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LOS JACOBINOS COMBATEN LA POPULARIDAD DE JACQUES ROU

CAPÍTULO IV. LIQUIDACIÓN DE LOS

2. LOS JACOBINOS COMBATEN LA POPULARIDAD DE JACQUES ROU

Los enragés habían luchado contra la carestía de la vida y contra el agio con auténtico éxito. Habían conseguido atraer a su órbita no sólo a una serie de secciones, sino también al Club de los Cordeliers y, aunque con algunas reticencias, a la Comuna y hasta a los propios jacobinos.

El 25 de junio, Jacques Roux se presentó a la cabeza de una importante delegación a una tribuna de la Convención y leyó su petición con la autoridad de un hombre que se siente apoyado y que tiene conciencia de expresar los sentimientos de la mayoría. Aquel día los representantes oyeron el lenguaje más avanzado que podían utilizar, dentro de las condiciones objetivas de la época, los portavoces de la vanguardia popular. Aquella jornada había constituido la cima no sólo de la carrera política de Jacques Roux, sino también del movimiento de los enragés. Jacques Roux había rebasado los límites de lo que podía tolerar la burguesía revolucionaria. Él mismo se dio cuenta y, algún tiempo después, admitió que había dicho en la Convención “verdades duras” y que había elegido mal la ocasión.

Aquella jornada del 25 de junio, aunque fue el apogeo de los enragés, señaló también el comienzo de la represión que cayó sobre ellos. En varias ocasiones, la lectura de la petición de Jacques Roux había provocado en la Asamblea “movimientos de indignación”. El Presidente había llamado la atención al orador, al que varios de los peticionarios que lo acompañaban habían desautorizado. Cuando acabó, el Presidente, Collot d’Herbois, y después Thuriot, lo acusaron de haber hecho el juego a la contrarrevolución y de haber utilizado el lenguaje de Cobourg. Pero, al mismo tiempo, Thuriot, se quitó la máscara y le reprochó que hubiese utilizado un lenguaje de |145| clase: “Acabáis —exclamó— de oír profesar en esta tribuna los monstruosos principios de la anarquía”. Thuriot y Charlier reclamaron la inmediata detención de Jacques Roux y su entrega al Comité de Seguridad General.

Pero la Convención, que no ignoraba la popularidad del orador y los ecos provocados en los barrios por su iniciativa, no se atrevió a llegar a ese extremo. Dos días después, Jacques Roux había conseguido un nuevo éxito. Al presentarse en el Club de los Cordeliers, lo recibieron con gritos de “¡Viva Jacques Roux! ¡Vivan los sans-culottes!”. Protestó en un violento discurso contra el trato que le habían infligido los parlamentarios. Su discurso recibió muchos aplausos. El Presidente dio el abrazo fraternal a Jacques Roux. La Sociedad decidió fijar carteles con su memorial y enviarlo a las secciones, a las sociedades afiliadas y a los cuerpos administrativos.

Aquello era demasiado. Robespierre los paró en seco. Decidió castigar severamente a aquellos hombres pobres, desarmados e ingenuos, que ignoraban las artimañas y las picardías de la política y cuya única fuerza consistía en haberse ganado las simpatías de los descamisados, al expresar fielmente sus aspiraciones. Persiguió a los militantes que, desde el 10 de agosto de 1792, se habían colocado siempre a la cabeza de la lucha revolucionaria y que, unas semanas antes, habían ayudado a la burguesía de la Montaña a eliminar a la Gironda. Jacques Roux tenía razones para escribir con legítima amargura: “En todas las épocas se ha utilizado a los hombres de carácter para hacer las revoluciones. Cuando ya no se los necesita, se los destroza como a un vidrio”.

Antes de eliminar a Jacques Roux por medios policíacos, había que quitarle sus puntos de apoyo en las masas, perderlo ante la opinión de los sans-culottes, expulsarlo de las diferentes asambleas que había conseguido arrastrar, más o menos, en su campaña. Empezando por la Sociedad de los Jacobinos. El día 28, Robespierre declaró en esta última la guerra al jefe de los enragés. |146| Para perderlo, no vaciló en presentar a Jacques Roux como un “agente del extranjero”.

El mismo día, el antiguo cura recibió una acogida fría, cuando se presentó para justificarse ante el Consejo General de la Comuna, del que formaba parte. Se le reprochó que pusiese en peligro el orden. Efectivamente, Chaumette le respondió que su petición había sido “la señal para el pillaje y la violación de las propiedades”. Otros miembros pidieron que se lo excluyese del Consejo “por ser la causa de todos los desórdenes que han hecho temer a los ciudadanos por sus propiedades”. El día siguiente, el 29, el Consejo determinó que Jacques Roux tendría que responder a las “graves acusaciones” hechas contra él.

Donde Jacques Roux había conseguido sus mayores éxitos había sido en el Club de los Cordeliers, allí era donde interesaba desprestigiarlo. Los jacobinos comprometieron

nada menos que a doce oradores. Movilizaron a sus principales dirigentes: Robespierre, Collot d’Herbois, Hébert, Legendre, Thirion, Bentabole, etc. Previamente habían preparado a la sala. Uno tras otro, los oradores fueron por encargo a arrojar su palada de barro contra Jacques Roux, así como contra Théophile Leclerc, el cual había salido en su defensa valerosamente. Collot d’Herbois trató al primero de “agente del fanatismo, del crimen y de la perfidia”; a Leclerc lo acusaron de ser un “escapado de Coblentz”, de estar “a sueldo de Pitt”. Jacques Roux quiso responder. La banda hizo un gran estruendo e impidió que se lo pudiera oír. Finalmente, excluyeron a Jacques Roux y a Leclerc del Club de los Cordeliers, “expulsados por malvados, fanáticos y monstruos”. La famosa petición leída en la Convención quedó rechazada.

La operación del 30 de junio sirvió para justificar la represión que iba a caer sobre Jacques Roux. El 1 de julio, el Consejo General de la Comuna, “considerando que el ciudadano Jacques Roux ha quedado expulsado de las sociedades populares por sus opiniones anticívicas”, desaprobó, por unanimidad, su conducta.

|147| Marat fue quien dio el golpe de gracia a aquel desgraciado, rechazado de todas partes. En L’Ami du Peuple lo trató de “intrigante codicioso que se ha puesto del lado del extremismo, de forzar la energía y sacar el civismo fuera de los límites de la prudencia”. Pero los jefes jacobinos habían conservado un gran prestigio entre los descamisados y sus calumnias surtieron efecto. No sólo las sociedades populares y la Comuna condenaron a Jacques Roux, sino también las secciones. El día que apareció el artículo de Marat, por la tarde se presentó Roux en la sección de la República, subió a la tribuna y quiso leer una nueva petición que se proponía dirigir a la Convención. Lo recibieron con abucheos. Su propia sección, la de Gravilliers, lo abandonó. A comienzos de julio, sus adversarios se apoderaron de la presidencia y de los principales comités de la sección. El 7 de julio, uno de ellos, el comité revolucionario, abrió una investigación contra el militante e interrogó a su compañera.

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