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Los datos se diferencian de la información en que no tie nen que estar en una forma determinada, adecuada para

1 CONOCIMIENTO, INNOVACIÓN Y CREATIVIDAD

13 Los datos se diferencian de la información en que no tie nen que estar en una forma determinada, adecuada para

la asimilación. Los datos tienen que ser asimilables cogni- tivamente para que se puedan calificar como información, y cognitivamente asimilados para que se puedan calificar como conocimiento.

PRIMERA PARTE [ 1 ] Conocimiento, innovación y creatividad

no por ello la distinción es menos importante de hacer. En la ciencia informática, el conoci- miento y la información se emplean frecuen- temente como sinónimos. Quizá es por esto por lo que no siempre se distingue claramen- te entre sociedad del conocimiento y socie- dad de la información (Hansson, 2002).

En cuanto a la sociedad del conocimiento, Castells (2002) explica que se trata de una sociedad en la que las condiciones de gene- ración de conocimiento y procesamiento de información han sido sustancialmente altera- das por una revolución tecnológica centrada en el procesamiento de información, en la ge- neración del conocimiento y en las tecnolo- gías de la información. Castells diferencia los dos términos de esta forma: la sociedad de la información pone el énfasis en el conteni- do del trabajo (el proceso de captar, procesar y comunicar las informaciones necesarias) y la sociedad del conocimiento, en los agentes económicos, que deben poseer cualificacio- nes superiores para el ejercicio de su trabajo. En cuanto al debate en torno a la defini- ción de estas sociedades, quienes las defien- den consideran que evoca justamente una vi- sión más integral y un proceso esencialmente humano. Otros, sin embargo, la objetan por la asociación con el concepto dominante, que reduce el conocimiento a su función econó- mica (la noción, por ejemplo, del knowledge management en las empresas, que apunta esencialmente a cómo alcanzar y sacar pro- vecho de los conocimientos de sus emplea- dos) o que valora solamente el tipo de cono- cimiento supuestamente objetivo, científico y digitalizable en desmedro de aquellos que no lo son.

Definimos a la Sociedad del Conocimiento como el

“Estadio económico - social cuyas acciones de funcio- namiento y desarrollo se caracterizan por la capacidad potencial de sus miembros (individuos y/u organizacio- nes) de ejercer un uso evolutivo de las TIC para inter- conectarse en red entre ellas (y con las cosas) de modo convergente, ubicuo, instantáneo y multimedial, con el fin de adquirir y compartir información, almacenarla, procesarla, analizarla y/o distribuirla a voluntad. La dis- posición creciente de herramientas más veloces y po- tentes para el manejo de la información, promoverá la creatividad, la innovación y la creación de conocimien- to, convirtiendo a éste en el factor de producción, activo e insumo de la actividad del hombre, incrementando la productividad y la creación de valor económico y social, y recreando de modo más horizontal y ascendente la esfera pública y los modos de relacionamiento.

Finquelievich, 2015:6 Una variante interesante surgida en el marco de los debates en torno a la CMSI, con poco acento y repercusión en el proceso, es la de sociedad(es) del saber compartido o de los saberes compartidos. Fue propuesta, en- tre otros, por Adama Samassékou (en ese en- tonces presidente del buró de la CMSI), quien refirió que en la sociedad de la información es importante comprender qué cubre este con- cepto: no se trata de una información que se difunde y se comparte, sino más bien de una sociedad en la que se quiere comunicar de otra manera y compartir un saber. Se trata, pues, de una sociedad del saber compartido y del conocimiento. (Burch, 2005).

Por otra parte, la pasión repentina y desordenada por la propiedad privada en el campo de los conocimientos ha creado una situación paradójica (Foray, 1999). Mientras que se dan las condiciones tecnológicas (codificación y transmisión a un costo reducido) para que cada uno pueda beneficiarse de un acceso inmediato y perfecto a los nuevos conocimientos, el número cada vez mayor de derechos de propiedad intelectual

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prohíbe el acceso a esos conocimientos en esferas que hasta ese momento se habían preservado (la investigación fundamental en general, la ciencia biológica, los programas de informática). Se procura crear una rareza artificial en un ámbito en donde la abundancia es la regla natural. Esto provoca enormes desperdicios (David y Foray, 2002), lo que coloca como principal cuestionamiento al repensar si no sería más interesante o productivo dedicar mayor tiempo a conectar ideas y conocimientos antes que focalizar todos los esfuerzos solo en los intereses en patentes y derechos de autor sobre las mismas.

