CAPÍTULO VIII. CAÍDA DE LOS HEBERTISTAS
5. LOS PUENTES NO ESTÁN CORTADOS TODAVÍA
No obstante, aquella insurrección, anunciada ruidosamente por adelantado, no había empezado a prepararse ni a efectuarse. ¿Por qué? Solamente podemos entender el juego de los hebertistas si distinguimos entre ellos un ala derecha y un ala izquierda.
El ala derecha, formada por jefes ambiciosos, no pensaba seriamente en sublevarse. No deseaba en modo alguno provocar la movilización de la vanguardia popular. Durante la memorable sesión del 4 de marzo, sólo había querido intimidar al poder, ejercer una presión sobre él, pero no había roto el cordón umbilical que |249| le unía a la burguesía de la Montaña. Los dirigentes de la comuna, encabezados por Chaumette, consideraban intempestivas las iniciativas tomadas.
Pronto resultó que no todos los puentes que comunicaban a los jacobinos y a los
cordeliers estaban cortados. Collot d’Herbois, a la vez miembro del Comité de Salud
Pública y protector habitual de los hebertistas, seguía siendo el intermediario entre su ala derecha y el poder. En el último momento, intentó desempeñar el papel de mediador.
El día 7, la delegación del Club de los Jacobinos, dirigida por Collot, fue recibida en el Club de los Cordeliers. Consiguió un éxito tanto más fácil cuanto que habían preparado de antemano las tribunas, purgándolas de los elementos extremistas. Hébert se rebajó y explicó que los relatos que la prensa había hecho de la famosa sesión no eran fieles. “Con la palabra insurrección no se había referido a otra cosa que a la unión que debe existir entre los patriotas auténticos”, etc. Las dos sociedades juraron mantenerse indisolublemente unidas. El día siguiente, al informar sobre su misión en el Club de los Jacobinos, Collot declaró: “Vi en varios la pena de haber discrepado, en otros arrepentimiento”.
El Club de los Cordeliers había prometido, a su vez, ir en delegación al de los Jacobinos y llevar el acta de la sesión en que había intervenido Collot. Jacobinos y
cordeliers intercambiaron juramentos de amistad y abrazos fraternales.
El día 12, en el Club de los Cordeliers, Hébert acabó de retroceder. Declaró “que la propuesta hecha de una insurrección, aunque, por lo demás, hipotética, podría parecer inconsecuente”. Pidió que “la Sociedad registrase en acta la desmentida a la insinuación de los periódicos de que había hablado contra Robespierre”. Los cordeliers así lo hicieron.
Pero, por otro lado, el hebertismo estaba en contacto con la varguardia popular. Su ala izquierda seguía sufriendo la presión de los descamisados. En el momento mismo en que los jefes se |250| retractaban y prodigaban los juramentos de amistad a los jacobinos, algunos de sus partidarios, una minoría temeraria, se preparaban para pasar a la acción. Impulsaban a dicha ala izquierda una serie de secciones y de sociedades de las secciones.
En la sesión del Club de los Cordeliers del 9 de marzo, se manifestó claramente la discordancia entre el ala izquierda y el ala derecha. Después del discurso moderado de
Hébert, Vincent atacó furiosamente a la fracción que había querido establecer un “sistema de moderación pernicioso”: “Hay otros individuos —exclamó— a las que tarde o temprano habrá que nombrar”. El público de las tribunas, compuesto sobre todo de mujeres, concedió un gran éxito a Vincent y censuró la retirada estratégica de Hébert. El ala izquierda del hebertismo, presionada por la vanguardia popular, prevalecía.
Hébert estaba dividido entre dos sentimientos contrarios: por una parte, el miedo (miedo al movimiento de las masas, miedo a la represión gubernamental); por otra parte, el deseo que tenía de acceder al Ministerio del Interior y de sustituir en él a Paré, quien, protegido por Danton y Robespierre, le había quitado dicha cartera el verano anterior. Fluctuando entre la ambición y el miedo, se había contradicho de un día para otro. En el número 354 de su Père Duchesne se felicitaba de los abrazos intercambiados entre jacobinos y cordeliers, pero, en el número 355 —y último—, cortaba las comunicaciones: “Se acabaron los retrocesos, ¡qué diablos!; es necesario que se consume la revolución […] Un solo paso atrás supondría la ruina de la República”.
