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LA SEXUALIDAD REPRIMIDA Y LA SEXUALIDAD IMPUESTA

IDENTIDADES Y ÉTICA SEXUAL EN LA COLONIA

9.3. LA SEXUALIDAD REPRIMIDA Y LA SEXUALIDAD IMPUESTA

Mucho se ha escrito acerca de la sexualidad humana. En los primeros tiempos cuando predominaban las concepciones metafísicas, la sexualidad era objeto de una atención desde la visión reguladora de la moral y la ética. La sexualidad era tenida como una especie de fatalidad biológica que dominaba el cuerpo y las mentes, era una especie de poder irracional que provenía de la naturaleza animal, de los humanos. El deseo sexual era un poder perverso y vergonzante, que, podía llevar a las personas irremediablemente a la destrucción si no eran amarrados, reprimidos, castigados, silenciados, y censurados esos "oscuros" instintos sexuales.

Después el sexo pasó a ser objeto de investigación y estudio por parte de las ciencias biológicas y médicas. Cuando se conoció un poco más de su fisiología y de las diferencias entre los sexos, pasó a formar parte del entramado normativo de la dicotomía salud/enfermedad. Posteriormente, la sexualidad se convirtió en el objeto de estudio de

Jenny Londoño López Página 111 una ciencia específica, el Psicoanálisis, que le cambió su estatus en el mundo moderno. Sin embargo, la sexualidad en la colonia estaba todavía revestida de un hálito demoníaco y perverso, cosmovisión traída por los clérigos españoles estudiosos de los viejos escritos medievales, en donde predominaba una visión misógina de la mujer, equiparada siempre con la figura de un diablo de hermosa y tentadora presencia.

Refiriéndose a la Edad Media, H. Bloch decía que la misoginia "domina los escritos, cartas y sermones eclesiásticos, los tratados teológicos, las discusiones y compilaciones de la ley canónica; los trabajos científicos, como parte del conocimiento biológico, ginecológico y médico; el folclor y la filosofía."22 Todas aquellas concepciones sobre la mujer y su sexualidad fueron incorporadas a la sociedad colonial en sus prácticas cotidianas y fueron socializadas a partir de la formación en el hogar, de la educación formal, del estamento jurídico y sus normativas, regulaciones y sanciones, del aparato eclesiástico, pues como dice Bloch:

"...el hombre y la mujer no nacen ya sexuados, sino que devienen tales a través de su historia infantil, de sus relaciones intersubjetivas originarias en el seno de la cultura. Lo único que está definido en el momento del nacimiento es el sexo anatómico, pero no ocurre lo mismo con la posición subjetiva que cada uno habrá de asumir en tanto ser sexuado, ni con su <identidad> sexual, producto de sus identificaciones y de la interiorización de ideales culturales relativos a la feminidad y a la masculinidad, ni con la orientación de su deseo sexual."23

En la Colonia se conformará un sujeto femenino simbólico a través de las representaciones del discurso jurídico en el aparato estatal colonial, que sería producido por esa estructura de poder y cuyos efectos estarían presentes en la sociedad, en términos de la determinación de una situación de inferioridad del sujeto femenino y de su minusvalía ante la ley. Pero este sujeto sufrirá mutaciones y transformaciones, si lo perfilamos desde la vida cotidiana o a través de las voces femeninas que integran dicha sociedad, ya no desde las voces masculinas del poder, de la institucionalidad colonial y desde las normativas escritas, sino desde las voces irreverentes de las mujeres pertenecientes a los sectores subordinados, quienes podían desafiar las imposiciones del

22 Bloch, R.H. : "Misoginia Medieval y la Invención del Amor Romántico Medieval", Río de Janeiro, Ed. 35, 1995, p. 15, en Boletín No.12, año 6, Uberlandia, segundo semestre 1998. p.1.

Jenny Londoño López Página 112 poder institucional en su comportamiento sexual y genérico. Así, mestizas, indias, mulatas, negras esclavas y libertas respondían de manera diversa al discurso del poder jurídico o religioso y frecuentemente lo socavaban con el ejercicio de una sexualidad que rompía las normas, a través del amancebamiento, la promiscuidad, el adulterio femenino, la prostitución, o las prácticas de curanderismo, brujería o magia.

En la sociedad colonial, la mujer vivía una especie de esquizofrenia. Por un lado, la preparaban desde pequeña para casarse y servir a un hombre con toda fidelidad. El amor, le decían, será producto de la convivencia. Desarrollaban en ella las bases ideológicas de su dependencia y sumisión. Aprendía que los deseos sexuales de su marido eran órdenes para ella y que atenderlos hacía parte de sus más estrictas obligaciones. Simultáneamente, las mujeres recibían otros mensajes desde el púlpito: el sexo era pecado, las relaciones sexuales no debían producir placer, pues esto era sucio y reprochable, la sexualidad solo se justificaba si se realizaba con el objeto de procrear, la mujer debía ser pura y casta, y si lograba conservarse virgen, encontraría el camino de la perfección.

