Un poco rezagado Eliseo sigue los pasos de Elías, como si éste le arrastrara a dónde no desea llegar. Ahora que las distancias se han acortado parece que se hallan más lejos, más
distante el uno del otro. Eliseo, es lo que piensa Fray Eliseo, vive en el pasado, alimentándose de sueños, de recuerdos vagos, ilusorios o sublimados más que de las cosas reales. El tamiz del recuerdo embellece los hechos, limpiándoles de sus aristas cortantes y dolorosas.
Eliseo recuerda cómo Elías irrumpió en su vida con brusquedad. Según pasaba a su lado, le echó encima el manto y siguió caminando. Recuerda cómo tuvo que despojarse de todo para poder seguirle. Luego, unas pocas lunas después de estar con él, se le convirtió en una presencia viva, que seguirá a su lado, llenando sus noches y también sus días. Podrá olvidar los rasgos de su rostro, pero su voz le resonará siempre nítida, inconfundible. Aunque no le vea, le oirá gritar o susurrar; su honda vibración le seguirá estremeciendo como la primera vez que le escuchó.
Fray Eliseo vuelve sobre los mismos hechos. De nuevo sigue a Elías y Eliseo, que caminan juntos, el discípulo detrás del maestro. En su último viaje van juntos y hablan poco, pues cada uno va inmerso en sus propios pensamientos. Maestro y discípulo, como padre e hijo, han vivido en estrecha comunión. Sólo imaginar la inminente separación les lacera el alma, como si fueran dos siameses que van a separarse. Cuando Elías le dice con brusquedad que le deje ir solo a Betel, Eliseo no escucha. Una y otra vez repite:
-¿Cómo quedar solo, sin ti, padre mío, maestro mío?
La respuesta que le da Elías rezuma el jugo de toda su vida:
-Sólo así puedes llegar a ser profeta. Quien no ha sufrido la soledad y ha aprendido a soportarla, no puede ser profeta de Yahveh. Yo deseo quedarme solo. Y tú, para ser mi sucesor, tienes que gustar el sabor agridulce de la soledad.
Sin embargo, ante la determinación de Eliseo, Elías se envuelve en el silencio y camina sin prestar atención a su discípulo, que le sigue a unos pasos de distancia. Pero, pasado el Jordán, Elías se vuelve hacia Eliseo y le invita a pedirle algo antes de separarse de él:
-Que tenga dos partes de tu espíritu.
Una parte doble es la herencia paterna del primogénito (Dt 21,17). Eliseo quiere ser el heredero de Elías. Es una petición difícil de conceder, pues el espíritu profético no se transmite hereditariamente. Es don de Dios, que elige a quien quiere. Será Dios quien dé a conocer si ha aceptado la petición de Eliseo, concediéndole ver lo que está oculto a los ojos de los demás. Si Eliseo ve la asunción de Elías será el signo de que Yahveh le acepta como sucesor suyo. Los hermanos profetas, que están al otro lado del Jordán, verán el marco que envuelve la asunción de Elías, pero no verán el acontecimiento
Eliseo, recogiendo el manto de Elías, queda constituido en su heredero espiritual. Inmediatamente comienza su ministerio profético. Visita la comunidad de profetas de Jericó, luego la de Betel, la de Guilgal. En todos los santuarios es reconocido y aceptado como el continuador de la misión de Elías. Los hijos de los profetas no dejan de proclamar:
-El espíritu de Elías reposa sobre Eliseo (2R 2,15).
“Eliseo, revestido del manto de Elías, según el comentario de San Efrén, representa anticipadamente a los Apóstoles, a quienes el Señor dice en los evangelios: Permaneced en
la ciudad hasta que seáis revestidos de lo alto (Lc 24,49). El manto que Elías da a su
discípulo es, pues, símbolo de los dones del Espíritu Santo que Cristo comunica a sus Apóstoles”.
