San Juan Crisóstomo, en vísperas de los ayunos cuaresmales, invita a los fieles a perder el miedo al ayuno y a amarle. En sus sermones sobre La verdadera conversión
enumera los caminos de conversión; el ayuno, que ocupa el sexto lugar, es el camino de conversión elegido por los monjes, por Moisés y Elías para hablar con Dios: “Moisés y Elías, torres de los profetas en la antigüedad, contándose entre los más ilustres y grandes, y gozando de plena libertad, cuando querían acercarse a Dios para dialogar, como le es posible al hombre, se refugiaban en el ayuno, dejándose guiar por su mano”.
Mientras Fray Eliseo me habla de los Padres de la Iglesia, sin que nos diéramos cuenta, sobre el desierto cae la noche, subiendo desde el valle a las montañas. En lo alto, el cielo se ilumina, al encenderse la luna y las estrellas, una a una. Echado boca arriba sobre la tierra, el cielo parece tan cercano, tan bajo que crea la ilusión de que se puede elegir una estrella e ir a cogerla. Un cielo sin nubes te deja mudo de admiración.
Fray Eliseo, que en la noche me hizo subir en silencio al Horeb, ahora, al descender en la madrugada, rompe el silencio:
-El desierto agudiza los sentidos. Si no te quieres perder en él tienes que estar siempre alerta, observando cada cosa. Los beduinos son quienes mejor te enseñan a leer e interpretar el desierto. Las liebres y las zorras te conducen al agua. Los chacales y las hienas te llevan a las mesetas altas. Todos los seres tienen algo que enseñar. Elías, como Moisés, como Israel, para su encuentro con Dios necesitó cruzar el desierto, perder la confianza en sí mismo, dejarse llevar.
Sobre el Horeb, Elías no se ha mostrado como el hombre activo, que combate la idolatría. Allí aparece inmóvil, receptivo, abierto al paso de Dios por su vida. La experiencia anterior del desierto le había cambiado. El desierto, que habían recorrido sus pies, se le había convertido en símbolo del desierto interior, atravesado por su alma. En el desierto muere el Elías que decretó la sequía que duró tres años y medio en todo el país; ha muerto el Elías que ha hecho caer de nuevo la lluvia; ha muerto el Elías que se enfrenta al rey, que desafía a todos los profetas de Baal, que en el entusiasmo de la victoria corre delante del carro de Acab hasta Yizreel, que multiplica el aceite y la harina en casa de la viuda de Sarepta y resucita a su hijo muerto. El profeta intrépido y decidido, “lleno de celo”, en el Horeb es el hombre que se cubre el rostro y cae de rodillas en adoración al paso de Dios envuelto en la sutil voz del silencio.
Elías, después del encuentro con Dios en el Horeb, va a dejar a Eliseo la acción y él se retira a la cima del monte, para entregarse por completo a la contemplación (2R 1,9). Fray Eliseo, que proyecta sobre Elías experiencias suyas, con su mirada y voz de misterio habla ahora como quien proclama una lectura:
-Cuando abrió los ojos se encontró con la luna baja en el cielo, casi sobre su frente. Los había cerrado en la noche oscura, sin luna. Sobre la colina el aire fresco atravesaba el rostro como una espada afilada. Según se le desentumecían las articulaciones se le despertaba también la memoria. Con un manotazo quiso espantar los recuerdos como si fueran moscas molestas. Quería levantar una barrera entre él y el pasado. La arena era fina y fría, le penetraba a través de la túnica hasta estremecerle los huesos. Le entró un temblor y se levantó para vencer el frío caminando. El aire estaba inmóvil, sin una pizca de viento. Cuando apareció la primera luz del alba estaba ya completamente despierto. El paisaje del desierto comenzaba a recobrar sus contornos. La luz del amanecer y la del ocaso son las que mejor dibujan las cosas en el desierto.
En el desierto se pierde el sentido de la distancia. Una altura cercana puede ser el comienzo de una lejana cadena de montes. La ondulada línea de las pequeñas dunas engaña a la vista arrastrándola por un mar de olas de arenas interminables. Luego llega el sol y todo queda aplastado, reducido a su aspecto de siempre. La arena, los chaparros grises y el cielo se detienen como si temieran que el fuego de la luz les abrasase. A lo lejos aparece una caravana de camellos cansinos que no se sabe si camina o es una estampa dibujada en el horizonte. Pasa el tiempo y la caravana se pierde en las hondonadas y reaparece una, dos, no se sabe
cuántas veces, hasta que te la encuentras ante ti.
