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POR EL DESIERTO AL HOREB

In document Elias lampara que quema y alumbra.doc (página 46-50)

En la noche, con calma, Fray Eliseo me señala en el mapa el posible itinerario de Elías en su descenso o peregrinación hacia el Horeb. Recorriendo la geografía con Elías,

evoca toda la historia de Israel y su propia historia. Desde el Carmelo a Berseba, por desiertos y valles fértiles, Elías llega en primer lugar al puerto de Jope, la ciudad circundada del verde de sus magníficos huertos, que se alza en torno a una colina redonda, mirando hacia el mar. En Jope Jonás, huyendo de Dios, zarpa hacia Tarsis. Elías, que huye de Jezabel y va en busca de Yahveh, no se embarca, sino que sigue caminando hacia el extremo sur de la tierra de Israel. Atraviesa el valle de Sarón, celebrado por su fertilidad (Is 35,2; Ct 2,1). Es la llanura bien protegida por el río Zerca al norte y el Yarkón al sur, con el mar al oeste y las colinas de Samaría al este.

Elías atraviesa la angosta garganta formada por la cuenca del Mediterráneo y el Jordán, entrando en una región fertilísima por la abundancia de agua. Ahí, me informa Fray Eliseo, se alza Nablús, la actual capital de Samaría, con sus calles estrechas y tortuosas en la parte vieja, donde se siguen fabricando los famosos odres de cuero, y otra ciudad de edificios totalmente modernos. Dejando Nablús la vía sigue por varios kilómetros a través de los campos fértiles en los espolones de los montes Garizim. Elías no se detiene siquiera en el pozo de Jacob ni extiende la tienda en Siquem donde estaba acampado Abraham cuando Dios le dijo: “Esta tierra se la daré a tu descendencia” (Gn 12,7). En Siquem reposan los restos de José, que Moisés trasladó desde Egipto y Josué depositó en el sepulcro (Jos 24,32). Siquem evoca muchos momentos de la historia de los patriarcas, algunos trágicos (Gn 34) y otros entrañables (Jn 4). Elías recuerda seguramente la gran asamblea del pueblo de Israel en la que Josué invitó a elegir entre Yahveh y los otros dioses (Jos 34,14-17), casi con las mismas palabras que él ha repetido en el Carmelo.

Desviándose del camino, para evitar Samaría, la capital del reino, Elías se dirige hacia el desierto de Judá. Pero antes de entrar en él cruza el valle de Hebrón, que es una cuenca circundada de verdes colinas. Hebrón es una de las ciudades más antiguas del mundo. En los campos de sus alrededores fijó Abraham sus tiendas, descendiendo de Betel. Allí, al morir Sara, Abraham compra la cueva de Macpela, donde son sepultados, en primer lugar, Sara, luego el mismo Abraham y, después, Isaac, Lía, Rebeca y Jacob. En Hebrón David fue proclamado rey (2S 2,11), siendo la capital del reino hasta que le reconocieron como rey las doce tribus de Israel y trasladó la capital a Jerusalén. Elías, que lleva en sus ojos el fulgor del fuego que ha abrasado la víctima ofrecida a Dios sobre el Carmelo, se detiene sobre la cima de Bani Na’im, a unos cinco kilómetros de Hebrón, y evoca el fuego que consumó las ciudades de Sodoma y Gomorra. Desde ese punto lo vio Abraham (Gn 18,16-33). Pero Elías, para que Jezabel no le convierta en estatua de sal, no se detiene y sigue descendiendo hacia Berseba, al límite sur de la tierra prometida, que abarca “desde Dan hasta Berseba” (1S 3,20; 1R 4,25) con su célebre santuario desde el tiempo de los patriarcas (Gn 21,33; 26,23; 46,1-4) y más aún en tiempos de Samuel (1S 8,2).

