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EL CONTEXTO REGIONAL DE LA PARTICIPACIÓN POLÍTICA

In document UvA-DARE (Digital Academic Repository) (página 66-69)

Las disputas electorales no fueron hechos aislados en la historia política de las ciudades fronterizas. Las imágenes del plantón en el puente internacional de Ciudad Juárez en el verano de 1986 y muchas acciones colectivas más que se registraron a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, son eslabones de una larga cadena de movilizaciones sociales. En ellas, los panistas – hombres y mujeres, simpatizantes y militantes– intervinieron de muy diversas formas para defender el voto. Con todo, a partir de la década de los ochenta se registró el fenómeno de la

insurrección electoral, en el marco del cual las elecciones de 1986 en Chihuahua, cobraron un

significado especial. Adquirieron resonancia nacional e internacional como referente y emblema del fraude electoral desenmascarado: un símbolo de la capacidad de la sociedad civil organizada para poner en cuestión las prácticas autoritarias de un sistema político desgastado tras seis décadas en el poder.55 Un nivel de simbolismo similar adquirieron las elecciones

estatales de Baja California de 1989 cuando el gobierno decidió, por primera vez en la historia, reconocer el triunfo de un candidato de oposición en el cargo de gobernador. Fue un marcador de época a partir del cual fue posible pensar en la posibilidad de la alternancia de los partidos en el poder ejecutivo de los estados y, como ocurriría en el año 2000, del ejecutivo federal.

OPOSICIÓN ELECTORAL EN LA FRONTERA NORTE

En el norte, y particularmente en Ciudad Juárez, Chihuahua (1986) y Tijuana, Baja California (1989), fue el PAN el partido político que pudo capitalizar el descontento56 y establecer

alianzas con diversos actores sociales, incluidos aquellos que se considerarían tradicionalmente

55 Como se ha mencionado en el apartado anterior, el PRI se fundó bajo el nombre de Partido Nacional Revolucionario

(PNR) en 1929; en 1938, un año antes de la fundación del PAN y bajo el gobierno del presidente Cárdenas, cambió a Partido de la Revolución Mexicana (PRM); en 1947 tomó el nombre que tiene actualmente: PRI (Garrido, 1986; Bertaccini, 2009).

56 En 1986 el PAN logró el triunfo en cerca de treinta municipios, sobre todo en el norte del país. Cifra récord en su

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simpatizantes de la izquierda o del partido oficial. En estas ciudades la presencia y participación de este partido contaba con décadas de historia durante las cuales mantuvo la imagen del otro en las contiendas electorales, un participante marginal, testimonial, más beligerante y exitoso en algunas ocasiones que en otras, pero no ausente. Sus banderas, discurso y aliados, fueran estos últimos históricos o recién llegados, se dieron cita en este periodo decisivo para la apertura democrática comprendido entre 1982 y 1992, periodo en el que el PAN sumó pragmatismo, apertura y candidaturas atractivas para la ciudadanía.

Como se ha señalado en la Introducción, se trata de un periodo y de una región que bien podrían considerarse privilegiados como marco de análisis: fueron los años más importantes de la transición a la democracia. Un paréntesis temporal durante el cual la militancia panista desempeñó un papel crucial, en condiciones que permiten observar una forma particular de militancia partidaria. En esos años se entrecruzaron dos regímenes políticos distintos, el populista autoritario que entonces acumulaba más de cinco décadas, y el tecnocrático neoliberal, que apenas iniciaba (Mudde y Kaltwasser, 2015; Rodríguez Araujo, 2008, p.353). En ambas ciudades se articularon distintos actores sociales, desde cierta perspectiva irreconciliables: hombres y mujeres de clases medias y sectores populares; empresarios e integrantes del clero católico, mujeres de base de organizaciones de izquierda en franca rebeldía con sus dirigentes.

Las mujeres afines al PAN, o vinculadas a los grupos políticos que en algunos momentos se aliaron a éste, conformaron un colectivo importantísimo en este proceso. Cercanas a actores sociales, como el clero y/o los empresarios, formando parte de las clases medias o las clases populares, lograron conformar un sujeto que participó en la elaboración y la puesta en práctica de las más diversas estrategias que requería la operación del ejercicio electoral.57 Participando

en las distintas fases del proceso, las mujeres imprimieron su influencia con acciones y prácticas en las que echaban mano del repertorio de género. Los objetos de su denuncia se presentaban con sello de género, como cuando se recurría a la protesta de las cacerolas (en protesta por la inflación)58 o al plantón de escobas (indicando el desaseo de los procesos electorales).59

Del mismo modo, su presencia destacó en actividades que en la historia del PAN se convirtieron en casi una especialidad, siendo ellas quienes llevaban a cabo la vigilancia del padrón electoral, la cobertura de representantes del partido en las casillas; la revisión de las condiciones de la emisión del voto (que fuera secreto, y en lugares públicos, por ejemplo), e incluso la distribución de bocadillos y bebidas para los funcionarios de casilla; se volvieron expertas en la contabilidad escrupulosa de los resultados y su manifestación pública; el cuidado del traslado legal de las boletas a las oficinas adecuadas y, finalmente, la denuncia oportuna de las

57 La organización del proceso electoral en México tiene cuatro etapas: preparación de la elección, la jornada electoral,

resultados y certificación de validez y calificación de la elección.