Los profetas de Guilgal, que viven en comunidad, le dicen a Eliseo:
-Mira, el lugar en que habitamos a tu lado, es estrecho para nosotros. Vayamos al Jordán y tomemos allí cada uno una viga, y nos haremos allí un lugar para habitar en él (2R 6,1-2).
Eliseo acepta la propuesta. Y, cuando le proponen que vaya a habitar con ellos, no tiene inconveniente en hacerlo. También Samuel había vivido al frente de una comunidad de profetas en las celdas de Ramá (1S 19,18-20). Así, pues, Eliseo es el jefe de la comunidad de
Guilgal (2R 4,38). Sabemos el menú de sus comidas ordinarias. Un día Eliseo se encuentra, en Guilgal, con la comunidad de los profetas reunida en torno a él. Entonces dice a su criado:
-Toma la olla grande y pon a cocer potaje para los profetas.
El potaje de hierbas silvestres es el alimento ordinario, pero a veces reciben de los vecinos el obsequio de sus cosechas. Un día, se nos dice, “vino un hombre de Baal Salisa y llevó al hombre de Dios primicias de pan, veinte panes de cebada y grano fresco en espiga; y dijo Eliseo:
-Dáselo a la gente para que coman. Su servidor le dice:
-¿Cómo voy a dar esto a cien hombres? El replica:
-Dáselo a la gente para que coman, porque así dice Yahveh: Comerán y sobrará. Se lo dio, comieron y dejaron de sobra, según la palabra de Yahveh (2R 38-44).
Muy distinta es la situación de los profetas de corte, que comen de la mesa real. Los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal, que comían a la mesa de Jezabel, seguramente no se conformaban con hierbas del campo. Pero esa dependencia de la corte les hace serviles. No les importa la verdad ni transmitir la palabra de Dios. Su preocupación es alagar los oídos del rey. Es lo que acontece en la consulta de Ajab a sus profetas de corte acerca de si debe atacar a Ramot de Galaad. “Todos los profetas le profetizan del mismo modo, diciendo: Sube contra Ramot de Galaad, pues tendrás éxito. Yahveh la entregará en manos del rey” (1R 22,1ss).
A Josafat, rey de Judá, que acompaña al rey de Israel, le resulta sospechosa la respuesta unánime de los profetas y pregunta si no “hay otro profeta de Yahveh a quien poder consultar” (1R 22,7). Ajab también sabe que hay otro profeta que no se ha vendido a sus deseos ni a las amenazas de su esposa Jezabel. Es Miqueas, a quien el rey aborrece, porque le dice la verdad:
-Queda todavía un hombre por quien podríamos consultar a Yahveh, pero yo le aborrezco, porque no me profetiza el bien, sino el mal. Es Miqueas, hijo de Yimlá (1R 22,8).
El rey manda a un mensajero a buscarlo. El mensajero recomienda a Miqueas que se pliegue a los deseos del rey. Mientras le acompaña, le dice:
-Mira que los profetas a una voz predicen el bien al rey. Procura hablar como uno de ellos y anuncia el bien.
Miqueas no se deja corromper. Por ello responde: -¡Vive Yahveh!, lo que Yahveh me diga, eso anunciaré.
Al llegar donde el rey, éste le hace la misma consulta que ha hecho a los demás profetas:
-Miqueas, ¿debemos subir a Ramot de Galaad para atacarla o debo desistir?
Miqueas, con una cantinela que remeda a los profetas de corte, repite en tono irónico las mismas palabras de los falsos profetas:
-Sube, tendrás éxito, Yahveh la entregará en manos del rey. El rey, que descubre la ironía de Miqueas, le replica:
-¿Cuántas veces he de conjurarte a que no me digas más que la verdad en nombre de Yahveh?
Miqueas sabe que el rey le odia, pero no está dispuesto a alagarle los oídos con palabras humanas complacientes. Si quiere escuchar la palabra de Yahveh, que escuche el mensaje divino:
-He visto a todo Israel disperso por los montes como ovejas sin pastor. Yahveh ha dicho: No tienen señor; que vuelvan en paz cada cual a su casa.
