IDENTIDADES Y ÉTICA SEXUAL EN LA COLONIA
10.3 ¿LAS MUJERES, MEDIADORAS ENTRE LO HUMANO Y LO DIVINO?
Alrededor de la canonización de Mariana de Jesús, del surgimiento de varias santas y advocaciones de la virgen, surgen una serie de reflexiones relacionadas con el papel de la mujer en la religiosidad popular. La iglesia, responsable directa, de la infantilización de la mujer, de su descalificación intelectual y moral, de su cosificación, la convierte a su vez, en su mejor aliado o tal vez, sería más exacto decir: en su instrumento. La ignorancia, a la que se la ha sometido por milenios, es el mejor sustento del fanatismo. La mujer que ha sido desprovista de todo poder, accede a un cierto status que le proporciona el supuesto imaginario de su superioridad espiritual sobre el hombre.
La iglesia apela a su rol de madre, a su limitada visibilidad del mundo exterior, a su forzado aislamiento y a su generalizado conservadurismo. Las mujeres, víctimas de un complejo de culpa secular están dispuestas a entregar sus vidas, si es necesario, para purificarse. Son pues, las candidatas perfectas a la santidad.
En un mundo lleno de "idolatrías", forma descalificativa conque designaba la iglesia a otras creencias y cultos religiosos, que venían de culturas ancestrales, y que servían como formas identitarias defensivas de los grupos sociales oprimidos y sojuzgados a partir de la Conquista, la iglesia necesitaba paradigmas que permitiesen un más efectivo control de la feligresía indígena, negra y mestiza.
Al respecto, Rosemarie Terán señala que “la iglesia parece haber favorecido de forma particular la creación de santos durante la primera mitad del siglo XVII; puesto que, de manera especial, las canonizaciones aumentaban el prestigio de los papas.. y ...canonizar santos criollos sin duda representaba para las ciudades hispanoamericanas un signo de prestigio”.5
Otra razón de peso para la explicación de este fenómeno la encontramos en las necesidades de la Contrarreforma, como lo explica Carlos Fernández de Córdova: “Esta proliferación de santas se debió a la Contrarreforma que estimulaba la santidad como
5 Terán Najas, p. 67.
Jenny Londoño López Página 126 prueba de la presencia de lo sobrenatural y promovía un ambiente general de credulidad (credo quia absurdum) como expresión inequívoca de la lealtad a la Institución.
Creer en lo patentemente absurdo probaba la lealtad a la iglesia demostrando una “fe pura como el oro”, o “libre de escorias de dudas”.6 Fernández de Córdova va más lejos, cuando afirma que “la Contrarreforma es también la época en que la virgen María -la virgen del Quinche, y la de Guápulo surgen en el siglo XVII- ocupa el centro de la religiosidad y esto, sin duda, refuerza el papel de las mujeres como mediadoras entre lo humano y lo divino”.7
¿Por qué, nos preguntamos, las mujeres pasaron a convertirse en mediadoras entre los hombres y Dios? ¿No estuvieron siempre relegadas a un puesto secundario en la cristiandad? ¿No fueron declaradas durante siglos, seres sin alma, hasta que el Concilio de Trento determinó que sí tenían alma? ¿No fueron señaladas como seres débiles y sin voluntad ante las tentaciones del demonio y, por lo tanto, peligrosas para la virtud del hombre? ¿No fueron sistemáticamente apartadas de la ciencia por temor a que el conocimiento las descarriase?
