LOS ESPACIOS Y LAS PRÁCTICAS POLÍTICAS: LA VIDA POLÍTICA EN CLAVE FEMENINA
EL PARTIDO COMO FAMILIA: ENTRE LA PRÁCTICA Y EL SIMBOLISMO
[…] viendo que me necesitaban en el partido, necesitaban mucha gente, dejé de trabajar en mi profesión y acudí, pero no es nuevo para mí porque casi es mi segunda casa.” (Dolores Pacheco, Ciudad Juárez, 1992).
Si la familia puede ayudar a naturalizar la politización femenina, esto ocurre de manera especialmente efectiva cuando el partido, no sólo es, como buen partido conservador, un partido de retórica familista, sino cuando adopta, además, el modelo idealizado de familia en su estructura institucional y en su práctica política. Al emular a la familia, el PAN parece completar el camino que lo hace atractivo y, valga la expresión, familiar para las mujeres. O , al menos, para las mujeres proclives a sentirse identificadas con su modelo.
En este apartado, a diferencia del capítulo quinto, interesa observar cómo es que el partido se sirve de la familia. Es decir, de su imagen, sus propiedades y atributos. Valga por tanto atender a algunos de estos aspectos, así como hacer notar que un rasgo importante de la identidad femenina panista consiste en señalar que en el partido se está en familia, casi en casa. Como si se quisiera enfatizar que no hay transgresión alguna al pacto sexual socialmente instituido. Si el lugar de las mujeres se encuentra en la familia, y el partido es como una familia, no hay ruptura entre la primera y el segundo.
Desde una perspectiva institucional conviene señalar que en La Proyección de Principios de 1965 del PAN, la familia es uno de los 11 títulos que se incluyen en el documento. Vale la pena transcribir su definición:
[…] La familia tiene como fines naturales la continuación responsable de la especie [humana; comunicar y desarrollar los valores morales e intelectuales necesarios para la formación y perfeccionamiento de la persona y de la sociedad, y proporcionar a sus miembros los bienes materiales y espirituales requeridos para una vida humana ordenada y suficiente. […] corresponde a la familia la preeminencia natural sobre las demás formas sociales, incluso el Estado.” (PAN, 1965; cursivas LVA).
Sin pretender ahondar en los fundamentos filosóficos y sociales de este principio de doctrina, conviene tener en mente el peso que el PAN otorga a esta institución. La preeminencia natural
de la familia es una noción que da contorno a un pensamiento de derecha que hermana a
activistas de distintas países, regiones y momentos históricos (Bedi, 2006; Nickerson, 2012). En un sentido similar, la historia del partido y la inclusión de las mujeres al mundo de la política, trazada en el segundo capítulo de esta tesis, deja ver el símil que se establecía entre el partido con una casa grande.
La estructura misma del PAN, a nivel nacional y subnacional, reproduce el modelo familia: con los hombres en el partido como partisanos, en general, acompañada por una instancia particular para las mujeres (¿las madres?) en Promoción Política de la Mujer, y otra instancia específicamente destinada a los jóvenes, la sección juvenil (¿los hijos?).
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Por otra parte, es importante tener en cuenta que por décadas, el PAN en Ciudad Juárez y Tijuana estuvo formado por un puñado de militantes (y surge la tentación de decir, de familias, ya que es esa la expresión de las entrevistadas). El pequeño número de panistas favorecía la cercanía entre ellos y la formación de una red, pequeña, pero densa; las diferencias entre ellos, de clase, educación, edad o género, podía quedar relativamente al margen, bajo la imagen de la unidad partidaria “familiar”. Así lo señala Gabriela Chumacera: “[…] antes, cuando era chiquita […] éramos más conocidos porque todos son compadres, muchos son compadres (Tijuana, 1993). No extraña, en consecuencia, que la comunidad imaginaria panista, en su versión de “casi una familia”, se expresara también en el estilo familiar en algunas de las prácticas políticas que se llevaban a cabo tanto en Ciudad Juárez como en Tijuana. Durante la campaña electoral de 1991, por ejemplo, en Ciudad Juárez se observó un picnic político en el parque de El Chamizal. A la sombra de los árboles, mujeres de distintas generaciones, parejas con hijos, jóvenes y niños portaban insignias panistas mientras se distribuían postres entre carriolas y tiendas de campaña.193
[…] Nosotros en el partido somos una familia y en los convivios y dentro del partido es una familia quien participa […] es netamente familiar la convivencia dentro del partido.” (Bertha Álvarez, Tijuana, 1993).194
Cercanía familiar que, en el partido, adoptó, con alguna frecuencia, características duras (objetivas), a través del establecimiento de compadrazgos o la celebración de matrimonios entre los jóvenes panistas. Así ocurrió, por ejemplo, con Ruth Hernández, hija de Rafaela Martínez Cantú, quien se casó con el hijo de un panista destacado.
