Elias lampara que quema y alumbra.doc

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EMILIANO JIMÉNEZ HERNÁNDEZ

E L Í A S

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Él era la lámpara que arde y alumbra

Jn 5,35

El hebreo se siente más cercano al profeta Elías que a su vecino de casa.

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PRÓLOGO

El monte Carmelo, como indica su nombre, es un jardín. Se halla a la altura del lago de Galilea. Una ladera se asoma al Mediterráneo y la otra mira a la actual ciudad de Haifa. Es el centro de la vida del profeta Elías. El centro quiere decir sólo eso: el punto de partida de sus continuos movimientos. Elías recorre Palestina en todas direcciones; sus sandalias dejan su huella en toda la geografía de Israel, un Estado pequeño, pero rico de contrastes. Es corta la distancia que separa las nieves perennes del Hermón de los abrasadores desiertos de Judea, o las alturas de Fenicia de las planicies más bajas de la tierra. La geografía de Israel es símbolo del espíritu de Elías.

En el monte Carmelo me acoge Fray Eliseo. Amable, me muestra la celda, me sirve una frugal cena y me desea un buen descanso. A la mañana siguiente, cuando me levanto, él ya me espera. Sin divagar mucho, en seguida me dice:

-Supongo que has leído cuanto dice la Biblia sobre el profeta Elías. -Sí, claro.

-E imagino que has leído también unos cuantos comentarios bíblicos y patrísticos. -Sí, algunos.

-Está bien. Pero si quieres conocer a Elías y penetrar con él en la intimidad de la nube luminosa, es decir, verte circundado de gloria y escuchar la voz del Padre (Mt 17,1-8), lo primero que necesitas es ir cada día, durante toda esta semana, a lavarte los ojos en la Fuente de Elías.

-Sí, me lavaré la cara en sus aguas.

-No he dicho que tengas que lavarte la cara. Yo hablo de los ojos. Tus ojos han llegado aquí sucios de tantas imágenes de Elías, de Dios, de los hombres, de ti mismo. Sin duda alguna te habrás mirado demasiado al espejo. Necesitas purificar tus ojos durante toda una semana. Luego, hablaremos de Elías e iremos tras sus huellas por esta montaña y por toda Palestina. Dime, ¿deseas escuchar “la voz imperceptible del silencio”, como él la oyó en el monte Horeb?

-Para eso he venido.

Con un saludo de su mano derecha se aleja de mí y me deja en la boca de la gruta que me ha sido asignada para pasar la primera semana. Es una gruta como la que ocupó Elías, conocida como el Khader (el Verde), situada en el extremo norte del promontorio del Carmelo, en la base de la montaña. La gruta de Elías ahora está debajo del coro de la Iglesia del convento. Quizás resulte más emotiva otra gruta, llamada la Escuela de los profetas, situada en la falda del Carmelo, a la que se llega por un sendero que desciende serpenteando por la pendiente del monte. En esa gruta, según la tradición, Elías y después Eliseo iniciaban a sus discípulos en el camino de la fe y en el ministerio profético. La gruta, amplia como pocas, está excavada totalmente dentro de la roca.

Desde la terraza del Carmelo se abre a la vista un espléndido panorama. Al Noroeste se contempla la gran corona de los montes de Galilea, que se elevan hasta la cima nevada del Hermón. Y al Oeste se extiende el límpido azul del Mediterráneo... Pero de momento no tengo ojos para el paisaje. Sólo miro a Fray Eliseo, contemplando su calva, amplia como la del profeta Eliseo, al menos según me imagino yo al profeta Eliseo. Al perderle de vista se me agolpan ideas y preguntas sin respuesta. Pero, si no quiero quedarme con estos interrogantes para siempre, debo esperar que pase esa semana y obedecer a lo que Fray Eliseo me ha dicho.

En lo alto del Carmelo me siento completamente expuesto al viento y al frío de la noche como si me hubieran quitado la piel del cuerpo. Pero con el alba este mismo viento da muerte a un día para que nazca otro nuevo. Un pájaro, y tras él tantos otros, alarga el cuello para elevar su canto. Los seres afinan sus instrumentos para acoger al unísono al nuevo día.

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Todos los seres y cosas saben qué hacer con el nacimiento de la luz. Comenzaré el día también yo yendo a lavarme los ojos en la Fuente de Elías.

Pasada la semana, Fray Eliseo se presenta ante mí. Yo me he lavado cada días los ojos en la Fuente de Elías, pero él no me pregunta si lo he hecho ni cómo he pasado la semana de silencio. Tras un breve saludo comienza a hablarme de Elías. Habla de él como si me hablara del superior del convento, donde lleva viviendo tantos años. Al comienzo ni le nombra, como si le pareciera innecesario. “Las tradiciones de los profetas no escritores, me dice, se transmiten en tercera persona, en forma narrativa. Las palabras de estos profetas se nos transmiten sólo en el contexto de una acción o de un acontecimiento de su vida. Su historia es su palabra. Y, por ello, sus historias dan vida”.

Elías, con su mismo nombre, nos indica el programa de vida: “Mi Dios es Yahveh”. Pero el itinerario de la fe nos lo marca con su ir y venir de un lugar a otro, dejándose trasladar por el espíritu de Dios. Así nos muestra su carácter inasible, escurridizo como el agua que se escapa entre los dedos cuando intentas detenerla. Abdías, el administrador de la corte real, teme anunciar al rey Ajab dónde se encuentra Elías, pues teme que ocurra lo que ha sucedido otras veces, es decir, que al llegar al lugar donde se le ha visto, Elías ya haya desaparecido:

-Si aviso al rey que le esperas en este lugar y viene a buscarte y al llegar ya no estás aquí, entonces el rey se irritará y desahogará su frustración contra mi persona.

Elías irrumpe siempre de repente en la vida de las personas. Y como llega, así se va. No se deja aferrar. Ahora está aquí e inmediatamente nos dicen que le han visto en otro sitio. El soplo de Yahveh le lleva nunca se sabe dónde. Sólo se queda unas pocas horas contigo, pero se convierte en una presencia permanente, que aún sigue a tu lado, llenando tus noches y, a veces, también tus días. Probablemente no seas capaz de recordar los rasgos de su cara cambiante, pero su voz seguramente seguirá resonando nítida, inconfundible en tus oídos. Le oyes gritar o susurrar, y su honda vibración te estremece siempre como la primera vez, como la única vez que quizás le escuchaste.

La voz de Fray Eliseo se hace confidencial, como si estuviera narrando el secreto de sus paseos acompañado del profeta Elías. Como avergonzado de su confidencia, cambia de tono y me dice:

-¿Ves esos olivos sin tiempo, que anudan en su tronco la historia de ayer y de hoy? Caminando entre ellos o recostado a su sombra puedes sentir el olor de la historia condensada en sus ramas. La geografía guarda en sus entrañas la memoria de la historia. Para conocer la historia de Elías es conveniente tener delante un mapa para seguir las huellas de sus pasos.

En la noche me dibuja sobre un folio el mapa que va al final del libro. Al principio no tenía tantos nombres. Día a día le va completando. Y al mismo tiempo que añade nombres de lugares, le gusta abrir la Biblia y comentar algún texto referente, más o menos directamente, a Elías. Las noticias sobre Elías están concentradas en seis capítulos de los libros de Los Reyes: 1R 17,18,19 y 21; 2R 1 y 2. Las otras menciones de Elías en el AT se encuentran en Ml 3,23-24; 2Cr 21,4-19; 2R 9,36; 10,10; 10,17; Si 48,1-11. A Fray Eliseo le brotan espontáneas las resonancias bíblicas:

-Jesús Ben Sira, el maestro bíblico del siglo II antes de Cristo, les dice a sus discípulos: “Surgió el profeta Elías como fuego, su palabra abrasaba como horno encendido” (Si 48,1). Con la imagen del fuego Ben Sira traza el rasgo principal del retrato de Elías.

Jesús Ben Sira compone la figura de Elías con datos del libro de los Reyes y del profeta Malaquías (Ml 4,5-6). Con palabra pausada, de sabio experimentado, traza un retrato enérgico y sugestivo del profeta. El fuego abrasa e ilumina. Como en la noche oscura las estrellas emiten su resplandor, así Elías brilla en medio de la sociedad idolátrica y corrompida del siglo IX antes de Cristo. Con su celo por la gloria de Dios, según el significado de su nombre, Elías combate la idolatría. Su palabra ardiente quema a los profetas de Baal y

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ilumina al pueblo de Dios.

Es lo que afirma Jesucristo de Juan Bautista, que le precedió con el espíritu de Elías: “Él era la lámpara que arde y alumbra y vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz” (Jn 5,35; Lc 1,17). El mismo Jesús, al expulsar a los mercaderes del templo, muestra un celo semejante al ver la Casa de su Padre convertida en un mercado. Viendo el gesto de Jesús “sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo de tu casa me devorará” (Jn 2,17; Sal 69,10).

La fuerza de Elías domina la lluvia y la tormenta en el cielo; su poder se muestra con los reyes y profetas en la tierra y alcanza hasta el abismo: “Con la palabra del Señor, recita Ben Sira, cerró los cielos, e hizo también caer fuego por tres veces.¡Qué glorioso fuiste, Elías, en tus portentos! ¿Quién se te compara en gloria? Tú despertaste a un cadáver de la muerte, sacándolo del seol con la palabra del Altísimo; hiciste caer a reyes en la ruina, y a hombres insignes de su lecho. En el Sinaí escuchaste amenazas, y en el Horeb los decretos de castigo; ungiste reyes para tomar venganza, y profetas para ser tus sucesores. En un torbellino de fuego fuiste arrebatado en carro de caballos de fuego. Fuiste designado para aplacar en el futuro la ira antes que estalle, para hacer volver el corazón de los padres a los hijos, y restablecer las tribus de Jacob. Felices aquellos que te vieron y se durmieron en el amor, pues nosotros también viviremos sin duda” (Si 48,3-11).