La mediación femenina entre los hombres y la divinidad no fue gratuita ni arbitraria, puesto que se centró en la utilización de la mujer como último recurso reconstitutivo del hecho religioso. Ante el avance imparable del pensamiento científico, ante la fuerza arrolladora del humanismo, en el que estaban embarcados los hombres –detentadores absolutos del poder y del saber– la Iglesia se aferró a las mujeres, detentadoras de una profunda fe, que se generaba sobre todo en las grandes mayorías que se debatían en la ignorancia y en la miseria, productos ambas del patriarcalismo, de la explotación de los poderosos sobre las clases subordinadas, y por la misma Iglesia, que justificaba esa infame explotación señalando que los sufrimientos de los pobres en esta vida, los conducirían al cielo. Las mujeres estaban pues, supeditadas a lo místico y sobrenatural como tabla de salvación de una vida negada al trabajo digno y bien remunerado, al reconocimiento social, a la creatividad y a los placeres del conocimiento racional.
6 Fernández de Córdova, Carlos E.: “Cuerpo, visión e imagen en la religiosidad barroca”, en revista Nariz del Diablo, II época, No. 20, p. 53.
Jenny Londoño López Página 127 Desde luego, esa utilización no convirtió a las mujeres en sujetos activos de la religión, ya que siguieron siendo sujetas pasivas y dependientes de las rigurosas normas eclesiásticas, que impedían e impiden a la mujer católica, hasta el día de hoy, ocupar cargos de importancia en la institución eclesiástica y ser ordenadas como sacerdotisas, aunque está comprobado por estudios recientes que quienes sostienen a la cristiandad en el mundo son en su gran mayoría, las mujeres, en una relación de 70 a 30 y que en el ámbito de las personas que profesan en órdenes religiosas, la relación entre mujeres y hombres es de 7 a 1.
Las mujeres que fueron siempre objeto pastoral de fácil manipulación, pasaron a convertirse en el objeto simbólico y visual de la Iglesia, que exhibía ante los feligreses las imágenes del barroquismo religioso, tan necesarias para la continuidad de la fe ciega en aquellos momentos de crisis teológica.
Surgieron así las múltiples advocaciones de la Virgen María, que explotaban diferentes aspectos de la religiosidad popular, como por ejemplo: Nuestra Señora de Cantuña (“de los Indianos”), Nuestra Señora de Belén, La Reina de los Ángeles, Nuestra Señora de Illescas, Nuestra Señora de la Consolación, Nuestra Señora de Guápulo y Nuestra Señora del Quinche (todas estas en Quito), Nuestra Señora del Cisne (Loja), la Virgen del Guayco (Corregimiento de Chimbo), la Virgen de las Lajas (Corregimiento de Pasto), la Virgen del Rocío (Gobernación de Cuenca), Nuestra Señora de Agua Santa, (Baños, Tenencia de Ambato).
La mayoría de estas vírgenes eran imágenes mestizas, similares a la famosa Virgen mexicana de Guadalupe, o adaptaciones locales de ésta, pero representaban la dualidad “virgen y madre”, dualidad que también tenía profundas significaciones en la cultura incásica.
Preocupada con los procesos independentistas de América y ante el avance del pensamiento liberal, el desarrollo de las ciencias exactas y humanas y la instauración del sistema republicano, la Iglesia volvería a utilizar a la mujer, en contra del pensamiento progresista. Más tarde y una vez instaurada la república, ante la irrupción del concepto de laicidad en las sociedades hispanoamericanas, y la presencia de revoluciones y caudillos
Jenny Londoño López Página 128 liberales, la Iglesia enfocó nuevamente sus baterías hacia la mujer y la utilizó como bastión del pensamiento ultraconservador y como defensora de sus amenazados dogmas. Incluso, en el Ecuador, la Iglesia desarrolló estrategias para apoyar e impulsar la aprobación del voto femenino, después del triunfo de la Revolución Liberal, pero no porque le interesara que las mujeres pudieran participar de las decisiones del poder sino porque la Iglesia calculaba que si pudieran votar las mujeres en los procesos electorales, apoyarían las políticas de los candidatos del Partido Conservador, profundamente ligado a la Iglesia Católica y así tendrían un arma mortífera contra su más acendrado opositor, el General Eloy Alfaro, y su sector radical liberal.
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