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El ascenso del Imperio Persa

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Después de una revolución interna, accedió al trono babilonio el que habría de ser último de sus reyes: Nabónido, procedente de Jarán e hijo de una sacerdotisa de Sin, el dios lunar del norte de Mesopotamia. Desde el año de su entronización, 555 a.C., tuvo que guerrear contra las tribus arábicas que venían del sur. Estuvo una década en Tema, una ciudad-oásis desde la que les combatía, mientras en la capital gobernaba su hijo Belsassar.

Al comienzo de su reinado Nabónido se alió con Ciro, que había subido al trono persa en 559 a.C. y pronto derrocó a Astiages, haciéndose con el reino medo que había llegado hasta Asia Menor. En la capital meda, Ecbatana, Ciro se alzó como señor de todo un imperio que él habría de extender.

La primera víctima fue el rico reino de Lidia en la parte occidental de Anatolia. Su monarca, Creso, atacó a Ciro y éste lo derrotó en 546 a.C., haciéndose con toda Asia Menor. También las altas mesetas al sur del Cáucaso cayeron bajo el dominio de Ciro, quedando únicamente Babilonia como reino rival en todo Oriente Próximo.

Babilonia era la llave del Creciente Fértil y el acceso para dominar Egipto y con él todo el mundo conocido en aquel tiempo. Ciro había cortado las vías comerciales de Babilonia y el abandono que sentía el pueblo babilonio respecto de su rey Nabónido, que estuvo demasiado tiempo alejado en la ciudad oásis de Tema, le permitieron a Ciro presentarse como restaurador de un país oprimido. Apoyándose en defecciones de partes significativas del ejército babilonio, Ciro los derrotó en la batalla de Opis, a orillas del Tigris.

OTRAS FUENTES – La conquista de Babilonia por Ciro

Conservamos una inscripción sobre un cilindro de arcilla donde se narra la conquista de Babilonia. El documento en escritura cuneiforme, conservado en el Museo Británico, está escrito en primera persona, como tantos otros de la Antigüedad:

Soy Ciro, rey del mundo, gran soberano, monarca legítimo, rey de Babilonia, rey de Sumer y Akkad, rey de los cuatro bordes de la tierra, hijo de Cambises, gran soberano, rey de Anshan, nieto de Ciro, rey de Anshan, descendiente de

Teispes, gran soberano, rey de Anshan, de una familia que siempre poseyó realeza; cuyo dominio Bel y Nabu aman, a quien ellos quieren por rey porque complace su corazón.

Cuando entré en Babilonia como amigo y establecí la sede de gobierno en el palacio del gobernante, en medio del júbilo y regocijo, Marduk, gran señor, indujo a los magnánimos habitantes de Babilonia a amarme y procuré a diario reverenciarle. Mis numerosas tropas se movieron por Babilonia en paz. No permití que nadie aterrorizara ningún lugar del país de Sumer y Akkad. Me esforcé por la paz en Babilonia y en todas las ciudades sagradas.

El texto presenta al dios Marduk buscando un digno sucesor al trono de Babilonia. Al recibir el poder de los dioses del país, Ciro se incorporó a la sucesión legítima del trono babilónico:

Examinó todos los países, rebuscó entre sus amigos, escogió de propia mano un príncipe justo según su corazón: a Ciro, el rey de Anshan, lo llamó, por su nombre para mandar sobre todo el universo.

El ascenso al poder mesopotámico de la dinastía persa aqueménida entre 559 y 529 a.C. fue observado con interés por los judíos exiliados, como se aprecia en la actividad del profeta que conocemos como Deuteroisaías (Is 40-55). Para los judíos Ciro era visto como un instrumento de Yahvé para su liberación y se dice de él que es su ungido y su pastor (Is 44,28 – 45,1).

Pero la caída de Babilonia en 539 a.C. no supuso un inmediato regreso de los judíos exiliados en la capital mesopotámica. La victoria no fue difícil y Ciro no tuvo ni siquiera que aparecer por el escenario. Su general Gobryas recibió el encargo de atacar a Nabónido y, casi sin mediar batalla, Babilonia se rindió a un Ciro que entró triunfante en la ciudad.