Elías está hoy vivo. Se hace presente en nuestra historia. Cualquier dios de la mitología es quizás un símbolo, pero está muerto sin haber vivido. Elías, como Isaías o cualquier profeta de la Escritura, es una voz, vive por siempre, sus palabras resuenan en nuestro interior hoy día. Elías es una persona viva y no un simple icono. Es “un hombre como nosotros” (St 5,17). Por ello tiene una palabra que transmitirnos, infundiéndola en lo íntimo de nuestro ser.

Cuando Dios decidió llamar a sí a su profeta le arrebató en un torbellino de fuego. Eliseo y también los jóvenes discípulos de los profetas sabían que había llegado el día de la partida de Elías. Con cuchicheos lo comentaban entre ellos. Pero sucedió improvisamente. Mientras Elías y su siervo y discípulo caminaban, hablaban entre silencio y silencio, un carro de fuego, con caballos de fuego, se interpuso entre ellos y Elías desapareció. En un pestañear de ojos había ocurrido todo. Eliseo miraba y miraba y de repente se vio solo. Su maestro le había abandonado, subiendo al cielo entre llamas. De su garganta brotó, incontrolable, un grito doloroso:

-¡Padre mío! ¡Padre mío!

No es oyó ninguna respuesta. Elías lo había abandonado para siempre. -¿Para siempre?, se pregunta Elie Wiesel.

Y el mismo Elie, que por algo lleva el nombre del profeta, responde:

-Quizás Eliseo pensó que le había abandonado para siempre. Los cincuenta profetas, que contemplaban la escena desde la otra orilla del Jordán, pudieron pensar lo mismo. Pero se equivocaban. Porque con Elías ocurre lo impensable. Elías vuelve a visitar a sus semejantes en cada siglo. El profeta se hace presente entre los hombres para despertar la esperanza dormida una y otra vez entre los acontecimientos adversos. Elías vuelve hoy y esperamos que venga mañana.

-¡Ojalá sientas su aliento esta noche!

Con este mismo saludo me despide Fray Eliseo en la noche. Y este es mi deseo al escribir este libro:

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1. UN POCO DE HISTORIA

Estamos en el siglo IX antes de Cristo. El imperio de Asiria despierta y se dirige hacia Siria y Fenicia para asegurarse las vías comerciales del Oeste. Por otra parte los arameos de Damasco se oponen al rey de Samaría, capital del reino de Israel, fundada por el rey Omrí. Para defenderse de los arameos, el rey de Israel se alía con sus vecinos, los fenicios de Tiro y Sidón. Israel y Fenicia sellan su alianza con el matrimonio de Ajab, hijo de Omrí, y Jezabel, hija del rey de Sidón, una de las figuras más detestadas de la Biblia. Su esposo, dominado por ella, recibe el peor juicio de todos los reyes de Israel: “Ajab, hijo de Omrí, hizo el mal a los ojos de Yahveh más que todos los que fueron antes que él” (1R 16,30). Influenciado por Jezabel, Ajab introduce en Israel el culto de Baal, construyendo en su honor un templo en Samaría.

Fray Eliseo, antes de seguir con la historia, me ayuda a situar en el mapa los lugares que cita. Damasco, capital de Siria, es un oasis en el desierto, situada a la altura de las fuentes del Jordán hacia el Este. Fenicia corresponde al Líbano actual; está situada al norte del reino de Israel, en la costa del Mediterráneo. Tiro, Sidón y Sarepta son ciudades fenicias.

El reino de Israel, en tiempos de David, supera todo lo que se podía esperar. Gracias a la protección de Dios, que está con su elegido, y gracias a la somnolencia de los imperios del Nilo y del Éufrates, en una sola generación Israel consolida su dominio desde Dan a Berseba (2S 24,5ss). Pero la extensión de las fronteras supone la asimilación de ciudades y reinos cananeos, que lleva consigo la tentación del sincretismo religioso. La fe en Yahveh sufre el influjo del culto a la fertilidad de los cananeos. Esta influencia politeísta se acentúa en el reinado de Salomón, que busca consolidar el poder con el lujo y la magnificencia de la corte real. El harén del rey se compone de numerosas princesas de todos los pueblos vecinos, desde Egipto al país de Hatti, y desde Moab a Sidón. Esto supone la presencia del culto de otros tantos dioses extranjeros en el territorio de Israel. Junto al templo de Yahveh, Salomón erige en Jerusalén templos para otros dioses, con personal consagrado a su servicio y ritos correspondientes (1R 11,1-8).

Sin embargo el problema del pueblo de Dios comienza con la muerte de Salomón: “El tiempo que Salomón reinó en Jerusalén sobre todo Israel fue de cuarenta años. Se acostó Salomón con sus padres y fue sepultado en la ciudad de su padre David. Reinó en su lugar su hijo Roboam” (1R 11,42-43). Salomón ha mantenido unidas las doce tribus del pueblo de Dios. Durante su reinado, Jerusalén es el centro del culto y de la vida de todos los hijos de Israel.

Un sabio hebreo del primer siglo después de Cristo decía que “el mundo es como un ojo. El blanco es el océano que circunda la tierra; el iris es la tierra, sobre la que habitamos; la pupila es Jerusalén y la imagen que guarda en su interior es el Templo del Señor”. La luz de Jerusalén es única en el mundo. Al amanecer y al atardecer, una luz incandescente penetra sus piedras rosadas, a las que arranca el fulgor del polvo de oro, seduciendo a cuantos la contemplan desde el monte de los Olivos, que se extiende paralelamente a la colina del Templo, de la que la separa el valle Cedrón. El monte de los Olivos, a menos de dos kilómetros de la ciudad, -“el espacio de un camino sabático” (Hch 1,12)-, es el mirador ideal de la ciudad. Desde lo alto del monte, se divisa también el desierto de Judá con el Jordán al fondo y el mar Muerto, y las montañas de Moab a lo lejos. Y, girando la vista en derredor, siempre se termina contemplando, a la derecha, la ciudad de Jerusalén.

Jerusalén es el centro de cuantos viven en ella y la añoranza de cuantos viven en la diáspora. Rabí Eliezer, hijo de Jacob, enseñaba: Si uno ora fuera de la tierra de Israel, dirija su corazón hacia la tierra de Israel. Si uno ora en la tierra de Israel, dirija su corazón hacia Jerusalén. Si uno ora en Jerusalén, dirija su corazón hacia el Templo. Si uno ora en el Templo, dirija su corazón hacia el Santo de los Santos.

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La imagen de Jerusalén como centro del mundo se ha grabado en la imaginación de los judíos y no se borra con el paso del tiempo. Y en Jerusalén está el templo, con su podio real (2Cro 6,13). Ideado por David y construido por Salomón, el templo de Jerusalén, dominando el monte Sión, tiene un marcado carácter real. Lo sabía Jeroboam y también el profeta Ajías de Silo.

Salomón, el más sabio rey de Israel, engendró el hijo más necio del pueblo, “totalmente falto de inteligencia” (Si 47,22). Debido a la necedad de este hijo, llamado Roboam, el reinado de Salomón se cierra con el anuncio de la división del reino. Ya el mismo Salomón, viendo cómo trabajaba Jeroboam, le promovió, colocándolo “al frente de toda la leva de la casa de José” (1R 11,28). Un día, como por casualidad, el profeta Ajías de Silo le encontró en el camino. Iba éste cubierto con un manto nuevo y estaban los dos solos en el campo. Ajías tomó el manto nuevo, lo rasgó en doce trozos y dijo a Jeroboam:

-Toma para ti diez trozos, porque así dice Yahveh, Dios de Israel: Voy a hacer trozos el reino de manos de Salomón y te voy a dar diez tribus (1R 11,29-31).

Las diez tribus del norte se separaron de las dos del sur. La rasgadura dio lugar a los dos reinos: el reino de Israel en el Norte y el reino de Judá en el Sur. Dios está molesto con Salomón porque sus muchas mujeres extranjeras le han desviado el corazón de Yahveh, habiéndole Dios colmado de dones (1R 11,9-13). En atención a David y a Jerusalén, la ciudad que Dios eligió entre todas las tribus de Israel, le deja el reino de Judá, “para que quede siempre a David mi siervo una lámpara en mi presencia” (1R 11,36).

Roboam, “lo más loco del pueblo, falto de inteligencia, que apartó de su cordura al pueblo” (Si 47,23), rechaza el consejo de los ancianos y sigue el consejo de los jóvenes de su misma edad. Los ancianos intentan llevarlo a la clemencia, a aligerar el yugo de los impuestos, para ganarse a los descontentos ciudadanos del Norte. Los jóvenes, en su inconsciencia, le invitan a la dureza. Hasta ponen en sus labios las palabras que debe dirigirles, como si éstas bastaran para dominar al pueblo:

-Mi dedo meñique es más grueso que los lomos de mi padre (1R 12,10).

