habituspropios de ese mundo.4A través del análisis de diferentes momentos académicos, con los géneros que más o menos los caracterizan, la argumen- tación se centrará en las representaciones académicas de las mujeres suda- siáticas y en las maneras en las que las subjetividades de los propios estu- diosos académicos están ligadas a la posición de sujeto que asignamos a Otros. En este sentido, este artículo es un llamamiento dirigido a los estudio- sos académicos para que hagan una pausa en sus doctos caminos y piensen en cómo sus propias catexis están íntimamente ligadas a las mismas poses y producciones que generan.
En su análisis de los conocimientos históricos sobre la infancia, una dis- ciplina de la que participa, Carol Steedman observa «la escisión entre los niños y "el niño"»5en tanto que figura de construcción académica. Situando esta escisión en una relación de transferencia, en la que proyectamos nues- tras propias fantasías de infancia, pide a los estudiosos «que nos dejemos más claro a nosotros mismos el escenario de romanticismo y postromanti- cismo dentro del cual describimos y teorizamos la infancia», a partir de la constatación «de que cuando miramos a los niños, cuando les hablamos y enseñamos y escribimos sobre ellos, les deseamos, queremos algo de ellos, que es nuestra propia infancia perdida».6
El cuerpo de la mujer subalterna —en la imagen de la juventud metropo- litana híbrida que se pone saris y zapatillas de deporte, de la satien la pira funeraria de su marido, de la trabajadora del taller clandestino del East End de Londres,a de la mujer del servicio de limpieza de los hogares, oficinas y aeropuertos de las ciudades globales y de los «hábiles» dedos sobre los cir- cuitos electrónicos en las zonas de libre comercio— es el texto sobre el que se escriben toda una serie de fantasías y ansiedades académicas. La benevo- lencia de la caridad, la llamada a la salvación, la culpa por el privilegio de clase y raza, la excitación ante todo lo exótico, así como ante las hibridacio- nes metropolitanas, el vivo deseo de un cambio revolucionario y la búsque- da de amor ético —todos estos sentimientos se ciernen sobre la aureola de estos objetos (¿sujetos?). El melodrama caracteriza el lugar de esta figura en
4 Pierre Bourdieu, Homo Academicus, Cambridge, Polity, 1988.
5 Carol Steedman, «The Watercress Seller», en Tamsin Spargo (ed.), Reading the Past. Literature and History, Basingstoke, Palgrave, 2000, p. 18.
6Ibidem, p. 24.
a Extensa zona del este de Londres, principal concentración de la populosa población obrera de la ciudad durante todo el siglo XIX y la primera mitad del XX. Su arraigada ideosincrasia expresada incluso en un dialecto propio, el cockney, se ha visto enriquecida en las últimas déca- das por la instalación de una importante comunidad procedente de las distintas regiones del subcontinente indio [N. de la T.].
los discursos occidentales populares, oficiales y académicos, incluidos los feministas. Analizando exclusivamente los largos recorridos por saber aca- démico en relación con la figura de la mujer sudasiática es posible trazar un mapa de al menos cuatro momentos melodramáticos, cada uno de los cua- les conserva vestigios de los demás. Un gran número de conceptualizacio- nes y composiciones oscilan entre los extremos de la victimidad y la heroi- cidad, la compasión y la glorificación, aunque se sitúen en orientaciones teóricas distintas y de hecho rivales.
El trazado de un mapa es desde luego siempre un acto de poder; deter- mina lo que es visible y cómo es visible. El voyeurismo que pone al alcance una visión panorámica del mundo es fácil que deleite cuando se está en con- diciones de ser un espectador superior, situado fuera de lo que se mira. Pero, en este artículo, el mapa no se traza desde una postura altanera que se ríe de los asuntos de quienes son los sujetos de su observación (los estudiosos aca- démicos). El punto de vista desde el que se presentan mis observaciones tiene su propia posición. Detrás de la cartografía que delineo existen histo- rias específicas. Inserta dentro de las estructuras que tengo el poder de car- tografiar, soy a la vez objeto y sujeto. Determinadas observaciones a lo largo de mi vida académica me han llevado al estilo particular que marca la escri- tura de este artículo. Con demasiada frecuencia, las mujeres sudasiáticas que asisten a la universidad, ya como estudiantes o estudiosas, sienten la fuerza de relaciones y concepciones que las objetualizan dentro de esque- mas reificados, que ofrecen cierta sensación de reconocimiento esquivo a la par que contienen vestigios de violación personal (epistémica, simbólica y corporal). Hago una intervención estratégica en este territorio, analizando algunos de los efectos de las poses y construcciones que rodean el estudio académico de las mujeres sudasiáticas. Además, hago un llamamiento diri- gido a los estudiosos para que piensen sobre sus propias catexis en los suje- tos que estudiamos y en las entidades que creamos. Es preciso que conside- remos nuestras propias posicionalidades de un modo mucho más complejo que la ya acostumbrada exposición del «yo» en el habitual mantra de la «raza», la clase y el género.
Desde luego, los intelectuales tenemos que poner las cosas en su lugar, y en muchos sentidos. Sin embargo, al mismo tiempo, cuando planteamos la difícil situación de los que tienen menos posibilidades, podemos ocultarnos tras la radicalidad de nuestra labor. Los estudiosos académicos no nos encontramos fuera de las relaciones de poder que documentamos. Al dar fe de los males y alegrías del mundo, debemos mantenernos asimismo alerta respecto de los sujetos (en el sentido de figuras) a los que damos vida con nuestras afirmaciones. No estoy dando por perdido el potencial radical de los intelectuales a la hora de generar críticas poderosas de las que los gobiernos
y otros poderes en la sombra preferirían prescindir. Suscribo plenamente la afirmación de Edward Said de que el papel del intelectual «tiene un carác- ter incisivo y no se puede desempeñar sin una idea de ser alguien cuya fun- ción estriba en plantear públicamente cuestiones embarazosas, en enfrentar- se a la ortodoxia y al dogma (en lugar de producirlos)».7Los «individuos y camarillas que participan de los círculos de poder, los expertos y los profe- sionales, que fabrican opinión pública «conformista», deberían ser objeto de las criticas de los intelectuales».8A su vez, debemos prestar atención a las propias ortodoxias académicas que surgen entre nosotros, cuando jugamos a las «grandes» guerras de poder. Hay que plantear cuestiones embarazosas a nuestros propios «expertos» y «camarillas». La cuestión que este artículo quiere poner sobre la mesa académica es la siguiente, repito: ¿de qué modo están las subjetividades de los estudiosos académicos íntimamente mezcla- das con la posición de sujeto que asignamos a «otros»? ¿Cuáles son las cate- xis de los estudiosos académicos en las construcciones que fabricamos y en las poses que adoptamos durante esta misma fabricación? La historia de la imagen de la mujer sudasiática en el mundo académico nos ofrece algunas pistas elocuentes al respecto.