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3 LA HIPERTROFIA DEL ESPACIO PÚBLICO

ESFERA PÚBLICA?

37 En un desarrollo más extenso, describe la evolución del término y profundiza sobre él cuando a finales del siglo x

3.3 ESPACIO PÚBLICO COMO LUGAR URBANO

Al momento de abordar la cuestión referida al espacio urbano público de nuestras ciudades, dos conceptos son considerados útiles como aporte al encuadre de referencia para su abordaje: lugar y territorio. Son nociones que infieren la presencia activa y dinámica de elementos estructurantes profundos (Campos Cortés, 2011). Descubrir lugares y territorios desde la experiencia de la ciudad en la cotidianeidad incrementa el sentido de pertenencia a una ciudad desde lo físico-material, pero también desde su relación con sistemas simbólicos socialmente construidos y asumidos (Arroyo 2011). El concepto de lugar posee, en el marco de la arquitectura y el urbanismo, referencias hacia un carácter antropológico, fenomenológico y existencial. Referirse a lugar implica aludir a centralidad simbólica y concentración física, que se aglutina en diversas escalas espaciales y temporales. Estas escalas se abordan desde el orden de los objetos relacionados con la extensión geográfica,

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donde es posible reconocer y organizar el mundo a través de lugares relevantes o no. Los lugares brindan referencia, identidad y memoria a las relaciones del hombre con el mundo (Norberg-Schulz, 1978; Muntañola, 1995).

La idea de lugar, en términos de Bakthin (1981), es una construcción realizada a par- tir de una polifonía de relatos, entre grupos sociales que elaboran sus propias represen- taciones. Por este motivo, se les asigna a los integrantes de estos grupos sociales un rol destacado en la configuración del lugar y, por consiguiente, en la ciudad misma, que se asume como una compleja articulación de lu- gares. La ciudad se puede asumir como una construcción generada a partir de las interac- ciones entre un ambiente social (personas y praxis sociales), uno simbólico (represen- taciones) y uno físico-material (escenario) en un determinado momento cronotópico. A lo largo de un proceso histórico, las interac- ciones se concentran para posibilitar ciertos procesos mentales con los que las personas nos vinculamos a nuestros escenarios y lu- gares. Estas vinculaciones, implican la cons- trucción de tramas narrativas, regularidades estructurales, patrones, articulados por los cronotopos del territorio (articulación de tiem- po-espacio y sentido en el lugar) (Bakthin, 1981) generados a partir de la interacción de las dimensiones propias del lugar. Inter- pretar la ciudad desde el concepto de lugar implica concebirla como un sistema comple- jo de asentamientos generado a partir de las interacciones entre escenario físico, grupos humanos y prácticas sociales, mediatizadas por el mundo de lo simbólico. Desde esta perspectiva, nos encontraríamos frente a un

objeto de estudio virtual ya que el lugar no puede ser recluido o reducido a ninguna de las dimensiones que lo constituyen, ya sea el escenario físico-material, las prácticas so- ciales o el mundo de lo simbólico, sino que se constituye a partir de las vinculaciones e interacciones. Desde la urdimbre del entra- mado entre las dimensiones propias del lugar es que, a lo largo de un proceso histórico, se logra cierta condensación de sentido. A partir de ello, se genera la posibilidad de generar identidad(es) sobre el lugar, la apropiación, el arraigo, el imaginario urbano, y tantos otros procesos. Mediante el tránsito de dichos pro- cesos, los seres humanos nos vinculamos en forma física, funcional, emocional y simbólica a nuestros marcos físicos y, a través de ellos, a nuestros entornos, ambientes o lugares.

Entre los lugares que organizan el espa- cio de la existencia humana, los de carácter público se consideran reguladores en la vida social y la constitución de la ciudad debido a que se les asigna una jerarquía superior. Al considerar y proponer los lugares públicos como ámbitos generales y comunes para la sociedad, se intensifica la experiencia de la vida urbana en su centralidad simbólica y concentración física. Los lugares públicos fi- jan en imágenes estables como plazas, mo- numentos y edificios, la supremacía de lo pú- blico y promueven el camino que construyen los imaginarios sociales de ciudad.

Las ciudades latinoamericanas, en sus generalidades, son consideradas diversas y variadas en cuanto a lugares públicos. Los edificios destinados al culto y al gobierno, las plazas en general y ciertas calles dotadas de características particulares conforman un re- pertorio de lugares públicos, en la mayoría de

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los casos, consolidados a lo largo de la his- toria, constructores de destacados nodos de centralidad. La colonización dejó, en el terri- torio latinoamericano, una marcada abstrac- ción geométrica en el amanzanamiento de muchas ciudades en damero, donde se exhi- ben particularmente lugares públicos con un marcado efecto de revelación y concordancia en el espacio urbano.