Ahí se consuma la división del pueblo. Jeroboam se coloca al frente del reino del Israel, con las diez tribus del Norte, y Roboam queda como rey de Judá, el reino del Sur. Y lo primero que hace Jeroboam es alejar al pueblo de Jerusalén. Es el pecado del reino del Norte, que denuncian todos los profetas. Israel, el reino septentrional, nace con este pecado original. Jeroboam se dijo en su corazón: Si este pueblo continúa subiendo a Jerusalén, para ofrecer sacrificios en la Casa de Yahveh, el corazón de este pueblo se volverá a su señor, a Roboam, rey de Judá, y me matarán. Tomó consejo el rey, hizo dos becerros de oro, y dijo al pueblo:

-Basta ya de subir a Jerusalén. Este es tu dios, Israel, el que te hizo subir de Egipto. El orgullo y el temor de que Israel se vuelva a unir con Judá hace que Jeroboam cree dos santuarios en su territorio, para que los israelitas no vayan en peregrinación a Jerusalén ni vivan con la mirada puesta en su templo. Jeroboam, consciente del carácter real del Templo de Jerusalén, “coloca un becerro en Betel, y el pueblo va con el otro hasta Dan. Hace Casas en los altos y establece sacerdotes del común del pueblo que no son de los hijos de Leví” (1R 12,25-31).

Siendo Israel un pueblo de campesinos, razona Jeroboam, el símbolo mejor de Dios es el toro como expresión de fuerza y fecundidad. El toro sagrado es el ídolo del culto cananeo y fenicio. Y no es que Jeroboam desee renegar de Yahveh, sino que desea mostrarlo en una forma visible y palpable en medio del pueblo. Es la repetición del pecado de Israel en el desierto, al tiempo de Moisés. El culto a Yahveh, en su figura de toro, sin significar una simple aceptación de Baal, el dios cananeo, asume un aspecto atrayente por su identificación con el ritmo de la naturaleza. El sincretismo entre la fe en el Dios único y Baal es una tentación constante. Elías lo llama “cojear de los dos pies”, no seguir realmente ni a Yahveh ni a Baal.

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Los santuarios de Betel y Dan ya tenían su historia en el pueblo, pero ahora cobran la categoría de santuarios del Estado. Jeroboam les dota de símbolos y objetos de culto e instituye sacerdotes elegidos por él, como habían hecho David y Salomón. Amasías, sacerdote de Betel, le cierra las puertas a Amós, diciéndole: “No vuelvas a profetizar en Betel, pues éste es un santuario real” (Am 7,13). Amasías se presenta como un “funcionario real”. Por ello no puede permitir que en el santuario del rey se hable contra él. Los profetas, que “profetizan” allí se ganan su pan hablando a favor del rey.

Este estado de cosas se aprecia claramente en tiempos del rey Ajab. Ajab tiene a su disposición cuatrocientos cincuenta profetas, que son “sus profetas” (2R 3,13), a los que consulta, pues sabe que hablan siempre conforme a sus deseos. En cambio evita consultar a Miqueas, a quien aborrece, porque nunca se doblega a los caprichos del rey (1R 22,5ss).

La historia del pueblo de Dios, dividido en dos reinos, marcha en paralelo. Los reyes se suceden en ambos reinos; en Judá, la sucesión es hereditaria, “por amor a mi siervo David”, repite el Señor, tratando de dar continuidad a su dinastía. En Israel, en cambio, los reyes surgen y desaparecen en medio de guerras, intrigas y complots. Guerras y alianzas se suceden igualmente con fenicios, asirios y demás reinos circundantes. Sin enumerar todos sus pasos, llegamos al tiempo de Elías. Mientras en Judá reina Asa, en Israel reina Ela, que sólo conserva el poder durante dos años. Conspira contra él Zimrí, que le mata al hallarlo ebrio en casa de su mayordomo en Tirsá. Pero a Zimrí le va aún peor, pues sólo reina durante una semana (2Cro 9,31).

Zimrí se ha proclamado rey sin el apoyo del ejército, que estaba cercando la ciudad filistea de Gabatón, bajo las órdenes de Omrí. Apenas Omrí oyó que Zimrí había conspirado y matado al rey, abandonó Gabatón y, con todo el ejército israelita, marchó a sitiar a Tirsá, la capital de Israel. Zimrí, el usurpador, no encontrando una salida posible, prende fuego al palacio real, muriendo en medio de las llamas (1R 16,18). Entonces sube al poder Omrí, que edifica la ciudad de Samaría, haciéndola capital del reino: “El año 31 de Asá, rey de Judá, comenzó a reinar Omrí sobre Israel y reinó doce años. Reinó seis años en Tirsá. Compró la montaña de Samaría a Sémer por dos talentos de plata, fortificó el monte, y a la ciudad que él había construido puso por nombre Samaría, del nombre de Semer, dueño del monte” (1R 16,23-24). Samaría está situada al noroeste de Naplusa, en una colina estratégica y rodeada de tierras fértiles (Is 28,1). La colina, que se eleva en forma de terraza con vista al mar, es el cruce de las grandes vías de comunicación que unen el valle de Esdrelón y Jerusalén.

Y si Omrí hace de Samaría la capital del reino (1R 16,23-24), Ajab, su hijo, construye en ella su “casa de marfil” (1R 22,39), que tanto impresionará unos pocos años más tarde a Amós, el pastor de Tecoa. Como fascinado describe el espectáculo que contempla al llegar del campo a la ciudad: “Acostados en camas de marfil, arrellanados en sus lechos, comen corderos del rebaño y becerros sacados del establo, canturrean al son del arpa, se inventan, como David, instrumentos de música, beben vino en anchas copas, se ungen con los mejores aceites, mas no se afligen por el desastre de José” (Am 6,4-6). Pero Amós, deslumbrado en un primer momento ante la magnificencia de los palacios de Samaría, reacciona con violencia ente las injusticias, que cimientan los muros de las casas. En nombre de Dios anuncia: “Sacudiré la casa de invierno con la casa de verano, se acabarán las casas de marfil, y muchas casas desaparecerán, oráculo de Yahveh” (Am 3,15). Asentados en el lujo de la capital (Am 6,1), los ricos hacían sus fiestas a expensas de los indigentes (Am 4,1; 6,6).

Entre Omrí y su hijo Ajab reinan unos 34 años (1R 16,23-29), en los que Israel vive un momento de esplendor económico. Gracias a la alianza sellada con Tiro, Ajab aumentó considerablemente las riquezas del reino. Esto le permitió emprender grandes construcciones en Samaría, Meggido y Jericó. En Samaría, además de su palacio de marfil, reconstruyó y fortificó la ciudad (1R 16,34; 22,39). Ajab reorganizó completamente el ejército, dotándole de fuertes contingentes de carros de guerra.

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La Biblia y la arqueología testimonian el progreso económico de su tiempo, pero Elías, con su mirada de profeta, descubre bajo el esplendor de la superficie el costo de las injusticias cometidas... En medio de la sequía y del hambre (1R 17,12; 18,2), el rey no se preocupa en absoluto del pueblo. Su preocupación es cómo “mantener con vida los caballos y asnos” (1R 18,5). Los caballos son el símbolo del poder militar y los asnos, medio de carga para el transporte comercial, son el símbolo de la riqueza.

Ajab logra, pues, que Israel viva un periodo de esplendor. Sus buenas relaciones con Fenicia benefician a Israel desde el punto de vista comercial y cultural. Durante su reinado Israel domina a los moabitas, mantiene buenas relaciones con el reino de Judá, y durante un largo periodo vive en paz con el reino arameo de Damasco. Y cuando los arameos, en los últimos años del reinado de Ajab, se alzan contra Samaría, Israel los derrota por dos veces. Pero todos estos triunfos no hacen cambiar el juicio de la Escritura sobre él: Ajab, “que superó a sus predecesores en el mal que hizo ante los ojos de Yahveh” (1R 16,30).

Ajab, político en todos los sentidos, establece relaciones con los países vecinos, anima el comercio exterior y moderniza el reino. Amante del pluralismo, busca el compromiso de los israelitas con los cananeos e, incluso, con los fenicios. Le interesa mantener buenas relaciones con todos y, por supuesto, sacar ventajas económicas de ello. Adorador de Yahveh, no tiene inconveniente en condescender con su esposa Jezabel, ferviente seguidora de Baal y de la diosa Astarté o Asera. Elías, en este ambiente, aparece como la voz del disenso, pues rechaza todo compromiso, reivindicando la soberanía única de Yahveh, el Dios de Israel. El conflicto es radical. Ajab y Elías son conscientes de la profundidad del problema y se acusan el uno al otro de ser la ruina del pueblo (1R 18,16-18). El pueblo, inconsciente, vive el sincretismo religioso, cojeando de los dos pies. Cuando Elías le interpela en el monte Carmelo se queda en silencio, como si no comprendiera de qué va la cosa. ¿Por qué tener que elegir entre Yahveh y Baal? No entienden la alternativa que les propone Elías, habituados a compaginar pacíficamente los dos cultos.

Es cierto que el sincretismo religioso entra en Israel al final de la vida de Salomón, antes de su división en dos reinos. La Escritura reprocha a Salomón el haber amado a muchas mujeres extranjeras, sin hacer caso de lo que Dios había advertido a los israelitas: “No os unáis con ellas, ni ellas con vosotros, porque os desviarán el corazón tras sus dioses” (1R 11,2; Dt 7,3-4). Al final de su vida, el corazón de Salomón se desvió arrastrado por las mujeres idólatras de su harén. Lo mismo le ocurre a Ajab, a quien seduce y domina Jezabel, la bella princesa de Tiro. Con Ajab el sincretismo llega a un punto verdaderamente alarmante en el reino del Norte. Ajab sigue la edificación de Samaría, comenzada por su padre Omrí. La nueva capital proporciona al rey la independencia de las intrigas interiores, porque es obra y propiedad suya. Además, por su situación geográfica, le facilita las relaciones con Fenicia, que tanto le interesa, para defenderse del dominio de Damasco.

