LAS MUJERES Y LA PALABRA: UN INSTRUMENTO DE PODER
LA INQUISICIÓN EN AMÉRICA: PERSECUCIÓN A BRUJAS, IDÓLATRAS, CURANDERAS Y ADIVINAS
15.2. LA ACCIÓN INQUISITORIAL CONTRA LAS IDOLATRÍAS
2 Foucault, Michael : "Vigilar y Castigar, nacimiento de la prisión. " Siglo XXI Editores, p.16.
Jenny Londoño López Página 193 El tribunal del Santo Oficio se estableció en Iberoamérica, a partir de 1570, en Lima un año después de que por Cédula Real de Felipe II, del 25 de enero de 1569, fuese decretado su establecimiento. Un año más tarde se fundó en México y en 1610, en Cartagena de Indias. En Perú, todo el aparato represivo inquisitorial se concentró en procesar herejes, apóstatas, blasfemos, supersticiosos y lectores de libros prohibidos, pero también se preocupó de las llamadas "idolatrías" y de las prácticas mágicas y adivinatorias de los habitantes del Nuevo Mundo.
“La Inquisición perseguía en América los mismos fines que en otras tierras hispanas: velar por la pureza de la fe católica luchando contra la «herética pravedad y apostasía», con especial vigilancia respecto de prácticas o ideas, musulmanas, luteranas e iluministas. Hay que hacer hincapié en una de las Instrucciones dadas a los nuevos inquisidores de Lima y México (la 34): «No habéis de proceder contra los indios..., por ahora.» Los excesos cometidos en la represión de la idolatría indígena en México y en otros lugares aconsejaron sin duda esta medida prudencial. Los indios, considerados neófitos en la fe, quedaban, pues, al margen del fuero inquisitorial, detalle que no se debe perder de vista cuando se pretende hacer cálculos y comparaciones. En cambio, extraña más encontrar entre los condenados por el Santo Oficio a negros (tanto esclavos como libres,«bozales» como criollos), por no hablar de los mestizos, mulatos y demás zambos.”5
En la Audiencia de Quito había un capítulo de la Inquisición, donde empezaba la persecución e investigación de los reos, que después eran enviados para su procesamiento a Lima. A mediados del siglo XVII, el Inquisidor era el doctor Matheo de Amusquibar, quien presidía la corte inquisidora, acompañado del ordinario de Quito, fray Tomás de Santiago Concha, de la Orden Franciscana, “ex-definidor, ex-provincial, doctor en teología, catedrático de Prima y jubilado de la Universidad de San Marcos, examinador sinodal, calificador y consultor de la Inquisición”. Había además otros miembros consultores, tales como fray Francisco Xavier Torrejón, “de la Real y militar orden de Ntra. Sra. de la Merced, ex provincial y catedrático de Segundas Vísperas de Teología de la misma
5 Maurice Birckel: página web de la biblioteca Gonzalo de Berceo, Art. La Inquisición en América. http:/www.vallenajerilla.com/
Jenny Londoño López Página 194 universidad”; fray Tomás de Velasco, de la Orden de Predicadores, y el padre Juan Sánchez, de la Compañía de Jesús, catedráticos de artes y sagrada teología”.6
Convertida en "brazo persecutor y sancionador de la Iglesia", la Inquisición vigilaba celosa y rigurosamente el que personas legas, no aptas y preparadas para la discusión religiosa, interviniesen en asuntos de la fe. En lo particular, las mujeres estaban prohibidas de opinar sobre la doctrina religiosa, por ser consideradas no aptas para tales disquisiciones. De ahí que algunas monjas y beatas fuesen interrogadas o amedrentadas por el Santo Oficio en las colonias hispanoamericanas, por sostener concepciones teológicas que rebatían las establecidas por los doctores de la fe, o por relatar visiones en las que aseguraban haber visto a Jesucristo o a la virgen o a Dios padre, hablándoles o solicitándoles alguna acción en especial.