OTRAS FUENTES – El poema difamatorio contra Nabónido

La entrada de Ciro en Babilonia fue acogida por los sacerdotes de Marduk, que lo aceptaron como un liberador del rey Nabónido que había intentado elevar al dios lunar Sin a la máxima categoría de divinidad del imperio. Probablemente del entorno de estos sacerdotes surgió un poema que criticaba duramente al último rey babilonio y acogía con entusiasmo al monarca persa. La inscripción es fragmentaria, faltando el comienzo de casi todas las líneas:

A los dioses de Babilonia, masculinos y femeninos, los devuelve él a sus celdas, (a los dioses que) habían abandonado sus capillas los restituye a sus santuarios.

(De Nabónido) borra los actos, (extermina) las obras de su reinado (…) borra las inscripciones con su nombre.

(Para los babilonios) reina la alegría, se les sueltan las cadenas, (quedan libres) los que estaban oprimidos por los (poderosos). (…) Todos miran a su majestad.

Mapa 56. Las conquistas de Ciro

El modo de gobernar el imperio que adoptaron los persas fue totalmente distinto al de los asirios y los babilonios. En lugar de eliminar antiguos

ordenamientos o intercambiar poblaciones, conservaban los derechos y las instituciones locales o los restablecían si habían sido suspendidos. Todo el gobierno persa se basó en las instituciones autóctonas, el respeto a los dioses locales y cuidado de los lugares de culto.

En la batalla de Pelusium de 525 a.C., Cambises consiguió el propósito de su padre de incorporar al imperio único de los persas el país del Nilo. Allí siguió el rey persa la misma política: adoptó los títulos regios de los faraones, haciéndose su sucesor legítimo y dando lugar a las dinastías XXVII y XXXI como dinastías egipcias de soberanos persas.

Gráfico 23. Cronología del Imperio Persa (530-331 a.C.)

OTROS PUEBLOS – Los persas

Con los medos, los persas formaban parte del grupo de pueblos indoeuropeos que llamamos iranios y que llegaron desde el Cáucaso hasta la zona oriental del golfo Pérsico atravesando toda la meseta de Irán, después de 900 a.C. Allí encontraron a la cultura elamita, con capital en Susa y que había sido país fronterizo de las civilizaciones mesopotámicas desde el tercer milenio antes de Cristo. Ocupando parte de su territorio, los persas formaron una entidad estatal denominada país de Anshan en la orilla nordeste del Golfo Pérsico.

Su territorio era pequeño en comparación con el resto de las potencias del siglo VI a.C., pero la subida al poder de Ciro el Grande supuso la incorporación de todo el territorio bajo control medo, su toma de la capital de Media, Ecbatana (550 a.C.) y el establecimiento de una nueva capital en Persia, Pasargadae. Los persas basaron la administración de tan vasto territorio en una fuerte centralización, un poder dinástico unitario y un potente ejército. Organizaron su imperio en satrapías que estaban regidas siempre por un persa que las gobernaba con el apoyo de una guarnición y un recaudador de impuestos. Un elemento esencial de cohesión fue el sistema monetario que tomaron de la Lidia de Creso y el sistema viario que estimuló todo tipo de intercambios económicos.

La lengua de los aqueménidas era el persa antiguo, una lengua indoeuropea del grupo iranio que conocemos por las inscripciones trilingües (persa, babilionio y lengua nativa del país de Anshan) de Ciro el Grande, Darío y Jerjes. Como su lengua no tenía tradición literaria, los persas adoptaron la escritura cuneiforme y usaron el arameo como idioma común de su imperio. La religión ancestral persa era naturalista y huía de las imágenes y santuarios, rindiendo culto y sacrificio en las montañas. Además incorporaron la religión de Zoroastro, de la que no habla Heródoto en su descripción del pueblo persa, con un dios único, Ahura-Mazda, dotado de muchas cualidades y atributos como la piedad, inmortalidad, dominio, derecho. La contraposición permanente de este dios con el espíritu del mal daba a la religión zoroástrica un carácter ético. Posteriormente se introdujeron elementos de religión griega y mitraica en su imperio.