Las relaciones comerciales y artísticas de Israel con Fenicia datan del tiempo de David y de la construcción del Templo de Salomón. Pero la vinculación se hace más estrecha en los reinados de Omrí, al unir en matrimonio a su hijo Ajab con Jezabel, hija del rey de Sidón (1R 16,31). Las consecuencias de esta unión matrimonial son evidentes. Jezabel, que no está dispuesta a aceptar el credo de Israel ni tampoco el culto a Yahveh, no llega a Samaría sola. Entra en Samaría acompañada por un séquito de servidores fenicios con su fe y culto a Baal. Así alcanza en Samaría su culmen el sincretismo religioso. Como Salomón había erigido en Jerusalén altares dedicados a los dioses de sus mujeres extranjeras (2R 23,13), así Ajab construye en Samaría un santuario en honor de Melcart, Baal de Sidón (1R 16,32). Pero Jezabel no se conforma con ello. Ella se siente celosa de su dios. Los servidores de Baal viven a expensas de la reina (1R 18,19). De este modo el culto fenicio no sólo goza de libertad, sino que termina por privar de esa libertad a los pocos israelitas que se mantienen fieles a la fe en Yahveh. La reina comienza una campaña abierta de proselitismo a favor de su

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dios, con pretensiones exclusivas. El nombre de Jezabel quedará en la Escritura como símbolo de la mujer malvada (Ap 2,20).

A través de Jezabel el culto a Baal se implanta no sólo en Israel, sino también en el reino de Judá. Mediante el enlace matrimonial de Atalía, hija de Jezabel, con Joram, rey de Judá, el sincretismo religioso de la corte de Samaría se implanta también en Jerusalén (2R 8,24ss). El libro de las Crónicas recoge una carta que Elías dirige a Joram, en la que amenaza al rey impío y fratricida con una triste muerte: “Le llegó al rey un escrito del profeta Elías, que decía: Así dice Yahveh, el Dios de tu padre David: Porque no has seguido los caminos de tu padre Josafat, ni los caminos de Asá, rey de Judá, sino que has andado por los caminos de los reyes de Israel, y has prostituido a Judá y a los habitantes de Jerusalén siguiendo las prostituciones de la casa de Ajab, y también porque has dado muerte a tus hermanos de la casa de tu padre que eran mejores que tú; he aquí que Yahveh castigará con terrible azote a tu pueblo, a tus hijos, a tus mujeres y a toda tu hacienda; tú mismo padecerás grandes enfermedades y una dolencia de entrañas tal que, día tras día, se te saldrán fuera a causa de la enfermedad” (2Cro 21,12-15).

La idolatría hace de Yahveh un extranjero en su tierra, en la tierra que Él ha dado a su pueblo. El juicio que la Escritura da de los reyes de Israel es aterrador. La maldad va siempre en aumento. Si echamos una mirada retrospectiva vemos que Ajab es el más malvado de todos, pues pecó más que su padre Omrí, que a su vez pecó más que su padre Jeroboam, hijo de Nevat. Ajab, bajo la influencia de su esposa Jezabel, construyó templos paganos, abrió su palacio a los falsos profetas y permitió la reconstrucción de la ciudad de Jericó. Ajab se degrada de día en día, cayendo de infamia en infamia, arrastrando tras él a todo el pueblo.

Entre los hechos que se le reprocha al rey Ajab está el que, en su tiempo se reedificó Jericó, sobre la que pesaba la maldición de Josué: “¡Maldito sea delante de Yahveh el hombre que se levante y reconstruya esta ciudad (de Jericó)! ¡Sobre su primogénito echará su cimiento y sobre su pequeño colocará las puertas! (Jos 6,26). Ningún israelita se había atrevido a reedificar la ciudad, pero Ajab y su comisionado Jiel lo hicieron, cumpliéndose la maldición de Josué. La ciudad se levantó según el rito cananeo, que exigía el sacrificio de un niño al poner la primera piedra y de otro al colocar, al final, las puertas. Es el llamado rito de fundación, con el que intentaban ahuyentar de la ciudad los malos espíritus o ponerla bajo la protección de la divinidad (1R 16,34).

San Efrén dice que Jiel, seducido por la belleza y fertilidad de la región de Jericó, se decidió a reedificar la ciudad, sin dar crédito a las palabras de Josué. Jiel “sabía que Moisés, impulsado por la misma inspiración de Josué, había predicho a los transgresores de la ley divina que, por su causa y para su ruina, el cielo se convertiría en fuego y la tierra se volvería de metal, pero como él veía con sus mismos ojos que estas maldiciones no se habían verificado, sacaba la conclusión, erróneamente, que las amenazas y maldiciones de Josué también quedarían sin efecto... Jiel, después de haber sepultado al primero y al último hijo comprendió, demasiado tarde, que era verdadero el anatema de Josué”.

Y entre los pecados de Ajab el cronista señala el que es causa y origen de todos los demás: “el que tomó por mujer a Jezabel” (1R 16,31). Jezabel es fenicia, hija de Etbaal, rey de Tiro, que se apoderó violentamente del poder en Tiro y Sidón al mismo tiempo que Omrí en Israel. Los dos usurpadores se apoyaron mutuamente, entraron en relaciones y cimentaron su unión con una alianza familiar, casando a sus dos hijos, Ajab y Jezabel.

Sobre Jezabel, me dice Fray Eliseo después de tomarnos un pequeño refrigerio en el refectorio del monasterio, hay que tener presente que ha llegado al valle de Samaría, dejando la ciudad de Tiro, que se halla en el Líbano actual:

-Imagina una ciudad levantada sobre una roca que emerge del mar, a unos cuantos kilómetros de la tierra firme. Circundada por el mar, Tiro es prácticamente inexpugnable. En realidad está suspendida en alto como un trono, donde se sienta orgulloso su rey. Desde la

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“Roca de los mares” parten en todas direcciones sus famosas naves. Sus marinos llegan hasta Occidente, propagando el alfabeto, que asimilan los griegos. De Tiro eran los arquitectos y constructores principales del templo de Salomón (1R 5; 9,25). Tiro fue uno de los promotores de la rebelión contra Nabucodonosor (Jr 27,2-11), por lo que éste la atacó, después de tomar Jerusalén. Pero el rey de Babilonia no pudo vencerla a causa de su posición estratégica. Sólo Alejandro Magno, después de unirla a tierra por un dique artificial, logró tomarla y destruirla en el año 332 antes de Cristo.

Lo que caracteriza a Tiro y la hace importante es sobre todo el comercio. Sus naves surcan el Mediterráneo, transportando mercancías de todos los pueblos de Oriente. Ezequiel escribe la larga lista de naciones que comercian con Tiro (Ez 27,12-25). Su comercio significa riqueza y poder. Su seguridad, al estar defendida por el mar, y su gran riqueza la llevan a sentirse “perfecta en belleza” (Ez 27,3), “rica y gloriosa en medio de los mares” (Ez 27,25). Pero esto tiene una consecuencia inmediata, según la denuncia de Ezequiel: “Tu corazón se ha engreído y has dicho: Soy un dios, estoy sentado en un trono divino, en el corazón de los mares” (Ez 28,2). “Con tu sabiduría y tu inteligencia te has hecho una fortuna, has amontonado oro y plata en tus tesoros. Por tu gran sabiduría y tu comercio has multiplicado tu fortuna, y por su fortuna se ha engreído tu corazón” (28,4-6). Ezequiel ha escrito una elegía insuperable sobre la caída de Tiro. Son tres capítulos (26,27 y 28) que hay que leer completos. Pero la caída de Tiro llegará más tarde. Ahora, en tiempos de Jezabel, vive en todo su lujo y esplendor. Y ese lujo y esplendor, con el culto a su dios, es lo que Jezabel implanta en Israel.

La princesa fenicia, según algunos exégetas, -como señala en nota la Biblia de Jerusalén-, es la reina para cuyas bodas se compuso este epitalamio, que figura en el salterio y que la tradición judía y cristiana interpreta como referido a las bodas del Rey Mesías con Israel, figura de la Iglesia:

Escucha, hija, mira, inclina el oído, olvida tu pueblo y la casa de tu padre,

prendado está el rey de tu belleza, póstrate ante él, que él es tu señor.

La hija de Tiro viene con presentes,

y los pueblos más ricos se recrean en tu semblante. Toda espléndida entra la hija del rey,

con vestidos recamados en oro;

la llevan ante el rey con séquito de vírgenes, la siguen sus compañeras:

las traen entre alegría y regocijo, van entrando en el palacio real. En lugar de tus padres, tendrás hijos; príncipes los harás sobre toda la tierra.

¡Logre yo hacer tu nombre memorable por todas las generaciones,

y los pueblos te alaben por los siglos de los siglos!” (Sal 45,11-18).

Bellísima, la princesa llega a Israel con toda su juventud. Es casi una adolescente, morena y delgada, con dos grandes ojos negros, circundados por una tenue sombra de cansancio. Sus largos cabellos, recogidos bajo el velo de novia, dejan escapar unos cuantos rizos, con los que juega la brisa del atardecer. Pero, en el ambiente de fiesta y alegría, hay algo turbador. Etbaal, padre de Jezabel, lleva marcado en el propio nombre su fe en el dios Baal, y su hija Jezabel lleva sus creencias de Tiro a Samaría, capital de Israel. Para complacerla, Ajab “alzó un altar a Baal en el santuario de Baal que edificó en Samaría. Hizo Ajab el cipo y aumentó la indignación de Yahveh, Dios de Israel, más que todos los reyes de

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Israel que le precedieron” (1R 16,32-33).