Por otro lado, estaban las pulsiones sexuales propias y normales de todo ser humano, que generaban conflictos no solo a las mujeres solteras, sino también a las casadas, y a las mismas religiosas. En este último caso, existen abundantes referencias a las tentaciones del Demonio de las que las monjas hablan en algunos de sus escritos, razones con las que justificaban sus flagelaciones y ayunos. Pero también dentro del matrimonio, había tremendos conflictos, cuando el marido exigía el cumplimiento de sus deberes conyugales, y la esposa no sentía atracción ni amor alguno por su cónyuge, pero al mismo tiempo, debía aceptarlo, pues esta era una de las garantías que una mujer tenía para lograr retener a su marido a su lado.

Simultáneamente, la Iglesia condenaba al sexo como algo pecaminoso. Sin embargo, a pesar de aquel discurso central y primordial sobre la castidad, la Iglesia no podía dejar de reconocer que había un solo método conocido y eficaz para cumplir con aquella orden bíblica de ¡Creced y multiplicaos! Entonces, la mujer debía tener todos los hijos “que le mandase Dios”, pero únicamente dentro del marco del matrimonio consagrado por la Iglesia.

Jenny Londoño López Página 113 A lo mejor este mandamiento de que las mujeres vivieran pariendo hijos no tenía el significado bíblico de procrear para poblar el mundo de creyentes que alabaran a Dios, sino la perversa intención de que las mujeres se mantuvieran embarazadas la mayor parte del tiempo y, el resto, atendiendo a sus críos, y así se disminuyeran las posibilidades de dedicarse a la sensualidad y de hacer el amor con el consabido peligro de que llegasen a descubrir el placer y peor aún, que terminara gustándoles.

Lo más terrible de esta situación es que cinco siglos después, ésta sigue siendo hasta la actualidad la política de la Iglesia Católica, que continúa negando el derecho de las mujeres al control de su cuerpo y al ejercicio libre y responsable de su sexualidad, a través del acceso a políticas de control de la natalidad, que respeten su derecho a conocer y a decidir sobre los métodos anticonceptivos y sobre su salud sexual y reproductiva. Es así como en todos los países en donde se han aprobado leyes avanzadas con enfoque de género para las mujeres, en relación a sus derechos sexuales y reproductivos, la Iglesia ha sido la principal oponente y ha utilizado todas las armas de las que dispone, dado su gran poder político y económico para interferir, cuestionar e impedir su aprobación.

Hasta el día de hoy, la Iglesia solo permite el llamado método natural del ritmo, que es un método muy poco seguro y que por lo mismo crea angustia en la mujer que lo utiliza. Al mismo tiempo, la institución eclesiástica condena el aborto y lo cataloga como un crimen, aunque durante siglos, la Iglesia aceptó que éste se realizara, lo que obedece al milenario deseo de castigo eclesiástico, que empieza con el mito bíblico de que las mujeres parirán con dolor, por el ya conocido pecado original. Según, Bertrand Rusell, para la Iglesia los partos eran una especie de disuasivo del placer sexual, pues "si una mujer tiene un hijo por año hasta que muere agotada, no va a tener gran placer en su matrimonio...".24 Y de hecho, esto fue una realidad en la Edad Media, durante el período colonial y a lo largo de buena parte de los períodos republicanos, en los que no se habían desarrollado los métodos actuales de control de la natalidad, aunque es sabido que las mujeres indígenas y sus curanderas conocían desde tiempos inmemoriales el poder de determinadas plantas que contenían sustancias abortivas.

24 Rusell, Bertrand: Op.cit. pp. 36,37.

Jenny Londoño López Página 114 Para la institución eclesiástica, sólo dentro del matrimonio la sexualidad era permitida, siempre y cuando ésta se ejercitase para la procreación. Para evitar caricias deshonestas, los casados sostenían las relaciones sexuales enfundados en largas y sendas batas de dormir y con una sábana santa de por medio, que contenía una abertura en el centro.

La mujer se desvestía en un cuarto pequeño adjunto a la habitación nupcial y, cuando ya se había acostado, pasaba el marido a colocarse su ropa de dormir. Antes de hacer el amor, los confesores recomendaban a la pareja rezar una oración, pidiendo perdón a Dios por el eventual placer próximo: “Dios mío, perdona este sacrificio que hacemos a tu servicio. No es por vicio ni por fornicio sino por tu santo beneficio. 25

Esta dualidad entre la necesidad de la sexualidad y el miedo forjado por los prejuicios sociales y la represión de la Iglesia; entre el deseo y la repugnancia, convirtió a la mujer en un ser escindido, que no lograba asumir su sexualidad de manera natural, que no podía disfrutarla y sobre la cual no podía decidir con autonomía. Ella poseía un cuerpo sobre el cual no tenía ni podía tener conocimiento alguno, disfrutar de sus sensaciones, o simplemente tomar posesión de él o controlarlo. Además, hacer el amor conllevaba casi siempre la imposición de una maternidad, que no siempre era deseada, pues las mujeres no tenían métodos adecuados de control de la natalidad, ni conocían la relación entre sus ciclos menstruales y su fertilidad.