El lugar, entendido como orden cotidiano compartido entre diversidad de personas y organizaciones, expone como acciones pri- marias no solo la cooperación, sino también el conflicto. Entrama la base para la vida en común. Cada uno ejerce una acción propia, por lo que la vida social se ve individualizada. Si el territorio es considerado de naturaleza social, las configuraciones particulares que en él se generan también lo serán (Santos, 2000). Por ello, se asume el espacio urbano público como resultado de la organización co- lectiva y/o individual, también de naturaleza social. La proximidad es creadora de comuni- cación, por lo que la política se territorializa, con la confrontación entre organización y es- pontaneidad. El lugar, como marco de una re- ferencia pragmática al mundo, “(…) es esce- nario insustituible de las pasiones humanas, responsables, a través de la acción comuni- cativa, por las más diversas manifestaciones de la espontaneidad y de la creatividad” (San- tos, 2000:274).

Se genera entonces una retroalimentación permanente en el territorio urbano, entre el espacio público y los lugares. Por una parte, el espacio público se compone, se crea, se genera a partir de lugares, que pueden ser materiales e inmateriales. Pero, además, los lugares hacen a la producción, diseño y pla-

nificación de los espacios urbanos públicos. Esos lugares representan, además, identi- dades, símbolos, memorias, otros tiempos y otras personas. El papel del espacio urbano público en su expresión materializada es tras- cendente, puesto que se le asigna la tarea es- tratégica de ser el lugar en que los sistemas nominalmente democráticos ven o deberían ver confirmada la verdad de su naturaleza igualitaria, “(…) el lugar en que se ejercen los derechos de expresión y reunión como for- mas de control sobre los poderes y el lugar desde el que esos poderes pueden ser cues- tionados en los asuntos que conciernen a to- dos” (Delgado, 2008:61). Los lugares no se pueden ignorar, cambiar o tocar sin omitir la posibilidad de las consecuencias que puede ocasionar su no consideración. Son espacios para vivirlos y cuidarlos porque representan símbolos y memorias que hacen a la identi- dad del colectivo del cual surgen (Laurelli y Tomadoni, 2014).

El espacio urbano público, considerado categoría política que organiza la vida social y la configura políticamente, se ve obligado a verse ratificado como lugar, sitio, zona, donde “(…) sus contenidos abstractos abandonen la superestructura en que estaban instalados y bajen literalmente a la tierra, se hagan, por así decirlo, ‘carne entre nosotros’” (Delgado, 20081:61). Esto conlleva a dejar de lado el en- tendimiento del espacio urbano público solo como un espacio concebido, y reconocerlo como espacio dispuesto, visibilizado y ade- más disputado. El espacio urbano, por lo tan- to, ya no puede ser asumido tan solo como lu- gar, sino además como “(...) un tener lugar de los cuerpos que lo ocupan en extensión, y en tiempo” (Delgado, 2007:13). Cotidianamente,

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organiza un orden social donde los sujetos hacen de la ciudad un lugar practicado y ha- bitado de constante fluctuación y movimiento y donde el puro acontecimiento los conecta con la arquitectura circundante que transitan a diario como escenario espacial (Di Siena, 2009). En este espacio urbano nada es pre- decible y, al mismo tiempo, todo se supone en un ordenamiento esperable, homogéneo. Sin embargo, esta polifonía del espacio público en las ciudades actuales, también permite un margen para lo extracotidiano, para posibles ciudades abiertas (Sennet, 2011) donde se da lugar a formas incompletas y se hace del urbanismo una experiencia más democrática de la ciudad, por lo que finalmente no todo parece predecible, acabado o finalizado.

Los diversos y distintos flujos económicos sobre las redes territoriales dan lugar a des- igualdades en el desarrollo de los ambientes urbanos. Particularmente en las ciudades la- tinoamericanas, estos procesos se han incre- mentado a partir de la importancia alcanzada por las ciudades en el sistema económico re- gional a partir de la consolidación de la vida urbana por sobre la rural. En la actualidad resulta difícil continuar definiendo las carac- terísticas de desarrollo de un sector urbano en términos de distancia, dependencia o de- ficiencia relativa, como, por ejemplo, a partir de la relación entre áreas centrales y peri- féricas o entre espacios públicos y privados (Arteaga Arredondo, 2009). Por un lado, las áreas centrales como sistema de lugares han conservado su importancia en el sistema ma- cro urbano, aunque no así su hegemonía ab- soluta, dado que las nuevas tecnologías de la comunicación y transporte permiten otras for- mas de distribución de la población, capital e

información. Hoy, la información es conside- rada la base del poder. Circula por múltiples puntos del espacio (Santos 2000), lo que, le- jos de contribuir a un desarrollo integrado del sistema urbano, ha dado lugar a una configu- ración espacial policéntrica compleja.

