LOS ESPACIOS Y LAS PRÁCTICAS POLÍTICAS: LA VIDA POLÍTICA EN CLAVE FEMENINA
EL ENCANTO DE LA MOVILIZACIÓN COLECTIVA Y LAS TAREAS DE LA MILITANCIA
Muchas de las actividades políticas de las militantes han sido ya mencionadas a lo largo del texto. Conviene aquí destacar que ese trabajo de proselitismo y la atmósfera misma de los procesos electorales fueron un importante imán para la inserción en la militancia, o su reactivación.
Las campañas electorales durante estos años, y desde la perspectiva de las panistas, podrían distinguirse entre elecciones animadas y reñidas, alternadas por otras, desencantadas y casi olvidadas. En ellas –a diferencia de lo que ocurrirá desde el fin del siglo XX y en adelante, cuando los medios serán centrales– las plazas públicas, el espoteo, el volanteo y los mítines callejeros, minimítines, y mítines relámpago, estaban en el corazón de la contienda; los medios estaban presentes (sobre todo la radio y la prensa) pero el locus, no estaba todavía en ellos, en parte por la censura y el control gubernamental. La movilización colectiva ejercía, ciertamente, un efecto de atracción, solidaridad, cohesión e identidad: de comunidad de sentido. Por lo demás, las contiendas electorales de esos tiempos podían tener momentos de mucha tensión, emulando condiciones agónicas, o incluso bélicas, pero también fervor y entusiasmo.
Es preciso tener esto en cuenta para imaginar el mundo de las actividades militantes de esos años. Por lo demás, el núcleo duro panista, irreductible, asumía la tarea de convencer a la ciudadanía de la importancia de participar, también en tiempos de paz, pero sobre todo en tiempos de campaña.
Del trabajo de proselitismo y reclutamiento de simpatizantes, acompañado por la atmósfera imperante, surgían nuevas militantes, o se reactivaba la filiación o simpatía panista de otros tiempos. Es difícil saber si, por ejemplo, Delfina y Francisco (de Ciudad Juárez) se vincularon al partido a partir de la oratoria de los dirigentes (trabajo político proselitista) o, más bien, o también, atraídos por el entusiasmo del mitin en que decidieron involucrarse aceptando a mano alzada colaborar en las tareas a los que eran convocados desde el pódium. No es fácil evaluar el peso de lo que podríamos llamar la atmósfera política del momento, frente al trabajo político de los militantes o los cuadros del partido, o cualquiera otro de los aspectos que pudieran considerarse dentro de este ámbito: hay con frecuencia ciertas dosis de azar, emotividad y encantamiento en la vinculación partidaria. Aspectos que poco tienen que ver con una lógica fríamente racional, apegada a razones ideológicas.
Hay algunos relatos que, a manera de casos modelo, ayudan a pensar en cómo ocurre que una contienda electoral pueda cumplir este efecto de despertador. Un ejemplo en este sentido se encuentra en la entrevista de Doña Eulalia Mendoza. Una mujer de edad madura, soltera y sin hijos que, durante las protestas por el fraude de 1986 se vinculó al PAN tras incorporarse a una protesta colectiva en una avenida de Ciudad Juárez. Caminaba rumbo a la casa en la que trabajaba como nana cuando vio una fila muy grande de gente tomada de la mano y, seguramente, coreando consignas. Alguien la invitó a sumarse a la fila, y cuando Doña Eulalia preguntó de qué se trataba, un hombre le dijo, ¡Agárrese! Es una cadena humana. Y desde entonces empezó a ir al Partido. No hay duda de la emotividad que debe haber despertado este momento de restitución de la comunidad y el sentido de pertenencia para Eulalia. Fue, ciertamente, un efecto de encantamiento el que la llevó a un primer encuentro con el PAN.
171 Otros relatos aluden a otro tipo de encantamiento, como cuando una militante platicaba que se vio involucrada en un accidente de tránsito y, al alegar a favor de la parte inocente, un panista, que por casualidad estaba presente en el alegato, la invitó al partido: “usted me gusta para líder”, fueron las palabras –casi mágicas– que ella recuerda y que la “salvaron” de ser una líder “de las más mañosas”.
Las circunstancias de la vida personal suelen mezclarse también en los relatos del acercamiento al PAN, en medio del entusiasmo de una campaña, o del efecto seductor de algún candidato o dirigente. Como cuando Bertha Álvarez (Tijuana) aclara que está enamorada del partido al que se acercó, justamente, durante el periodo de separación de su pareja sentimental.
Las historias de la vinculación al PAN, narradas en ciertas circunstancias objetivas, se tiñen a menudo de un aspecto adicional que aceptaría bien términos ajenos a la racionalidad estricta que, se supone, comanda el mundo de la política: en la conversión militante está la mano de la providencia, del azar, del encantamiento, o el amor. Así, acontecimientos y decisiones que se podrían pensar desde la dimensión de la práctica y las instituciones se tiñen de un sentido emotivo, tal vez prelógico, metafísico. Una faceta simbólica atraviesa, de este modo, la dimensión de las instituciones.
