LA EXPANSIÓN ULTRAMARINA Y LAS ECONOMÍAS EUROPEAS
POSESIONES Portugueses
5. EL DESARROLLO DEL COMERCIO
Durante la Edad Moderna el sector más dinámico fue el comercio, tanto es así que tradi- cionalmente se ha hablado de “revolución comercial” como uno de las características propias del siglo XVI. Ciertamente se produjeron cambios sustanciales que afectaron a la
estructura del comercio internacional, tanto en lo que respecta a las vías de tráfico utiliza- das, al volumen y carácter de las mercancías objeto de comercio, como a las formas de orga- nización comercial. Sin embargo, la mayor parte del crecimiento en volumen y en valor se produjo en el comercio local, es decir, aquel que se establecía entre las ciudades y los terri- torios más cercanos.
El centro del comercio europeo pasó gradualmente del Mediterráneo al mar del Norte y mar Báltico. La cuenca del Mediterráneo perdió su papel central por la disminución del comercio, especialmente de especias, con Asia y África. Los italianos y muy especial- mente los venecianos habían monopolizado el comercio de las especias hasta que Portugal abrió la ruta del cabo de Buena Esperanza, lo que permitió que los productos llegasen a Europa sin la intermediación de las ciudades italianas. También existen otros factores que incidieron en la decadencia del comercio internacional e intercontinental en el Mediterráneo, tales como la caída de Constantinopla, la expansión del imperio otomano por las costas africanas del Mediterráneo, y la aparición de competidores más eficaces, como los comerciantes flamencos y holandeses.
En el comercio intraeuropeo se produjo un cambio en el carácter de las mercancías, ya que una gran parte de éstas pasaron a ser objetos voluminosos y de reducido valor, como metales, madera, pescado, vino, grano, sal, textiles, ganado y materias primas, que se trans- portaban no sólo por vía marítima, sino también por vía fluvial y terrestre. Este cambio, al contrario que en períodos anteriores, donde predominaba el comercio con objetos de lujo, se dio gracias a la reducción de los costes del transporte.
Por lo que respecta al comercio intercontinental esta transformación se produjo a partir del siglo XVII, cuando otros países europeos, además de Portugal y España, consi-
guieron sus propias colonias a las que exportaban manufacturas, y de las que importaban productos como algodón, tabaco, azúcar, etc. Sin embargo, el comercio con Oriente apenas experimentó variaciones. Tradicionalmente los europeos habían cambiado oro y plata por las codiciadas especias, ante la falta de interés de los asiáticos por las manufacturas euro- peas. Este desinterés se mantuvo hasta el siglo XVIII, provocando la continua salida de meta-
les preciosos hacia Oriente.
El resultado más visible de este auge del comercio internacional e intercontinental fue la formación de una red de centros mercantiles, algunos especializados en un sólo tipo de mercancía, como Burgos (lana merina) o Toulouse (glasto para teñir los tejidos). Al depender de un solo producto estos centros eran proclives a experimentar graves crisis cuan- do las condiciones que sustentaban su especialidad variaban.
Otros centros cuyas actividades estaban más diversificadas, y que mantenían un contacto más estrecho con las zonas rurales circundantes, mostraron un carácter más esta- ble y una mayor capacidad de adaptación. Éste fue el caso de Lisboa, Sevilla, Londres, Venecia, las ciudades hanseáticas de Hamburgo, Lübeck y Danzing, así como otras ciuda- des del interior del continente como Lyon, Milán y Ginebra. Sin embargo, el mayor centro comercial, al menos hasta 1570, fue Amberes, donde se comerciaba con todo tipo de mercancías procedentes de Europa y las colonias. De la misma forma que Amberes había sustituido a Brujas cuando esta declinó, a su vez fue reemplazada posteriormente por Amsterdam como centro distribuidor más importante.
La coordinación financiera de los pagos entre los distintos centros comerciales se organizaba mediante un sistema de ferias como las de Amberes, Lyon, Medina del Campo y Génova que eran organizadas a lo largo de todo el año de tal manera que los comercian- tes o sus agentes pudieran reunirse para saldar sus cuentas.
En cuanto a la organización comercial variaba dependiendo del tipo de comercio y de los países implicados en esta actividad. En el continente europeo se mantuvieron durante el siglo XVI las formas organizativas heredadas de los comerciantes italianos consistentes en sociedades, cuyos miembros residían algunas veces en ciudades distintas, y se mantenían infor- mados de la situación política y económica internacional mediante una frecuente correspon- dencia. Estas sociedades emplearon la contabilidad de doble entrada y practicaron el crédito, técnicas ya utilizadas por los mercaderes italianos. Los comerciantes y financieros más impor- tantes en el siglo XVIfueron los Fugger, familia alemana de Augsburgo, en el sur de Alemania.
En Inglaterra la organización comercial era algo diferente. La mayor parte de las exportaciones inglesas se basaban en la lana y los paños de este material, comercio contro-
lado fundamentalmente por los Mercaderes de la Lonja (Merchants of the Staple). Se trata- ba de una compañía regulada, en la cual cada uno de sus miembros comerciaba por su cuen- ta, aunque se atenían a unas normas comunes; tenían una sede central y un almacén (la Lonja) situada en Amberes. A mediados de siglo empezaron a constituirse un gran número de compañías dotadas con cartas de privilegio comercial. Algunas de estas compañías adop- taron la forma de organización regulada descrita anteriormente, pero otras se convirtieron en compañías de capital conjunto, especialmente en el comercio a larga distancia, donde el capital y los riesgos eran excesivos para uno o varios individuos.