Los reyes persas no impusieron el culto a su persona, salvo en Egipto, donde fueron tratados como dioses vivientes dado que lo imponía la dignidad de faraón que adoptaron. De hecho, una de las características de su gobierno fue

mantener las costumbres y cultos autóctonos de los territorios que incorporaban.

Antes de los aqueménidas Persia no había producido un arte destacado. Su contacto con Babilonia (donde aprendieron el trazado de grandes centros urbanos) y con Asia Menor (que les transmitió el arte griego) les proporcionó modelos para sus manifestaciones artísticas en un proceso de inteligente adaptación. Una muestra significativa la tenemos en el Tesoro Oxus hallado en un río de Persia en el siglo XIX. Se trata de piezas de joyería, vasos y figuras de oro y plata de época aqueménida, en las que se aprecian los influjos egipcios, griegos y mesopotámicos de épocas anteriores.

En la rápida expansión del Imperio Persa, los egipcios se mostraron como los vasallos más difíciles. A veces en alianza con los griegos, se rebelaron con frecuencia contra el poder del rey de reyes.

El ascenso de Darío I al gobierno persa en 520 a.C. (que se proclama legítimo rey en la inscripción de la piedra de Behistum) supuso un gran avance en muchos ámbitos: organizó el imperio en satrapías, construyó una ‘Vía Real’ entre Susa y Sardes, explotó el comercio del mar Rojo y comenzó la monumental construcción de la ciudad regia de Persépolis. Sin embargo, Darío no consiguió controlar todo su territorio ni ampliarlo como hubiera deseado: fue derrotado por los griegos en 490 a.C. en Maratón y a su muerte en 486 a.C. había rebeliones en varias provincias, Egipto entre ellas.

También su sucesor Jerjes I fue vencido por los griegos en la batalla naval de Salamina (480 a.C.), aunque consiguió controlar a Egipto y someter una rebelión en Babilonia. Su hijo Artajerjes I se enfrentó en sus cuarenta años de reinado (465-425 a.C.) a griegos y egipcios, aunque fue el control de éstos el que más le preocupó. Para poder mantener el poder en Egipto, Artajerjes se preocupó por la situación de Siria y Palestina, que le interesaba para garantizar la lealtad y seguridad de las vías hacia su provincia más lejana.

PERSONAJES – Ageo y Zacarías

Estos dos profetas predicaron en Jerusalén en 520 a.C., el segundo año del reinado del persa Darío I, y juntos urgieron al pueblo para que reconstruyera el templo de Jerusalén. Los exiliados judíos que regresaron a Judá después del edicto de Ciro (538 a.C.) se encontraron con una Jerusalén devastada. Se intentó reconstruir el templo primero bajo el gobierno local de Sesbasar (ca. 537 a.C.) y luego con Zorobabel, pero no fue terminado realmente hasta 520 a.C. Ageo y Zacarías retaron al pueblo a completar este proyecto como señal de su compromiso con Dios.

Ageo (cuyo nombre deriva de la palabra hebrea que significa “fiesta”) pudo ser uno de los judíos que permanecieron en su tierra tras la destrucción de Jerusalén en 586 a.C. Si esto fue así, es posible que recordara la gloria del templo de Salomón. Ageo predicó a la par que Zacarías durante cuatro meses, de agosto a diciembre del 520 a.C. y reprendió a los exiliados por dedicarse a reconstruir sus casas antes que el templo. Los animó asegurándoles que el segundo templo iba a ser más grandioso que el primero y predijo una época de bendiciones para la nación.

Zacarías (cuyo nombre significa “Dios recuerda”) era de linaje sacerdotal. Su ministerio duró al menos dos años, empezando en 520 a.C. También apremió al pueblo para que reconstruyera el templo, que se terminó en el 515 a.C. Zacarías recibió una serie de visiones nocturnas que anticipaban un pueblo perdonado y restaurado en una tierra de paz y bendiciones. Creía que el sumo sacerdote Josué, hijo de Jehozadak, era un instrumento especial en los planes de Dios para un futuro glorioso. Hace hincapié en el triunfo último de Dios sobre las naciones que se oponen a su voluntad y tiene la visión del reino universal de Dios.

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