No es que Ajab haya abandonado a Yahveh para seguir a Baal. El rey, lo mismo que el pueblo, cojea de los dos pies, va de Yahveh a Baal y de Baal a Yahveh. Ni se plantea el problema de la incompatibilidad de las dos deidades en Israel. El rey considera compatibles ambos cultos. Y no sólo el culto del Baal fenicio, sino de los Baales cananeos protectores de cada lugar. Ocozías, hijo de Ajab, no va a consultar sobre su salud al Baal de Tiro, sino a Baal-Zebub, dios de Ecrón (2R 1,3). Más que de apostasía, se trata de un sincretismo herético.

Israel, a quien Dios ha sacado de la esclavitud de Egipto, ha conocido a Yahveh en la peregrinación por el desierto y se ha unido en alianza con Él en la montaña salvaje y abrupta del Sinaí. Allí ha sentido la presencia potente de Dios en el estremecimiento de la montaña, en el temblor del viento huracanado, en el terremoto y la tormenta con sus rayos y truenos. Pero el tiempo del desierto y del Sinaí concluyó con la entrada en la tierra de Canaán. Y la tierra es don de Dios y tentación para el pueblo. Desde los primeros tiempos de la monarquía, terminada la época un tanto caótica de los Jueces, los israelitas, -que han conquistado la tierra-, se sienten conquistados por la tierra. En adelante no se imaginan una vida sin ella. La felicidad la sueñan como un “sentarse tranquilamente a la sombra de la higuera y de la parra”, después de “comer, beber y llenarse de gozo” (1R 4,20; 5,5; Mi 4,4).

El pueblo, formado en el camino del desierto, se ha hecho sedentario. El israelita, que ha sufrido la sed y el hambre en el desierto, se siente extasiado contemplando cómo “destilan los pastos de la tierra, las colinas se ciñen de alegría, las praderas se visten de rebaños, los valles se cubren de trigo; las estepas, regadas y empapadas, se cubren de pastos” (Sal 65,13s). Samaría, la nueva capital del reino, se eleva orgullosa sobre una colina, circundada de plantaciones de higos y olivos. Por aquellos parajes, en los campos de Dotán, pastaban los rebaños de Jacob. Allí el patriarca mandó a su hijo José a buscar a sus hermanos, que le vendieron a unos mercaderes, que lo llevaron a Egipto (Gn 37).

Es una maravilla ver cómo el olivo, la higuera y el granado se cargan de frutos... A los israelitas, que han pasado cuarenta años en el desierto, les entusiasma contemplar la fiesta de la naturaleza, que se renueva cada año, como una invitación a unirse a ella con todo el ser. La tierra les seduce, les llena el corazón de alegría. Al piadoso israelita le pone un himno de acción de gracias en los labios. Pero, insensible e inevitablemente, va penetrando la tentación de venerar al dios de la fertilidad, a Baal, el dios del lugar. Entre el Dios del desierto y el dios que fecunda la tierra con la lluvia, el israelita satisfecho siente la tentación de quedarse con el dios de la comodidad, el dios de la abundancia y del placer. Entre el Dios que se mostró en la zarza ardiente, y el dios que se muestra en los “enormes racimos de uvas” (Nm 13,24s)... Quizás no abandone a Yahveh, el Dios de sus padres, pero tampoco quiere privarse del dios de la tierra. Baal le atrae por la fertilidad que da a los campos y la fecundidad a los ganados. Y Astarté le seduce por la provocación de sus encantos sensuales y licenciosos...

Este es el momento en que entra en escena Elías, originario de Tisbé de Galaad. Elías, nuevo Moisés, procede de Galaad, ciudad situada al oriente del Jordán. La vida de Elías comienza donde terminó la de Moisés. Desde allí parte y va a Samaría, a presentarse ante Ajab, rey de Israel. Con todo el fuego del espíritu de Dios, va a recordar la palabra de Moisés:

“Si, cuando llegues a la tierra que Yahveh tu Dios te da, la tomes en posesión y habites en ella, dices: Querría poner un rey sobre mí como todas las naciones de alrededor, deberás poner sobre ti un rey elegido por Yahveh, y a uno de entre tus hermanos pondrás sobre ti como rey; no podrás darte por rey a un extranjero que no sea hermano tuyo. Pero no ha de tener muchos caballos, ni hará volver al pueblo a Egipto para

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aumentar su caballería, porque Yahveh os ha dicho: No volveréis a ir jamás por ese camino. No ha de tener muchas mujeres, cosa que podría descarriar su corazón. Tampoco deberá tener demasiada plata y oro. Cuando suba al trono real, deberá escribir esta Ley para su uso, copiándola del libro de los sacerdotes levitas. La llevará consigo; la leerá todos los días de su vida para aprender a temer a Yahveh su Dios, guardando todas las palabras de esta Ley y estos preceptos, para ponerlos en práctica. Así su corazón no se engreirá sobre sus hermanos y no se apartará de estos mandamientos ni a derecha ni a izquierda. Y así prolongará los días de su reino, él y sus hijos, en medio de Israel” (Dt 17,14-20).

Fray Eliseo concluye su lección de historia con una reflexión final:

-La instalación, con su poder de corrupción, amenaza con ahogar la fe en Yahveh. Elías, el profeta itinerante, se alza con su persona y con toda su vida contra la idolatría del poder y del poseer; se enfrenta contra Baal, que es venerado como señor de la tierra, de la lluvia y de la fecundidad. Elías, con su manto de fuego, pasa y abrasa todo rastrojo humano; pasa y arrastra tras él, obligando a abandonar bueyes y arados. Elías, el profeta adusto, contagia con su realismo, humor, ironía, reproches, desafíos, invitaciones y, sobre todo, con su celo ferviente. Elías no consiente a los creyentes cojear con los dos pies, seguir a Dios y a Baal. Si Elías entra en tu vida deshace toda instalación.

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2. ELÍAS DECRETA LA SEQUÍA

La historia de Elías, como la mía o la tuya, está formada por los retazos de memoria atesorados en las narraciones de los discípulos, que nos la han transmitido. Lo que cuentan es mucho menos de lo que fue, por mucho que intenten exaltar a su maestro. La figura de Elías, el profeta tesbita, es fascinante. Personaje misterioso, aparece y desaparece, sin que sepamos quiénes son sus padres, ni qué edad tiene. Es inasible, aparece de forma abrupta en la historia de Israel y desaparece, igualmente, de forma súbita, arrebatado por un carro de fuego. Tampoco está ligado a un santuario o a una de las comunidades de profetas. Es un profeta itinerante; va y viene donde Dios le envía, acompañado de un criado, que abandona en Berseba (1R 19,3), y que luego sustituye por Eliseo (1R 19,21).

Elías es, pues, un vagabundo. Aparece como uno de esos profetas de silueta febril y extraña, que el pueblo se encuentra en los caminos y encrucijadas de Canaán. No gozan de gran simpatía entre el pueblo. Con sarcasmo mordaz se preguntan los israelitas ante la aparición de estos vagabundos: “¿Y quién es su padre?” (1S 10,12). El desconocimiento del padre suscita siempre la sospecha de un origen dudoso.

De los reyes, la Escritura nos da los datos personales, el nombre del padre y de la madre. Lo mismo cuando se trata de un sacerdote. Reyes y sacerdotes reciben su ministerio hereditariamente. El profeta, en cambio, entra en la historia desligado de todos. Elegido por Dios, no se pertenece ni a sí mismo; menos aún a sus familiares. En este sentido Elías es el prototipo del profeta. Como expresión de la profecía aparece en el Tabor, en la transfiguración de Jesús, lo mismo que Moisés, el representante de la Torá.

Casi lo único que sabemos de Elías, cuando se presenta como mensajero de Yahveh, es que procede de Galaad, ciudad situada al oriente del Jordán. Tisbé es una pequeña localidad de esa región, a unos 25 Kilómetros al norte del río Yaboc, afluente del Jordán. Se trata de una región en la que la cultura cananea no ha penetrado ni ha sido contaminada por el culto a Baal. Tisbé es una de las pocas ciudades en la que la fe en Yahveh y su culto se ha conservado en su pureza original. Pero Elías, el tesbita, no hace su entrada en la historia en su región. Dios le manda presentarse ante el rey de Israel. Aparece, pues, en el reino del Norte, que está totalmente contaminado con el culto a Baal.

Galaad es una región de amplios pastizales, de inmensos bosques de encinas y terebintos, el país de resinas y bálsamos preciosos. Menos poblada y más salvaje que la Cisjordania, la Transjordania es el paraíso de los nómadas, como la Cisjordania es el reino de los sedentarios. En Galaad no penetra tan fácilmente la civilización y cultura del bienestar y el lujo, que llevan a la idolatría y a la corrupción al otro lado del Jordán. Elías es hijo de esta región montañosa. La cabellera de la esposa del Cantar de los Catares se asemeja a un rebaño de cabras, que ondulan por el monte Galaad (Ct 4,1; 6,5). Los padres, comentando este versículo, recuerdan a Elías, que procede de Galaad e iba vestido de piel de cabra. Algunos, por ello, afirman que era cabrero antes de que Dios le eligiera como su profeta. Pero, ¿es posible hallar un profeta entre los adustos y esquivos cabreros?