Recordemos aquí, a modo de ejemplo, la sorda persecución a sor Juana Inés de la Cruz, en Nueva España, que terminó "en una derrota de la pensadora y escritora y no en una simple y humillante conversión de la monja", como lo precisara Octavio Paz en su magnífico ensayo "Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe". Otro caso, aunque de diferente contenido, es el de Ángela de Carranza, procesada en el Perú, entre 1689 y 1694 y analizado por María Emma Mannarelli en su libro "Hechiceras, Beatas y Expósitas: Mujeres y poder inquisitorial en Lima.7
Otro objetivo del Santo Oficio fue la lucha enconada contra las llamadas “idolatrías”, es decir, contra las creencias religiosas, cultos y rituales de los habitantes originales de estas tierras. Los eclesiásticos españoles sabían que dichas creencias constituían el reducto más íntimo e inexpugnable de los vencidos y que, si no lograban sustituirlas por la religión católica, era muy difícil imponer la dominación europea como un mandato de la voluntad divina. Y esto lo comprobaron hasta la saciedad, en los múltiples levantamientos indígenas, en los que -a menudo- fueron las mujeres indias las más feroces rebeldes y combatientes contra los curas y su Iglesia, mostrando en ocasiones un repudio tan frontal hacia éstos, que
6 Archivo Histórico Nacional de Madrid (en adelante AHNM), Fondo Inquisición, Legajo 5346. F.13.
7 Mannarelli, María Emma: Hechiceras, Beatas y Expósitas: Mujeres y poder inquisitorial en Lima. Ediciones del Congreso del Perú, Lima, 1998.
Jenny Londoño López Página 195 no dudaron en matarlos y arrancarles el corazón como parte de un ritual ancestral de venganza, como en el caso de Lorenza Peña, Jacinta Suárez y Lorenza Avimañay.
El sistema colonial buscó eliminar por todos los medios la pertinaz resistencia cultural indígena, y en esta tarea compitieron virreyes y obispos. María Antonia Garcés señala, que el concepto de brujos o hechiceros no existía en el mundo andino, éste fue traído por los españoles y que, en el Perú, a partir de la acción proselitista de la Iglesia, el demonio se convirtió en el padre de la idolatría.8
Los casos más conocidos de extirpación de idolatrías, según María Luisa Laviana, "son los del Perú y particularmente los del arzobispado de Lima, auténtico epicentro de las campañas extirpadoras, sobre todo, a partir de 1609," con la acción del arzobispo Lobo Guerrero. En cambio señala que en el arzobispado de Quito "no abundan las fuentes, sobre este tipo de actividad ni siquiera para los siglos XVI y XVII".9
En efecto, en el Perú, el virrey Francisco de Toledo (1569-1581) aseguraba que el principal efecto de la visita general y personal suya era el "de extirpar idolatrías, hechicerías y dogmatizadores para que la doctrina del Evangelio caiga en disposición y tierra que pueda hacer fruto".10 Recogió así, una serie de normativas en sus famosas
Ordenanzas, de cuyo cumplimiento se encargó a los visitadores enviados a cada provincia del virreinato: entre otros, al licenciado Francisco de Cárdenas y el doctor Hinojosa, enviados a la provincia de Quito, a Bernardino de Loaysa y el doctor Molina, enviados a la provincia de Guayaquil y Portoviejo y al capitán Juan de Narváez, enviado a la de Zamora, Loja y Jaén.
En su "Instrucción general para Visitadores", Toledo les encargó averiguar "qué indios hechiceros hay en cada repartimiento y el daño que han hecho, y hacen, para la conversión de los indios, y la orden que se podrá tener para excusar que no hagan daño ni
8 Garcés, María Antonia: Fundaciones míticas: El cuerpo del deseo en Waman Puma en "Mujer y cultura en la Colonia Hispanoamericana", Mabel Moraña ed., Biblioteca de América, Universidad de Pittsburgh, 1996.
9 Laviana, María Luisa: "Brujas y curanderas de la Colonia", Universidad Estatal de Bolívar, Quito, 1996, pp. 8-9. 10 Sarabia Viejo, María Justina: Francisco de Toledo. Disposiciones gubernativas para el virreinato del Perú. 1569-1574. EEHA, CSIC, Sevilla, 1986, p.252.
Jenny Londoño López Página 196 impidan la doctrina". De otro lado, "en lo que toca a los dogmatizadores... se instruía que "se podría y debía proceder contra ellos hasta penas de muerte".11
El control del virrey se dirigió prácticamente contra todos los aspectos de la cultura indígena, por considerarla una trinchera de resistencia a la dominación. Por ejemplo, combatió toda representación artística de los indios, porque reproducían sus antiguos ídolos y dioses, en especial "las pinturas y figuras que tuvieren en sus casas y edificios" y mandó que las quitaran y que en su lugar colocasen "cruces y otras insignias de cristianos".
