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EL MARIANISMO: DISCURSO DE LA MATERNIDAD ABNEGADA.

LAS MUJERES Y LAS LEYES EN HISPANOAMÉRICA COLONIAL

7.5. EL MARIANISMO: DISCURSO DE LA MATERNIDAD ABNEGADA.

Frente al fenómeno histórico, cultural y psicosocial de la ideología patriarcal, que en Hispanoamérica cobra una expresión particular en el "machismo", se dio un fenómeno paralelo y complementario, que se gestó en el seno de la comunidad femenina, como contraparte del patriarcalismo y sexismo existentes en la sociedad colonial, fenómeno que algunas estudiosas/os del tema han denominado "marianismo", y que históricamente fue la

Jenny Londoño López Página 88 otra cara de la moneda, es decir, la adecuación de las mujeres a la sociedad dominada por los hombres.

Según Evelyn Stevens, el marianismo nace justamente en la colonia como una forma de "convenio recíproco", por el que las mujeres, influenciadas por la ideología religiosa la moralidad pacata y represiva de la época, y la reducción de sus posibilidades de participación equitativa en su medio, construyeron, a partir de la imagen mítica de la Virgen María, un sistema de ideas y comportamientos que intentaron recuperar para la mujer el respeto y la consideración que el patriarcalismo les había negado.7

Ya que las mujeres no podían reivindicar abiertamente patrones femeninos que representasen participación en la cultura, en el poder público o en el bélico, se produce, entonces, una reivindicación de las mujeres a partir de su identificación con la figura mítica de la Virgen, que sustentaba la Iglesia Católica y que se enlazaba con la figura de la madre, imagen enraizada en el subconsciente de los pueblos colonizados por España. Se trata de una "mujer-madre-doliente" que es, al mismo tiempo, la representación de la pureza y de la castidad, pues según la mitología católica, María no perdió la virginidad a pesar de haber concebido un hijo. Constituyéndose éste en uno de los dogmas de la Fe Católica. Zaira Ary dice al respecto:

"Las mujeres, como herederas de María semi-divinizada, tomada como modelo de sumisión, pureza y sufrimiento, son aparentemente revalorizadas y consideradas, simbólicamente, como salvadoras de la sociedad en cuanto protagonistas en el papel idealizado de madres, dentro de un marco de la familia sacramentada (en realidad, del matrimonio visto como un mal necesario, un pecado <venial>)".8

El marianismo fue, pues, la idea-fuerza que permitió que las mujeres de Hispanoamérica se sintiesen representadas por una imagen mítica que las dignificaba, aún cuando María no hiciera en vida ninguna cosa extraordinaria, más que haber sido elegida para llevar en su vientre al hijo de Dios y esto por una decisión arbitraria de la divinidad; sin embargo, se supone que, por dicha circunstancia, pasó a ser una mujer excepcional. La

7 Stevens, Evelyn, P.: “Marianismo: la otra cara del machismo en Latino-América” in Pescatello, Ann (compiladora)mHembra y macho en América latina: Ensayos. México, Ed. Diana, 1977.

8 Ary. Zaira: "El Marianismo como 'culto' de la superioridad espiritual de la mujer. Algunas indicaciones de la presencia de este fenómeno en el Brasil", en: Palma, Milagros (coordinadora): "Simbólica de la Feminidad p. 78.

Jenny Londoño López Página 89 función maternal pasó a reemplazar la sexualidad femenina que será repudiada, desvalorizada y reprimida por el orden social vigente y, en especial, por la Iglesia.

Fenómeno ideológico complejo, el marianismo se asentó en una serie de conceptos religiosos inculcados a las mujeres desde el surgimiento de las sociedades patriarcales, uno de los cuales era precisamente el del sufrimiento como característica inherente al hecho de ser mujer: dolor y pérdida de sangre en la menstruación y en el parto. Se suponía que la vida de las mujeres estaba atada al sufrimiento desde la cuna. Ellas nacían predestinadas para el servicio de los hombres y para la dependencia. Eran quienes forjaban en el hijo al futuro dominador y terminaban siendo ellas mismas, sus propias víctimas.

De este modo, a lo largo de la historia, la capacidad para sufrir y el servicio desinteresado a los demás terminan siendo cualidades propias de lo materno-femenino. Pero, la mujer trueca en fortaleza el sufrimiento, manipulando consciente o inconscientemente el sentimiento de la maternidad y convirtiendo en trinchera de poder la capacidad exclusiva de su género: la capacidad de ser madre, de alumbrar y amamantar a los hijos. Y puesto que todo hombre viene de una mujer, tiene en su recuerdo la relación materna como su primera relación con el mundo, lo que fijaría en él una especie de deuda existencial con la madre.

La mujer, entonces, utilizará este recuerdo, lo recreará y usará para imponerse al hombre recordándole aquella su "deuda universal" -la de haber recibido de una mujer el don de la vida- y, su capacidad de sacrificio, de sufrimiento, de entrega. Y es allí donde su imagen materna se confunde con la imagen de la Virgen, cuya visión más difundida es la de una madre dolorosa, que recibe en brazos el cadáver de su hijo amado. Desde luego, el marianismo, al convertirse en el único y estrecho camino hacia el reconocimiento de un valor específico del sexo femenino, era sustancialmente una trampa contra el desarrollo de una identidad autónoma.

La mujer perdió así, toda identidad, independiente de sus funciones biológicas, y pasó a convertirse fundamentalmente en la procreadora. Oficialmente ella era una madre y, por tanto, sus atributos y méritos eran los que le habían adjudicado la iglesia y la sociedad como gestora de hijos. Su destino, sus goces, sus sufrimientos, sus deseos, estaban

Jenny Londoño López Página 90 vinculados intrínsecamente a su condición de madre, Y aquella que no llegaba a procrear tenía un estatus socialmente degradado, pues era la negación de la "feminidad". Si era una casada estéril, podía ser repudiada por el marido, según un código consuetudinario, aplicado en casi todas las sociedades antiguas y en algunas modernas y, en la mayoría de los casos, se convertía en una especie de víctima de la conmiseración humana, pues era, de acuerdo a la ideología colonial, una mujer incompleta que nunca podría sentirse realizada.

Si era una soltera madura, se convertía en la burla de los demás, pues se la consideraba un ser incompleto y fracasado, al que no le quedaba más reducto que el del fanatismo religioso, y era motejada de beata o calificada despectivamente como solterona. Al mismo tiempo, la mujer que, habiendo preservado su virginidad, escogía el celibato y profesaba en una orden religiosa era admirada, respetada y considerada, y podía llegar a los altares. Gran paradoja de la cristiandad: a la par que exaltaba la maternidad, sólo premiaba con las palmas de la gloria a las mujeres que renunciaban a la sexualidad y optaban por el celibato: las monjas y las beatas.

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