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El discurso televisivo

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Capítulo IV. Nuevas formas en la narración audiovisual

1. La narración televisiva

1.1. El discurso televisivo

Del mismo modo que hizo con el cine, la investigación semiótica desarrolló constantes intentos de establecer la existencia de un lenguaje específico de la te- levisión. Y de nuevo se topó con la evidencia de un sistema heterogéneo y cam- biante que, por lo tanto, no podía homologarse con un sistema de signos cerrados como el lenguaje verbal. La conclusión de las primeras investigaciones semióticas sobre la televisión fue, de este modo, que no tenía sentido estudiar lo específico televisivo si no era como el análisis de las combinaciones concretas de códigos, siempre heterogéneos e inespecíficos, que han ido desarrollándose en el tiempo. Para abordar un análisis específico de lo televisivo se hace necesario, pues, y como afirma González Requena (1995, pág. 25), centrar la investigación en el fenómeno de la programación, ya que es en ésta donde se encuentra lo especí- fico del discurso de la televisión.

La programación televisiva como discurso

“El estudio de la programación como (macro)discurso permite además ampliar el campo de la investigación semiótica de los fenómenos televisivos más allá de los lí- mites convencionales que caracterizan a la semiótica de la comunicación para incluir todos los procesos de significación implicados en estos fenómenos independiente- mente de que sean objeto de intercambio en los procesos comunicativos […].” “Evidentemente, todos los programas emitidos por una emisora de televisión y que configuran su programación poseen el carácter de mensajes implicados en un explí- cito proceso comunicativo en la medida en que interpelan al destinatario, deman- dando de él una respuesta interpretativa.”

“No podemos decir lo mismo, sin embargo, del conjunto total de estos mensajes que constituyen la programación. El propio proceso comunicativo televisivo funciona como si la programación no fuera más que el marco de una serie continua de actos comunicativos autónomos y bien diferenciados.”

“Plantear, en este contexto, la noción misma de discurso en el nivel del conjunto de la programación y ya no sólo en el nivel de los programas que la constituyen significa identificar un ámbito de significación que no es habitualmente percibido por el des- tinatario (y, en muchas ocasiones, tampoco por el destinador) como mensaje –y ante el que, por el mismo, se encuentra especialmente indefenso.”

“Por otra parte, las mismas unidades de programación reconocidas por el destinatario como mensajes constituyen discursos portadores de múltiples niveles de significa- ción más amplios que los que lo constituyen en mensaje, es decir, los especialmente marcados por el destinador (y reconocidos por el destinatario) como portadores de información.”

“En otros términos, la diferencia entre discurso y mensaje y la mayor amplitud del primer concepto con respecto al segundo, permite descubrir en todo proceso de co- municación ámbitos de significación –es decir, fenómenos semióticos– que escapan a la conciencia y a la voluntad comunicativa de sus agentes; ámbitos, por ello mismo, de especial importancia para el análisis de los efectos psicológicos y sociológicos, si no incluso propiamente antropológicos, y que suelen escapar a la atención tanto de los análisis de contenido de corte funcionalista como de los estudios semióticos de nivel exclusivamente comunicativo.”

Jesús González Requena (1995). El discurso televisivo: espectáculo de la posmodernidad (pág. 26-27). Madrid: Cátedra.

La programación es la unidad sistemática y organizada, la estructura superior del lenguaje televisivo.

A partir de lo que expone G. Requena (1995), podemos definir algunas carac- terísticas del discurso televisivo:

1) La primera es la fragmentación. Los programas televisivos son constante- mente fragmentados, principalmente por la introducción en su interior de men- sajes como anuncios publicitarios, informaciones de última hora o advertencias sobre futuros programas. Asimismo, los programas están divididos generalmen- te en capítulos o entregas emitidas periódicamente, y, muy a menudo, dentro de estas entregas también hay subdivisiones, que pueden prolongarse en otros momentos en diferentes programas. Existen, por otro lado, programas que ca-

recen de autonomía desde el momento en el que remiten a la propia cadena, así como segmentos cuya única función es establecer la continuidad de la propia programación.

2) Una segunda característica es la combinación heterogénea de géneros. La re- lación entre la fragmentación del discurso televisivo y su necesaria presentación en continuidad produce como resultado una combinación muy diversificada de géneros. Esto no se traduce en una crisis de los géneros tradicionales, que se mantienen perfectamente reconocibles, sino en un aumento de su multiplica- ción y su presentación fragmentaria, lo que da lugar a la aparición de nuevos tipos genéricos de programas, denominados técnicamente formatos, que se ca- racterizan, precisamente, por la búsqueda de una perfecta adecuación en su seno de la mezcla de géneros.

3) La tercera característica es la falta de clausura. Como explica G. Requena (1995): “Quizá el aspecto más sorprendente del discurso televisivo es su tendencia a negar toda forma de clausura y, por ello, a prolongarse ininterrumpidamente hacia el infinito”. En esta ausencia de clausura se sustenta la paradoja fundamen- tal de la televisión: su negación del sentido, dado que el sentido de todo discurso nace precisamente, según la teoría de la comunicación, de su clausura.

De esta lectura del discurso televisivo se deriva que las dos condiciones que sustentan el funcionamiento simbólico de la narratividad –la clausura del relato y la demora de su resolución– hacen incompatible, en la teoría, el discurso tele- visivo y la narración.1

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