• No se han encontrado resultados

El proceso de la Terapia de Contención

In document El Abrazo Que Lleva Al Amor (página 116-118)

"Según me explicaste, en la Terapia de Contención es fundamental que uno sepa manejar los sentimientos, sobre todo el enojo y la rabia, saber qué proporción del enojo que uno tiene, corresponde a cada uno de nuestros seres cerca­ nos para no cobrarles a unos las deudas de otros. Trabajamos unas dos o tres sesiones, para que yo tuviera claro qué corres­ pondía estrictamente a los niños y pudiera deslindarlo de sentimientos semejantes y aun asociados, que no eran asun­ to de ellos. Una vez ubicados los sentimientos correspon­ dientes, pudimos comenzar con las sesiones de contención.

El primero fue el más pequeño, porque al ser menos fuer­ te y pesado era más fácil para mí manejarlo y contenerlo; así aprendía, además, para poder después contener al más grande. Sentados en el suelo, sobre la colchoneta, con ropa cómoda, el pelo recogido, el niño se sentó de frente sobre mis piernas, tenía que tomar su carita con las dos manos y mirán­ dolo tenía que decirle las cosas que me enojaban, tratando también de provocar su rabia. Tú me habías explicado que

es preciso enfrentar el enojo primero, ya que es el sentimien­ to que se encuentra encima, tapando a los demás, como si se tratara de una protección para no sentir la tristeza, que es más difícil de manejar y que no nos ayuda a caminar en la vida. Esta parte fue muy difícil con Javier, pues aunque me enojaba a veces, por aferrarse a mí y porque me hacía llegar tarde al trabajo, era mucha más la tristeza que me provoca­ ba; no encontraba cómo enojarme con él. Se enojó un poco porque lo abracé con fuerza y no lo dejaba levantar la cabe­ za, pero su tristeza y la mía estaban muy a flor de piel y salió pronto. Con Javier fue una sesión breve, de poco más de una hora, salió la tristeza acumulada y la angustia de separación que había vivido desde muy pequeño; pudo vivir en mis bra­ zos lo que antes pasó solo y quedamos instalados en el amor con bastante facilidad. Sin soltarlo y acostado sobre mí le fui contando lo hermoso que era tenerlo, lo que había signifi­ cado saber que él iba a nacer, imaginarlo aun antes de que naciera, verlo por primera vez y tenerlo en brazos y amaman­ tarlo, lo lindo y bien portado que era... en fin, esa parte de la historia de su vida de. la que no le había nunca antes hablado.

No volvió a aferrarse a mí llorando en la mañana ni una sola vez, ni a quedarse angustiado en la escuela un día más. El problema del control de esfínteres nocturno no se terminó de inmediato, pero fue disminuyendo notablemente. Javier siguió después acercándose a pedirme que le contara sobre su nacimiento y de cuando era chiquito.

Con Javier regresamos a una segunda sesión unos seis meses de la primera, porque sentí cierto retroceso en lo que habíamos logrado. Cuando supo a dónde íbamos, dijo pri­ mero que no quería ir, sin embargo, cuando salimos dijo: "¡Qué bueno que vinimos!" Se fue contento y amoroso de nuevo, y recuperamos lo antes ganado en seguridad para él,

2 3 4

además de que casi terminó el problema del control de esfín­ teres nocturno.

Unas semanas después de Javier tocó el turno de Pedro. Él . estaba en antecedentes, por su hermano, de lo que trataba la sesión, el enojo acumulado en su caso era muy grande y me preocupaba no saber manejarlo suficientemente. El mayor problema fue conectarme con mi enojo, de hecho no lo logré al principio; él sí se empezó a enojar cuando yo no lo soltaba y creo que se enojaba más de ver que yo seguía bastante im ­ pasible, que no estaba realmente conectada con las emocio­ nes. Lo que hizo que se lograra el enganche emocional que hacía falta fue que él pidiera desesperadamente ir al baño. Yo sabía que no había que soltarlo en ningún momento del pro- céso; se podía hacer pipí o popó, y sin embargo no había que interrumpir. Como a mí me apenaba su falta de control de es­ fínteres, porque se hacía popó en ciertas circunstancias y eso lo hacía sufrir, insistí en parar y llevarlo al baño. Llevábamos ya una hora y nada había avanzado; en realidad no tenía que ir al baño y me había manipulado, como lo hacía muchas ve­ ces para controlar la situación. Al sentir que se aprovechaba de una debilidad, que mi intención era un sentimiento no­ ble al querer evitarle un disgusto, me hizo enojar y entender cómo se manej aba en muchos aspectos de la vida; a partir de ahí arrancamos de nuevo y mejor.

Había mucho enojo; reaccionó gritando "¡Suéltame! ¡Te odio!” y cosas así, que ya no recuerdo. Sólo sé que fue muy duro, su furia contra mí era muy grandé. Después del enojo siguió un rato de miedo muy impresionante, sobrecogedor; el niño gritaba con verdadero terror; no sé qué haya podido vivir tan aterrorizante, pero eso fue lo que hizo para mí más evidente la urgencia de la contención. Su terror detonó mi angustia y mi tristeza; yo pensaba que cuidaba muy bien a

EL ABRAZO QUE LLEVA AL AMOR

mis hijos cuando en realidad se habían llegado a sentir tan solos, tan asustados y tan mal... empecé a sentirme muy tris­ te y creo que ahí la conexión de las emociones fue al revés; fue mi tristeza la que detonó la suya. Él, sin embargo, es muy fuerte y muy terco, seguía todo el tiempo echado mano del enojo para tapar lo que venía; fue largo y difícil. Con él la se­ sión duró tal vez más de tres horas; cerrar y terminar fue muy difícil. Para bajar la tensión hubo que recurrir a las cosquillas y la posibilidad del amor y la tranquilidad apenas se asomó al final. Fue absolutamente agotador y, realmente, creo que el proceso siguió por varios días; él pudo abrirse al amor des­ pués. Poco a poco sentí que iba recuperando a mi chiquito, al niño alegre y cariñoso que había sido hacía un tiempo; vol­ vió a llegar a sentarse en mis piernas, a dar o pedir un beso, cambió la expresión de su cara de enojado a sonriente, como había sido antes.”

I , ,

In document El Abrazo Que Lleva Al Amor (página 116-118)