Sin entrar en la ciudad de Jerusalén, Elías se dirige hacia Hebrón. Pasa la tumba de Raquel, deja a la izquierda el camino de Belén y sigue hacia Beit Giala, una pequeña ciudad recostada en la pendiente de una colina, en medio de una magnífica plantación de olivos y viñedos. Muy cerca, -me señala Fray Eliseo- se halla hoy la colonia agrícola de Cremisán, de los Salesianos. Elías no se detiene en estos lugares, sino que atraviesa un pequeño valle fertilísimo circundado de colinas completamente áridas, que evoca el huerto sellado del Cantar de los cantares, con el que el esposo compara a la esposa: “Huerto eres cerrado, hermana mía, novia, huerto cerrado, fuente sellada. Tus brotes, un paraíso de granados, con frutos exquisitos: nardo y azafrán, caña aromática y canela, con todos los árboles de incienso, mirra y áloe, con los mejores bálsamos” (Ct 4,12-14).

Quien sabe si Elías y su criado se sientan a beber el agua de la fuente de Ain Saleh, llamada “fuente sellada”, cuyas albercas se atribuyen al mismo Salomón, que en el Eclesiastés proclama: “Emprendí mis grandes obras; me construí palacios, me planté viñas; me hice huertos y jardines, y los planté de toda clase de árboles frutales. Me construí albercas

con aguas para regar la frondosa plantación” (Qo 2,4-6). Quizás siguen hasta la fuente de Ain

Etan, donde, según el historiador José Flavio, Salomón iba cada mañana al alba a pasear en

medio de los espléndidos jardines, regados por sus abundantes aguas.

Una vez cruzados los pequeños valles y oteros verdes, que riegan estas fuentes y sus albercas, muy pronto se entra en los áridos campos de Judea, con sus colinas desnudas y desoladas, donde a mediodía no sólo te abrasan los rayos del sol, sino que todo el cielo parece una cúpula de acero incandescente, que te cuece por todas partes. Si se encuentra un arbusto o una roca que dé una mínima sombra, el caminante se echa a descansar. El camino desciende por el Wadi Arrub y tras kilómetros y kilómetros se llega a Mambré, donde Abraham, el amigo de Dios, se reparaba del calor a la sombra de la encina, que se erguía delante de su tienda (Gn 14,13-24). Elías termina por dormir de día y viajar sólo durante la noche.

Dejando a la izquierda Sodoma, el camino hacia el sur, por un terreno de bajas colinas y dunas de arena, lleva al pintoresco desierto de Sin, donde los israelitas acamparon durante cuarenta años, lamentándose contra Moisés y Aarón por la falta de agua (Nm 20,1-5). El terreno sube por una zona desolada hasta alcanzar la cima del monte Ramón en las estribaciones del Négueb. Luego desciende hasta el interminable valle de Parán, donde también acamparon los hebreos en su marcha hacia la tierra prometida (Nm 13,1; Dt 32,2). Elías pudo guarecerse del frío de la noche en las galerías de las célebres minas de Timna, escavadas por el rey Salomón.

A la luz de la luna se desliza hacia Berseba, descendiendo de la colina de Masada por “el sendero de la serpiente”, dejando a su espalda los montes de Moab. El camino se hace al andar, cruzando el lecho seco de algunos ríos, hundiendo las sandalias en las arenas de las dunas, olfateando el aire húmido de los oasis, con sus palmas medio secas por el polvo, pero firmes con sus raíces desnudas o cubiertas de arena amontonada contra ellas. Las fuentes de agua están escondidas a su sombra. Hay que escarbar un poco para encontrarla, ahondar un poco más para que corra en regato y se pueda beber el agua limpia y fresca. La citada fuente de Ain Saleh, por ejemplo, fluye bajo tierra hasta manar, fresca y límpida, a través de cuatro aperturas de una roca.

El desierto, como el exilio, se puede ver desde dos ángulos diversos. Casi siempre se ve el exilio como algo negativo. El exiliado se ve obligado a dejar su propio país, abandonando afectos, hogar, propiedades y hasta las miradas que han enriquecido sus ojos. Pero el exilio tiene también su lado positivo. El exiliado no puede reposar sobre la rutina de una vida conocida y monótona, siempre igual a sí misma, sin contornos en el paisaje ni sorpresas en el tiempo. El exiliado se ve obligado a empezar de nuevo la vida, a dejarse sorprender con la nueva lengua, la nueva tierra, los nuevos vecinos. Se despierta en él la atención y la vigilancia que parecían muertas. Algo similar ocurre en el desierto.