El ala izquierda había adoptado determinadas medidas de cara a la “jornada” inminente. Desde hacía unos días, algunas sociedades populares buscaban cartuchos con el fin de estar preparadas en el primer momento. Pero el ala derecha, por su parte, no había preparado nada. Por lo tanto, cuando el poder hubiese colocado entre rejas a los “conjurados”, para justificar su ejecución, iba a atribuirles intenciones políticas y sociales demasiado importantes para ellos. Iba a atribuirles una técnica del golpe de Estado de la que eran |251| completamente incapaces. Se llegó a acusarlos de haber concebido el proyecto de penetrar en las prisiones, de degollar a los aristócratas, de apoderarse del Pont Neuf y del Arsenal, de incendiar los Comités de la Convención, de nombrar un dictador, un “Gran Juez”, de distribuir entre el pueblo dinero encontrado en la Casa de la Moneda y en el Tesoro, los bienes secuestrados de los banqueros y grandes negociantes, etc. Pero todo aquello eran cuentos. Hébert no deseaba tanto. Si le hubieran abierto, junto a Vincent y a Ronsin, las puertas del Consejo Ejecutivo, seguramente habría hecho la paz con Robespierre. Aquellos grandes revolucionarios luchaban por algunas carteras ministeriales, pero la impaciencia de sus partidarios, espoleados, a su vez, por la vanguardia popular, los perdió. No se habían lanzado lo suficientemente a fondo para llevar a cabo con éxito un golpe de Estado, pero sí lo bastante para granjearse los anatemas del poder. El día siguiente al de su detención, Ronsin confió a sus compañeros de cautividad: “Hablasteis en el Club de los Cordeliers, cuando lo que se debía hacer era actuar; esa franqueza indiscreta ha sido la causa de vuestra ruina”.
El miedo a la vanguardia popular y el deseo de acabar con un movimiento —cuya importancia, por cierto, sobrestimaba—, decidieron al poder a actuar con rigor. No obstante, se procuró no cortar completamente el cordón umbilical con el hebertismo. Mientras se liquidaba a los plebeyos más llamativos o más comprometidos: Hébert, Vincent, Ronsin, etc., se iba a dispensar provisionalmente, ante la sorpresa general, a algunos miembros eminentes del ala derecha: Pache, Bouchotte, Hanriot, Santerre (general plebeyo en Vendée). Estos últimos iban a salvar la cabeza, pidiendo perdón, de forma muy poco brillante, ante los verdugos de Hébert. Hasta el 10 de mayo, no se iba a decidir a pronunciar la destitución y detención de Pache, sin procesarlo, por cierto, y, sin
embargo, si hubiese habido que creer el rumor, era Pache quien debía recibir el nombramiento de “Gran Juez”.
|252| Bouchotte iba a mostrar más celo todavía. Ya el 13 de marzo es decir, unas horas antes de su detención, había abandonado a Vincent, al privarle de sus funciones de Secretario General del Ministerio de la Guerra. El 24 de mayo, iba a reincidir, al dirigir a Robespierre una larga nota en la que desautorizaba a su antiguo colaborador y se excusaba humildemente de haber caído en la trampa del hebertismo. Bouchotte no fue detenido sino hasta el 24 de julio.
Pache y sus compinches debían quizá su prórroga a otra circunstancia: se los exceptuó de la “conspiración”, para salvar personajes más altos como Billaud-Varenne y Collot d’Herbois. ¿Acaso no habían debido ambos al hebertismo su entrada en el Comité de Salud Pública? El segundo, sobre todo, había apoyado a los hebertistas durante mucho tiempo. Puede incluso que sondeasen su entrada en la “conspiración”. El 12 de abril, aludió en el Club de los Jacobinos a “propuestas terribles” que habían recibido algunos miembros de la Convención: “Se les prometían puestos eminentes si aceptaban llevar a cabo los proyectos de nuestros enemigos”. Por su parte, Billaud-Varenne se encontraba cumpliendo una misión en Saint-Malo, cuando se decidió la detención de los “conjurados”. Regresó apresuradamente a París y dijo, al parecer, que no tenia la menor noticia de dicha conspiración, que “cuando se había enterado de ella, al llegar, no había podido salir de su asombro”. La angustia de la cuchilla hizo temblar por un instante a Billaud-Varenne y más todavía a Collot d’Herbois.