En una cueva de las faldas del Négueb Elías se refugia para pasar la noche. Al amanecer deja la cueva, se llena los pulmones del aire de la mañana, que le parece más fresca y pura que nunca. Comienza un nuevo día y, con él, una esperanza nueva. La vida está cargada de sorpresas. El valle amanece envuelto en una densa cortina de niebla. El Négueb, a ciento veinte metros sobre el nivel del mar, cuenta con doscientos días de rocío al año. Por ello, sus plantas, plantas de desierto, son increíblemente verdes. Aunque no llueve, el rocío nutre los arbustos y hace brotar hierba e incluso flores amarillas.
Elías, dejado el valle, vira hacia el norte a través de una amplia región sin plantas, diseminada de piedras. Las dunas amarillas se dilatan como si no tuvieran límites. Se siente el calor ardiente del sol subir por los pies hasta alcanzar la frente protegida por el áspero turbante. El paisaje invariado se hace monótono, cargando el ánimo de melancolía, como si la línea de las dunas no llevara a ninguna parte. La sensación de pasar una y otra vez por el mismo sitio adormece y angustia. Elías de improviso se siente agitado por una pregunta: ¿vivo o el desierto me ha sofocado? ¿El agua y la torta de Berseba ha sido algo real o un espejismo? ¿La sutil voz del silencio ha sido símbolo de la presencia de Dios o la expresión de su ausencia? No, no es cierto que todo sea un espejismo. El cielo sobre mi cabeza, el sol que me quema, la arena que se me cuela en las sandalias, la sed que me arde en los labios... mis pies, manos, ojos y oídos todo es real y doloroso. Estoy vivo y camino.
En un recodo del sendero, en el terreno árido y arenoso, aparece una palmera alta y solitaria. Sólo a la vista de su sombra le invade una sensación de frescor. Con la mirada perdida y el rostro abrasado por el sol, Elías arrastra sus pies hacia ella. Pero no se detiene por mucho tiempo. De carácter inasible, escurridizo como el agua que se escapa entre los dedos cuando intentas detenerla, Elías desciende del monte y cruza la tierra en sus cuatro direcciones. Es cierto que ahora ya no corre como cuando hizo treinta kilómetros delante del carro de Ajab (1R 18,46). Ahora le cuesta viajar:
-He pasado parte de mi vida queriendo irme de los lugares donde estaba y ahora, cuando el tiempo corre tan deprisa, lo que más deseo es permanecer donde llego, disfrutar de la sensación pacífica de la costumbre, de la repetición de lo cotidiano. Deseo estar más que irme, vivir más que viajar, contemplar más que ver, ser más que hacer.
Los últimos resplandores del día desaparecen en las cumbres de la montaña. El viento de la noche comienza a silbar su canción lúgubre, penetrante. Mudo de estupor se extasía contemplando las estrellas fugaces que cruzan el cielo. El cielo tachonado de nubes y estrellas le deja siempre mudo de admiración.
En el desierto un día es igual a otro día. Hoy repite el día de ayer. Sol y arena durante el día, frío y arena durante la noche. Al atardecer, mientras se encienden las estrellas la temperatura desciende sensiblemente. La noche refresca a todos los seres que pululan por las arenas. Y, al amanecer, la luz madruga para anticiparse al calor del sol. Luego, mientras el sol sube, los pies se hacen pesados, y todos los demás miembros se sienten pegajosos. Elías, a media mañana, se sienta junto a una cisterna de agua, cuyo frescor le fue borrando la sombra de cansancio, dibujada en torno a sus ojos.
En el silencio, estando a solas, la voz de Elías resuena por los siglos con un eco increíble, aunque en su entorno no haya ni muros ni montañas. A veces se tiene la sensación de que le tienes tras los talones, como si fuera tu misma sombra. Si te vuelves, le hallas bajo el semblante de un peregrino; joven o anciano. Si le miras, baja los ojos instintivamente, pero no logra evitar que se le dibuje una sonrisa en los labios. Le sube desde lo hondo del corazón y le delata. Sabes que es él y te sientes seguro con su compañía. Recuerdo la primera vez que me acompañó cuando en el Brons, atenazado por el miedo, volvía a casa en medio de la noche. No nos dijimos ni una palabra, pero nos hicimos compañía durante media hora interminable.