Miqueas predice explícitamente la derrota de Israel y, veladamente, la muerte del rey, que dice a Josafat:
Miqueas refiere al rey una visión profética:
-Escucha la palabra de Yahveh: He visto a Yahveh sentado en un trono y todo el ejército de los cielos estaba a su lado, a derecha e izquierda. Preguntó Yahveh: ¿Quién engañará a Ajab para que suba y caiga en Ramot de Galaad? Y el uno decía una cosa y el otro otra. Se adelantó el Espíritu, se puso ante Yahveh y dijo: Yo le engañaré. Yahveh le preguntó: ¿De qué modo? Respondió: Iré y me haré espíritu de mentira en la boca de todos sus profetas. Yahveh dijo: Tú conseguirás engañarle. Vete y hazlo así. Ahora, pues, Yahveh ha puesto espíritu de mentira en la boca de todos estos profetas tuyos, pues Yahveh ha predicho el mal contra ti.
Entonces se le acerca Sedecías, hijo de Kenaaná, y le da una bofetada en la mejilla, diciéndole:
-¿Por qué camino se ha ido de mí el espíritu de Yahveh para hablarte a ti? Miqueas le replica:
-Tú mismo lo verás el día en que vayas escondiéndote de aposento en aposento. El rey de Israel ordena a uno de sus servidores:
-Prende a Miqueas y llévaselo a Amón, gobernador de la ciudad, y a Joás, hijo del rey. Y les dirás: Así habla el rey: Meted a éste en la cárcel y racionadle el pan y el agua hasta que yo vuelva victorioso.
Miqueas le contesta:
-Si es que vuelves victorioso, no ha hablado Yahveh por mí (1R 22,13-28).
A pesar de la profecía de Miqueas, los dos soberanos marchan a la guerra contra Ramot Galaad. Ajab se disfraza para pasar inadvertido. Pero, en el momento en que arrecia el combate, una flecha lanzada al azar penetra entre las junturas del escudo del rey y le hiere mortalmente. Ajab calla, a pesar de que la sangre chorrea dentro de su carro. Al atardecer muere y un grito corre por el campo de batalla:
-Cada uno a su ciudad, cada uno a su tierra. El rey ha muerto.
Es la palabra de Miqueas cumplida a la letra. A la noticia de la muerte del rey, el ejército se dispersa. Ajab es llevado a Samaría y allí le entierran. Al lavar el carro, los perros lamen la sangre del rey, conforme a la palabra de Elías (1R 21,19-29).
Las comunidades de profetas, en cierto periodo de la historia de Israel, se difunden por todo el territorio de Palestina. Las hay en Guibeá de Dios (1S 10,10), en Ramá (1S 19,23), en Betel (2R 2,3), en Jericó ( 2R 2,5), en Guilgal (2R 4,38), en Samaría (2R 22,10). Desde la comunidad salen algunos, acompañados de un criado, a realizar su misión itinerante. Eliseo, acompañado de su siervo Guejazi, suele ir frecuentemente a Sunem, donde le acoge una mujer en la terraza de su casa: “Un día pasó Eliseo por Sunem; había allí una mujer principal y le hizo fuerza para que se quedara a comer, y después, siempre que pasaba, iba allí a comer. Dijo ella a su marido: Mira, sé que es un santo hombre de Dios que siempre viene por casa. Vamos a hacerle una pequeña alcoba de fábrica en la terraza y le pondremos en ella una cama, una mesa, una silla y una lámpara, y cuando venga por casa, que se retire allí” (2R 4,8-10).
