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LA IGLESIA Y LA LABOR PASTORAL

In document UvA-DARE (Digital Academic Repository) (página 155-160)

“Me siento realizada porque siento que le sirvo a la comunidad, haga de cuenta que le sirvo a Dios, porque para mí, esto ha sido un apostolado.”

– Rafaela Martínez Cantú

La religiosidad católica de las militantes panistas, como he señalado antes, aparece transversalmente en el campo de la familia, de lo sociopolítico y de la política misma. Lo incluyo en este espacio social en tanto que forma parte del campo de acción femenino (Tarrés, 1991) formando parte, también, del campo liminal y de tránsito que no pertenece a la vida privada ni estrictamente, a la vida pública política. Ni lo uno ni lo otro, como diría (Turner, 1987). No estaría de más aclarar, sin embargo, que la religión conforma un campo en sí mismo, con sus propiedades, su espíritu y leyes generales, a la manera de la familia y la política. Sobre la presencia ampliamente abarcadora de la política, se expresa Gabriela Chumacera:

Somos de raíz católica y si te vas a la doctrina del PAN hay mucho de lo que es la doctrina de Cristo, el bien común, el servicio, el hombre primeramente, la dignidad del hombre y todo eso es lo mismo, son nuestros principios, son generales, universales, el partido tiene una organización, un esquema bien organizado, tiene reglamentos, estatutos, doctrina (Gabriela Chumacera, Tijuana, 1993).

En este apartado interesa el campo religioso, no en su enorme extensión y complejidad, sino como elemento que desempeñó un importante papel en la vinculación de las mujeres al PAN, especialmente entre los sectores populares, en la práctica política de las militantes en el ámbito barrial y, por tanto, en la particular eficacia que tuvo para la alternancia electoral y la transición a la democracia.

La delimitación del campo de la política que interesa aquí, puede expresarse en los siguientes términos: a propósito de los matices que permite la historia oral, Dolores Pla narraba que, cuando preguntaba a los refugiados españoles de la guerra civil en México sobre la Iglesia, despotricaban. Cuando cambiaba la pregunta hacia la opinión que tenían del cura de su parroquia, cambiaban diametralmente el tono para aludir a la parte humana del personaje, lo que podría incluir su bondad, generosidad, o el buen o mal humor que le caracterizaba.187 Es este último nivel al que

querría referirme más centralmente. Es decir, a la parroquia inscrita en el entorno habitacional. Conviene, por principio, recordar que uno de los rasgos de identidad, o de los estereotipos de la mexicanidad, consiste en el acentuado carácter religioso. En México, cerca del 90% de la población es católica, aunque sin duda, hay muy diversas formas de vivir el catolicismo: desde

187 Comunicación personal con Dolores Pla (1954-2014), historiadora del exilio español en México, Ciudad de

145 quienes lo son porque fueron bautizados y, tal vez, asisten a los rituales del culto imprescindibles, hasta los que participan de manera cotidiana y activa en la vida parroquial. Las ciudades de la frontera presentan índices menos altos de religiosidad católica que regiones más meridionales del país, pero sin caer por debajo del 85% (Odgers, 2006).

No extraña, por tanto, que las parroquias tengan una importancia de primer orden, tanto en Ciudad Juárez como en Tijuana. Las unidades habitacionales, colonias o barrios, cuentan con iglesias cercanas, si bien en menor número que como ocurre en la región meridional del país. Las actividades religiosas forman parte de la cotidianidad popular, acompañando todo el ciclo vital con servicios religiosos periódicos y rituales, aunados a las más diversas tareas que congregan a la grey: enseñanzas de doctrina y preparación religiosa, servicio comunitario, retiros espirituales, y demás. Las historias de vida de las militantes aluden con frecuencia a la presencia de la vida parroquial. Es así que Gaby Chumacera, de Tijuana, contaba que se alejó del partido por años y después de la separación de su pareja decidió volver a sus raíces: la iglesia y el partido político. Raíces que la madre ayudó a tejer cuando la enviaba a la iglesia para que ayudara a cumplir labores de beneficencia.

Para evaluar la importancia de la relación entre la militancia femenina partidaria y su vinculación con el activismo religioso conviene tener en cuenta que la asistencia de las mujeres a la iglesia, y su frecuente colaboración en tareas de beneficencia y caridad no es, por supuesto, una novedad. Desde el periodo colonial las mujeres mexicanas contaban con la anuencia familiar y la aceptación social para participar en este ámbito que significaba la puerta de acceso a un mundo más amplio que el privado/doméstico. Comentaba así Monsiváis (2009, p.11): “En la sociedad inaugurada por la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma de 1860, es inadmisible la participación femenina fuera de la zona sagrada (la recámara, la cocina, las labores domésticas, la misa, el confesionario)”. Se trata, así, de un espacio social tradicionalmente legitimado para el desempeño femenino que permitió a las mujeres acceder a un ámbito social más amplio y abierto que el de las cuatro paredes de la casa.

