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Descentrar lo global

Empecemos por esa relación con la historia que, en opinión de muchos críticos, representa uno de los talones de Aquiles del postcolonialismo.5Desde nuestra perspectiva, dentro del amplio laboratorio de los estudios postcoloniales, la his- toriografía —tal y como aparece desarrollada en el trabajo colectivo de los Estudios de la Subalternidad— ha desempeñado un papel fundamental a la hora de sacar a la luz el lazo indisoluble entre anticolonialismo y postcolonialismo. El estudio de gran influencia de Robert Young, Postcolonialism. An Historical Introduction [Postcolonialismo. Una introducción histórica], se ocupa de este lazo. Ante todo, Young nos faculta para releer algunos clásicos del pensamiento anti- colonial fuera de la manida retórica del tercermundismo. Esto nos permite reco- nocer, en estos textos, los rastros embrionarios de una conciencia de hasta qué punto, a lo largo de todo el siglo XX, la dialéctica entre colonialismo y anticolo- nialismo ha roto con los límites tradicionales a los que se la había relegado en los cuatro siglos anteriores. Black Atlantic [El Atlántico negro], de Paul Gilroy, nos brinda por su parte un brillante ejemplo de este tipo de actitud descentrada y vigorosa, haciendo hincapié en la dimensión diaspórica y ya global de la «doble conciencia» negra, en el lapso de tiempo de la modernidad.

Con toda seguridad, un claro indicio de este hecho es la certidumbre con la que, en 1955, Aimé Césaire reivindicaba que se considerase el fascismo como una forma de colonialismo que estaba infestando Europa una vez que los territorios en el exterior parecían estar agotándose, totalmente saturados. Pero, tal y como ha señalado en fecha reciente Robin D. G. Kelley en Freedom Dreams [Sueños de libertad], Césaire dio un paso más allá al sugerir que el verdadero «tabú» clau- surado por el fascismo nazi consistió en el propio hecho de aplicar directamente a sujetos europeos blancos lo que sólo era concebible en el mundo colonial.6

5 Sin duda, Airf Dirlik no es el único en sostener este argumento. Por el contrario, han desarro- llado fuertes críticas de este tipo de disolución del tiempo histórico Anne McClintock («The Myth of Progress. Pitfalls of the Term Post-Colonialism», Social Text, núm. 31/32, 1992, pp. 84- 97) y Ella Shohat («Notes on the Postcolonial», Social Text, núm. 31/32, 1992, pp. 99-113; ed cast.: «Notas sobre lo postcolonial», en este mismo volumen) entre otras. Con una vena aún más crí- tica, Beyond Postcolonial Theory, de San Juan Jr., inspirándose en Ahmad, ve en la suspensión del tiempo sugerida por la teoría postcolonial la negación misma de la historia.

6 Robin D. G. Kelley, Freedom Dreams. The Black Radical Imagination, Boston, Beacon Press, 2002, p. 175. Merece la pena citar extensamente las palabras de Césaire: «Sí, valdría la pena estudiar, clí- nicamente, con detalle, las formas de actuar de Hitler y del hitlerismo, y revelarle al muy distin- guido, muy humanista, muy cristiano burgués del siglo XX, que lleva consigo un Hitler y que lo ignora, que Hitler lo habita, que Hitler es su demonio, que, si lo vitupera, es por falta de lógica, y que en el fondo lo que no le perdona a Hitler no es el crimenen sí, el crimen contra el hombre, no es la humillación del hombre en sí, sino el crimen contra el hombre blanco, es la humillación del hombre blanco, y haber aplicado en Europa procedimientos colonialistas que hasta ahora sólo concernían a los árabes de Argelia, a los cooliesde India y a los negros de África», Aimé Césaire,

Lo que se desprende de esta línea de razonamiento, que W. E. B. Du Bois había estado anticipando poco después del final de la guerra en su The Modern World and Africa [El mundo moderno y África],7es la siniestra valencia del postcolonia- lismo. En el momento mismo en que los dispositifsde dominación, en un origen fraguados en el contexto de la experiencia colonial, se infiltran en los espacios metropolitanos, nos encontramos ya, de algún modo, en una época postcolonial. Esta transición (este movimiento de hibridación, que no puede calificar- se en ningún sentido de emancipatorio) es parte integrante del colonialismo moderno. En un artículo escrito en 1979, Carlo Ginzburg sacó a la luz, de forma magistral, este movimiento de hibridación con respecto al origen ben- galí de la toma de huellas dactilares.8Pero, en este caso, la frontera entre ciu- dades metropolitanas y colonias se cruzaba para controlar con más eficacia una frontera interna fundamental —aquélla, tan bien investigada por Louis Chevalier en su estudio sobre París en la segunda mitad del siglo XIX, entre las «clases trabajadoras» y las «clases peligrosas». Esto es un poco como el ejemplo de la ametralladora, que, tras haber dado una demostración letal de su potencial destructor durante la Guerra Civil estadounidense, se prohibió en las guerras que tenían lugar en «Occidente», adoptando sin embargo un papel central en la pelea por África; esto, por supuesto, no impidió que fuera utilizada sin tregua en Estados Unidos para reprimir las huelgas de finales del siglo XIX y en las últimas batallas contra los pueblos indígenas.9Por últi- mo, cuando esa misma arma fue empleada en los campos de batalla duran- te la Gran Guerra, produjo un salto cualitativo decisivo: la «guerra total» practicada ya por los europeos en las campañas coloniales empezó entonces a expandirse por todo el continente. No mucho más tarde, otro dispositiftípi- camente colonial, el campo de concentración, estamparía el sello de la catás- trofe sobre este movimiento de desplazamiento.10

7 Du Bois escribió: «No hubo atrocidad nazi (campos de concentración, mutilaciones y asesinatos sistemáticos, deshonra de mujeres o espantosa blasfemia de la infancia) que la civilización cristiana de Europa no hubiera estado practicando contra la gente de color en todas las partes del mundo en nombre y en defensa de una Raza Superior nacida para gobernar el mundo». William Edward Burghardt Du Bois, The Modern World and Africa(1946), edición ampliada con nuevos textos sobre África de W. E. B. Du Bois, 1955-1961, Nueva York, International Publishers, 1992, p. 23.

