• No se han encontrado resultados

DE LA REACCIÓN LARVADA A LA REACCIÓN ABIERTA

CAPÍTULO VIII. CAÍDA DE LOS HEBERTISTAS

1. DE LA REACCIÓN LARVADA A LA REACCIÓN ABIERTA

De diciembre de 1793 a febrero de 1794, la reacción había revestido una forma todavía larvada. Mientras que el poder se iba reforzando poco a poco, los órganos del poder popular habían ido quedando reducidos progresivamente, pero no habían quedado suprimidos. A partir de marzo de 1794, entramos en una fase de reacción abierta. El poder central no intentaba siquiera disimular su juego: se desenmascaraba y golpeaba. La burguesía revolucionaria no aspiraba solamente a contener el movimiento de las masas, sino también a paralizarlo y a decapitarlo. Aquella segunda etapa estaba contenida, en germen, en la primera. No obstante, el proceso se desarrolló con mayor rapidez de lo que era de esperar. ¿Por qué?

En primer lugar, porque la vanguardia popular, lejos de dejarse oprimir, se radicalizó, como se dice hoy, y su agitación adoptó un carácter alarmante para la burguesía. La vanguardia —la élite de los sans-culottes de la capital y de una serie de ciudades de provincias— no había depuesto las armas. El movimiento de las masas se había estrechado. Lo que había perdido en extensión, lo había ganado en profundidad. Y, como lo habían desviado de la lucha contra los hombres de sotana, como no le ofrecían ninguna otra diversión, |236| ninguna válvula de seguridad, había continuado su dirección natural, la que había seguido de febrero a septiembre de 1793, y que, por lo demás, nunca había abandonado totalmente: había recobrado la forma de un movimiento principalmente económico, de una protesta contra la escasez y la carestía de la vida.

Aquella renovación de la agitación por las subsistencias estaba motivada, por lo demás, por una agravación muy clara de la situación alimenticia. A partir de finales de diciembre de 1793, al relajarse la coacción, el abastecimiento de la capital había empeorado y se habían dejado de observar las tarifas. Como en el período de febrero a septiembre de 1793, los sans-culottes volvieron a “exigir pan a gritos”, a pasar a la acción directa.

La burguesía de la Montaña, al notar que aumentaba el descontento popular, recurrió a los procedimientos sumarios que, ya una vez, le habían dado resultado. Intentó destruir el movimiento privándolo de los que consideraba sus cabecillas. Utilizando como pretexto un vago complot, cuyos preparativos apenas estaban esbozados, liquidó a los hebertistas, de igual forma que había liquidado a los enragés.

Curiosa reciprocidad de los acontecimientos: los Hébert y los Chaumette, que habían ayudado a la burguesía a acabar con los Jacques Roux y los Varlet, recibían, a su vez, trato de enragés: se los confundía con ellos y se los liquidaba como tales. En su periódico,

Hébert escribió melancólicamente: “El mundo está lleno de mamarrachos que refunfuñan por todo. […] Si se habla ante ellos de un republicano auténtico […], dicen que es un demagogo, un enragé, un faccioso”.

En el momento en que la burguesía revolucionaria les cerró la boca, los hebertistas lanzaron el mismo grito que los enragés. En prisión, Ronsin confió a sus compañeros de infortunio: “Debíais saber que, tarde o temprano, los instrumentos de las revoluciones resultan destruidos”.

|237| A pesar de todo, se hacía demasiado honor a los hebertistas al confundirlos con los enragés. Si bien dejaron escapar imprudentemente la palabra insurrección, proyectaban una simple “jornada” del tipo de la del 5 de septiembre, que les abriría a ellos, los plebeyos, el acceso al poder y, aun así, no parece que se preparasen seriamente para ello. Estaban divididos entre la ambición y el poder. Codiciaban los puestos, pero al mismo tiempo temían los anatemas de Robespierre. Como de costumbre, gritaban muy fuerte y después capitulaban.

Resultaron vencidos sin siquiera haber entrado en combate, sin haber esbozado un gesto efectivo de resistencia. Por sus gritos intempestivos, por sus exageraciones de lenguaje, habían dado al poder suficientes pretextos para justificar ante la opinión pública su detención y, después, su ejecución. Habían proporcionado armas a sus adversarios sin armarse ellos mismos. Su eliminación fue relativamente fácil, pues no habían sabido o no habían querido vincularse suficientemente a las masas populares. Éstas tuvieron la impresión de que la querella entre los hebertistas y el poder, entre los cordeliers y los jacobinos, les era un poco ajena, que se desarrollaba por encima de sus cabezas y que lo que estaba en juego no era tanto el mejoramiento de la suerte del pueblo hambriento, sino el reparto de las funciones públicas. Hébert y sus partidarios no hicieron gran cosa para disipar aquel desánimo y aquella desconfianza, para aferrarse a las masas. Cuando releemos los discursos y las motivaciones que redactaron en vísperas de desaparecer, sólo encontramos el eco muy atenuado de las reivindicaciones populares inmediatas.

Y, aún en el caso de que hubieran sabido vincularse mejor a los barrios, de que hubiesen querido batirse seriamente, ¿habrían conseguido acaso arrastrar a los descamisados a un nuevo 31 de mayo, a una nueva depuración de la Convención? Sólo una minoría sacó esa conclusión. Intentó en vano incitar a los hebertistas a la acción y más tarde, después de su detención, no los abandonó. Comprendió que la lucha, librada en apariencia entre jacobinos y |238| cordeliers, enfrentaba en realidad a burgueses y descamisados. Sin hacerse demasiadas ilusiones sobre el tímido Hébert, advirtió que la caída de los hebertistas podía alterar la relación de fuerzas entre la burguesía de la Montaña y los sans-culottes y que la derrota de los primeros sería también la suya. Por lo tanto, se solidarizó con los inculpados y los sostuvo hasta el final, pero sólo era una minoría y no consiguió salvarlos. Al contrario, al incitarlos a la acción, primero, y salir en su defensa, después, hizo creer al poder que los hebertistas disponían de un apoyo popular mucho más fuerte del que tenían en realidad; avivó el miedo de los gobernantes y, con ello, su voluntad de represión.

Por último, hubo otra razón que aceleró el ritmo de la reacción. Volvía la primavera y, detrás de ella, los mejores meses del año, los de las campañas militares. Pronto iba a llegar la hora en que la burguesía revolucionaria recogería los frutos de un gigantesco esfuerzo

técnico, en que podría continuar la empresa girondina tan inconvenientemente interrumpida por la invasión del territorio, por el episodio del terror plebeyo: la marcha hacia Amberes y hacia Amsterdam. Aquella guerra, la guerra de expansión y de conquista, solamente podía llevarse a cabo con orden y disciplina, en el sentido burgués de esos dos términos. El tiempo de la guerra revolucionaria había pasado. Ya no se trataba de enardecer a voluntarios harapientos. El arreglo de cuentas final con el rival británico exigía un poder fuerte, liberado de la presión cotidiana de las masas y de las luchas de fracciones. La aurora de la victoria no iba a brillar para los hebertistas.

Outline

Documento similar