-Sí, responden. Es como una perla caída en la arena de la playa. Su dueño la busca y rebusca, pasa la arena por el tamiz hasta que la halla en medio de los guijarros que han quedado con ella en el cedazo. Entonces tira los chinarros y se queda con la perla.

Elías, enviado al reino del Norte, desciende de la montaña de Galaad y llega al río Jordán. Busca un vado y lo cruza. A grandes zancadas se dirige a la ciudad de Samaría en busca del palacio del rey Ajab. En una encrucijada del camino, Elías se tropieza con un anciano y le pregunta por la residencia del rey. El viejo alza sus ojos líquidos y se queda estático sin emitir el mínimo sonido. Pareciera que ya no le quedaran ni lágrimas en los ojos ni palabras en la boca. Luego Elías encuentra un muchacho de miembros ágiles, con el rostro bronceado y cabellos largos que le descienden sobre el cuello. Sus ojos oscuros, profundos,

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se le abren hacia dentro, como si quisieran mostrar o ocultar su alma de adolescente. Elías le hace la misma pregunta y el muchacho con un gesto de la mano le indica la dirección.

Después de mucho caminar Elías llega a la nueva ciudad de Samaría. Los mercados rebosan de fruta fresca y olorosa, que invita a detenerse y desgranar una granada o sorberse el jugo de una naranja cortada por la mitad. Con un equilibrio prodigioso, ciertas mujeres mantienen sobre su cabeza las ánforas llenas de agua sin derramar ni una gota. Con sus ojos azules encendidos de ansia o de inquietud, Elías se agita en medio del laberinto de gentes.

Encaminado por los muchachos, que encuentra en la calle, antes de atravesar el arco del portón del palacio real, Elías se halla en el pórtico del templo que Jezabel ha erigido en honor de Baal. Sudoroso, Elías agradece la sombra de los abetos que forman una larga avenida que conduce al atrio del templo y al palacio. Ante el templo hay toda una serie de puestos donde se venden amuletos, y algunas jóvenes que venden sus cuerpos. Elías se detiene a contemplar aquel mundo al que Dios le ha enviado. Los vendedores le rodean y le ofrecen sus productos. Elías se siente aturdido y pregunta:

-¿Es ésta la casa del rey?

Todos se burlan de él. Las muchachas se le acercan y le rodean. Entre risas y burlas le explican que está ante el templo de Baal. Los mercaderes le ofrecen los amuletos, consagrados en el templo, para llevarlos en las orejas, en el ombligo, “y en otras partes”, le dicen maliciosamente las muchachas.

-¿Y para qué sirven?, pregunta Elías más para defenderse que por interés.

-Si llevas contigo los amuletos, Baal te protege y, si te unes con nosotras, él se une en matrimonio con tu alma. Baal hace fecundas las bodas de las esposas, dándoles hijos. Y del mismo modo fecunda la tierra con la lluvia. La lluvia es el gran don de Baal a sus fieles servidores.

La credulidad de la increencia es siempre sorprendente. El hombre, que se cree adulto al dejar la fe en Dios, se hace infantil, lleno de temores. “Insensato” (Sal 14,1), le llama la Escritura, pues pierde el sentido de su vida y de las cosas... Elías se desvincula como puede del cerco de muchachas y vendedores y, de cuatro zancadas, entra en el palacio real. Está vestido con un manto de piel de cabra, “ceñido a la cintura con un cinturón de cuero” (2R 1,8). Este cinturón de cuero, que ciñe los lomos de Elías, según Rabbi Janina ben Dosa, está hecho de la piel del carnero ofrecido por Abraham en sustitución de Isaac, pues “de aquel carnero nada salió inservible”. Con este vestido inconfundible, Elías aparece de improviso ante el rey Ajab y, sin presentación alguna, le dice:

-Vive Yahveh, Dios de Israel, a quien sirvo. No habrá estos años rocío ni lluvia más que cuando mi boca lo diga (1R 17,1).

Elías, ante el rey, no es otra cosa que una palabra, pero es una palabra que abrasa como el fuego. Con su palabra cortante Elías busca sacudir la abulia de Ajab, que ha abandonado el culto a Yahveh para complacer a su esposa Jezabel. Los cabellos largos le caen a Elías sobre la espalda, dorados, sujetos en la frente con un turbante. Se presenta ante Ajab como mensajero de Dios, “en cuya presencia estoy”. Elías es un servidor de Dios y nada más. Acogerle es acoger a quien le envía. Rechazarle es igualmente rechazar a Dios. Por ello Ajab, servidor de Baal, se enfrenta con Elías o Elías con él. Elías encarna las exigencias de la palabra de Yahveh. A la arrogancia del rey de Israel, Elías opone, no su potencia, sino el poder de Dios.

Jezabel ha transplantado de su tierra plantas y flores, animales y sirvientes, la cultura y la fe idolátrica. En los jardines del palacio real de Samaría se aspira el intenso perfume de los terebintos y enebros, mezclados con ciruelos y granados. Hileras de eucaliptos bordean el césped donde florecen rosales y estoraques. La sensación de calor húmedo que se desprende de la frondosidad de las plantas invade a los visitantes apenas pisan la hierba o recorren los senderos de grava. El suave viento, ardiente y húmedo, de la tarde enerva los sentidos.

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Ajab, al mismo tiempo que adora a Yahveh, da culto a Baal. Baal es considerado señor de la lluvia. Cuando él se retira, los campos no dan fruto, se secan. Yahveh es el Dios grande, que ha sacado a Israel de la esclavitud de Egipto y le ha conducido a la tierra. Yahveh es un Dios potente, que ha vencido al Faraón. Y es un Dios que sabe guiar a todo un pueblo por el desierto. Pero ahora, ya en la tierra, es necesario dar culto a Baal, el dios de la tierra, el dios de la fertilidad de ganados y campos.

Elías lleva inscrita su fe y su misión en su nombre mismo: Eliyahu significa “Yahveh es Dios”. La Escritura le presenta como profeta, pero es más conocido como “el hombre de Dios” (1R 17,18-24; 2R 1,9-16). Es el hombre que, con sola su presencia, denuncia la idolatría. Su celo por Yahveh le hace odioso a cuantos viven en la tibieza de sus acomodos con Yahveh y Baal. Los paganos o indiferentes sienten hacia los creyentes lo mismo que la harina hacia le levadura que no la deja reposar en paz.

Nombre, vida y palabra en Elías son una misma cosa. Realiza en su vida lo que su nombre significa. Con solo su presencia ya proclama: “Yahveh es mi Dios”. Y ese es el saludo con el que se presenta: “¡Vive Yahveh, en cuya presencia estoy!” (1R 17,1; 18,15). El fuego del celo por Dios le devora. “Abrasado en celo por Yahveh” (1R 19,10) “es arrebatado hasta el cielo” (1Mac 2,58). En expresión de Jesús ben Sira es “arrebatado al cielo en un torbellino de fuego, por un carro con caballos de fuego” (Si 48,9).

Para Elías, según Martín Buber, Baal sólo habita en los sueños. Fuera de ellos, en la realidad, es vano e impotente. La lluvia no está en sus manos. La fecundidad no es obra suya ni la comunica a los hombres mediante las prostitutas sagradas. La fertilidad de ganados y campos no depende de él. El eco de la voz potente de Elías, cargada de ímpetu profético, seguirá resonando por mucho tiempo en los oídos del rey Ajab:

-¡Vive Yahveh, Dios de Israel, a quien sirvo! En estos años no caerá rocío ni lluvia hasta que mi boca lo diga” (1R 17,1).

La sequía es total. Durante tres años no hay “ni rocío ni lluvia” (17,1). Por muchos años se recordará esta gran sequía. No sólo queda registrada en la Biblia, sino también en los anales de Tiro. Lo testimonia Menandro de Éfeso, al escribir sobre Etbaal, rey de Tiro y gran sacerdote de Astarté. Nos lo cuenta Flavio Josefo en sus Antigüedades.

Ajab vive en Samaría embriagado por las victorias militares, el esplendor de la nueva capital y la prosperidad de su reinado. Esta situación le sumerge en un clima de arrogante suficiencia y de exaltación nacional (1R 16,23-34). En el palacio real, en “su casa de marfil” (1R 22,39), Jezabel subyuga al rey su esposo con sus maquinaciones inicuas. Rodeada de sus cuatrocientos cincuenta profetas fenicios, a quienes mantiene, se siente fuerte para difundir en Israel la fe y el culto pagano de su patria. Y no sólo seduce a su esposo para que niegue a Yahveh, sino que le arrastra al crimen y a la usurpación de la heredad de los débiles. La fe en Yahveh y el amor a los pobres se hallan unidos; su negación también. Elías truena contra la idolatría y contra la injusticia. Y la voz de Elías acalla, por momentos, la voz seductora (1R 21,25) de Jezabel en los oídos del rey. Ajab, amedrentado por la palabra fulminante de Elías, se arrepiente (1R 21,27) y consigue aplazar el castigo divino.

Atanasio de Alejandría presenta a Elías como modelo para quienes desean seguir a Dios cada día. El hombre de fe “no piensa al tiempo transcurrido, sino que considera cada día como si ese fuese el principio de su vida espiritual... Tiene presente el dicho de Pablo: Yo

olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante” (Flp 3,13), y recuerda a Elías

que dice: Vive el Señor, ante quien me encuentro (1R 17,1). Dice “hoy” y no mira ya al pasado, sino que “como si fuese siempre al comienzo, cada día se presenta ante Dios con pureza de corazón, dispuesto a hacer su voluntad y nada más. El hombre espiritual se mira en Elías como en un espejo”.