Es necesario, para esta instancia, definir que el conocimiento no es un bien como los otros. No se puede tratar con la misma igual- dad a la propiedad intelectual y a la propiedad física, simplemente porque el conocimiento o la información poseen una característica par- ticular que los economistas describen como la falta de rivalidad en el uso. Los bienes fí- sicos no poseen esta propiedad; David y Fo- ray (2002) ejemplifican de manera muy grá- fica que, si María se come la única tostada preparada en la cocina, por ejemplo, Camilo no puede comérsela. En este caso, la asig- nación de derechos de propiedad mejora sin ambigüedad el funcionamiento de una eco- nomía descentralizada en el mercado. En cambio, continúan los autores, cuando Quin- tín escucha música, María, Camilo, Manón y un millón de otras personas pueden escu- char la misma música sin que ello produzca un gasto suplementario, permitido gracias a las tecnologías modernas de reproducción y transmisión. En este caso, si la creación de derechos de propiedad intelectual excluye a ciertos usuarios potenciales, habrá deseos

que quedarán insatisfechos cuando se ha- brían podido saciar con un costo nulo (o casi nulo). “Ahora bien, los economistas detestan el desperdicio. El argumento del desperdicio es muy fuerte y puede ser discrecionalmente rechazado en torno a los temas del acceso gratuito a determinados medicamentos prote- gidos por patentes, de la reproducción libre de programas musicales codificados en Inter- net o del uso, por motivos de investigación, de bases de datos numéricos privados” (Da- vid y Foray, 2002:21).

Queda a la luz, entonces, que hay un definido y cada vez más demarcado espacio para la propiedad intelectual, mas no hay ninguna solución sencilla a este problema desde lo económico y la respuesta al cuestionamiento ¿hacen falta derechos para el conocimiento?, y en caso afirmativo, ¿qué tipo de derechos?. Como todo, variará según los casos, las esferas y las situaciones. En particular, es evidente que la creación de derechos de propiedad sobre los conocimientos, que son a su vez fuentes de nuevos conocimientos (herramienta de investigación, bases de datos, conocimientos genéricos, etc.), producen enormes desperdicios, ya que a lo que se prohíbe tener acceso no es únicamente a un bien de consumo (un poema, unas líneas o un programa musical), sino a un factor de producción. Se limita así el progreso colectivo del saber al impedir que este pase, se enriquezca, y sea comentado y recombinado por otros. En numerosas esferas, “(…) los descubrimientos proceden de viajes imprevistos en el espacio de la información (…). Si este espacio está limitado por numerosos derechos de propiedad, el viaje resulta costoso por no decir imposible, y es la base de conocimientos la que resulta de

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repente estrechada” (David y Foray, 2002:22). Es cierto que el refrán popular afirma que cuentas claras conservan la amistad. En este sentido, como establecen David y Foray (2002), una buena delimitación hace probablemente a buenos vecinos cuando el recurso del que se trata es la tierra o cualquier otro tipo de recurso agotable. El conocimiento, en cambio, no corresponde a esta categoría. No es como el forraje que puede agotarse debido a un consumo excesivo. Las bases de datos no pueden ser objeto de un consumo excesivo, por el contrario, se enriquecen y mejoran cuando un gran número de investigadores son autorizados a explotarlas. Los conocimientos actúan sobre los instrumentos de trabajo, imponiéndoles modificaciones no raramente brutales y produciendo males o beneficios, según las condiciones de utilización. Cuando la ciencia se deja subordinar claramente a una tecnología cuyos objetivos son más económicos que sociales, se vuelve tributaria de los intereses de la producción y de los productores hegemónicos y renuncia a toda vocación de servir a la sociedad. Se trata de un saber instrumentalizado, don- de la metodología substituye al método.

Santos, 1996:21 En la economía de esta nueva era, que se basa en las tecnologías de la comunicación, los saberes, la mercadotecnia, las industrias culturales y el turismo, la prioridad no está so- lamente en la creación de imágenes, de es- pectáculos, de ocio, de escenarios comercia- les que permiten la distracción y la vivencia de experiencias excitantes (Lipovetsky y Se- rroy, 2015). En este sentido, aparece también la figura y rol de la experiencia como nueva frontera del capitalismo, estableciendo una cuarta era económica que transcurrió a la par de las materias primas, a la de los productos y a la de los servicios. Es la actualidad posi-

ble de ser definida como el momento de un capitalismo experiencial, en donde además del conocimiento, entran en juego los aspec- tos referidos a la producción de la diversión, la generación de ambientes y la experimenta- ción de emociones.

Toda nueva era produce cambios y des- garros y, junto a ello, ventajas e inconvenien- tes. El cambio tiene siempre un coste y para algunas generaciones puede ser exorbitante (Savitch, 2002). Habría que preguntarse si el principal inconveniente actual no tiene rela- ción con lo que Bindé14 denomina la tiranía

de la urgencia, que se produce ya sea por el escenario de las finanzas, donde las transac- ciones se hacen ahora en una fracción de se- gundo, como en la escena mediática, donde predomina lo efímero, o en la escena política, donde la próxima elección parece ser el úni- co horizonte temporal de la acción pública. Nuestras sociedades viven en una especie de instantaneísmo que nos impide controlar el futuro.

Ahora bien, frente a este panorama, ¿cuál es la función de las ciudades inmersas que son parte de esta realidad? Cabría suponer que la mundialización les resta protagonismo, ya que son absorbidas en un mundo común de competencia económica e intercambio so- cial. En principio, la gente podría residir en cualquier sitio y llevar su negocio a través de sus dispositivos móviles e Internet. En la práctica, lo cierto es lo contrario, al menos en algunas ciudades (Savitch, 2002). Como se acentuaba anteriormente, la economía basada en el conocimiento ha estimulado el contacto personal e informal. Ha aumentado

14 Utiliza el concepto de tiranía de urgencia en la entrevista

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