Por otra parte, varias de las entrevistadas eran invitadas a “ayudar a cuidar casillas”: una actividad partidaria que se registra desde los primeros años de vida del PAN, como especialidad femenina. Aunque no se trate de una tarea que realizaran las mujeres en exclusiva, puede afirmarse que ellas destacaban en proporción con la participación de los varones y por la calificación que muchas de ellas llegaron a tener: la especialización en el cuidado de las casillas, la limpieza del proceso electoral y la defensa del voto tendió a identificarse, ciertamente, con trabajo partidario femenino. El llamado a la limpieza electoral en Ciudad Juárez, 1986, implementó, por ejemplo, la operación escobas.197 A partir de estas acciones, varias de las
mujeres se vincularon al partido, asistiendo a foros informativos, a conferencias o desayunos políticos. El cuidado de las urnas fue, sin duda, un factor muy importante en la politización de las mujeres panistas, se basaba en valores sobre los que había un amplio acuerdo: la democracia y el respeto al voto. En efecto, las nociones de democracia podrían tener muy distinto sentido entre ellas; no cabe duda, sin embargo, que la democracia se convirtió durante esos años en una idea fuerza, capaz de movilizar a muy amplios sectores de la población, sobre todo durante la década de los ochenta y noventa.
La defensa del voto, como expresión de la democracia, desempeñó un papel de primer orden en la movilización colectiva y de la militancia panista del periodo. Oralia Bussane (Tijuana) lo hace evidente cuando nos cuenta su diálogo con un estudiante en la Universidad que no parecía fácil de convencer: “¡Siempre se roban las casillas! A mí no me robaron nada, a ti te robaron tu voto porque no estuviste para cuidarlo.” (Oralia Bussane, Tijuana, 1993).
Por lo demás, el ambiente entre festivo y arriesgado de las campañas electorales y las frecuentes movilizaciones postelectorales de las ciudades fronterizas transitó durante décadas incorporando experiencias organizativas que les permitieron esquivar la violencia que se hizo
172
presente en tantas ocasiones. Una estrategia de confrontación no violenta se presentó, por ejemplo, en la ya varias veces referida marcha de las mujeres, desde Tijuana a la Ciudad de México, en 1968. Acción colectiva que pretendía suavizar el mensaje político con la feminización de la protesta y evitar así una reedición de la represión de 1959 en la misma ciudad. La movilización contra el fraude en Ciudad Juárez en 1986 fue, a una escala mayor, y de nuevo desde el repertorio de género, una protesta que incorporó e hizo crecer el repertorio de confrontación, a la manera en que lo estudia Tarrow (2004). La adopción de la resistencia civil pacífica y los plantones de mujeres en el puente internacional de Ciudad Juárez, sin dejar de haber experimentado el acoso de los helicópteros y de los soldados que no bajaban la guardia, fueron muestra de la aplicación de una estrategia que comprometía al gobierno mexicano por la delicada y expuesta situación del lugar escogido. Las mujeres, por lo demás, respondían cantando el Himno Nacional, entregando flores a los soldados y escribiendo la palabra “Ratas” con sus cuerpos para que la palabra acusatoria fuera leída desde el aire.
Durante los tiempos de receso electoral, una vez que se obtenían los resultados o se desvanecía la beligerancia de las protestas, las tareas de la militancia se hacían menos absorbentes y, tal vez, menos pesadas. Por otra parte, también se reducía el número de las activistas, de manera que la perseverancia de las más constantes se reforzaba para contrarrestar el desencanto por la reedición de la derrota. Con excepción de los ejercicios electorales de 1989 en Tijuana y de 1992 en Ciudad Juárez, en los que la alternancia electoral tuvo lugar y el PAN accedió al poder, por décadas, los periodos de paz daban inicio en medio de cierta desilusión.
[…] en tiempo de paz le dedico a la semana por decir unas cuatro, cinco o seis horas; por ejemplo, ahorita, terminando aquí tenemos reunión de comité. A veces acabamos a media noche […] porque empieza a las siete u ocho de la noche y hasta que se agota todo el orden del día. En trabajo de campo no hay límite, estoy en mi casa [y] me hablan por teléfono, llegan, los atiendo ahí, ya sabe la gente de la periferia […] para que no vengan hasta acá al partido, queda más cerca ahí por mi casa; o sea, [el trabajo político] le quita muchas horas al descanso, hay veces que dicen mis hijos –¿mami porque no dices que no estás? Para que comas a gusto-. ¡A todas horas! Estamos comiendo y nos hablan o llegan y aquí [en el local del partido] todos los días estoy, seguro, de las cinco a las siete y luego me voy hacer trabajo de campo (Juanita Luna, Ciudad Juárez, 1992).