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1 CONOCIMIENTO, INNOVACIÓN Y CREATIVIDAD

1.7 IMPACTO DE LA ECONOMÍA CREATIVA EN LA CIUDAD DE LAS CIUDADES CREA-

TIVAS HACIA ENTORNOS SOCIALMENTE CREATIVOS

En todo este contexto descripto, podemos afirmar que definitivamente asistimos en la actualidad a una reformulación y replanteo del papel de la cultura y la creatividad en los entornos urbanos. Además de su valoración como dimensiones esenciales en la democratización del conocimiento, la educación multifacética y el enriquecimiento de los valores ciudadanos han sido asignadas con un protagonismo económico cada vez más reconocido en las últimas décadas (Hall, 2000). Los esfuerzos por impulsar la ciudad inclusiva han cedido terreno frente a la ciudad productiva que instrumentaliza la cultura y la creatividad para convertirlos en recursos mercantilizados y monetarizados al servicio de una redefinición estética y simbólica de la ciudad (Balbo, Jordan & Simioni, 2003). Con ello, se produce una hiperestetización del espacio urbano (Lipovetsky y Serroy, 2015) que genera una dualidad entre la definición que realizan los responsables institucionales sobre la ciudad y los usos y funciones que los habitantes otorgan a su espacio convivencial.

La principal dimensión crítica que ha sido señalada por diversos autores es que las estrategias dirigidas al desarrollo de la ciudad creativa refuerzan la fragmentación de la ciudad y de los ciudadanos plasmando una desigual estructura de oportunidades para los diversos grupos sociales que habitan las ciudades y sus barrios (Murie & Musterd, 2004). En este sentido, la gestación de espacios urbanos exclusivos y excluyentes, la potenciación de procesos de gentrificación,

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elitización y desplazamiento, el incremento de las desigualdades socio-espaciales, el alcance reducido de los procesos de participación ciudadana, los límites de la transparencia de la gestión pública y la mercantilización de los espacios y servicios públicos suponen la cara más opaca y ocultada de la ciudad creativa (Galarraga Ezponda et al., 2013).

La delimitación, como interés general, de la necesidad de construir una ciudad más atractiva, competitiva y creativa fomenta la puesta en marcha de iniciativas dirigidas a la creación de entornos que satisfagan a quie- nes están por venir (principalmente inverso- res, turistas y nuevos residentes) antes que a quienes ya viven en ellos, sobre todo en aquellas zonas urbanas con un amplia poten- cialidad en el mercado inmobiliario (Galarraga Ezponda et al., 2013). A través de actuacio- nes e intervenciones dirigidas a la dispersión de la concentración espacial de la pobreza mediante la rehabilitación urbanística, la re- novación de la imagen y percepción pública y la atracción de comercios, nuevos residentes e infraestructuras, los problemas propios que pueden estar afectando a los habitantes de estas zonas urbanas (pobreza, exclusión, pa- ros, bajo nivel educativo, etc.) quedan en un segundo plano como aspectos desplazados más que resueltos (Vicario & Martínez Monje, 2003). Los esfuerzos públicos y privados por reconvertir zonas en declive en barrios artísti- cos pueden efectivamente ejercer de motores de transformación de las áreas urbanas más desfavorecidas e incluso situar dichos barrios en el núcleo de las vanguardias artísticas y culturales (Rius, 2008), pero sin disipar las tensiones que se exponen en la vida urbana cotidiana.

Las experiencias concretas muestran que la puesta en marcha del proyecto para una llamada ciudad creativa no consigue res-

puestas a la consolidación contemporánea de estructuras sociales polarizadas y con- flictivas dentro de la ciudad. Como se señaló anteriormente, y muy al contrario, los proce- sos de gentrificación y fragmentación urbana que también se manifiestan en aquellas ciu- dades autodenominadas creativas estable- cen una jerarquía que responsabiliza de su situación a los propios individuos y prioriza aquellos sectores sociales y económicos que aportan valor añadido a la ciudad (Galarraga Ezponda et al., 2013). Ello castiga a los ciu- dadanos con estructuras de oportunidad más desfavorables o inexistentes y los lleva a la marginalidad y la exclusión, lo que acrecien- ta las brechas sociales y espaciales en las ciudades del siglo xxi (Borja, 2010; Atkinson

& Bridge, 2005). Este proceso genera una nueva geografía urbana de la centralidad y la marginalidad, de la inclusión y la exclusión, reproduce parcialmente las desigualdades ya existentes, pero también surge una dinámica específica asociada a las formas actuales de desarrollo socio-económico (Sassen, 1998). Aunque la división de los barrios por diferen- cias de clase y funcionalidad se haya debili- tado, ello no ha supuesto un aplanamiento de las diferencias, sino la consolidación de una ciudad fragmentada y deshumanizada (Soja, 2008). Con esto no se quiere decir que se esté en contra de agregar, como se denomi- na, inteligencia y tecnología a la gestión de nuestras ciudades, que se estimule la creati- vidad en todos los órdenes de la vida urbana y que vivamos con más tranquilidad y más ar- monía con la naturaleza. Se quiere exponer que estos logros no se pueden alcanzar con actuaciones reduccionistas ni con ignorancia política, sino con una propuesta integral, in- clusiva que haga de la ciudad una ciudad de derechos y en definitiva una ciudad posible, una ciudad de ciudades.