La organización del comercio con las colonias era muy distinta de la del comercio intraeuropeo. En Portugal el comercio de las especias procedentes de las colonias portu- guesas era monopolio de la Corona y, por tanto, estaba regulado y controlado por el Estado. La armada portuguesa hacía las funciones de flota mercante y todas las especias eran vendi- das a través de la Casa da India en Lisboa. Los marinos portugueses podían embarcar mercancías en concepto de propiedades personales, que luego vendían en Europa, aunque, lógicamente, el volumen total de este comercio privado fue muy reducido, si se compara con el comercio oficial practicado por el Estado. En cambio en el mercado oriental los portugueses tuvieron que competir con comerciantes musulmanes, hindúes y chinos. Los oficiales de la Corona eran los encargados de realizar las compras de especias en el Océano Índico, y de embarcarlas con destino a Portugal. El pago se hacía en metales preciosos, oro y plata, además de armas y municiones.
En lo que respecta a España el comercio con las colonias también era monopolio de la Corona de Castilla, y desde 1501 se prohibió a los extranjeros (incluidos catalanes y aragoneses) asentarse o comerciar con los nuevos territorios. En 1503 se creó en Sevilla la Casa de Contratación de las Indias, institución que tenía como objetivos reservar para Castilla el monopolio de todo el comercio con América y controlar todo el tráfico que se produjera entre América y España. En los registros de la Casa de Contratación se recogían todos los datos relativos al nombre de las naves, sus capitanes, armamento, carga, valor de ésta y los derechos aduaneros pagados, así como los pasajeros embarcados. Los registros tenían una finalidad claramente fiscal y de control del flujo de metales preciosos.
A mediados del siglo XVIse impuso el sistema de flotas en el comercio con América,
y más tarde con Filipinas. Este sistema establecía la salida de dos grandes flotas, una en primavera y otra a finales de verano, compuestas esencialmente por galeones, que desde Sevilla, la cabecera de la Carrera de Indias, se dirigían una al puerto mexicano de Veracruz y la otra a la llamada Tierra Firme. Ambas flotas permanecían en las colonias durante el invierno, se reunían en La Habana y volvían como un solo contingente en la primavera siguiente. En el último tercio del siglo XVIse puso en funcionamiento una prolon- gación que partía de Acapulco (México) y llegaba a las islas Filipinas, donde intercambia- ba la plata y otras mercancías mexicanas por sedas y porcelanas de China, productos filipinos y otros de origen japonés, para regresar a las costas californianas.
El intento de evitar el contrabando, así como los frecuentes ataques de piratas y corsa- rios fueron las razones por las que se adoptó este sistema. Sin embargo, el contrabando y el fraude en el comercio con América se extendieron rápidamente. Es muy probable que la razón
fundamental fuese la excesiva presión fiscal. Los principales gravámenes sobre el comercio ascendieron aproximadamente al 35% del valor de las mercancías intercambiadas. Para evitar el pago de tan altos impuestos los comerciantes buscaron diversas fórmulas que iban desde la manipulación de los registros a la ocultación de mercancías. A este fraude generalizado hay que sumar el contrabando abierto practicado por los extranjeros y sus agentes españoles mediante el comercio directo al margen de las normas de la Carrera de Indias.
Las flotas se componían de barcos de muy diversos tipos, aunque terminaron por imponerse los galeones, que gradualmente aumentaron su tonelaje. También aumentó el número de barcos que componían cada flota, de los 15 o 20 navíos de principios del siglo
XVIse pasó a unos 70 barcos a finales de siglo.
Respecto a la naturaleza de los intercambios comerciales, Castilla exportaba produc- tos agrícolas (vino, aceite y otros productos derivados), productos manufacturados (telas, herrajes, herramientas, armas, papel, jabón, libros), hierro, así como mercurio destinado al procedimiento de beneficio de la plata, llamado amalgama, que permitía separar fácil- mente la plata de la ganga. Las importaciones se basaban fundamentalmente en metales preciosos (al principio oro, pero después sobre todo plata), aunque también llegaban de América colorantes, cueros, algunos productos medicinales, tabaco, azúcar y cacao.
La plata americana servía para pagar los productos que se llevaban al nuevo conti- nente, pero la mayor parte de estos productos, especialmente las manufacturas procedían de fuera de España y, por tanto, el destino de una parte importante de esta plata fue el norte de Europa. De ahí que se pueda afirmar que el comercio sevillano era un comercio de inter- mediación, en el que muchos agentes españoles actuaban tan sólo como comisionistas, mientras los beneficios de las exportaciones industriales iban a parar a los proveedores extranjeros.
Un caso aparte fue el comercio de esclavos que quedó, por completo y desde el prin- cipio, en manos de comerciantes extranjeros. La existencia de mano de obra indígena en las primeras etapas de colonización, así como la ausencia de bases españolas en las costas occi- dentales de África (como consecuencia del tratado de Tordesillas) apartó a los comercian- tes españoles de este negocio. En consecuencia se recurrió a un sistema de asientos o contratos para la introducción de esclavos. Hasta mediados del siglo XVIIla mayor parte de los asientos fueron firmados con mercaderes portugueses, más tarde con italianos, y, a partir de principios del siglo XVIII; franceses e ingleses obtuvieron el monopolio.