Fray Eliseo, como si despertara, vuelve al presente y cambia el tono de voz. La Fuente de Elías, me dice, ha dejado una huella muy singular en la historia de la Orden del Carmen. La fuente, que no se seca en todo el año, ejercía una atracción singular sobre los ermitaños de los primeros tiempos. Un peregrino, que atraviesa el macizo terroso en el camino de Acre a Jerusalén, no puede pasar sin hacer un alto en el lugar donde residió el profeta Elías, a quien los primeros eremitas designan como modelo y fundador de la vida solitaria. San Atanasio, en su famosa Vita Antonii, declara que “la vida ascética tiene por modelo en el que puede reflejarse, como si fuera un espejo, al gran Elías”. Y San Jerónimo -en la Epistula 58 ad
Paulinum- escribe: “Cada modo de vida tiene su guía. Los obispos y sacerdotes tienen a los
apóstoles y a los hombres apostólicos como modelos, a los que han de imitar, para poder compartir con ellos la dignidad. Nosotros nos esforzamos en imitar a nuestros Pablos, Antonios, Julianos, Macarios y -si hemos de recurrir a la autoridad de la S. Escritura- nuestro jefe es Elías, nuestro es Eliseo, nuestros son los hijos de los Profetas, que vivieron en los campos y lugares solitarios y plantaron sus tiendas a orillas del Jordán”.
Gregorio de Nisa, en el Elogio de su hermano Basilio, le presenta reflejado en el espejo de Elías. Así aparece superpuesta la figura de uno en el otro: “¿Qué cosas hay en común entre nuestro Maestro Basilio y el Profeta Elías? El celo por la fe, el rechazo de los que la desprecian, el amor de Dios, un deseo tan ardiente de Aquel que verdaderamente existe, que no se desvía hacia cosa material, una vida observante en todo, un tenor de vida sobrio, un porte externo acorde con el alma, una gravedad sin afectación, un silencio más eficaz que la palabra, el pensamiento puesto en aquello que esperamos, el desprecio de las cosas visibles, el recibir con igual honor a todo el que se le presentaba, bien hubiese alcanzado la dignidad de los más elevados, bien tuviese el porte de los más pobres y desgraciados. En estas cosas se asemeja la vida del maestro a los prodigios de Elías... Y si alguien aduce el ayuno de Elías durante cuarenta días, nosotros presentaremos el poco comer del maestro durante toda la vida. El comer poco se acerca mucho al no comer, sobre todo, cuando lo segundo tiene lugar durante un breve espacio de tiempo y lo primero se extiende a toda la vida. Además, aquel pan de trigo, que se le ofreció a Elías, no estaba hecho en forma ordinaria, sino que estaba preparado por ángeles. Por esta razón, las fuerzas corporales, que brotaban de aquel alimento, permanecieron plenas e íntegras en él...”. Y en la boca de San Juan Crisóstomo escuchamos: “Elías nada poseía y, sin embargo, nada le impidió alcanzar el culmen de la virtud; Elías es un océano sin límites”.
Fray Eliseo se acerca a la estantería de su biblioteca personal, toma casi a ciegas un libro y me lee un párrafo que tiene subrayado, como algo que ha meditado muchas veces para sí mismo. Es un texto de San Antonio, el patriarca de los anacoretas, que deseaba vivir en continua conversión: “Con frecuencia se repetía a sí mismo el dicho del Apóstol: Dando al
olvido lo que ya queda atrás, me lanzo en persecución de lo que tengo delante (Flp 3,13).
Recordaba también el lema del profeta Elías: El Señor vive y es necesario que comparezca hoy en su presencia (ante cuya presencia estoy hoy (1R 17,1; 18,15) y subrayaba el empleo de la palabra hoy, pues tenía en nada el tiempo pasado, y pensando que apenas había comenzado a servir a Dios, se esforzaba cada día por alcanzar la perfección necesaria para presentarse ante Él, esto es, una conciencia pura y un corazón bien preparado para obedecer a su voluntad y servirle sólo a Él. Se decía a sí mismo que conviene al asceta ir conformando cada día su propia vida, como quien se mira en un espejo, en el modelo de vida del gran Elías”.
Nilo de Ancira, en su Tratado ascético, admira a Elías que “sin tomar nada, dejó sus campos de barbecho, renunciando a la distracción que de su cultivo se seguía. Así abandonó Judea y se fue a vivir al Carmelo, un monte solitario, henchido de fieras y sin otro alivio de alimento que el de los árboles. Le bastaban sus frutos para calmar su indigencia”.
