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PRIMERAS ESCARAMUZAS ENTRE ROBESPIERRE Y EL HEBERTISMO Robespierre, poniendo a mal tiempo buena cara, había utilizado a los plebeyos para

CAPÍTULO VIII. CAÍDA DE LOS HEBERTISTAS

3. PRIMERAS ESCARAMUZAS ENTRE ROBESPIERRE Y EL HEBERTISMO Robespierre, poniendo a mal tiempo buena cara, había utilizado a los plebeyos para

acabar con la contrarrevolución, pero, no le gustaban, los temía y esperaba pacientemente que llegase la hora en que pudiera liberarse de su importuna tutela. Ronsin, en vísperas de su muerte, confió a sus compañeros de cautiverio: “Hace ya mucho tiempo que he notado que, en el Senado, un hombre temeroso, astuto y peligroso os estudia y sigue. […] Os ha sorprendido porque no habéis desconfiado bastante de él”.

Hébert, convencido seguramente de que si hablaba alto y fuerte asustaría a Robespierre, atacó, en su periódico Le Père Duchesne, al poderoso personaje y lanzó contra él la temible acusación de ambición: “Pobre de quien se eleva demasiado alto, un solo paso puede precipitarlo al abismo […] Peor para quienes se reconozcan en los retratos que acabo de pintar”. Robespierre no olvidaba nunca y no perdonaba semejantes crímenes de lesa majestad. Respondió inmediatamente y en los mismos términos. El 28 de noviembre, en el Club de los Jacobinos, desafió a los hebertistas para que ejecutasen sus designios: “Si no os gusta el Comité de Salud pública, ¡venid a ocupar nuestros puestos! Venid, os los cederemos encantados. […] Ya veremos cómo manejáis las riendas del gobierno”. Y para terminar, amenazó a la fracción hebertista con una declaración de guerra.

|243| El 17 de diciembre, bajo la presión de los dantonistas, que se habían vuelto poderosos, se dictó un decreto había ordenando las detenciones de Vincent, el Secretario General del Ministerio de la Guerra, y de Ronsin, general en jefe del Ejército Revolucionario, que, en aquel preciso momento, estaba participando activamente en la represión de la insurrección lionesa. En el Club de los Jacobinos, Fabre d’Eglantine reprochó a Vincent que hubiese perseguido encarnizadamente al general reaccionario Custine y afirmó que, al hacerlo, había actuado por cuenta de Inglaterra. La destitución de Custine y su presentación ante el Tribunal Revolucionario era uno de los méritos de Vincent y de los plebeyos hebertistas. El simple hecho de que en aquel momento alguien pudiera presentar en el Club de los Jacobinos un acto tan meritorio como un crimen sin

provocar la indignación permite calibrar hasta qué punto se había modificado la relación de fuerzas a favor de la reacción.

Era de todo punto evidente que aquellas detenciones no podían haberse decidido sin el consentimiento de Robespierre. Llevaban su sello. De nada sirvió que unos días después intentase disculparse, su desmentida sonó como una confesión.

La convocatoria a Ronsin, seguida de su detención, hundió a los sans-culottes de Lyon en la consternación. El día siguiente, 18 de diciembre, uno de ellos, Gaillard, se suicidó. Gaillard no era un cualquiera. Había sido el amigo del mártir de la comuna lionesa, Chalier, ejecutado en julio por los girondinos. Era amigo del enragé Leclerc. Había sufrido durante muchos meses en los calabozos de la contrarrevolución. Después de la liberación de Lyon, había ido a París. Había llevado a los jacobinos una reliquia gloriosa: la cabeza de Chalier. Era miembro de la Comisión Temporal, que dirigía la represión en Rhône. ¿Por qué se mató Gaillard? La Comisión Temporal envió a algunos de sus miembros a hacer una investigación al domicilio del difunto. “Según lo que han podido saber y por las últimas palabras que pronunció, temió que la causa de la libertad no triunfase, lo que lo trastornó totalmente”.

|244| El representante Javogues, en una proclamación del 1 de febrero de 1794, increpó a Couthon y, a través de él, a Robespierre reprochándole la moderación que había demostrado en Lyon. Le espetó, entre otras cosas: “El virtuoso Gaillard, que conocía el hilo de la trama, que conocía la intimidad de los Gouly, de los Gauthier y de toda la pandilla de los moderados, temiendo por la salud de su patria, se ha suicidado y tú eres la causa de su muerte”.

Los dantonistas y Robespierre se habían pasado de la raya. La detención de Vincent y de Ronsin aterró a los descamisados. Les pareció una provocación. La respuesta fue inmediata y enérgica. Presionado por ellos, el demagogo Collot d’Herbois, de vuelta apresuradamente de Lyon, presentó una protesta vehemente.

