Guillermo Barrientos de Llano
En la interrelación del hombre con su medio se establece el fenómeno psicológico, que nos distingue como seres humanos. Cuando esta interrelación es adecuada, el desarrollo del psiquismo ocurre dentro de los patrones normales y se disfruta de salud mental. En esta relación dialéctica participan la familia, la escuela y otras instituciones sociales de la comunidad, y está en gran parte determinada por las condiciones biológicas del individuo.
En la vida cotidiana pueden aparecer desequilibrios en esta relación y, como consecuencia, se alteran las funciones psíquicas que pueden dar lugar a trastornos mentales de variado tipo y enfermedades mentales diagnosticables.
En situaciones de desastre, la relación del individuo con el medio está alterada. Los factores del medio se vuelven muy agresivos, están fuera del control del individuo y su comunidad, y sobrepasan la capacidad de respuesta de ambos.
Los mecanismos de afrontamiento habituales son incapaces de resolver la situación que plantean estos eventos y dan lugar a la más variada gama de respuestas, que afectan al individuo y su equilibrio emocional, y hasta pueden causar permanentes alteraciones del psiquismo y enfermedades mentales. Por ello, en un primer momento, ante una catástrofe, la población que se ha de atender incluye a aquellas personas que presentan una reacción considerada “normal” y, en un segundo momento, se reduce su número, pero aumenta la complejidad de las alteraciones, y los más afectados son los grupos vulnerables de la población.
Los mecanismos de afrontamiento y la capacidad de respuesta de la comunidad, que incluyen a la familia y demás instituciones y servicios asistenciales, también se exceden en una situación de desastres, pierden sus elementos protectores y pueden transformarse en factores de riesgo. Igual sucede con los valores tradicionales y culturales, en los que algunos son modificados o suprimidos, y se convierten de protectores en factores de riesgo para la salud mental de la población y el individuo. En este contexto existen individuos y sectores sociales que se sobreponen a las agresiones del medio, mantienen su equilibrio y se convierten en elementos para superar la situación creada por el desastre; este fenómeno se conoce como resiliencia.
La intervención dirigida a mitigar o suprimir el impacto del evento o el evento mismo no siempre es posible, por lo que, en materia de salud mental, ésta se dirige a los aspectos individuales de los afectados, así como a su entorno psicosocial o comunitario.
En toda intervención ante un desastre, es necesario identificar a estas personas e instituciones sociales que son de gran ayuda para superarlo; asimismo, es preciso identificar a la población expuesta a mayor riesgo, por su condición social, de pobreza, discapacidad física o mental, enfermedad mental diagnosti- cable, género y edad.
En esta aproximación a la salud mental ante desastres, se emplea este término en un sentido amplio, que incluye los diversos elementos del proceso salud-enfermedad, que determinan el grado de bienestar, tanto del individuo como de su colectivo social inmediato, y el equilibrio de sus interrelaciones. Por eso se consideran como parte de su campo de acción las manifestaciones emocionales, los trastornos cognitivos, las conductas problemáticas, la inadaptación a las nuevas condiciones del medio y algunos aspectos de la dinámica psicosocial individual y colectiva. Así, se pueden realizar acciones de protección de salud mental, prevención, tratamiento y rehabilitación de los trastornos mentales, de modo coordinado, efectivo y lejos de la espontaneidad, para evitar la yatrogenia.
La dinámica de los problemas y las manifestaciones psicológicas y sociales que se dan en situaciones de desastre, se denominan psicosociales, y se refieren a lo no patológico, es decir, a las enfermedades mentales diagnosticables. En ambas concepciones (la de salud mental y la psicosocial) predominan los factores sanitarios y humanísticos que deben primar en cualquier modalidad de intervención integral en este tipo de situaciones, y no se limita a la atención del paciente con francos trastornos mentales, e incluye todas las manifestaciones psíquicas y de conducta colectiva que suceden en el contexto de un desastre. Algunas de estas manifestaciones necesitan del apoyo exterior al individuo para recuperar su equilibrio en la relación con el medio, otras pueden ser factores inapreciables en lograr ese equilibrio.
En la mayoría de los países de América Latina la cobertura asistencial en psiquiatría y salud mental es insuficiente en la situación denominada “normal”. En muchos de ellos se ha iniciado un proceso de reestructuración de estos servicios hacia la comunidad y el primer nivel de atención, pero sigue imperando el modelo tradicional centrado en el antiguo hospital psiquiátrico, y la atención ambulatoria dirigida al daño o enfermedad se concentra en la práctica privada con escasa representación en la asistencia pública o de seguro social sin llegar a los sectores populares, que son los más afectados en los desastres. Es fácil comprender que en estas condiciones estos servicios especializados son insuficientes, cuando existen, y, además, no están preparados para enfrentar la nueva situación.
Tanto por razones de orden práctico y factibilidad, como teórico y de la magnitud, la tarea de superar el impacto de un desastre y sus secuelas en la salud mental y dinámica de la población, es una actividad de carácter interdisciplinario y transectorial; desborda una especialidad de salud y aun al propio sector Salud y necesita del concurso de otros sectores del Estado y de las organizaciones civiles, así como de la propia población víctima del siniestro. Lo anterior se hace evidente si al suturar una herida, reducir una fractura, tratar una enfermedad infectocontagiosa, un infarto del miocardio o cualquier otro compromiso para la salud, tenemos en cuenta que la persona atendida puede haber sufrido otras pérdidas, que considera superiores a su integridad física y, en algunos casos, a su propia vida. Entre estas pérdidas pueden estar la vida o desaparición de seres queridos, bienes materiales que garantizan su existencia y la de sus familiares, tales como la casa, el trabajo, instrumentos de trabajo, negocio, temor de incapacidad como secuela de la lesión por la que es atendido, etcétera.
En igual sentido e importancia están las consecuencias de las acciones que se realizan en el enfrentamiento al impacto y recuperación del desastre, entre las cuales se incluyen: el manejo masivo de cadáveres, en el que prima la necesidad de prevenir epidemias, pero que está indisolublemente ligado a los valores culturales del duelo y a la tranquilidad de reconocer el cadáver del ser querido; la creación de albergues transitorios, que se prolongan en el tiempo, por lo cual han llegado a considerarse como un “segundo desastre”; la separación de la familia según género y edad (niños, adolescentes y ancianos) o discapacidad, y el hecho de excluir de la participación en las tareas de recuperación a las víctimas con condiciones para esta actividad y que se reducen al papel de dependiente de los demás.
Las respuestas individuales y colectivas en relación con la salud mental varían de acuerdo con el tipo de desastre, sus etapas, las condiciones psicosociales y personales existentes antes del siniestro, las condiciones creadas para mitigar los efectos iniciales y otras.
Por ello, esta temática aborda las respuestas individuales y colectivas en cada tipo de desastre de los más comunes, los resultados que se pretenden obtener con las intervenciones del sector salud y su participación con otros sectores, las intervenciones preventivas, de protección de la salud mental, el diagnóstico y tratamiento de aquéllos que lo requieran, el enfrentamiento colectivo de los factores psicosociales, las prioridades en cada etapa y/o situación y otros elementos que en conjunto permitan al estudiante acometer con éxito, en su práctica profesional, las situaciones de desastre en que se vea envuelto.