6. EL DESENLACE
La noche del 13 al 14 de marzo, Hébert y sus partidarios se dejaron coger sin haber intentado hacer un gesto de resistencia. Sin embargo, no era por falta de avisos. Ya el día 6, Barère, en nombre del Comité de Salud Pública, había pedido a la Convención que abriese una acción judicial. A partir del día 9, se había corrido |253| el rumor de la detención de los hebertistas. Al mismo tiempo, se habían dado instrucciones severas para impedir que la vanguardia popular prestase auxilio a los jefes hebertistas. El 14, el Comité de Salud Pública invitó al alcalde de París a adoptar medidas de policía necesarias para reprimir los esfuerzos de los malintencionados, y a dar las órdenes necesarias al comandante de la fuerza armada para ese fin.
Tres días después, el 17 de marzo, detuvieron a Chaumette. Mientras que a Hébert y a sus compinches los juzgaron del 21 al 24 de marzo y los ejecutaron el 24, el Procurador de la Comuna no iba a comparecer ante el Tribunal Revolucionario hasta el 10 de abril (al mismo tiempo que la viuda de Hébert, el ex obispo Gobel, etc.), y no lo ejecutaron hasta el día 13.
El Père Duchesne había gozado de una popularidad enorme. ¿Cómo reaccionó el pueblo ante la noticia de su caída? La opinión popular estuvo muy dividida. Una parte (la mayoría, al parecer), se volvió contra Hébert y sus compañeros de infortunio. Se dejó embaucar por las calumnias de Robespierre y de Saint-Just. ¿Por qué? En primer lugar, por el prestigio que conservaban ante los sans-culottes la Asamblea Soberana y, en su calidad de emanación de ésta, el Comité de Salud Pública. También a causa de la inmensa fama de
Robespierre: su “cambio de chaqueta” de finales de noviembre de 1793 la había mermado, pero no destruido, y la “enfermedad”, en febrero, del gran hombre había provocado una inquietud profunda en las masas.
Además, la opinión popular, en su mayoría, veía con malos ojos la violenta querella que, desde hacía algunos meses, enfrentaba a las fracciones hebertista y dantonista. No podía comprender su contenido de clase. Solamente veía su aspecto superficial y repulsivo: la lucha por los cargos. Se afligía al ver a unos patriotas malgastando su energía y sus talentos unos contra otros. Robespierre tenía una carta en sus manos. Simbolizaba la unidad, una unidad de fachada. |254| Frente a él, los hebertistas, igual que los dantonistas, aparecían como divisores.
Otro factor, más práctico, contribuyó a aislar a los “conjurados” de la mayoría de la opinión popular. Mientras que los hebertistas no habían relacionado suficientemente su agitación política con las reivindicaciones inmediatas del pueblo, el poder se mostró realista. Durante algunos días, mejoró el abastecimiento de la capital. Así obtuvo un resultado doble: pacificó la agitación popular, con lo que privó así al hebertismo, en el momento decisivo, del apoyo de los descamisados, y presentó a los hebertistas como responsables de la escasez anterior.
No obstante, la fracción más activa, más consciente, de los sans-culottes se pronunció enérgicamente en favor de las víctimas. La vanguardia popular sí que comprendió el significado auténtico del acontecimiento. Advirtió que, a pesar de las debilidades y las inconsecuencias del hebertismo, su caída invertía la relación de fuerzas entre burgueses y descamisados. Por encima de los plebeyos, era la clase trabajadora, a la Revolución, a la que habían asestado el golpe. Después del primer momento de estupor, reaccionó.
Una viva agitación se manifestó en las sociedades populares de las secciones. Muchos trabajadores gritaron bien alto sus simpatías por los inculpados. Las mujeres, sobre todo, permanecieron fieles al Père Duchesne, de igual forma que, unos meses antes, lo habían sido a Jacques Roux y a Leclerc.
Los partidarios de Hébert habían abrigado alguna esperanza de ver a los inculpados absueltos por el Tribunal Revolucionario. La forma en que se llevó el proceso provocó la indignación de los sans-culottes más conscientes. Vieron que el Père Duchesne se defendía muy bien y se negaron a admitir las bases de acusación que habían fabricado contra él y sus compañeros.
La barbarie con que trataron a Hébert en el cadalso repugnó a más de un sans-
culotte. No contentos con haberle hecho asistir al suplicio de sus compañeros y haberlo
reservado para el final, los |255| ayudantes mantuvieron la cuchilla suspendida durante varios segundos por encima de su cabeza, al tiempo que le pasaban el gorro rojo bajo la nariz. Un policía, que se encontraba el día siguiente en taberna frecuentada por “carboneros, carreteros y otras personas por el estilo”, los acompañó en su indignación.