Los ejemplos que acabamos de citar demuestran claramente que la mayoría de las guerras africanas no tienen su punto de origen inmediato en disputas fronterizas resultantes de divisiones coloniales. De hecho, desde 1963 hasta el presente, apenas una docena de conflictos entre Estados pueden atribuir- se a esta categoría. Desde un punto de vista normativo, dos principios fun- damentales han guiado de hecho el manejo de las relaciones entre los Estados africanos desde la independencia. El primer principio se basa en la idea de no interferencia en los asuntos internos de otros Estados. El segun- do principio se refiere al carácter sacrosanto de las fronteras heredadas de la colonización. Por más evidente que sea que el principio de no interferencia ha sido por lo general ignorado es cierto, no obstante, que las fronteras here- dadas del colonialismo se han mantenido sin modificaciones sustanciales. Los africanos han aceptado sin cambios el marco territorial y estatal impues- to por la colonización. Desde luego que ha habido intentos armados de modificarlo. Pero, en general, éstos no han resultado en ningún retraza- do de las fronteras como el que siguió a la desintegración de Yugoslavia.
Hasta mediados de la década de 1970, hubo dos tipos de guerras en las que las fronteras estaban directamente en juego. En primer lugar, las guerras de secesión. Los dos principales ejemplos de este tipo de guerra fueron la secesión de Katanga, a principios de la década de 1960, y la de la autopro- clamada Republica de Biafra, en Nigeria, en 1967. Tanto Congo como Nigeria aplastaron estas revueltas y mantuvieron la integridad de sus terri- torios, ya fuera por sí mismas o con la ayuda de fuerzas extranjeras. El único ejemplo de una secesión victoriosa es el de Eritrea, que no puso fin a las gue- rras entre Etiopía y sus vecinos, tal y como demuestra el conflicto actual.37En otros lugares, la tentación secesionista o irredentista no ha desaparecido. Persisten esfuerzos de escapar del poder central en Senegal (en Casamance), en Camerún (en las provincias anglófonas), en Angola (en el enclave de Cabinda), en Namibia (en la franja de Caprivi) y en las Comoros (en la isla de Anjouan).
La otra forma de conflicto relativo a las fronteras lo constituyen las gue- rras de anexión, como los intentos somalíes de conquistar Ogaden, en Etiopía, en 1963 y 1978. Estos intentos acabaron en fracaso, pero llevaron a importantes cambios de alianzas en el tablero regional y, a la larga, a la par- tición del Estado etíope. El conflicto territorial entre Chad y Libia atañía a Aozou, región que Libia se anexionó en 1973. Después de varios años de
37 J. Abbink, «Briefing. The Erythrean-Ethiopian Border Dispute», African Affairs, núm. 97, 1998, pp. 551-565.
repetidas guerras, salpicadas por intervenciones militares extranjeras (en particular por parte de Francia), el Tribunal Internacional de Justicia dicta- minó que el territorio debía ser devuelto a Chad. Lo mismo sucedió en el Sahara occidental, una antigua colonia española reclamada y ocupada por Marruecos. Las demás disputas fronterizas representaban conflictos laten- tes y tenían que ver o bien con rutas conectadas con la existencia de recur- sos naturales (petróleo, hierro, diamantes), o bien con islas, en particular en la disputa entre Nigeria y Camerún por la Península de Bakassi. Estas guerras de frontera estuvieron hechas más de escaramuzas que de verda- deros conflictos abiertos.