María Milagros Rivera, en sus reflexiones sobre “El Cuerpo Femenino y la <Querella de las Mujeres>" dice:

"Tener un cuerpo femenino marca y condiciona nuestra entrada en lo social de manera distinta que los hombres. Tener un cuerpo femenino marca y condiciona nuestra entrada, antes que, típicamente, el lugar que ocupemos en las relaciones de producción (aunque esta intervenga inmediatamente después). Y este cuerpo femenino no es sinónimo de cuerpo de mujer porque entre ambos se ha introducido la política sexual del patriarcado; una política que se manifiesta, por ejemplo, en la marginación de la genealogía materna y en las limitaciones que todas las sociedades históricas conocidas han impuesto en lo que se refiere al control de las mujeres sobre su propio cuerpo. Porque las mujeres debemos ser intercambiadas entre hombres e integrarnos en el linaje del padre, olvidando el de la

25 Suponemos que esta oración proviene de la época colonial, pues es parte de las tradiciones orales del Ecuador y se usaba hasta principios de este siglo. Lo recuerda un informante azuayo: René Andrade.

Jenny Londoño López Página 115 madre, para que las sociedades funcionen en paz, como ya mostró magistralmente Claude Lévi-Strauss."26

Este cuerpo femenino tan profundamente desconocido y, en ocasiones, rechazado por las mismas mujeres, será en realidad un objeto de uso, de apropiación, de disfrute para el hombre. El cuerpo de la mujer representará para los hombres el objeto ocultamente deseado, pero también odiado, temido y vilipendiado. Muchas mujeres aprenderán a detestarlo y a aborrecer y temer las sensaciones que en él se producen. Las secreciones, el flujo menstrual, el agua de la fuente, los olores sexuales despertarán más la repugnancia que la aceptación de algunas féminas y también de los hombres. Esa represión y expropiación del cuerpo y de las sensaciones eróticas exacerbaban los temores, creaban un sentimiento de amenaza, hasta producir en ellas una dislocación entre el cuerpo y la mente, desajustes emocionales que, en muchas ocasiones, llevaban a las mujeres a desarrollar enfermedades sicosomáticas o, incluso, al desquiciamiento total.

Como producto de esta represión del erotismo, la mujer no debía mostrar interés en aspectos de la sexualidad. No podía tomar la iniciativa en estos asuntos, ni aún cuando fuese con su propio esposo, so pena de ser considerada una mala mujer. Ella debía, pues, fingir que no tenía deseos sexuales, pero estaba obligada a responder en el momento en que su esposo los tuviese. La relación sexual, a petición del marido, era una de las obligaciones de la esposa. Si ella se negaba, corría por lo menos dos peligros: el primero, que el esposo haciendo gala de sus derechos de propiedad sobre la cónyuge la obligara por la fuerza; el segundo, que el marido encontrase justificación para buscar entretenimiento fuera del hogar, lo que terminaban haciendo con excusa o sin ella.

Dentro de esta burda dicotomía las mujeres que no sentían atracción sexual por sus cónyuges debieron desarrollar formas sutiles, tejidas con la infinitud de sus intuiciones para negarse al acto sexual sin que ello pareciera falta de interés en satisfacer a su esposo o un desacato a las normas conyugales. Era preciso aparecer como víctima y no como victimaria. De ahí que se inventaran múltiples malestares, cólicos menstruales, que en la práctica nunca fueron ni son tan graves o insoportables como los pintaban, dolores atroces de cabeza, de espalda, lumbago, etc. Todo para resistirse a un encuentro sexual no deseado.

26 Rivera, María-Milagros: “El cuerpo femenino y la <querella de las mujeres>” en Historia de las Mujeres, Ob.cit.. cit. Tomo 4, p. 220.

Jenny Londoño López Página 116 De esta manera, la formación moral de las mujeres estaba llena de hipocresía y de ambigüedades. Los hombres que las solicitaban y buscaban se enfurecían y desesperaban si ellas no les correspondían, pero también se decepcionaban, si, como consecuencia de su asedio, la mujer se entregaba, pues pasaba a ser considerada como liviana.

Las mujeres "decentes" debían pues, resistirse a los apremios masculinos aunque estuviesen locas de deseo. Pero esta dualidad se convirtió, a su vez, en un arma de doble filo contra las mujeres, porque los hombres interiorizaron, como parte de su formación patriarcal y machista que, cuando una mujer decía “no” ante el asedio sexual, en realidad, solo se estaba negando para cubrir las apariencias, pero en el fondo quería hacerlo y había que forzarla para que respondiese.

Como conclusión, la violación de las mujeres se convirtió en un hecho común, dentro de la conquista amorosa, e incluso dentro de la relación conyugal, con el consecuente trauma de minusvalía que tal acción producía en la víctima. Y esta ambigüedad subsiste hasta nuestros días en la mente de una cantidad considerable de hombres que justifican la violencia sexual en el hecho de que las mujeres lo desean, pero no lo confiesan.

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