A la configuración policéntrica, se suma la emergencia de espacios mixtos público-pri- vados que, por condición, son abiertos, pero por acceso, restringidos a ciertos individuos. Esto produce transformaciones en las formas de concebir los espacios urbanos públicos. Así, en los últimos años, se ha procurado avanzar hacia una comprensión del hecho urbano a través de las relaciones entre frag- mentos, bajo la convicción de que de esta forma es posible constituir un nuevo todo (Ar- teaga 2005). Estos fragmentos, por lo pronto, se leen más bien como escisiones complejas de relacionar. No obstante, se trata de descu- brir un modo de operar sobre el espacio, y no de establecer modelos, de recetar fórmulas, lo cual implica (a veces obvio pero necesario de recalcar) que en cada ciudad se debieran pensar soluciones propias (Borja 2012). Esto no solo representa un desafío, sino también una oportunidad para pensar y construir la ciudad actual (Solà-Morales, 1997). Produc- to de estos procesos es la lectura sobre la complejidad creciente que podemos atribuir a los actuales procesos de desarrollo urbano. Ya no se trata solo de promover planes o es- trategias de desarrollo urbano, sino de com- prender la complejidad del hecho urbano y a partir de él motorizar su construcción y pro- ducción. Por ello, en esta motorización, los lugares como porciones y elementos de un territorio complejo expresan rasgos de identi- dad y memoria provistos de dinámica propia.

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Los lugares se convierten así en categorías y variables de análisis que inducen a formas alternativas para promover metodologías de planificación urbana integrales e inclusivas. Es en este punto donde la táctica y el rol de lo efímero y transitorio comienzan a tomar re- levancia como posibilitadores o catalizadores de posibilidades.

Si es posible considerar al espacio urba- no público actual como una posible totalidad en continuo cambio, se abre junto con ello la posibilidad de estudiarlo desde la mirada sobre lo particular para interpretar ese todo. Cobra sentido en esta consideración pregun- tarnos entonces por el rol y la significación de espacios con nuevas dimensiones (no solo físicas). En términos concretos, esta idea se convierte en una invitación a identificar hue- llas en el quehacer cotidiano, vestigios deja- dos por las prácticas sobre el espacio mismo, es decir, un camino de comprensión sobre los flujos de acciones. Esta posibilidad ofrece un mecanismo por el que una parte permite apre- hender la inmensidad de un todo (Tomadoni y Romero Grezzi, 2014). De esta manera, se abre un camino y una posibilidad en donde se considera el concepto de lugar como una categoría analítica, es decir, como un recur- so epistemológico para el conocimiento del espacio público concebido y propuesto como totalidad.

La palabra lugar, ha encontrado una im- portante aceptación en las ciencias y en la vida práctica, aunque con una gran variedad de significados. En múltiples disciplinas vin- culadas al urbanismo, en especial la arqui- tectura, este término creció en popularidad a partir de que Marc Augé (1998) expusiera la idea de los no-lugares. La noción de no-lugar puede ser identificada y comprendida a partir de tres rasgos comunes: lo identificatorio, lo

relacional y lo histórico (Augé, 1998). Previo a esta mirada, una corriente de estudios ur- banos durante los años ‘70 inició una discu- sión teórica sobre el concepto de lugar con la incorporación de la dimensión de lo cotidiano en la disciplina urbanística, con las primeras voces discordantes hacia la geografía posi- tivista. Con ciertos intereses comunes, aun- que desde abordajes y posicionamientos muy distintos, el énfasis de estos estudios sobre el concepto de lugar se puso en el potencial creativo de las prácticas cotidianas, que os- cilan entre la temporalidad cíclica que propo- ne la naturaleza y la linealidad temporal que emerge de la racionalidad humana (Lefebvre, 1984). Para lograr una interpretación más acertada respecto del encuentro de ambas temporalidades en la cotidianidad de las prác- ticas, Lefebvre (1984) propone luego la nomi- nación de un espacio social conformado por espacios percibidos, espacios concebidos y espacios vividos. A partir este planteo, Soja (1996) recrea la propuesta en la que estable- ce una trialéctica de la espacialidad o espacio de la tercera dimensión.

