• No se han encontrado resultados

El triunfo de Holanda

DECADENCIA Y AUGE EN LA EDAD MODERNA:

5. LECTURAS RECOMENDADAS 6 BIBLIOGRAFÍA

1.2. El triunfo de Holanda

En el polo opuesto a la triste evolución de la economía española, es la que disfrutó las Provincias Unidas de los Países Bajos o República Holandesa. Ya vimos al hablar del comercio en el siglo XVIen el tema 4 que antes incluso de emanciparse del dominio espa- ñol en 1579, los Países Bajos era una zona próspera especializada en el comercio interna- cional que rivalizó con los comerciante alemanes de la Liga Hanseática, pero desde su

1 Como veremos en el tema siguiente, Mariana escribió un libro Tratado y discurso de la moneda de vellón

independencia, Holanda emprendió la más sólida de las carreras para convertirse en poco tiempo en la primera potencia del continente.

El pilar del comercio holandés era el del Báltico, principalmente de grano y madera, imprescindible para la construcción de su potente flota mercante, su principal industria. Pronto extendieron su área comercial, que llegaba al golfo de Vizcaya y el Mediterráneo. El poderío naval holandés fue capaz de soslayar el bloqueo comercial que sufrió por parte del imperio español, los holandeses construyeron barcos capaces de viajar hacia el oriente, circunvalando África. Este comercio desbancó al portugués rápidamente. A comienzos de siglo el éxito del comercio con las Indias fue tal que el gobierno y varias compañías comer- ciales crearon la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales, una compañía con mono- polio para el comercio con las Indias. Tras el éxito en el Oriente, quisieron hacerse también con el dominio portugués en las Indias Orientales aunque el éxito fue menor. En 1624 inten- taron conquistar las colonias portuguesas en Brasil, pero fueron expulsados y sólo conser- varon Surinam y algunas islas del Caribe. En ese mismo año otro grupo de colonos holandeses fundó Nueva Ámsterdam.

Respecto a su agricultura, ésta experimentó una especialización encaminada a sacar provecho del comercio internacional, para ello se requería hacer una importante inversión en capital que permitiera drenar pantanos y fertilizar las tierras. Los productos lácteos como la mantequilla y el queso o los cultivos de uso industrial pronto comenzaron a apreciarse internacionalmente. Otra de las exportaciones más valiosas eran los tejidos de lana; en este caso aplicaban la máxima mercantilista de exportar la materia prima e importar el produc- to ya elaborado.

A todo ello –como ya aludimos al hablar de las finazas en el siglo XVI– hay que unir los grandes centros financieros, primero de Amberes y posteriormente de Ámsterdam. En cada centro financiero, uno en cada momento, existía un mercado organizado o “bolsa” que funcionaba como centro neurálgico de los negocios internacionales a escala europea. En 1609 se creó el Banco de Ámsterdam, un banco público fundado bajo los auspicios de la propia ciudad. Era un banco de depósitos pero no de emisión, su principal función era proporcionar medios de pago fiables a los mercaderes que acudían a la ciudad. Aunque no hubo importantes innovaciones en el terreno financiero, los holandeses heredaron la refi- nada organización de los comerciantes italianos de la Baja Edad Media como la contabili- dad de partida doble y el uso de instrumentos financieros como la letra de cambio.

Una vez repasadas muy someramente las características del poder económico de los holandeses es pertinente preguntarse por las razones de fondo que auspiciaron su hegemonía económica. Si en el caso español, las finanzas de la corona fue la rémora que coartó todas las posibilidades de crecimiento, habría que señalar aquí las virtudes de las instituciones holande- sas al permitir que se desarrollara el crecimiento sostenido de la economía. North y Thomas inciden en el carácter de la organización sobre la que se sostuvo el crecimiento, una organiza- ción que protegió los derechos de propiedad y eliminó prácticas restrictivas. Entre éstas prácti- cas una de la más importantes es la limitación al libre movimiento de personas.

Durante el siglo XVIy XVII, Los Países Bajos del norte se convirtió en lugar de refu- gio de todos los expulsados de territorios europeos por motivos religiosos o políticos. De

esta manera Holanda se hizo con una mano de obra cualificada proveniente de todos los rincones del continente cada uno de los cuales aportaba un conjunto de conocimientos espe- cializados. En este sentido, como sugiere E. L. Jones, habría que mirar con cierta “indife- rencia divina” las expulsiones que se sucedieron en la Edad Moderna europea, más allá de su posible condena moral, éstas contribuyeron sobremanera a extender internacionalmente un capital humano sin el cuál no podría haberse producido el avance económico. La liber- tad de inmigración sin duda benefició a Holanda tanto como la expulsión de judíos, musulmanes y moriscos perjudicó a España.

Sin embargo, la bandera de la libertad que ondeaba Holanda debería mirarse con cautela en esos momentos en los que la rivalidad entre las naciones europeas era la seña de identidad del siglo XVII. En el caso de Holanda, como lo sería en Gran Bretaña en el siglo

XIX, optaron por una política de libertad comercial porque era lo que más convenía dada su

especialización económica. Un caso que debería reconsiderarse en este sentido es la cono- cida preocupación holandesa por la libertar de los mares, es decir, su defensa intelectual a favor de que se pudiera circular libremente por los océanos. No hay que olvidar que Hugo Grocio (1583-1645), el autor holandés más conocido por mantener esta idea en su libro Mare Liberum [1609], no sólo fue impelido a escribirlo por el deseo de plasmar los eleva- dos valores de la libertad, sino que lo hizo por encargo de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales con el objeto de calmar la conciencia de los accionistas de esta compañía por el apresamiento ilegal de un barco portugués en aguas de las Molucas.

Es cierto que la estructura subyacente sobre la que Holanda basó su desarrollo fue mucho más tolerante con el extranjero, se respetaron los derechos de propiedad de los súbditos y no se penalizó la innovación, pero no por ello deberíamos olvidar el momento histórico en el que nos encontramos, un momento de beligerancia política en que los comer- ciantes holandeses no tuvieron muchos escrúpulos en sacar partido de ello. Como señala Jones, los comerciantes de Holanda no dudaron en suministrar equipo naval a los enemigos de su país en tiempo de guerra, y compensaron sus operaciones invirtiendo en los corsarios que se dedicaban al pillaje de convoyes de barcos que subían por el Canal hasta Ámsterdam. La diferencia fundamental con otros países europeos es que los comerciantes pudieron mantener su espacio de actuación más allá de las luchas, disputas y enemistades que mante- nían las naciones europeas entre sí, algo que como hemos visto no sucedió en España. Este resultado no fue casual ya que durante ese tiempo se gobernó exteriormente bajo el manda- to de los Estados Generales, un órgano de representación que desde mediados del siglo XV

estaba integrado por una oligarquía de las grandes familias de mercaderes. Es por tanto obvio que éstos velaran por la prosperidad de sus negocios.