Eliseo, discípulo de Elías, vive de limosna. Acoge la hospitalidad, pero no se aprovecha de su carisma. Desde el comienzo de su vocación ha seguido las huellas de su maestro Elías. Pero no todos son como él. Miqueas, contemporáneo suyo, se lamenta de “los profetas que vaticinan por dinero” (Mi 3,11). Ezequiel desahoga su cólera contra las profetisas venales, que aprueban toda clase de injusticias y caprichos de quienes más les pagan (Ez 13,19). Amós habla del mendrugo de pan que normalmente recibe el verdadero profeta, fiel a la palabra de Dios (Am 7,12). Jeroboam, con ocasión de una consulta al profeta Ajías, manda que le lleven “diez panes, tortas y un tarro de miel” (1R 14,3). Naamán, el leproso, va en busca de Eliseo cargado con diez talentos de plata, seis mil siclos de oro y diez
vestidos nuevos (2R 5,5-15). Con estos obsequios desea alcanzar la curación. Eliseo no acepta los regalos, aunque su siervo Guejazi corre tras él para recibirlos. A la vuelta Eliseo se lo reprocha duramente. “Cuando llegó y se presentó a su señor, Eliseo le dijo:
-¿De dónde vienes Guejazi? Respondió él:
-Tu siervo no ha ido ni aquí ni allá. Le replicó Eliseo:
-¿No iba contigo mi corazón cuando un hombre saltó de su carro a tu encuentro? Ahora has recibido plata y puedes adquirir jardines, olivares y viñas, rebaños de ovejas y bueyes, siervos y siervas. Pero la lepra de Naamán se pegará a ti y a tu descendencia para siempre.
Y salió de su presencia con lepra blanca como la nieve” (2R 5,25-27).
Ha llegado la hora de la despedida y Fray Eliseo no sabe cómo terminar. Le cuesta desprenderse de Elías, como a mí me cuesta despedirme de él. Por ello me sigue hablando. De Elías se dice como de Henoc, que “anduvo con Dios, y desapareció porque Dios se lo llevó” (Gn 5,24). El Señor lo tomó, llevándolo consigo. Algo similar escuchamos en el Nuevo Testamento, al narrarnos la ascensión de Jesús a los cielos. Se trata en todos estos casos de una imagen simbólica vertical, que indica el paso del justo de la comunión terrena con Dios, vivida a lo largo de su existencia, a una comunión trascendente, más allá de la muerte. Elías, arrebatado por Dios a su gloria, es el tipo del justo, a quien Dios introduce en el misterio eterno de su misma vida.
El itinerario de Elías, en su descendimiento hasta el Jordán y en su ascensión al cielo, calca el itinerario recorrido por Israel en el momento de tomar posesión de la tierra prometida: llegados a la Transjordania, en las cercanías del monte Nebo, se dirigen a Jericó para atravesar el Jordán (Jos 3-7), luego suben hacia las ciudades de Ai y Betel (Jos 8,9-18). El itinerario de Elías es idéntico, aunque invertida la dirección. Elías deja la tierra prometida, pasando al otro lado del Jordán, para concluir su vida en las inmediaciones del monte Nebo, donde murió Moisés. La tierra prometida es el signo, y nada más, del reino de los cielos, donde es arrebatado Elías.
Ante Israel Dios abre un cauce en el Jordán y el pueblo entra en la tierra prometida a los patriarcas. Se trata de una tierra pasajera, que se puede perder. De hecho Israel la pierde y va al exilio. Para Elías Dios abre también el Jordán. Pero esta vez lo hace para sacarlo de la tierra pasajera y llevarlo a la tierra prometida definitiva, a la patria eterna. Después de la ascensión de Elías, Eliseo sirviéndose de su túnica vuelve a la tierra de Israel. La historia continúa y Eliseo, con la herencia de Elías, comienza su misión.
