CRECER EN EL ESPÍRITU
2 UNA PRESENCIA JOVEN
Nuestra vieja Iglesia es madre, y le agradecemos todo, en especial que nos haya conservado durante dos mil años la Palabra y la Eucaristía. La Palabra, que engendra la fe, intacta y pura, y que sigue salvándonos; y la Eucaristía, Cuerpo y Sangre de Cristo, prenda de vida eterna. Cualquier misa que escuchamos hoy en el más pobre de los templos de la tierra, es tan limpia y tan pura como la que dijo Jesús la tarde del primer Jueves Santo. Pero esta Iglesia camina ahora con arrugas, como decía Juan XXIII, y está cubierta por el polvo de los siglos.
Por eso, le agradecemos al Señor la inyección de vida joven con la que está revitalizando a la Iglesia mediante la Renovación carismática y otros movimientos actuales. Yo llevo 17 años en la Renovación, y puedo dar testimonio que es de las pocas cosas de mi vida que no se me han desgastado. Su presencia es joven como un amanecer o el nacimiento de un niño, y su alegría como la de una novia adolescente. Me sigue emocionando una efusión del Espíritu, como si fuera el primer día, y gozo con el testimonio de cualquier persona sorprendida por la llegada repentina del don de lenguas. Sufro también los muchos intentos que hay dentro de la Renovación por envejecerla, es decir: por estructurarla, por encuadrarla, por domesticarla con estatutos, por instrumentalizarla, por hacerla una cosa más entre otras, por cargarla de obras buenas, por llenarla de compromisos sociales y viejas devociones o incluso de beaterías y, en definitiva, por separarla del primer amor gratuito y ardiente que busca simplemente el corazón para hacer una obra de amor y conversión, y crear una docilidad con la que el Espíritu Santo se pueda mostrar con un rostro nuevo ante el mundo.
3.- "UN NUEVO ARDOR, NUEVOS MÉTODOS, NUEVA EXPRESIÓN"
El crecimiento en la Renovación no hay que mirarlo sólo de cara al interior de las personas y de los grupos, sino aceptando una misión y una responsabilidad que tenemos de cara a la Iglesia entera y al mundo en que vivimos. ¿Y qué es lo que nos encontramos? Hoy día la Iglesia está invadida por una pastoral y unas catequesis llenas de buenas intenciones, pero poco cristianas. Tratan de formar buenas personas. Para eso se habla de la amistad, de la responsabilidad, de solidaridad, de la formación de
criterios humanos, de todo tipo de cuestiones éticas. A Jesucristo apenas se le nombra y, si se hace, es como un ser comprometido con todas las causas humanas justas. Pero un cristiano no es una persona buena, ni un demócrata honrado, que pone a Jesucristo como corona de su ejemplar ciudadanía; un cristiano es alguien que deja que el Espíritu de Jesús penetre en su vida, y tome las riendas, y se vaya haciendo Señor de todas sus parcelas. Un cristiano no es alguien que utilice a Dios, al contrario, se deja utilizar por Dios para que se derrame sobre el mundo un amor y espíritu nuevo bajado de lo alto. Un cristiano es alguien que está dispuesto a perder la vida, y para esto no basta con tener buenos criterios humanos, se necesita una conversión, un cambio que sólo el Espíritu Santo puede realizar. Ni la civilización ni la ética han logrado que crezca un gramo la bondad entre los hombres, porque pertenecen al orden de la ley, que educa pero no sana, y por eso en momentos de explosión se trivializa uno hasta hacerse asesino con el machete o con el corazón.
El crecimiento en la Renovación tampoco va en la línea de un grupo de devoción, donde almas naturalmente devotas quieren vivir su religiosidad. El Espíritu Santo cuando suscita un grupo nuevo, misionero y profético, es porque hay necesidades nuevas en la Iglesia y en el mundo. No lo hace para reproducir sin más antiguas devociones, muy válidas en sí mismas, pero no aptas para responder a los nuevos retos y exigencias. El rosario, el via crucis, la medalla milagrosa, los escapularios, ciertas devociones eucarísticas, son cosas muy válidas para los que tienen fe, pero la secularización de nuestro mundo y la creciente descristianización y pérdida de fe, debemos afrontarlas con otras armas. Tenemos que estar atentos a los signos de los tiempos y ser muy dóciles al Espíritu. El Papa nos habla de que hay que encarar la reevangelización del mundo con "un nuevo ardor, nuevos métodos, nuevas expresiones". Si esto no lo hace la Renovación, que es la última gran corriente espiritual con la que Dios está bendiciendo al mundo, ¿quién lo va a hacer?
De los testimonios que os vengo escuchando, saco en consecuencia que venís de tres experiencias distintas: unos habéis sido hasta ahora buenos cristianos, pero insatisfechos; otros venís de un alejamiento total de la práctica religiosa, o sea, de un ateísmo práctico; y otros, sin haber dejado la práctica cristiana, estáis disconformes con el quehacer de la Iglesia actual, sus métodos y sus expresiones.
Hace unos días se acercó a la parroquia un hombre de unos 64 años. Había pertenecido en su adolescencia a los "Luises". Lo que le enseñaron allí le había producido, según él, una grave indigestión, de tal modo que, durante más de 40 años, vivió radicalmente apartado de toda fe y práctica cristiana. Trató de sustituir aquellos contenidos religiosos por auténticas virguerías racionales, que no le produjeron más que mogollón de inconexiones y un cacao mental indescifrable. Por los avatares de la vida
recaló de nuevo en el despacho de un párroco. Yo le hablé largo tiempo, y le propuse con sencillez el cristianismo, tal como yo lo he vivido en la Renovación, y no noté ni el más mínimo síntoma de rechazo. Terminó confesándose, y se marchó ilusionado con poder comulgar de nuevo.