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La doble inscripción de la diferencia en el concepto (Aristóteles y el aristotelismo)

EXPRESIÓN Es una repetición “desnuda” Es una repetición que se forma a sí misma vistiéndose, disfrazándose.

3.1.2. Pensar la diferencia sin desnaturalizarla

3.1.2.1. Los tres mecanismos de reducción de la diferencia

3.1.2.1.1. La doble inscripción de la diferencia en el concepto (Aristóteles y el aristotelismo)

Según Deleuze, la “diferencia específica” aristotélica no representa un concepto adecuado para dar cuenta de todas las singularidades, giros y recodos de la diferencia, sino que designa un momento particular en el que la diferencia sólo se concilia con el concepto en general256. Deleuze señala asimismo que la diáfora de la diáfora no es en Aristóteles sino un falso transporte ya que jamás se ve en ella a la diferencia cambiar de naturaleza, nunca se descubre en ella un “diferenciante de la diferencia” que ponga en relación lo más universal y lo más singular.

«Tel est le principe d’une confusion ruineuse pour toute la philosophie de la différence : on confond l’assignation d’un concept propre de la différence avec l’inscription de la différence dans le concept en général on confond la détermination du concept de différence avec l’inscription de la différence dans l’identité d’un concept indéterminé. C’est le tour de passe-passe impliqué dans l’heureux moment (et peut-être tout le reste en découle : la subordination de la différence à l’opposition, à l’analogie, à la ressemblance, tous les aspects de la médiation).» (DR, 48)

Así la diferencia no puede ser más que un predicado en la comprensión del concepto. A esta naturaleza predicativa de la diferencia específica Aristóteles se ve obligado a asignarle poderes extraños, el de atribuir tanto como el de ser atribuida, o el de alterar el género tanto como el de modificar su cualidad. Todas las maneras por las que la diferencia específica parece satisfacer las exigencias de un concepto propio (pureza, interioridad, productividad, transporte, etc.) se revelan así ilusorias y, aún, contradictorias a partir de la confusión fundamental257.

Por su parte la “diferencia genérica” aristotélica tampoco es satisfactoria para lo que Deleuze persigue, ya que también procede a inscribir la diferencia esta vez no en los conceptos indeterminados en general sino en los conceptos determinables más generales, es decir, en la analogía del juicio258 (Deleuze concibe la analogía del juicio como el correlato de la identidad del concepto).

256 Cf. DR, 46-48. 257 Cf. DR, 48-49. 258 Cf. DR, 50.

«Toute la philosophie aristotélicienne de la différence tient dans cette double inscription complémentaire, fondée sur un même postulat, traçant les limites arbitraires de l’heureux moment.» (DR, 51)

Entre las “diferencias específicas” y las “diferencias genéricas” existe una profunda complicidad. Según Deleuze no es que tengan la misma naturaleza: el

género sólo es determinable desde afuera por la diferencia específica y la identidad del género, con respecto a las especies, contrasta con la imposibilidad para el Ser de

formar semejante identidad con respecto a los géneros mismos. Pero precisamente lo que funda esta imposibilidad es la naturaleza de las “diferencias específicas” (el hecho de que sean), naturaleza que impide que las “diferencias genéricas” se relacionen con el ser como con un género común (si el ser fuese un género, sus diferencias serían asimilables a diferencias específicas, pero ya no se podría decir que “son”, puesto que el género no se atribuye a sus diferencias en sí).

En este sentido, la univocidad de las especies en un género común remite a la

equivocidad del ser en los diversos géneros: la una refleja a la otra. Esto puede verse

claramente en las exigencias del ideal de la clasificación: las grandes unidades (o ramas) se determinan según relaciones de analogía que suponen una elección de caracteres operada por el juicio en la representación abstracta y las pequeñas

unidades (los pequeños géneros o las especies) que se determinan en una percepción

directa de las semejanzas que supone una continuidad de la intuición sensible en la representación concreta.

Según Deleuze ambos aspectos constituyen los límites de la representación orgánica y los requisitos igualmente necesarios para la clasificación: la continuidad

metódica en la percepción de las semejanzas no es menos indispensable que la distribución sistemática en el juicio de analogía. La diferencia se revela como un

simple concepto reflexivo.

«Mais d’un point de vue comme de l’autre, la Différence apparaît seulement comme un concept réflexif. En effet, la différence permet de passer des espèces semblables voisines à l’identité d’un genre qui les subsume, donc de prélever ou découper les identités génériques dans le flux d’une série continue sensible. A l’autre pôle, elle permet de passer des genres respectivement identiques aux rapports d’analogie qu’ils entretiennent entre eux dans l’intelligible.» (DR, 51-52)

La diferencia, en tanto concepto de reflexión, manifiesta su sumisión a las exigencias de la representación de tal modo que se convierte en “representación orgánica”: en el concepto de reflexión la diferencia mediadora y mediatizada se

juicio y la semejanza de la percepción. Por tanto Deleuze se impone como tarea una renaturalización del concepto de diferencia.

«La différence ne cesse en effet d’être un concept réflexif, et ne retrouve un concept effectivement réel, que dans la mesure où elle désigne des catastrophes : soit des ruptures de continuité dans la série des ressemblances, soit des failles infranchissables entre les structures analogues. Elle ne cesse d’être réflexive que pour devenir catastrophique. Et sans doute ne peut-elle être l’un sans l’autre. Mais justement, la différence comme catastrophe ne témoigne-t-elle pas d’un fond rebelle irréductible qui continue à agir sous l’équilibre apparente de la représentation organique ?» (DR, 52)

Parece que alcanzar un concepto adecuado de la diferencia sólo será posible si menta catástrofes, es decir, irregularidades, desenlaces inesperados en el orden de las cosas y los seres. Esta mención es justamente la prueba de ese fondo irreductible, de ese “juego más profundo” que se juega tras todo el mundo de la calmosa representación259.

3.1.2.1.2. La “infinitización” de la representación (Leibniz y