Sin embargo, a finales del siglo XX, los países africanos siguen estando inmersos en numerosas disputas de frontera, como las que existen entre Nigeria y sus vecinos por el Golfo de Guinea (Camerún y Guinea Ecuatorial, en particular), en la región del Sahel (entre Mali, Níger, Argelia, etc.) y entre Namibia y Botswana. La mayoría de estas disputas no tienen su origen en el deseo de hacer que el espacio etnocultural coincida con el espacio del Estado, sino más bien en la lucha por el control de recursos considerados vitales. Así sucede, por ejemplo, con respecto a la distribución de agua. Las grandes cuencas hidrográficas, de las que forman parte tanto ríos (el Congo, el Zambezi, el Níger, el Nilo, el Senegal) como lagos (el Lago Chad, el Lago Victoria) tienden así a convertirse en nuevas áreas de conflicto. En torno a estas cuencas, han surgido no sólo actividades económicas, sino también serias contradicciones. La no coincidencia entre límites estatales y límites naturales ha abierto la veda a las disputas por la soberanía. Como los ríos y los lagos combinan por lo general distintos elementos jurídicos (tierra y agua), la cuestión es cómo reconciliar los tres requisitos constituidos por la libertad de uso, el derecho de acceso para todo el mundo y la sobera- nía sobre la tierra por la que discurre el río.
A este respecto, el ejemplo del Nilo lo dice todo. Sabemos que el 95 % del agua que fluye por Egipto llega de fuera de sus fronteras (en particular de Etiopía y Sudán). La presión demográfica en la región, la necesidad de explo- tar tierras cada vez menos productivas y el rápido crecimiento de los índi- ces de consumo per capita están llevando a la mayoría de Estados de la región a considerar la construcción de presas. Así pues, Etiopía y Egipto se están peleando por diferencias respecto a la distribución de los recursos hídricos implícita en los proyectos de irrigación que Etiopía planea para mejorar las tierras de cultivo de Ouollo y Tigray.38Pero la cuestión de cómo deberían distribuirse las aguas del Nilo afecta a otros países, como Uganda, Tanzania, Kenia, Ruanda, Burundi y la República Democrática de Congo.
Otras cuencas fluviales, como las del Zambezi, el Chobe y el Okavango, revelan otra serie de fronteras africanas que son fuente de tensiones entre los principales países afectados: Botswana, Sudáfrica, Namibia, Angola, Zambia y Zimbabwe. Un incremento en el consumo de las aguas del Okavango en Namibia amenazaría automáticamente el delta interior de este cauce fluvial. El proyecto de Botswana de desviar el río Chobe hacia el río Vaal para abastecer Sudáfrica suscita de inmediato tensiones en la subregión. Cabe percibir el mismo tipo de tensiones en relación con la distribución de las aguas de los acuíferos fósiles del Sahara, que afecta a Libia, Sudán, Chad y Níger y, hacia el oeste, a Senegal, Mali y Mauritania. Libia ha iniciado ya un proyecto de cons- trucción de un Gran Río artificial para explotar los acuíferos fósiles del desierto del Sahara, que se extienden bajo la tierra de otros países. Las fronteras del continente se están redibujando, por lo tanto, en torno a la cuestión de cómo regulan el uso de los cursos hídricos los países por los que éstos discurren y estos conflictos hidropolíticos exacerban otras dis- putas sobre las que se superponen.
En la actualidad, en el marco del gueto estratégico en el que se ha con- vertido África tras el fin de la Guerra Fría, están tomando forma otra dispo- sición espacial, más básica, y otra situación geopolítica. Tres procesos sepa- rados en el tiempo, pero complementarios en sus efectos, participan de esta evolución. En primer lugar, los procesos en marcha hoy en día se sitúan en una continuidad con los principales movimientos de destrucción y reconsti- tución del Estado del siglo XIX. En ocasiones, tienen lugar de hecho en los mismos espacios, exactamente, en los que se desarrollaron en el siglo pasa- do. En otro plano, hay dinámicas introducidas por la colonización y conti- nuadas en esencia por los regímenes independientes que se injertan en estos mismos procesos. A través de la mediación de la guerra y del derrumbe de los proyectos de democratización, este entrelazamiento de dinámicas y tem- poralidades conduce a la «salida del Estado». Impulsa el surgimiento de tec- nologías de dominación basadas en formas de gobierno privado indirecto, que tienen como función la constitución de nuevos sistemas de propiedad y nuevas bases para la estratificación social.39