En la joven ciudad de Tijuana las mujeres figuraron muy activamente en la historia de la incursión del catolicismo como predecesoras de la instalación del vicariato, lo cual pudieron lograr hasta 1946. De acuerdo con Muñoz y Jaimes (2016) el trabajo de las órdenes femeninas y las asociaciones laicas de mujeres fueron muchas y muy importantes. Destacaron, entre 1921 y 1935, La Vela Perpetua y las Damas Católicas y, durante la década de los cincuenta, la Acción Católica de Señoras, la Unión Femenina Católica Mexicana, y varias consagraciones marianas.

Como señalé antes, el clero desempeñó un importante papel como actor político en el avance electoral y la beligerancia del PAN durante los años ochenta. Se señaló también que el clero de Ciudad Juárez fue, en ese sentido, más protagónico que el de Tijuana. Es importante señalar aquí que, entre la militancia, no obstante, no encontré diferencias sustanciales entre las mujeres de una y otra ciudad. Todas las militantes entrevistadas dijeron ser católicas, o lo hicieron saber, sin expresarlo explícitamente, como si sobrara tener que aclararlo. Y no rara vez combinaban su trabajo político con lo que ellas llamaban, labores pastorales: actividades de

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catequesis y beneficencia, impartición de doctrina y talleres de orientación para parejas y familias, por ejemplo.188

De manera similar a lo que ocurre con el trabajo comunitario, esta doble militancia, por llamarla de algún modo, aportó un ámbito muy amplio de acción e influencia en el terreno del activismo político. Conviene tener en cuenta, en ese sentido, que las iglesias ocupan el primer lugar por la confianza que los ciudadanos depositan en estas instituciones (ENCUP, 2001), de manera que la cercanía de las militantes con la parroquia dotó a las mujeres panistas de canales de acceso, prácticos, simbólicos e institucionales, para una vinculación social y políticamente efectiva con la comunidad. Un recurso más del repertorio de género femenino para navegar hacia la política y en la política.

Para ilustrar hasta qué punto la religiosidad católica podía ser afín al PAN y de cómo esto podría ser utilizado por las militantes, baste el relato de Carmen Sánchez: en una ocasión en la que tenía el compromiso político de conseguir representantes de casilla para una jornada electoral, acudió a la parroquia justamente a la hora de la salida de misa, lo que le permitió reclutar a mujeres que aceptaron, sin mayor dificultad, cuidar la votación en representación del partido: acción que se basó en un conocimiento difuso, pero acertado.

Así, la legitimidad tradicional del desempeño de las mujeres en la religión y la presencia territorial y práctica/simbólica de la religiosidad católica en la vida de la población, y la confianza de la ciudadanía en la iglesia, dan la pauta para evaluar la capacidad de influencia de la religión en la política, a través del activismo femenino.

Paralelamente, la religiosidad católica tuvo un papel importante en la politización de las mujeres, especialmente cuando el clero tomó (o retomó) un papel beligerante para ampliar sus derechos de ciudadanía, mismos que se mantuvieron como una asignatura pendiente en la relación entre la Iglesia y el Estado hasta que hacia 1992 los ministros de culto religioso pudieron ejercer el derecho al voto. Algunas de las militantes aludieron a este hecho como uno de sus reclamos, antes de que en ese año, pudiera el clero acudir a las urnas: “[en la parroquia] todos estamos contentos porque ya los sacerdotes van a poder participar con su voto”, comentaba Dolores Pacheco, de Ciudad Juárez.

Este conflicto entre la Iglesia y el Estado se empalmó, por lo demás, con la influencia que tuvo para los católicos el Concilio Vaticano II (1962-1965) que, como se señaló previamente, dio pie a un mayor acercamiento del clero con las organizaciones de base y con un amplio espectro de diversidades cristianas, algunas cercanas a comunidades protestantes, como el Movimiento de Renovación Carismática. Del mismo modo que dio cabida a la opción por los pobres con la

teología de la liberación. La puesta al día de la Iglesia que propició este concilio alentó la idea del

“reino de Dios en la Tierra”, enfatizando la dignidad de la persona y la igualdad entre todos los seres humanos. En el documento Mensajes del Concilio a la Humanidad (7 de diciembre de 1965), las mujeres merecieron un llamado especial por su papel, como madres, en el porvenir. Al tiempo que se incluía a la política como un ámbito de acción transformadora.