María Luisa Laviana, en "Un proceso por brujería en la costa ecuatoriana a fines del siglo XVIII: La punta de Santa Elena, 1784-1787", analiza un juicio sumario por brujería que fue resuelto por el Obispo de Quito, Blas Sobrino y Minayo. En la península de Santa Elena, perteneciente a la antigua provincia de Guayaquil, se llevó a cabo una cacería de brujos y brujas hacia fines del siglo XVIII. El 20 de enero de 1784 fueron arrestadas 34 personas, residentes en los pueblos de La Punta, Colonche, Chanduy y el Morro, entre ellos 25 hombres y 11 mujeres, de las cuales 10 eran indias y 1, mestiza. Todos/as fueron acusados/as de ejercer la brujería.12
Del proceso descrito y analizado por Laviana se desprende que había un rechazo total de los indios de La Punta hacia los sacerdotes y la religión católica, animadversión que 17 años de trabajo evangelizador del párroco Peña no lograron cambiar. Por esta animadversión, el cura de la localidad, ante el temor de una airada reacción de sus feligreses, se rehusó a quemar públicamente y en un día festivo los ídolos, materiales e instrumentos de la infidelidad, idolatría y hechizo, como le fuera ordenado por el Obispo de Quito, quien terminó aprobando la libertad de los reos, por considerar que eran indios miserables y que merecían ciertos privilegios especiales “en razón de su rudeza y de su constitución de neófitos”.13
11 Ídem, p.253.
12 Ver María Luisa Laviana, "Brujas…."ob.cit. pp. 17 a 38. 13 Ídem, pp.117-118.
Jenny Londoño López Página 197 Este caso, de idolatría rural, aparece como un ejercicio casi colectivo de una comunidad, en la que todos son indígenas y en la que, la actividad fundamental que ejercen los acusados/as de brujería es la del curanderismo. Cabe aquí pensar que, la misericordia del poder eclesiástico tuvo que ver con el hecho de que "la jurisdicción sobre los nativos le estaba vedada al tribunal, pues le estaba reservada al obispo en su calidad de ordinario."14 De otro lado, se nota que la Iglesia descubrió que el repudio de los curanderos y de la misma población se debía al relajado y abusivo comportamiento de los mismos curas párrocos del lugar.
Como parte de la lucha contra las idolatrías, la inquisición se empeñó también en perseguir a las mujeres que practicaban la superchería, superstición y adivinación, o que se dedicaban a la elaboración de filtros de amor y la realización de conjuros amatorios. Esta idolatría tenía un carácter diferente pues se caracterizaba por una práctica urbana, ejercida mayoritariamente por mujeres, generalmente pertenecientes a las llamadas castas y cuyas actividades estaban más relacionadas con el sortilegio y muy poco con el curanderismo. Estas mujeres en su mayoría eran consideradas de "mala vida", a causa de su promiscuidad sexual o del apoyo que brindaban a otras mujeres en sus relaciones sexuales y amorosas.
La Iglesia trataba en general de controlar la vida de las mujeres hacia el cumplimiento de la doctrina Católica. Pero, enfrentada a acciones individuales o sociales que desafiaban las normas eclesiásticas, esta institución perfeccionó algunos mecanismos para conocer hasta los más íntimos aspectos de la vida de los individuos, como las relaciones de pareja y la sexualidad, imponiendo un rígido control sobre la vida privada.
Una forma de hacerlo era a través de las enseñanzas que se impartían durante la misa y otros rituales católicos; otra, a través de la coacción ejercida con los sacramentos de la confesión y la comunión. Con el primero, se obligaba a las mujeres a declarar sus más profundas intimidades, incluidos los "malos pensamientos", las ensoñaciones, las fantasías; a su vez con el segundo sacramento, se ejercía una suerte de vigilancia social, no sólo del sacerdote sino de toda la feligresía, que estaba pendiente de quién comulgaba y de quién no lo hacía.
14 Greenleaf, Richard E.: "La Inquisición en Nueva España, siglo XVI", Fondo de Cultura Económica, México, 1985, p. 187.