El desierto es el lugar de la tentación y el lugar de la solicitud de Dios por sus elegidos. El desierto es selva y paraíso. Es selva porque en el desierto nos aguardan y atacan las bestias salvajes, los demonios de la tristeza, la ira y el orgullo. Es también paraíso, porque en el desierto podemos encontrar a Dios y experimentar el fruto de la paz y la alegría. Una anacoreta, llamada Synclética, decía de su vida en el desierto: “Al comienzo se debe fatigar mucho, pero después se experimenta una alegría indecible. Es como preparar el fuego. Al principio hay mucho humo y te lloran los ojos, pero luego se obtiene el resultado esperado. Lo mismo acontece al encender el fuego divino en nosotros: a las lágrimas sigue el calor de su amor”.

El simbolismo del desierto es doble según se le piense como lugar geográfico o como una época privilegiada de la historia de salvación. Como lugar geográfico, el desierto es una tierra que Dios no ha bendecido. Es rara el agua, como en el jardín del paraíso antes de la lluvia (Gn 2,5), la vegetación nula o raquítica, la vida imposible (Is 6,11); hacer de un país un

desierto es devolverle al caos de los orígenes (Jr 2,6; 4,20-26), lo que merecen los pecados de Israel (Ez 6,14; Lm 5,18; Mt 23,38). En esta tierra infértil habitan los demonios (Lv 16,10; Lc 8,29; 11,24) y otras bestias maléficas (Is 13,21; 14,23; 34,11-16; So 2,13s). En esta perspectiva, el desierto se opone a la tierra habitada como la maldición a la bendición (Gn 27,27-29 y 27,39-40).

Ahora bien, Dios quiso hacer pasar a su pueblo por esta “tierra espantosa” (Dt 1,19) antes de hacerle entrar en la tierra en la que fluyen leche y miel. Y este acontecimiento va a transformar el simbolismo precedente. Si el desierto sigue conservando el carácter de lugar desolado, evoca, sin embargo, sobre todo una época privilegiada de la historia de salvación: el tiempo de los esponsales de Yahveh con su pueblo.

El desierto es el lugar del encuentro con Dios. Es el camino de la fe en Dios como guía único de Israel. En el desierto, donde no hay vida, Dios interviene con amor en favor de su pueblo (Dt 32,10; Jr 31,12; Os 9,10) para unirlo a Él; le guía para que pase la prueba (Dt 8,15; 29,4; Am 2,10; Sal 136,16); le lleva sobre sus hombros como un padre lleva a su hijo. Es Él quien le da un alimento y un agua maravillosos. Constantemente Dios hace resplandecer su santidad y su gloria (Nm 20,13). El desierto, aparentemente inhóspito, es el tiempo de la solicitud paternal de Dios (Dt 8,2-18); el pueblo no pereció, aunque fue puesto a prueba a fin de descubrir que el hombre no vive sólo de pan, sino de todo lo que sale de la boca de Dios; la sobriedad del culto en el desierto era una realidad auténtica, perennemente evocada frente a una piedad formalista (Am 5,25; Hch 7,42). Los cuarenta años de lento caminar en la fe fue una sublime pedagogía divina para que el pueblo se adaptara al ritmo de Dios (Sal 106,13s) y contemplara el triunfo de la misericordia sobre la infidelidad (Ne 9; Sal 78).

Recordar el tiempo del desierto fue siempre para Israel actualizar las maravillas que marcaron el tiempo de los desposorios de Dios con su pueblo: el maná era un alimento celeste (Sal 78,24), un pan de sabores variados (Sb 16,21); celebrar la memoria del desierto será por siempre prenda de una presencia actual, pues Dios es fiel, es un padre amoroso (Os 11), un pastor (Is 40,11; 63,11-14; Sal 78,52). El camino del desierto es el itinerario de la fe, que conduce a la alianza con Dios. Pero en este camino de vida se alzan las tentaciones como espejismos de felicidad, que engañan al hombre y le arrastran a la muerte.