58 El cacerolismo se había registrado antes entre los grupos de mujeres que protestaban en Chile contra el presidente

Salvador Allende entre 1972 y 1973 (Power, 2002), práctica que se ha instalado entre la oposición femenina de derecha hasta nuestros días. Así lo muestra una cadena de mensajes en las redes sociales de nuestros días en México que promueve un “golpe de Estado suave” contra el presidente Andrés Manuel López Obrador concluyendo con la siguiente frase: “¡No rompas este cacerolazo digital!” (Antik, 2018). La petición consiguió 657 firmas, y actualmente está cerrada (29 de febrero, 2020).

57 irregularidades. En las ocasiones en las que se llevaban a cabo protestas postelectorales, su acción a través de espacios o campos de acción femeninos no se hizo esperar. La aportación de las mujeres al proceso de democratización y apertura del sistema político mexicano fue, por tanto, de vital importancia.

La condición para que ocurriera la insurrección electoral obedeció a la convergencia de diversos factores que fueron señalados en la Introducción y que aquí se abordarán con más detalle. Aunque todos ellos estuvieron presentes en las dos ciudades, el énfasis de cada uno de ellos fue diferente. Estos factores, sin ser exhaustivos, son los siguientes: a) la crisis económica de 1982, que adquirió una dimensión especial en las ciudades fronterizas; b) la existencia de un panismo histórico, casi familiar, que enfrentó fraudes electorales en años previos a los años ochenta y primeros noventa; c) la vinculación de las mujeres con un sector del clero que resurgió como un actor en rebeldía; d) la coincidencia con un discurso empresarial que dio a sus demandas una dimensión de cultura cívica democrática; e) la emergencia de liderazgos de nuevo tipo; y f) el sentimiento anticentralista que favoreció al PAN (Vila, 1996; Gruel, 2015). En los apartados siguientes se abordan algunos de ellos, enfatizando su importancia específica según se trate, de Ciudad Juárez, o de Tijuana.

Para las militantes de Ciudad Juárez y Tijuana la historia (su historia) de los años que corrieron entre 1982 y 1992 forma parte de la Historia, con mayúscula. Si bien no es extraño que los recuerdos viajen décadas atrás, la cercanía y la intensidad de los acontecimientos de esos años se empata con los diagnósticos más atemperados de los analistas, politólogos, sobre todo, que escribían sobre ellos. Si bien los estados de Chihuahua y Baja California pertenecían a la categoría de panismo duro, por el relativamente alto porcentaje de votos que mantuvieron desde los cincuenta y hasta inicios de los ochenta (Loaeza, 1999), la escalada casi vertical que se registró a favor del PAN en estas entidades a raíz en la década de los ochenta, y su importancia en el proceso de transición a la democracia, llamaron poderosamente la atención de la academia. De hecho, el comportamiento electoral de los fronterizos marcó la importancia que tendría desde entonces la política electoral y la cultura cívica como un tema central entre las ciencias sociales en México.60

Extrañamente, entre la extensa bibliografía que se ha dedicado al tema, el papel específico de las mujeres en la permanencia y el avance de este partido de oposición en las ciudades fronterizas se ha tratado mucho menos (Venegas, 1994; Barrera y Venegas, 1994; Pérez García, 2011; Staudt y Aguilar; 1992). Al parecer, los lectores deberían leer entre líneas y entender que, cuando se hablaba del trabajo del partido político, se tendría que asumir que en él había o debía haber mujeres; lo mismo que cuando se refería la participación de las clases medias, tal vez menos cuando se abordaba el papel de los empresarios y, probablemente, un poco más cuando se aludía al papel del clero. Lo mismo cuando se trataba de destacar la participación ciudadana, o se aportaban datos de organizaciones civiles específicas. Entre estas últimas, no quedaba duda cuando se mencionaba a grupos que en su nombre hacen explícita la composición de género, como en la Asociación Nacional Cívico Femenina (ANCIFEM), o el Cuartel

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de Mujeres (como se llamó a la sección femenina del PAN); tampoco queda duda del papel destacado que ellas tuvieron en esos días cuando se pasa revista a los cuantiosos desplegados en la prensa que reflejan la pugna entre mujeres de distintos bandos, las crónicas periodísticas y muchas de las imágenes fotográficas que las acompañan.

Una mirada a la contribución y el significado de las acciones colectivas de las mujeres panistas a este proceso debe tener en cuenta que la defensa del voto generó una tradición cívica que se nutrió de experiencias previas y se transmitió por generaciones. Movilizaciones y acciones colectivas que comunicaban un mensaje que el PAN enarboló desde su fundación y que las mujeres del partido adoptaron con especial apego en razón, muy probablemente, de la lucha que tuvieron que enfrentar para obtener ese derecho básico de la ciudadanía, incluso dentro del mismo partido, como se ha explicado ya en el apartado anterior.

Se trata aquí de abordar en qué consistió la militancia femenina panista en su dimensión colectiva en el contexto regional, destacando su presencia y agencia, en un entorno sexista, políticamente autoritario y de simulación democrática. Un breve recorrido que dé cuenta del proceso que desencadenó la insurrección electoral y permita vislumbrar, paralelamente, el peso de su aportación a la historia política y la apertura democrática.

LA INSURRECCIÓN ELECTORAL EN CIUDAD JUÁREZ

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