El itinerario interior de Elías tiene cuatro partes, situadas en cuatro regiones diversas de la tierra prometida, en sus cuatro extremos. Se trata de una arquitectura literaria significativa:
La primera parte culmina en el monte Carmelo, que es la punta extrema del lado Oeste de la tierra santa. La parte segunda culmina en el monte Horeb, que se halla en el extremo sur de la tierra. Cuando el sol alcanza el zenit Elías alcanza la iluminación total de Dios. La parte tercera, en la que Dios ordena a Elías que vuelva sobre sus pasos y se dirija al desierto de Damasco, lleva a Elías a establecerse en la cima de uno de los montes de Samaría, al norte de la tierra prometida. Como el sol se oculta así Elías permanece oculto en el monte.
La cuarta parte, una vez que Elías desciende del monte, atraviesa Jericó y llega al Jordán, dirigiéndose hacia el este de la tierra santa. Aquí en el este tiene lugar la apoteosis del profeta. Como el sol se eleva por el este así Elías es arrebatado al cielo desde este punto cardinal.
En las tres primeras partes el escenario es un monte (Carmelo, Horeb y una montaña del norte, de la que no conocemos el nombre). El cuarto episodio, el de la exaltación de Elías, no tiene lugar en la montaña, sino en un valle. Y no se trata de un valle cualquiera, sino del valle del Jordán, el valle más profundo de la tierra. El profeta sube a lo alto del cielo cuando, desde la cima de la montaña, desciende al lugar más bajo de la tierra. El autor nos ha descrito a cámara lenta cada una de las etapas del descendimiento: De Guilgal a Betel, de Betel a Jericó, de Jericó al Jordán. El itinerario espiritual consiste en un descendimiento hasta el fondo, desde donde Dios eleva a sus fieles hasta Él. El escenario geográfico se hace símbolo del itinerario interior.
Elías es el profeta dócil, que se deja llevar por Dios de un sitio a otro. Dios le arranca de su tierra de origen, sacándole del pequeño mundo de Tisbe. Su vida es su misión, sin raíces en lugar alguno. Más aún, Dios le desarraiga de sí mismo. En un largo proceso el profeta impetuoso llega a la humildad, que le muestra su insuficiencia, la nada de su ser. Al final, cuando desaparezca, no le costará salir de este mundo, pues se ha hecho totalmente innecesario. Poco a poco Dios va rompiendo los lazos que le atan a las personas y a las actividades, haciéndole libre. Cuando llegue el torbellino de fuego, que queme el último lazo, el que le liga a su discípulo Eliseo, no supondrá una pérdida para nadie.
El itinerario que nos muestra Elías es el del retorno. Desde la tierra atraviesa el Jordán y va a las faldas del monte Nebo, recorriendo el camino inverso de los israelitas. También hace el camino contrario del sol: Elías va desde el oeste al este. Es el retorno del adulto a la infancia, desde el ocaso al amanecer. Elías vuelve al lugar de sus orígenes, pues había nacido en Transjordania, en Galaad (1R 17,1). Es la vuelta desde el hombre lleno de fuerza al fiel que se deja arrebatar por Dios en su carro de fuego. Elías, que fue capaz de recorrer treinta kilómetros delante del carro de Ajab, al final se deja llevar sobre el carro de Dios donde Él quiera. Elías, que comenzó su misión con el fuego del Carmelo, la concluye con el carro de fuego, que le arrebata al cielo. Su emblema es la llama, la palabra ardiente que ilumina y quema.
Moisés, el elegido de Dios para llevar al pueblo a la alianza del Sinaí, muere a las puertas de la tierra prometida, sin entrar en ella. Elías entra y sale de la tierra. Moisés es el profeta de Dios para su pueblo elegido. Elías es testigo de Dios para los israelitas y para los paganos. La salvación de Dios rebasa los límites de la tierra de Israel. Dios envía a Elías a salvar del hambre a una pagana (1R 17,10-16; Lc 4,25-26) y el hijo de esta viuda es arrebatado a la muerte (1R 17,17-24). El mismo Elías cruza el Jordán, saliendo de la tierra, antes de ser arrebatado al cielo.
Elías, con relación a Israel, ejerce su ministerio profético, sobre todo en el reino del