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Gregorio de Nisa, con una imagen feliz, habla del don singular que Dios hace a Elías al concederle “utilizar su palabra como una llave para abrir las provisiones del cielo (la lluvia) cuando quiere, y cerrarlo de nuevo con su poder cuando le parece bien”.

San Efrén, el gran admirador de Elías, dice que cuando vino Elías, profeta y padre de profetas, la audacia de Ajab y de Jezabel había llegado a tal punto que, no sólo pisoteaban el culto de Dios difundiendo la idolatría, sino que hasta perseguían y mataban a los profetas y siervos de la fe verdadera. Por ello Elías fue enviado a frenar el furor de Ajab y de Jezabel, mostrando con la fuerza de su palabra y con la sublimidad de sus acciones que las amenazas lanzadas por los patriarcas contra los transgresores de la ley divina no eran amenazas vanas. Entre otras calamidades, el legislador había amenazado con una sequía atroz, con todos los males que siguen cuando el cielo niega la lluvia y los campos arden de calor. Ajab, según la narración de San Efrén, se reía de tales predicciones, porque había contemplado la prosperidad y riqueza de su padre Omrí. Era, pues, necesario castigar la impiedad y desvergüenza del rey.

Sin embargo, San Efrén disculpa, en parte, al rey Ajab, cargando las tintas sobre la maldad de su esposa Jezabel: “El motivo primero de la misión que Dios encomendaba a Elías era confutar las mentiras y frenar la insolencia de Jezabel. La reina, convertida en sacerdotisa del culto de Baal, proclamaba que Baal era el dios más potente, señor de cielo y tierra. Afirmaba que era él quien mandaba la lluvia del cielo y daba fecundidad a los campos. Para probar sus afirmaciones ella aportaba el testimonio de sus compatriotas, los habitantes de Sidón y de Tiro, y de los demás pueblos fenicios, que en aquel tiempo eran los más ricos de todos los pueblos circundantes. ¡Y todos ellos eran adoradores de Baal!

Este es el momento oportuno en que Elías entra en escena, presentándose ante Ajab y sus cortesanos. Elías les amenaza con un cielo de hierro y una tierra de bronce. Abiertamente les dice que, hasta que él no lo diga, no tendrán ni rocío ni lluvia. Y él no lo dirá mientras ellos sigan obstinados en su impiedad”.

San Efrén se aventura a fijar, incluso, la fecha de la intervención de Elías: “Yo pienso, dice, que Elías debe haber pronunciado estas palabras al comienzo del otoño o del invierno, porque no se habría tratado de un prodigio extraordinario si hubiera detenido la lluvia en otra estación, cuando el cielo, durante diversos meses, está sereno. Pienso incluso que, para dar más realce al milagro, estas palabras y estos gestos se deban situar en un momento en que, bajo un cielo cubierto de nubes, nadie podía dudar que la lluvia estaba a punto de caer”. La época de las lluvias va de noviembre a finales de febrero. A los vientos frescos y secos del verano siguen los calientes y húmedos de otoño. Entre el día y la noche hay un gran cambio de temperatura. La noche siempre refresca.

¿Por qué Elías elige la lluvia, negada primero y luego concedida para oponer la fe en Yahveh a la fe en Baal? Porque Baal de Tiro era considerado señor de la lluvia, y por la lluvia señor de las cosechas, y por las cosechas señor de las vidas humanas, mientras que Yahveh era visto como el Dios que sacó a Israel de Egipto y lo condujo por el desierto. Yahveh es Dios del desierto, mientras Baal se muestra dios de la tierra fértil. Esta tergiversación de la fe es lo que ha arrancado a Elías de su tierra y le ha llevado a enfrentarse con el rey Ajab. Yahveh, que ha dado una vez la tierra de Canaán a su pueblo, se la da cada año en la nueva cosecha, que le asegura dándole la lluvia, que ha prometido enviar en sus tiempos oportunos, como una de las bendiciones fundamentales (Dt 28,12). Si el pueblo abandona a Yahveh por seguir a Baal, el Señor le hará sentir la nulidad de Baal, retirando la lluvia con su palabra.

Elías vive fuera del tiempo, pero tiene ojos para ver la situación de su tiempo mejor que cualquier otra persona. Se retira a la cima de un monte, se esconde en una cueva al margen de un torrente, se adentra en el desierto, pero su ojo vigilante “encuentra a Ajab” (1R 21,20), cuando menos se lo espera. Elías está en el momento oportuno, suelta su palabra y se esconde del aplauso y de las amenazas. Donde se oculta un atropello, allí llega él para

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desenmascararlo. Mensajero de Dios ante los hombres, lo es también de los hombres ante Dios. Es todo de Dios y todo de los hombres. No le pertenecen ni sus sueños, con los que Dios le ronda y le habla. La soledad es su compañía, se le pega al cuerpo como su sombra. Y sin embargo está poblado por la voz de Dios y los gritos de angustia de los hombres. Se confunden en su mente pasado y futuro. No siempre sabe distinguir si está pasando lo que ve o es sólo recuerdo de lo acaecido o anticipo en visión de lo que Dios ya ha decidido para el futuro. Por eso la angustia es más angustiosa y la alegría más gozosa.

Es cierto que la voz de todo hombre nunca suena como él la oye, pero la voz del profeta mucho menos. La voz es suya, pero la palabra la pone otro en su lengua, dándola matices insospechados e inéditos en cada circunstancia. Caja de resonancia de la palabra de Dios, se sorprende a sí mismo cuando habla, canta o grita. El Talmud refiere que Elías muchas veces habla con los sabios, les aclara sus dudas, pero él no sabe lo que dice.

Fray Eliseo me conduce a Jericó desde Jerusalén. Subimos por el torrente Cedrón hasta el monte de los Olivos. Desea que contemple el panorama que se ofrece a la vista a lo lejos desde lo alto. El desierto de Judá se dibuja encuadrado en el valle del Jordán. Tras dar vueltas y más vueltas, tras descender al nivel del mar y seguir aún descendiendo, el camino desemboca en el oasis de Jericó con sus jardines y huertos exuberantes de plátanos, naranjas, toronjas y granadas.

Fray Eliseo se enardece mientras describe las excelencias de Jericó y la vida inicua de Ajab y Jezabel. Su mirada de miope se queda fija en los oyentes hasta dar la sensación de mirada penetrante, escrutiñadora de sus intimidades. Al atardecer ya en casa, mientras me habla, a nuestra espalda, un palomo se posa sobre el tejado del monasterio y se pone a arrullar a la hembra, alborotando su plumaje. Al ver que me he distraído mirando a las palomas, Fray Eliseo comenta:

-Está en plena parada nupcial, indiferente a todo lo que ocurra a su alrededor. Es el símbolo de Ajab, vanidoso y, al mismo tiempo, subyugado por Jezabel.

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3. LOS CUERVOS Y EL TORRENTE KERIT

En el monasterio todos se mueven con sigilo, como en una casa donde hay un enfermo grave. Entran y salen como sombras, sin hacer ruido. Uno tiene la sensación de estar siempre solo. Mientras aguardo a Fray Eliseo, esta sensación de soledad me abruma. El silbido del viento en una línea de alta tensión se hace obsesivo, penetrante. Pero apenas aparece fray Eliseo desaparece esa sensación. Flaco y serio, de pelo corto, ojos grandes y oscuros, al cruzarse conmigo me atrae y subyuga. Esa mirada, quizás de miope, al quedarse fija en tus ojos, da la sensación de querer escrutarte, pero no te turba, más bien crea un aire de confianza. Tiene manos largas y finas, de pianista. Su saludo es una sonrisa, con la que me indica que le siga.

Elías, como sabemos, entra en la historia con el anuncio sin rodeos al rey de Israel: -No habrá estos años rocío ni lluvia más que cuando mi boca lo diga (1R 17,1).

El anuncio de la sequía no es el castigo de los pecados del rey, sino la ocasión para mostrar que es Yahveh y no Baal el verdadero dador de la lluvia. Yahveh, el Dios de Israel, es el Señor de la tierra. El Señor de la historia es también Señor de la creación.

La sequía, que anuncia Elías, pone en peligro su vida. “No hay nación o reino donde el rey no le busque” (1R 18,10). Elías, primero, se refugia en una cueva a orillas del río Kerit, al este del Jordán. La sequía, que asola Palestina, es implacable. Dios recurre a los cuervos para alimentar a su profeta, aunque sean animales impuros. No se sabe porqué, pero Dios siente una predilección particular por los cuervos. Si Israel los declara impuros, Dios tiene un cuidado especial de ellos y “dispensa el sustento a sus crías cuando chillan” (Sal 147,9). Dios mismo, orgulloso de su acción, le pregunta a Job: “¿Quién prepara su provisión al cuervo, cuando sus crías gritan hacia Dios, cuando se estiran faltos de comida?” (Jb 38,41). Su esplendente plumaje negro le sirve de simil al esposo para describir los rizos de la esposa del Cantar de los Cantares: “Su cabeza es oro puro; sus rizos, racimos de palmera, negros como el cuervo” (Ct 5,11).

Ahora Dios se sirve de los cuervos, como un día hizo Noé al final del diluvio: “Al cabo de cuarenta días, abrió Noé la ventana que había hecho en el arca, y soltó al cuervo, el cual estuvo saliendo y retornando hasta que se secaron las aguas sobre la tierra” (Gn 8,7). Dios dirige su palabra a Elías, ordenándole:

-Sal de aquí, dirígete hacia oriente y escóndete en el torrente de Kerit que está al este del Jordán. Beberás del torrente y encargaré a los cuervos que te sustenten allí (1R 17,4).