Elías, que ha vivido la tentación, se ha convertido en el profeta de cuantos sufren la angustia de la tentación. En el callejón sin salida, que se interpone en el camino del justo, Elías se le hace presente para abrirle un boquete por donde pueda salir de su apuro. Es Satanás quien cierra las salidas al hombre y quien se ve burlado por la presencia de Elías, que aparece y desaparece hoy lo mismo que en otros tiempos.

Entre los millares de narraciones que ha recogido el archivo hebraico de la Universidad de Haifa hay una ocurrida en Grecia, en la ciudad de Salónica, donde vivía un hombre, pobre de solemnidad. Un día, en la semana anterior a la Pascua, este pobre salió a dar una vuelta por el paseo marítimo. Caminaba con la cabeza baja, todo triste y preocupado, pues no sabía qué hacer para celebrar la fiesta de Pascua. En su casa no tenía nada. De repente le salió al encuentro el ángel de la muerte, que le preguntó:

-¿Cómo así tan triste?

-Porque no sé cómo festejar la fiesta que está ya a las puertas, respondió el pobre hombre.

Entonces el ángel de la muerte, como quien ya tenía todo pensado, le dijo:

-¿Qué te parece si hacemos un pacto? Yo te doy cien dracmas y con ellas tú preparas un magnífico Seder. Pero, en el momento en que pronuncies la bendición sobre la primera copa de vino, yo me presentaré en tu mesa y te haré tres preguntas. Si sabes responder, no pasa nada, tú sigues con vida. Y si no me respondes, morirás, es decir, te llevaré conmigo.

No teniendo otra alternativa, el buen hombre aceptó la propuesta. Tomó el dinero y se fue a casa. En casa contó lo sucedido a su esposa, preguntándole si era conveniente utilizar ese dinero para las compras pascuales. La esposa le contestó:

-Celebrar la Pascua es una gran obra buena. Ve y compra todo lo necesario y Dios nos protegerá.

El hombre hizo como le sugirió su esposa y se fue a hacer las compras, mientras ella preparaba la mesa según todo lo establecido. En la noche, cuando ambos esposos estaban sentados en torno a la mesa celebrando el Seder, nuestro buen hombre no se atrevía a dar inicio a la bendición de la primera copa de vino. Mientras estaban sumidos en sus inquietudes, de repente se oyó llamar suavemente a la puerta. Era el profeta Elías, bajo el semblante de un anciano. Éste preguntó:

-¿Me permitís celebrar la Pascua con vosotros? -Ciertamente, ¡bienvenido!

Con el rostro radiante y con suma deferencia los esposos le invitaron a entrar, le ofrecieron para lavarse manos y pies y le ofrecieron un puesto en la mesa. Al reemprender el rito del Seder, el huésped se dio cuenta de los titubeos de ambos. Al ver cómo le temblaban las manos al sostener la copa, el anciano preguntó:

-¿Por qué no dices la bendición sobre la copa del vino?

El pobre hombre apoyó la copa sobre la mesa y le contó todo. El profeta Elías les tranquilizó:

-No temáis, yo estoy aquí con vosotros y os protegeré.

El mismo profeta comenzó la bendición. Y en ese momento se oyeron unos golpes en la puerta. Elías les dijo:

-No respondáis. Lo haré yo por vosotros. Se acercó a la puerta y preguntó:

-¿Quién llama?

Desde detrás de la puerta se oyó una voz ronca:

-¿Eres tú, Elías? ¿Sabes cómo he hecho para reconocerte? Elías respondió:

-Has mirado por el agujero de la cerradura. El ángel de la muerte siguió:

-Tu mujer ha dado a luz.

-¡Felicitaciones!, respondió Elías. -Ha dado a luz gemelos.

-Es la voluntad del Señor. -Uno de los dos ha muerto.

-El Señor ha dado, el Señor ha quitado.

-El otro está enfermo, ¿sabes decirme por qué? -De tristeza por la muerte de su hermano.

Entonces el ángel de la muerte comprendió que no lograría entrar, ni conseguiría vencer a Elías y desapareció como viento de tempestad. De este modo el pobre se salvó por haber observado el precepto de la Haggadah: “Quien tenga hambre venga a hacer Pascua con nosotros”.

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