don de compasión, de misericordia, el don de lágrimas.

DON DE INTELIGENCIA. El Espíritu da este don para comprender mejor a Cristo y todo lo que se refiere a la fe. Es una visión de fe. Es un flash sobre un tema de fe. Así, el incrédulo Tomás, después de decir que si no metía sus dedos por el agujero de las llagas no creería en la resurrección del Señor, en un impresionante flash del don de inteligencia, no sólo creyó en la resurrección, sino en algo mucho más profundo que es la divinidad de Jesús. Y se arrodilló y exclamó: "Señor mío, y Dios mío". Y lo mismo la Magdalena: "Rabbuní".

Santo Tomás de Aquino, después de ser tal vez el mayor teólogo de la historia, dejó de escribir a sus 48 años, por efecto de otro fortísimo golpe del don de inteligencia, dado en una visión. Ni una línea más. Le preguntaron, y respondió: "Después de lo que he visto, me parece paja todo lo que he escrito".

En la Renovación carismática este don es muy común. Actúa cuando a uno se le revela con unción una frase de la Escritura, una parábola, una imagen o figura, algún simbolismo litúrgico. En las personas contemplativas Dios actúa mucho con este don, perfeccionando su fe de tal forma, que nada ni nadie les puede hacer abdicar de lo que han visto y oído. Te hace de tal modo inteligible la cruz de Cristo, cosa totalmente ajena a la razón, que te la hace suave y hasta apetecible. A veces oyes decir a alguna persona: "mucho me ha costado la perseverancia en la Renovación, pero ahora no lo cambio por nada".

DON DE CIENCIA. Para explicar este don se me ocurre poner un ejemplo asequible a todo el mundo. Un niño muere en accidente. Ante este hecho pueden darse tres posturas:

Un hombre sin fe: Es absurda la muerte de un niño. Me rebelo contra todo.

Un simple creyente: Su razón duda. Acepta, pero no es capaz de evitar la rebeldía. Lucha con Dios.

Con el don de ciencia: "Dejad que los niños se acerquen a mí". Acepta plenamente la voluntad de Dios.

El don de ciencia tiene como objeto los acontecimientos de la vida, los sucesos naturales, las cosas creadas. De ahí el Espíritu santo nos eleva a

Dios. En el don de sabiduría se conocen las cosas desde Dios, en el de ciencia a Dios desde las cosas. Es el don que actuó en San Francisco cuando compuso el "Cántico al hermano sol". Este don compuso también el "Cántico espiritual" de San Juan de la Cruz, y le hacía caer arrobado ante la belleza de una fuentecilla de la montaña. Nos enseña a amar la creación, y nos hace sentir el valor divino de lo humano y natural. Si hubiera un don ecológico por excelencia, este sería ese don.

El don de ciencia tiene en la Renovación carismática algunas manifestaciones muy fuertes. A veces da una luz especial para conocer en la oración de intercesión la situación interior de personas marcadas por sucesos o traumas, a veces ocultos, y que el Espíritu los ilumina en orden a una sanación. Otra cosa típica de este don, es una especie de instinto para conocer dónde hay Palabra de Dios o dónde no la hay. Qué cosas son del Señor y cuáles no lo son, por ejemplo, en un gesto, en el ejercicio de un carisma. Qué oraciones o canciones están ungidas, y cuáles son simple hechura humana.

DON DE CONSEJO. No se refiere a algo que tengo que conocer, sino a algo que tengo que hacer. Es un discernimiento a veces instintivo, sobre qué tengo que hacer, cómo debo comportarme en tal situación, qué camino seguir, qué cosas debo evitar para seguir a Jesucristo. Lo primario de este don no consiste en dar buenos consejos a los demás, sino en estar bien aconsejado. Viene a perfeccionar la virtud de la prudencia, pero no concluye algo por razones humanas, sino por inspiración del Espíritu.

Un día del año 1216, Santo Domingo de Guzmán, que sólo tenía 16 frailes, los repartió por el mundo en grupos de cuatro. Cuatro envió a París y cuatro a Bolonia, por ser grandes sedes universitarias. Cuatro envió a Madrid, cuando Madrid no era nada, y dejó otros cuatro con él en Toulouse. Lo hizo contra la opinión de todos. Al verse tan acosado por las opiniones contrarias, dijo: "Yo sé muy bien lo que me hago". Al poco tiempo los frutos le dieron la razón.

En la Renovación carismática el don de Consejo actúa, entre otras maneras, dando claridad al discernimiento para dirigir un grupo, o para ver con ojos del Espíritu el comportamiento de alguna persona. Da la capacidad de saber conciliar la verdad con la suavidad, la necesidad de guardar un secreto sin faltar a la verdad. En la Renovación es muy importante el tema de las relaciones personales, pues se crea gran intimidad entre las personas. El don de Consejo revela con luces superiores a las de la prudencia, cómo debes comportarte en determinados casos, y cuál debe ser tu actitud básica en este tema. En fin, este don nos ilumina sobre todos los aspectos del sometimiento a Dios y a los hermanos, sobre todo en la comunidad. Nos hace entrar en la práctica de la cruz de Cristo. Nos ayuda a discernir nuestro carisma, ministerio o vocación propia, y la de los demás.

Retiro de Efusión:

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