8 Carlo Ginzburg, «Spie. Radici di un paradigma indiziario» (1979), en Miti, emblemi, spie. Morfologia e storia, Turín, Einaudi, 1986, pp. 158-209. Véase también Christian Parenti, The Soft

Cage in America from Slave Passes to the War on Terror, Nueva York, Basic Books, 2003: «La toma

de huellas dactilares migró literalmente de la periferia colonial al centro económico. En Estados Unidos, las primeras poblaciones a las que se les recogieron las huellas dactilares de forma masiva fueron reclusos, pequeños delincuentes, soldados y pueblos indígenas» (p. 49). 9Dan Diner, Das Jahrhundert verstehen. universal historische Deutung, Munich, Luchterhand, 1999, capítulo I.

10 Federico Rahola, Zone definitivamente temporanee. I luoghi dell’umanità in eccesso, Verona, Ombre corte, 2003.

Así pues, las palabras de Césaire nos permiten especificar otro aspecto deci- sivo de la época histórica postcolonial, un aspecto caracterizado por el reba- samiento de las lógicas típicamente coloniales de dominación de los propios espacios en los que se originaron, hasta el punto de afectar a la «ciudad metropolitana». Estamos hablando de un movimiento que no se ha agotado en absoluto y que sigue produciendo efectos más o menos catastróficos en las modalidades de gobierno, la valorización de la mano de obra migrante y la reorganización de las funciones de control de las ciudadanías autóctonas de «Occidente». Pero ésta no es sino una de las aportaciones, quizás ni siquiera la más importante, que el postcolonialismo puede ofrecer a la defi- nición de una genealogía de nuestro presente, una vez que se ha subrayado el lazo que lo conecta con el anticolonialismo. La otra aportación consiste en poner de relieve el carácter irreversible de la ruptura radical operada por las luchas anticoloniales, con su dimensión inmediatamente global, en la histo- ria contemporánea. Estas luchas son las que, a pesar de las rotundas derro- tas experimentadas por prácticamente todos los regímenes políticos que engendraron, califican los tiempos en que vivimos como postcoloniales. Lo hacen en la medida en que han desarticulado, de una vez por todas, la idea de que el tiempo y el espacio de las colonias son cualitativamente «otros» con respecto a los de la ciudad metropolitana.

En una página memorable de Los condenados de la tierra, Fanon hablaba en 1961 del «descubrimiento de la igualdad» como motor de la insurrección anticolonial. Se trata de una metáfora espléndida para el aspecto subjetivo de una serie de procesos que han construido materialmente, e imaginado, la unidad del mundo, trastocando el «mundo compartimentado» del colonia- lismo en el periodo anterior a la extensión de la hegemonía de la «globaliza- ción neoliberal». Desde nuestro punto de vista, sólo se puede hablar de una condición postcolonial si se apuesta por la persistencia, por el trabajo subte- rráneo, de este descubrimiento sobre la textura de la globalización contem- poránea. En otro lugar, hemos defendido que los movimientos migratorios portan señales ambivalentes de este descubrimiento.11Estamos seguros de que sería posible demostrar que el descubrimiento de la igualdad sigue ali- mentando el nuevo tipo de movimientos sociales en lo que solía definirse como «Tercer Mundo»: movimientos que, aunque vinculados con las luchas anticoloniales, son capaces de situarse conscientemente más allá del hori- zonte de la derrota histórica sostenida por los regímenes nacidos de aque- llas luchas.

11 Sandro Mezzadra, Diritto di fuga. Migrazioni, cittadinanza, globalizzazione, Verona, Ombre Corte, 2001, capítulo IV [ed. cast.: Derecho de fuga. Migraciones, ciudadanía y globalización, Madrid, Traficantes de sueños, 2005].

Los estudios postcoloniales que nos interesan (los que concuerdan con la pos- tura que estamos delineando) son los que nos permiten volver a estudiar, en la época de la globalización, a Fanon, Lumumba, C. L. R. James y la tradición del «marxismo negro». Desde luego que no para encontrar allí modelos aca- bados de teoría y acción políticas, sino para identificar, en el fracaso de los proyectos a los que se vincularon sus nombres, el sentido de una historia ocul- ta, borrada por la «historia de los ganadores». En su interminable confronta- ción con Walter Benjamin, Theodor Adorno subrayó en una ocasión que el conocimiento de la historia debe ir más allá de «la desdichada linealidad de la sucesión de victoria y derrota» y abordar «lo que no ha intervenido en esta dinámica, quedando al borde del camino».12 Precisamente esto, los «materia- les de deshecho y los puntos ciegos»,13proporcionan el legado que en la actua- lidad tenemos que recuperar en los proyectos anticoloniales.