Moisés y Elías se hallan presentes en el Tabor como representantes de la ley y los profetas, puesto que Aquel a quien anunciaron la ley y los profetas es Jesús, el que da la vida. Esto lo repiten los Padres en sus comentarios sobre la Transfiguración. Pero San Juan Damasceno, después de esto, añade algo original: “Moisés además de la Ley representa la asamblea de los santos que han muerto en el pasado, y Elías representa la asamblea de los vivientes, pues quien es transfigurado es el Señor de vivos y muertos”. Y, en relación a Moisés, aún añade una cosa más. A Moisés, que no pudo entrar, durante su vida, en la tierra prometida, Jesús le concedió hallarse en ella, asistiendo al misterio de la transfiguración del Señor, participando así en los hechos ocurridos en la plenitud de los tiempos: “Moisés entró en la tierra prometida, porque Jesús se la dio en herencia y aquellas cosas que antiguamente contempló en imagen, las ve hoy con toda claridad. Esto es lo que se insinúa con el resplandor de la nube”.
En 1281 el Capítulo general de la Orden del Carmen señalaba que “como algunos hermanos, jóvenes en la Orden, no saben dar un respuesta adecuada a los que preguntan de quién y cómo nuestra Orden tuvo su principio..., en testimonio de la verdad les decimos que desde los tiempos de los profetas Elías y Eliseo, que vivieron piadosamente en el Monte Carmelo, algunos santos padres del Antiguo y Nuevo Testamento, atraídos a la soledad de la misma montaña para la contemplación de las cosas celestiales, allí junto a la fuente de Elías perseveraron laudablemente en santa penitencia... Nosotros, sus seguidores, servimos al Señor, hasta el día de hoy en diversas partes del mundo”.
Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, al referirse al profeta Elías, le nombran reverentemente como Nuestro Padre. Santa Teresa escribe en el libro de Las Fundaciones: “Tengamos delante de nuestros ojos a nuestros fundadores verdaderos, que son aquellos santos padres de donde descendemos. Pongan siempre los ojos en la casta de donde venimos, de aquellos santos profetas. ¡Qué de santos tenemos en el cielo que llevaron este hábito!”. Y San Juan de la Cruz cita a Elías como ejemplo de hombre que ha experimentado el toque de Dios. La “llama de amor viva, que a vida eterna sabe” ha ardido en su interior.
De Elías recibe la Orden la espiritualidad que ve la presencia de Dios en todos los momentos de la vida, la invitación a la fidelidad a la palabra divina y el celo desbordante por el Señor. A quien se retira a la soledad, siguiendo las huellas del profeta Elías, Dios le hace gozar con abundancia de su divina comunicación. Elías es el profeta que, habiendo soslayado los peligros del mundo, goza la dulzura de la contemplación de Dios.
A través de la noche Dios conduce a Elías a la luz en la cumbre de la contemplación divina. Su caminar continuo le ha desapegado de sí mismo y de las cosas. Y sus períodos de vida solitaria en las orillas del Kerit, en Sarepta, en el desierto, en la gruta del Horeb y en la cima del Négueb... todo le lleva a la intimidad con Yahveh, “ante quien está” (1R 17,1) desde el principio hasta el final de su vida y “por quien arde en celo”. Santa Teresa habla de “aquella hambre que tuvo nuestro padre Elías de la honra de Dios” (7M 4,13).
El monte Carmelo ofrece al monje solitario una callada soledad, invitándole al silencio y al recogimiento. Para ello es necesario la renuncia, en primer lugar, a los bienes afectivos y a todas las riquezas, pues el apego a ellas impide el vuelo de la contemplación de Dios. El segundo paso consiste en la renuncia a la propia voluntad, para no ser arrastrado por la pasiones lejos de Dios. “Negarse a sí mismo y cargar con la propia cruz” es imprescindible “para seguir a Cristo”. Ahí, clavado en la cruz, sin poder moverse según sus propios deseos, nace el amor de Dios y el amor al prójimo.
El ceñirse a la cintura la correa de cuero recuerda de modo especial que el monje debe extinguir radicalmente de sus miembros el manantial de toda inclinación lujuriosa y todo movimiento de sensualidad, haciendo brillar la luz de la castidad. Ir cubierto con la capa blanca enseña en general al monje el deber de alejar de su cuerpo y de su alma toda culpable
mancha de sensualidad para que resplandezca su cuerpo y su alma con una pureza heroica. Como el lector habrá comprendido, el descenso del Horeb ha sido rápido y Fray Eliseo me ha conducido de nuevo al monasterio del Carmelo. Allí me lleva a la Biblioteca y me informa sobre la presencia del profeta Elías en su Orden del Carmen. Con una veneración particular me habla del padre Tito, a quien yo no conocía.
El carmelita holandés padre Tito es detenido a sus sesenta años. Es el día 19 de enero