En la producción del espacio, “(…) cuando el actor traspasa un límite físico, que está cargado de sentido por las experiencias ahí vividas, encarna la figura del ‘desterrado’ por estar fuera de su tierra, en un territorio vacío de sentido para él” (Lindón Villoría, 2004:42). Los lugares, por lo tanto, conllevan también pensar en límites, los que guardan cierta correspondencia con las características que poseen las experiencias y prácticas cotidianas en el espacio de uso colectivo. Desde esta perspectiva, el no-lugar de Augé se subjetiva, tal como el mismo autor lo aclara: un aeropuerto puede ser un espacio sin historia para algunos pasajeros, y el lugar donde transcurre y cobra sentido la

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vida de quienes trabajan allí. Las formas del habitar se manifiestan concretamente en el modo en que se despliegan las prácticas cotidianas, respecto de los objetos y espacios que conforman el hábitat. En la actualidad, desde el vivenciar la ciudad latinoamericana, pueden entenderse estas formas de habitar como la cultura de un constante resignificar, tanto de aquello que existe como de aquello que es introducido permanentemente desde contextos ajenos al lugar. Esa cultura de habitar podría traducirse en un modo de resistirse al avance racionalizador. Esto se traduce en una segunda producción del espacio en la que, entre estrategias y tácticas, desplegadas en la acción cotidiana, se ejerce una microresistencia sobre la acción dominante (De Certeau, 2010) y se evidencia en la validación social de ciertas prácticas informales en el espacio.

Como resultado de las actuales formas de habitar, aparecen tejidos urbanos caracteri- zados por cortes, rupturas, fragmentaciones y escisiones, producto de transformaciones políticas, sociales y económicas que cambian criterios en las formas de producir espacio. Una de las posibles formas de re-entramar la urdimbre de estos tejidos urbanos es me- diante lugares (Borja y Muxí, 2003). Esta me- todología de recrear los tejidos utilizando los lugares requiere de varias cuestiones, como contemplar las formas contenidos pre-exis- tentes (Santos, 2000), comprender formas de consumo y producción del espacio urbano público, captar los niveles de complejidad de las formas y funciones espaciales, como así también facilitar la producción y transferencia de la información. De esta forma, al consoli- darse un espacio urbano público como una red de lugares en interacción, se puede con- tribuir a un desarrollo urbano integral (Toma- doni y Romero Grezzi, 2014).

3.4 Pedestrian levitation (2010). Mapeo realizado en base a movimientos peatonales en el espacio público en la indagación de la construcción de lugares a par- tir del reconcomiendo de patrones en las trayectorias analizadas. Fuente: Thomas Laureyssens - https://goo. gl/SUDEfF

Los lugares, simultánea y dialécticamente, se revelan en el espacio público y configura a través del espacio-tiempo, formas-contenidos urbanas (Tomadoni, 2007; Santos, 2000). Los lugares, como elementos activos y de rela- ción múltiple de la complejidad tienden a con- formar tejidos en sus entornos. Es necesario superar la mirada del espacio urbano público centrada solo en su espacio inmediato, para comenzar a comprenderlo en una red de lu- gares, conectado y en congruencia con un sistema mayor. “El Puente es un lugar. Y en cuanto es una cosa así creada, concede un espacio al cual tienen acceso tierra y cielo, mortales y divinidades. El espacio concedido

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por el puente contiene varios lugares que es- tán verdaderamente cercanos o alejados del puente” (Heidegger, 1994:103). Se propone el abordaje del espacio desde un análisis eti- mológico, como lugar liberado, dejado libre (Di Felice, 2012), espacio al que lo conforman sus límites. El límite se presenta nuevamen- te desde lo etimológico y hace referencia al concepto griego, es decir, no como un punto donde una cosa finaliza, sino más bien, des- de donde comienza su propia esencia e inicia “(…) lo que es colocado dentro de sus lími- tes” (Di Felice, 2012:69). En consecuencia, los espacios reciben su esencia no de sí mis- mos, sino de los lugares: “(…) traduce en rea- lidad nuestro estar contemporáneo (…), así como los puentes que hoy en día – a través de circuitos y redes informativas – creando lu- gares, conceden de distintos modos la propia especificidad al lugar” (Di Felice, 2012:71).

Las actuales sociedades del conocimien- to, en su intenso flujo de intercambio informa- cional, comunicacional y epistémico, nos pro- ponen un desplazamiento de paisajes como superación del lugar junto y en relación con su significado social. El cambio social remite a pensar los límites entre la casa y la calle, entre el espacio de lo público y lo privado, entre afuera y adentro, entre orgánico y no orgánico, virtual y analógico, cuerpo y redes informático-comunicativas. Nos devela, por lo tanto, que plazas, calles, veredas, aveni- das, parques dejan de ser los únicos lugares exclusivos de la experiencia social contem- poránea, que son flanqueados por otras es- pacialidades inmateriales e informativas-co- municativas que se superponen creando metageografías junto con nuevas experien- cias del habitar en el espacio urbano público.

En definitiva, referirse a lugares es referirse a ellos como memoria (Delgado, 2007). Es de- cir, un lugar existe cuando la memoria de un modo u otro lo reconoce, lo sitúa, lo nombra y, por lo tanto, lo integra en un sistema de significación más amplio.

3.4 EL ESPACIO DE LA MEMORIA EN LA

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