Elías obedece a Yahveh y, siguiendo su palabra, se va a vivir en el torrente de Kerit que está al este del Jordán, no muy lejos de su patria. Los cuervos le llevan pan por la mañana y carne por la tarde, y bebe del torrente. Al cabo de los días se secó el torrente, porque no había lluvia en el país (1R 17,5-7).

San Jerónimo, comentando la frase “en el camino, beberá del torrente” del salmo 109,7, se acuerda de Elías que, en su huida bebe del torrente Kerit. Y San Cipriano, en medio de las graves persecuciones que sufren los cristianos, exclama: “¡Oh detestable crueldad de la malicia humana! Las fieras son respetuosas, las aves sirven la comida, mientras los hombres acechan y se comportan con violencia”. Se refiere a Daniel, arrojado por orden del rey a los leones (Dn 14,31ss) y a Elías servido por los cuervos en su huida.

San Ambrosio, en su escrito De fuga saeculi (6,34), ve en la huida de Elías la huida del mundo hacia el desierto: “Elías huyó de la mujer Jezabel, esto es, del cúmulo de la vanidad, y se refugió en el monte Horeb, que significa desecamiento, para que el río de la vanidad carnal se secase en él y pudiera conocer a Dios con toda plenitud. Y así se encontraba junto al torrente Kerit, que es tanto como decir del conocimiento, donde podía alcanzar la abundancia de la sabiduría divina, huyendo del mundo hasta el punto de no buscar

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otro alimento que el que le llevaban los cuervos, aunque normalmente su alimento no era de esta tierra. Anduvo, en efecto, durante cuarenta días sostenido tan sólo con el alimento que le ofreció el ángel de Dios. No huía, ciertamente, de una mujer un profeta tan grande, sino del mundo; huía de la seducción del mundo, del contagio de su ponzoña, de los sacrilegios de una nación rebelde e impía”.

Sin embargo, el gran comentario de este pasaje y de toda la historia de Elías lo hace San Efrén. A Fray Eliseo se le ilumina el rostro cada vez que evoca las palabras del gran poeta de la Iglesia de Siria. Con entusiasmo se detiene en sus comentarios. San Efrén piensa que la misión de Elías, durante toda su vida, se dirige sobre todo contra Jezabel y los sacerdotes de Baal. Ajab aparece más que otra cosa como víctima de los manejos de su esposa. Así, cuando Elías se enfrenta al rey y le anuncia que no volverá a llover hasta que él lo diga, Ajab, según San Efrén, no se atrevió a arrestar a Elías “porque Jezabel no se hallaba presente para incitarle a ello”.

Pero Dios manda a Elías que no se quede mucho tiempo ante el rey. Apenas le ha anunciado la sequía, el profeta desaparece de su presencia. Dios le manda que vaya a esconderse al torrente Kerit. ¿Y por qué al torrente Kerit?, se pregunta san Efrén. ¿Por qué Dios le manda que sacie su sed en el insignificante hilo de agua del Kerit cuando era mucho más fácil hacerlo en las abundantes aguas del Jordán? ¿Y por qué manda al profeta, muerto de hambre, esperar que le lleven el alimento los cuervos? Con fantasía busca razones San Efrén y nos da tres. En primer lugar Dios desea que Elías “beba del cáliz que él ha preparado para los demás; es necesario que él sufra el hambre y la sed que, por su mandato, torturan durante años a todo el pueblo. De este modo se sentirá más inclinado a tener piedad con la muchedumbre hambrienta. Este sentimiento le disponía a alabar la clemencia divina, ya dispuesta a socorrer a los infelices. Participando de la miseria del pueblo no le costará obedecer a Dios, cuando le diga: “Presentate a Ajab, porque yo concederé la lluvia a la tierra (1R 18,1)”.

La segunda razón es una motivación singular que resaltan con gusto otros muchos padres. Elías debía aprender que “es necesario distinguir el tiempo de la acción y el tiempo de la contemplación”. Por ello, después de la agitación de la misión cumplida, “él tenía necesidad de silencio y contemplación”. Las pausas de retiro, entre misión y misión, a la soledad del desierto o a la cima de un monte, han hecho de Elías el precursor del monacato y de ciertas familias religiosas, que han querido caminar tras sus huellas.

La tercera razón del retiro a la gruta del Kerit está unida a la segunda. Elías, para ser modelo de monjes, “debía comprender que, cuando se trata de seguir la gloria de Dios y la salvación del hombre, no basta el trabajo de la acción, sino que son más necesarias las súplicas insistentes a aquel que cambia las rocas en estanques y el pedernal en manantiales (Sal 114,8) y que ha prometido responder a las plegarias de sus fieles dándoles un corazón

para conocerlo”.

También se detiene San Efrén en buscar el significado de los cuervos, de los que dice que, siendo aves rapaces, habían cambiado su naturaleza. Uno llevaba en su pico carne sin morderla y el otro pan sin tocarla. Aunque, al procurar alimento al profeta, ellos recibían de él con qué nutrirse: don por don. San Efrén se imagina a los cuervos saltando alrededor de Elías, como solicitando un bocado de carne y un mendrugo de pan.

Dentro de esta ingenuidad aparente, en esta narración sobre Elías y los cuervos en el torrente Kerit, San Efrén ve “un significado escondido”. Para él los cuervos, que comen con Elías, son “imagen de los pecadores a quienes el Emmanuel lleva al torrente que mana en el Santuario y sana a los enfermos, bañándoles con sus aguas. Este torrente es el bautismo de Cristo. Es, pues, oportuno suponer que Elías quiso acoger a las aves de mal augurio (impuras, según la Escritura), porque el Hijo de Dios ha venido a llamar a los pecadores (Mt 9,13), ha comido con pecadores y publicanos”.

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4. LA VIUDA DE SAREPTA

El torrente Kerit es el Wadi Yabis, al norte de Tisbe de Galaad. Se halla fuera del dominio de Ajab. Pero el río Kerit también se seca, “porque no llovía en la región” (17,7). Elías cae en la trampa que él mismo ha preparado. Dios tiene que proveer directamente para mantener en vida a su siervo (17,8). Al cabo de los días, proclama Fray Eliseo desde la Biblia, se secó el torrente, porque no había lluvia en el país. Le fue dirigida la palabra de Yahveh a Elías diciendo:

-Levántate y vete a Sarepta de Sidón y quédate allí, pues he ordenado a una mujer viuda de allí que te dé de comer.

Se levantó y se fue a Sarepta. Cuando entraba por la puerta de la ciudad había allí una mujer viuda que recogía leña. La llamó Elías y dijo:

-Tráeme, por favor, un poco de agua para mí en tu jarro para que pueda beber. Cuando ella iba a traérsela, le gritó:

-Tráeme, por favor, un bocado de pan en tu mano. Ella dijo:

-Vive Yahveh tu Dios, no tengo nada de pan cocido: sólo tengo un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la orza. Estoy recogiendo dos palos, entraré y lo prepararé para mí y para mi hijo, lo comeremos y moriremos.

Pero Elías le dijo:

-No temas. Entra y haz como has dicho, pero primero haz una torta pequeña para mí y tráemela, y luego la harás para ti y para tu hijo. Porque así habla Yahveh, Dios de Israel: No se acabará la harina en la tinaja, no se agotará el aceite en la orza hasta el día en que Yahveh conceda la lluvia sobre la haz de la tierra.

Ella se fue e hizo según la palabra de Elías, y comieron ella, él y su hijo. No se acabó la harina en la tinaja ni se agotó el aceite en la orza, según la palabra que Yahveh había dicho por boca de Elías (1R 17,7-16).

Fray Eliseo levanta los ojos de la Biblia, los hunde en su memoria y me comenta el texto. Una vez seco el torrente Kerit, Elías, “caminando de monte en monte y de cueva en cueva llega a Sarepta, la actual Sarafand, a 15 kilómetros al sur de Sidón, en la costa fenicia. Allí le recibe con gran honor una mujer viuda”, que vive con su hijo; “de su pan y de su aceite comieron él, ella y el hijo de ella”, según la versión de Rabbi Simón. Así, pues, Yahveh nutre a Elías mediante los cuervos (1R 17,4-6), que el libro del Levítico califica de animales impuros (Lv 11,15; Dt 14,14), y mediante la viuda de Sarepta, que no es israelita; más aún, es de Sarepta de Sidón, que está en Fenicia, entre Tiro y Sidón, es decir, en la patria de Jezabel. Dios es siempre sorprendente (Lc 4,25-26). En el país de Baal y durante la sequía mortal, Yahveh preserva la vida de Elías y de la viuda, quien al final proclama la victoria de Yahveh sobre Baal:

-Ahora reconozco que eres un hombre de Dios y que la palabra de Yahveh que tú proclamas se cumple (1R 17,24).

Elías, comenta Fray Eliseo, quitándose su gruesas gafas, deja el torrente Kerit y se encamina hacia el norte. Con la más absoluta falta de lógica se dirige a la tierra de Jezabel, se introduce en el terreno de Baal. Sus pasos le llevan a cruzar la pequeña aldea de Nazaret, situada detrás de las montañas de Galilea, rodeada y casi escondida enteramente por las colinas que la circundan. Por la parte occidental la abraza un pequeño torrente y al este se extiende a sus pies un reducido valle. El torrente y el valle realzan la corona de oteros que adornan la aldea. Las casas, en su mayoría, son grutas naturales, que se adentran en las rocas, dando frescor y protección a sus habitantes. El silencio envuelve al pueblo como un manto de

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