En los días anteriores, Hébert había cedido un poco ante los ataques combinados de los dantonistas y de los robespierristas, pero se rehízo. Las secciones más avanzadas de la capital, las secciones obreras del barrio de Saint-Antoine dejaron oír su potente voz. Reclamaron la liberación de Ronsin en una petición.

El descontento de los plebeyos y la brusca entrada en escena de los descamisados espantaron a Robespierre. Parece ser que a partir de aquel momento esperaba que se produjese un levantamiento hebertista. En la sesión del Club de los Jacobinos del 23 de diciembre, exclamó: “Si alguna vez una porción del pueblo, desorientada por algunos hombres, quisiera dictar la ley a la Convención […], sabríamos mostrar el valor de los republicanos auténticos […] y esperaríamos la muerte en nuestras sillas curules”. Camille Desmoulinis hizo el siguiente comentario en su periódico: “Sabemos que hay hombres perversos que están preparando un 31 de mayo contra los hombres más enérgicos de la Montaña. Robespierre ya ha comunicado sus presentimientos en el Club de los Jacobinos”.

En la circular interpretativa del decreto del 4 de diciembre que había enviado a los tribunales militares, Billaud-Varenne había denunciado a los “hombres viles […] que sólo ven en la Revolución |245| un medio de conseguir poder o hacer fortuna”. “Sólo esperan a un jefe, una oportunidad”.

Durante todo el mes de enero, los hebertistas reclamaron a la vez la liberación de Vincent y de Ronsin, a los que el poder seguía manteniendo encarcelados, y el castigo de sus denunciantes dantonistas. El día 28, Robespierre, obligado a soltar lastre, tuvo a bien admitir la no culpabilidad de Vincent y de Ronsin, pero, a pesar de todo, mantuvo a la “inocencia oprimida” en prisión.

Sin embargo, la presión popular a favor de los encarcelados y contra los dantonistas adquiría cada día mayor amplitud. En señal de protesta, el Club de los Cordeliers decidió tapar con un velo la Declaración de los Derechos del Hombre.

Por fin, el 2 de febrero, pusieron en libertad a los dos hombres. La presión popular había obligado a Robespierre a soltar —por un tiempo— su presa. Aquella victoria embriagó a los plebeyos. Creyeron que en adelante podían atacar abiertamente a sus adversarios. El día 4, un empleado del Ministerio de la Guerra, Brichet, abrió la ofensiva en el Club de los Jacobinos. Entonces Robespierre apareció en la tribuna y administró una ducha fría a los plebeyos. Desengañaos, les dijo, en resumen, que no habría ningún giro a la izquierda, ni un nuevo 31 de mayo, y, después de haber elogiado a la derecha de la Convención, pidió que se expulsase del Club de los Jacobinos a Brichet, que había atacado al Marais.

Los hebertistas respondieron al ataque de Robespierre alzando el estandarte de la rebelión. Abandonaron el club de la calle de Saint-Honoré, donde reinaba el “despotismo de opinión” denunciado por Brichet, para reunirse en el Club de los Cordeliers, que se convirtió en el foco de la resistencia. El día 12, Momoro se mostró muy violento en él: “Todos esos hombres gastados para la República —exclamó—, esos inútiles para la Revolución, nos tratan de exagerados porque somos patriotas y ellos ya no quieren serlo”. Después de él, Hébert atacó a rostro descubierto: “Ha habido quien se ha atrevido a decir —exclamó— que los hombres que habían |246| conducido a Brissot al cadalso estaban pagados por Pitt. […] Pero, ¿quiénes son los que lanzan semejantes calumnias? […] Son aquellos que, ávidos de poderes que acumulan, pero siempre insaciables, han inventado y repiten pomposamente en grandes discursos palabra ‘contrarrevolucionario’ para destruir a los amigos del pueblo que vigilan sus complots”. Apuntaba directamente a Robespierre.

Aquella especie de escisión entre jacobinos y cordeliers anunciaba un conflicto abierto entre el poder y el hebertismo, pero ninguna de las dos partes estaba dispuesta todavía para el choque decisivo. Por eso hubo una apariencia de reconciliación. A finales de febrero, los cordeliers se dirigieron en masa al Club de los Jacobinos para protestar de sus sentimientos fraternales. Robespierre fingió haber caído enfermo. Durante más de un mes, se retiró de la escena pública, como un gato que se enrolla antes de precipitarse, con las garras erizadas, sobre su presa. Pero los iniciados ya habían adivinado las intenciones del amo.

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