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La literatura vinculada con la noción de ciu- dad creativa, como con la de economía crea- tiva, tiende a prestar principal atención a los efectos que las acciones políticas y las rela- ciones económicas generan en las ciudades. En ambas corrientes, el concepto de creativi- dad es reducido a un tipo de acción política, o bien a una modalidad de relación económica (Fonseca Reis, 2008). De este modo, la lite- ratura sobre las ciudades creativas suele en- tender a la creatividad tanto como un tipo de intervención urbana como un factor personal y social a potenciar. La mayoría de estos es- tudios provienen de consultoras relacionadas con la administración pública, pero también del sector privado o académico. En la mayoría de estos trabajos se hace foco en el impacto benéfico o perverso que este tipo de estra- tegias de intervención tienen con respecto a la trasformación urbana. En algunos casos, también se proponen nuevas herramientas, denominadas tool kits, o perspectivas a tener en cuenta a la hora de aplicar determinadas estrategias de regeneración urbana. Como si el actuar en la ciudad fuese a través de rece- tas a aplicar desde una caja de elementos, o al mejor estilo SimCity donde poniendo y sacando se logran resultados. Este tipo de literatura tiende, la mayoría de las veces, a asociar la creatividad con determinado tipo de intervención urbana y con determinados gru- pos sociales, lo que produce reduccionismos y miradas acotadas. En este sentido, lo crea- tivo aparece vinculado a recursos materiales (accesibilidad, infraestructura técnica, urbana y cultural) y simbólicos (diseño del paisaje ur- bano, íconos arquitectónicos e intensidad de la vida urbana), por lo que quedan desprendi- dos los procesos sociales que los originaron (Galarraga Ezponda et al., 2013).

La ciudad como conjunto funciona como una especie de campo creativo (aunque este

sea también completamente abierto al resto del mundo), dentro del cual “(…) múltiples trozos de información discurren con especial intensidad entre las diversas unidades de actividad económica y social en el espacio urbano” (Scott, 2008:29). La ciudad continúa siendo, por tanto, espacio de tensiones y confrontaciones con múltiples desafíos todavía por afrontar. La contextualización del desarrollo de las ciudades creativas en las pautas de aglomeración, especulación, privatización y des-urbanización del capitalismo actual ha fortalecido las perspectivas que enfatizan en la realidad contradictoria de los procesos urbanos. La ciudad es el espacio donde se plasman la realidad de doble filo que emerge como característica en las sociedades contemporáneas confrontando los límites y posibilidades para el desarrollo de sociedades inclusivas, justas, posibles, equitativas, democráticas y sostenibles. No podemos olvidar que junto con las dinámicas destructivas de civitas que se acentúan en múltiples ciudades tanto en las sociedades desarrolladas como en las sociedades en desarrollo, el espacio urbano también está caracterizado por su creciente y cambiante dinamismo, su capacidad para asegurar la innovación, la creatividad y, sobre todo, la movilidad social:

La ciudad ha sido históricamente el único lugar donde el que nace pobre puede dejar de serlo y ascender en la escala social. Y eso sigue sucediendo hoy: por eso los pobres y los que buscan nuevos horizontes siguen lle- gando a ellas, sin escuchar a los voceros apocalípticos que la descalifican. Es en las ciudades en donde exis- ten personas capacitadas para trabajar con habilidad y donde hay un ambiente de mejora e innovación. Donde se producen también progresos en la construcción de viviendas, en la salud, en los transportes, en la creación de espacios públicos y de equipamientos, y donde se crean los más dinámicos focos de desarrollo económico y de cambio intelectual.

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En la medida en que el paradigma hege- mónico de la competitividad y la productivi- dad no consiguen resolver, sino perpetuar las contradicciones urbanas del presente y del futuro es donde es preciso reflexionar sobre nuevos modelos de gobernanza urbana y regional que posibiliten encauzar la energía creativa de los entornos urbanos para crear espacios socialmente innovadores (Fonse- ca Reis, 2012; Finquelievich, 2007). Sobre ello, Moulaert y Nussbaumer (2005) propo- nen una ontología del desarrollo socio-eco- nómico basado en la idea de comunidad que presta atención a la multifuncionalidad de la economía y a la existencia de otras esferas no económicas de las comunidades locales y regionales tales como el medioambiente, sus características socio-culturales e identi- tarias (artísticas, educativas, sociales), o su idiosincrasia sociopolítica. De acuerdo con su propuesta, los autores plantean que las rela- ciones de mercado deben ser consideradas sobre el terreno social y cultural en el que se producen, donde la cadena establecida entre innovación tecnológica, entornos empresaria- les, crecimiento económico y calidad de vida, no es el único camino posible.