188 Ver Anexo: fotografía 23.

147 Aunque no muy frecuentemente, la conversión militante (Necoechea, 2013) tuvo lugar a partir del discurso y la práctica religiosas, fenómeno que se registró en ambas ciudades. Se trata de relatos en los que la religión se menciona como detonador de la afiliación panista. En este sentido, por ejemplo, Cecilia Barone, refirió al Movimiento Familiar Cristiano al narrar su vinculación con el Partido. Las reuniones periódicas, las lecturas y reflexiones colectivas en torno de la problemática familiar, nos cuenta, la llevaron a buscar una instancia de transformación social y, por tanto a participar en el PAN. La red de parejas que se tejía a través de estas reuniones conformó, por lo demás, la base de la movilización social sobre la que se armó la estrategia electoral de oposición en 1968, movilización en la que Cecilia Barone desempeñó, como se recordará, un importante papel en la Caravana por la Democracia. Conviene señalar, una vez más, el acopio de recursos, de capital político, que la vinculación religiosa significó en su trayectoria política.

La parroquia también formó parte del tránsito hacia el campo de la política en relatos como el de María del Carmen Correa, quien contaba lo siguiente:

Fue muy bonito porque yo duré como unos 15 años en la iglesia, siempre me la vivía [en] la fe católica, bueno todo lo de la iglesia, siempre tratando de estar ahí. A nosotros el padre nos decía: ustedes como mujeres tienen la obligación de participar en la política y tienen la obligación porque la persona que no participa en la política entonces no tiene derecho de exigir, y esas cosas por el estilo”. […] Lo que yo hacía en la iglesia, ahora lo hago acá [en el partido], porque si yo lo hago como un apostolado, que estaba yo en la iglesia […] ahora es mi apostolado aquí [en el partido] (María del Carmen Correa, Tijuana, 1992).

Delfina Márquez de Ciudad Juárez, narró un camino a la inversa: participó con el PAN como militante entre 1986 y 1991. En el momento de la segunda entrevista (en 1992), había decidido dedicarse mucho más activamente a la labor pastoral. Señalaba que la decisión derivó “[...] de un encuentro personal con ese Jesús vivo”. Y para trabajar en la problemática familiar de las madres trabajadoras. Sobre los seis años en la militancia y su actividad más reciente en la iglesia, afirmaba que es una experiencia que alimenta recíprocamente su desarrollo en los dos ámbitos: la iglesia y el PAN. Delfina vinculaba, en torno del trabajo con las madres trabajadoras, la labor de la iglesia (concientizar a los padres de familia) y la labor del PAN: “ […] Acción Nacional con sus programas llega hasta la médula de la familia. Vamos a decirlo, tiene una base moral fundamentalísima.” En conclusión podemos señalar que la religiosidad católica forma parte integral de estas áreas y esferas de actividad de las mujeres panistas. Su lenguaje está siempre poblado de términos y frases que aluden a Dios, a la fe, a la Virgen María y a la Virgen de Guadalupe. La sede del partido en Ciudad Juárez y las oficinas de gobierno de las mujeres panistas, en Tijuana, van contra las costumbres del México laico y jacobino, ornamentadas con fotografías familiares y estampas religiosas. Se percibe, del mismo modo, que parte del arrojo y la valentía de la que ellas tuvieron que echar mano en situaciones extremas, cuando su vida corría peligro, o de riesgo por el enfrentamiento con liderazgos de otro signo político, su convicción religiosa les daba apoyo. No

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puede dejar de señalarse, por lo demás, la similitud entre la fe que dicen profesar en el terreno religioso y en el mundo de la política. El papel de las militantes más activas en el terreno religioso lleva a pensar que, como madres, ellas trasladan a las generaciones siguientes los principios, normas y prácticas que entrelazan al ámbito religioso con el político, incorporando también en su experiencia política el repertorio de género, los recursos y el capital simbólico y social adquiridos en la actividad pastoral comunitaria.

Las mujeres activistas de las colonias populares de Ciudad Juárez y Tijuana, como las de otros países latinoamericanos en tiempos de batallas contra las dictaduras, conjugaron tradicionalismo y modernización democratizadora, sin formar parte ni estar cerca de organizaciones feministas. Su trabajo social y político, aunado a su lugar de madres en condiciones subprivilegiadas, las aleja de la imagen superficial de la mujer en el hogar. Son mujeres que no corresponden con los modelos del tradicionalismo cultural latinoamericano (Touraine, 1989, p.106).

En los análisis de coyuntura de esos años era frecuente escuchar que el empanizamiento obedecía a campañas publicitarias efectivas, a la influencia y el apoyo de grupos estadounidenses, o a la herencia remota del pasado guerrero e individualista de los primeros colonos de Paso del Norte, tratándose de Ciudad Juárez. Vale la pena añadir que la labor fina de proselitismo de las amas de casa de estas colonias contribuyó de manera importante en el proceso político de estas dos ciudades fronterizas, incidiendo en la alternancia electoral pero también, y tal vez, sobre todo, esparciendo ideas, críticas, comportamientos y actitudes orientadas a cuestionar y enfrentar formas de liderazg

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CAPÍTULO 6

ROMPIENDO EL CERROJO A LA PARTICIPACIÓN

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