Un buen ejemplo de la importación simbólica de la familia tuvo lugar durante las campañas y protestas políticas de Barrio en Ciudad Juárez,195 quien aparecía con frecuencia al
lado de su esposa. Una novedad en la transmisión de la imagen de los políticos de la época en México. Sin embargo, no se trataba de algo nuevo en el contexto de las campañas panistas. Un tríptico que promovía la candidatura del arquitecto Héctor Castellanos a la presidencia municipal de Tijuana en 1968, mostraba una fotografía del candidato acompañado de su joven esposa, Cecilia Barone. El pie de fotografía los describe: “Forjadores de ciudadanos libres”. Es decir, son una pareja identificada con el PAN, en la que se hace destacar su papel de padres de panistas/ciudadanos que vendrán. Forjan futuro, y porvenir, evocando un binomio que está cargado de sentimientos filiales fuertes: crianza/PAN. Más aún, otra cara del tríptico sugiere la
encarnación del padre/pareja/candidato con el PAN cuando la frase “Mi lucha es tu lucha” se
193 Ver Anexo: fotografía 14. 194 Ver Anexo: fotografía 25.
195 En medio de la campaña electoral de 1985 podía leerse el siguiente encabezado: “Huelga de hambre de tres
candidatos panistas pro defensa del voto. Barrio se les une, con su esposa al lado. Recaban 86 mil firmas” (El Diario de Juárez, 10 de julio de 1985).
169 coloca entre el candidato y el logo del PAN, lo que da lugar a dudar quién enuncia la frase, el candidato, o el partido mismo.196
Entre prácticas, y símbolos, el PAN se sirve de la familia como modelo para instituir sentimientos de integración, espíritu de cuerpo, pero también, y muy especialmente, para suavizar y normalizar la militancia femenina de las mujeres del partido. Su narrativa, expresada en los fragmentos citados, da idea de la continuidad que se establece entre el ámbito privado, doméstico, y el virilizado espacio del campo de la política. Con esto, por lo demás, la militancia femenina puede desplegarse con legitimidad: invade un espacio ajeno que no es tan ajeno, para decirlo con otras palabras.
Las fronteras de la familia (como espacio privado femenino) y la vida pública política, como espacio masculinizado, formaban parte de las tareas de proselitismo, como también se puede observar en el siguiente relato, en el que se entrecruzan ambas esferas:
¿Y mi mujer que tiene que andar haciendo allí? Ella tiene que andar en su casa, atendiendo a su marido y a sus hijos... ¡así, de ese tipo! Y nosotros les decíamos a las mujeres: ¡Oigan, si ustedes son seres humanos, ustedes no tienen por qué regirlas ese hombre, ustedes son pareja y los dos deben de hablar! Yo les ponía mi ejemplo: miren, mi marido, él gracias a Dios, nunca me ha dicho ¡no, no participes! Pero si me dice no participes, le voy a decir, ¡no!, si no estamos en tiempos de mi papá. Lo que pasa es que ellos tenían otra mentalidad y nosotros nos fuimos abriendo en esa mentalidad, ¡Ustedes son pareja! Y ni él te manda a ti y ni tú a él, tienen que coordinarse. ¡Cómo! ¿Nomás lo que ellos digan, pues por qué? (Oralia Bussane, Tijuana, octubre, 1993).
Las tareas de concientización ciudadana y política invaden fronteras: lo personal es político, reiteremos, como rezaba el slogan del feminismo de los setenta. Y el conservadurismo en política (a partir de la filiación partidaria) no necesariamente expresa un apego a la tradición en todos los ámbitos. Podría anotarse que, como señalara Carlos Monsiváis (2009), el éxito cultural del feminismo a fines del siglo XX, permeó a muy diversas y extensas capas sociales.
Hay, no obstante, una faceta conservadora innegable en la importación del modelo familia, más allá del señalamiento sobre la estructura partidaria y la noción de familia inscrita en la Proyección de Principios. Se trata de los papeles que se asignan a las mujeres (como parte de las reglas no escritas) tanto en cierta división de tareas, como por las condiciones inequitativas que parecen permear en el partido cuando se trata de que ellas compitan por cargos de decisión en el partido, o por cargos de elección popular. Las respuestas y estrategias (tomadas del repertorio de género) que ellas ponen en juego son, también, parte de las prácticas de la militancia. Los siguientes apartados se refieren a ese tema, considerando también las estrategias tomadas del repertorio de género que se ponen en juego.
196 Ver Anexo: fotografía 26.
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