De esta manera, el trasfondo de políticas y estructuras regulatorias a nivel gubernamen- tal e institucional también son cruciales para entender este proceso, ya que el acercamien- to político hacia aspectos como las tradiciones culturales, la recuperación de antiguas activi- dades económicas, el valor de los recursos y capacidades laborales y profesionales de la sociedad, los elementos de la vida socio-cul- tural de ese entorno y las relaciones socia- les constituyen variables que son necesarias abordar (Moulaert & Nussbaumer, 2005). La creatividad y la producción artístico-cultural pueden cumplir, por tanto, un nuevo papel en la promoción de la innovación social y en los entornos socialmente creativos en la medida en que sean capaces de movilizar recursos y capacidades desde los entornos locales

para convertirse en motores del desarrollo territorial. Son los propios movimientos artís- ticos también, un camino posible a beneficiar el empoderamiento de la sociedad civil para impulsar la movilización local y la expresión colectiva de necesidades y querencias tanto físicas como simbólicas (André et al., 2009)

Según la paradigmática argumentación de Florida (2010) que ha impregnado hondo las políticas y discursos de la planificación estra- tégica urbana, las ciudades más competiti- vas y de mayor dinamismo son aquellas que han sabido crear un entorno social abierto a la creatividad y la diversidad cultural, capaz de generar y atraer el talento del siglo xxi, la

ya anunciada clase creativa. Esta fuerza de trabajo creativa se ve atraída hacia lugares que ya tienen una masa crítica de personas y actividades creativas. Es decir, las personas creativas se ven atraídas hacia las comuni- dades y poblaciones donde se concentran otras personas creativas que son similares en términos ocupacionales pero con identida- des muy diversas. Las sinergias que resultan de las nuevas combinaciones de creatividad cultural o artística con capacidad emprende- dora e innovación tecnológica son clave para la prosperidad en la nueva era de la produc- ción basada en el conocimiento. Pero estas sinergias solo se dan en entornos localizados donde las personas con talento eligen no solo trabajar sino también vivir.

La ventaja competitiva de las ciudades estaría precisamente en su capacidad para producir, atraer y retener la fuerza de trabajo que cumple una función clave en la produc- ción de conocimiento e innovación; aporta las ideas, el saber hacer, la creatividad y la ima- ginación que son fundamentales para el éxito económico (Glaeser, 2011). Sin embargo, tal y como Florida, (2002) muestra en sus análi- sis empíricos, el talento es atraído y retenido por las ciudades-región, pero no por cual- quier ciudad-región. Los espacios creativos e innovadores son aquellos capaces de aunar

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lo que denomina como las 3 T: tecnología, ta- lento y tolerancia. Así, el elemento decisivo en el comportamiento económico y la competiti- vidad de las ciudades es el carácter social de las mismas; es decir, los lugares que ofrecen una mayor calidad de vida y que mejor aco- modan la diversidad son los que tienen más capacidad para atraer y retener el talento y los más eficaces en la generación de activi- dades intensivas en tecnología. De esta ma- nera, al poner el énfasis en los ecosistemas creativos y las condiciones necesarias para su creación, Florida destaca el papel de la to- lerancia como la variable social determinante de la creatividad. La existencia de una cultura abierta y desprejuiciada funciona como una de las variables más significativas a la hora de atraer y retener el talento, lo que la con- vierte en uno de los factores impulsores de la aglomeración de individuos creativos y por extensión de las dinámicas innovadoras. Los trabajadores del conocimiento (científicos, in- genieros, investigadores, artistas, creativos, etc.) parecen mostrar pautas de movilidad atraídas por ecosistemas abiertos, caracteri- zados por una amplia diversidad cultural, so- cial y hasta sexual.

Otras posturas teóricas (Veltz, 1998; Váz- quez-Barquero, 1999) proponen que el con- cepto se debiera diferenciar de las discusio-

nes que clasifican a una ciudad como creativa casi exclusivamente sobre el dinamismo de su producción cultural o tecnológica. No iden- tifican como creativa a una ciudad que pone todas sus fichas en atraer talentos creativos desde afuera. Como un intento de definición, ciudad creativa es aquí comprendida como una capaz de transformar continuamente su estructura socioeconómica, con base en la creatividad de sus habitantes y en una alian- za de sus singularidades culturales y vocacio- nes económicas.

Quizás entonces, se podría arribar como lectura posterior de lo desarrollado a la idea de que la ciudad creativa no sea aquella en donde se expone mucho arte y donde conflu- yen artistas y clases creativas, donde todo es crear infinitamente, ni tampoco aquella que se digne de salvaguardar y atesorar obras de arte en sus calles, exhibiendo como un mu- seo abierto la individualidad hecha conjunto. Quizás debiéramos, en lugar de ciudades creativas, comenzar a referirnos a entornos, sociedades y lugares socialmente creativos en donde la creatividad surge desde todos los ámbitos y campos para producir calles, plazas, patios, barrios, donde suceden cosas que mejoran la vida de las personas y, por lo tanto, también la de los ciudadanos.

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