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Lo que pasó después

In document El Abrazo Que Lleva Al Amor (página 119-124)

"Los tiempos que siguieron a las terapias y cursos fueron muy buenos. Yo me sentía dueña de mi vida y de mi historia como nunca lo había sentido; los niños estaban bien, empe­ zaron a madurar y a lograr muchas cosas importantes. Ver­ daderamente me di cuenta que la vida podía ser hermosa y agradable y empecé a vivirla así; me sentía satisfecha y feliz de ser quien soy, y dejé de esperar que alguien (el príncipe azul) llegara y cambiara todo por arte de magia, empezando por mí...

En fin, este relato empezó en el punto de la vida en que me encontré después de un año de cursos y terapias, y uno más de madurar las cosas y acomodar los sentimientos y las prácticas en mi vida. No todo es color de rosa. Ahora que es­

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toy intentando armar una vida de familia con el hombre que amo y con mis hijos y que ahora que cambiamos de ciudad, han vuelto a aparecer viejos vicios y problemas. Pedro ahora tiene 10 años y Javier acaba de cumplir ocho. Llevaban siete años viviendo sólo conmigo y, aunque con ciertos límites, en una disciplina muy relajada; hay cosas que están costando trabajo y viejos mecanismos que se vuelven a echar a andar. Quizá sea momento de intentar recordar algunas cosas que aprendí en los cursos que tomé contigo Laura, quizá haga fal­ ta otra sesión de contención. De que funciona no tengo du­ das, de que es difícil y requiere de valor y decisión tampoco... Bueno, como empecé con una carta, termino como corres­ ponde.

Laura, me alegro mucho verdaderamente de haberte en­ contrado en el camino de la vida; fue crucial haber caminado lo que caminamos contigo mis hijos y yo. Nuestra vida cam­ bió y sigue cambiando, cada vez es mejor. Dueña de mi his­ toria y de mi vida, puedo ser feliz de una manera que nunca antes imaginé posible; queriéndome a mí y respetando mi vida y mi historia puedo amar verdaderamente y entregarme como lo estoy haciendo hoy; cada vez encuentro más cosas maravillosas en la vida.

Te deseo, Laura, todo lo mejor, que tu libro sea un éxito y que puedas seguir por muchos años haciendo esto que haces tan bien, por mi parte, te quedo siempre agradecida”

Un fuerte abrazo.

Valeria

Este caso, que tantos aspectos tiene para nuestro estudio presenta para mi el interés de desarrollar el análisis psicoló­ gico de algunos puntos. El primero se refiere a la vinculación dolorosa que tuvieron Javier y su madre.

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Testimonió de la m am á de Pedro y Javier

Por medio de la Terapia de Contención, es posible regresar a los niños con su madres al momento del parto para llevar a cabo un nuevo parto emocional, a fin de sanar experiencias traumáticas tanto de ese momento como del embarazo.

La relación madre-hijo es la más sensible, es el más inten­ so vínculo humano, cuyas consecuencias son las mayores en la vida del hombre, ya que influye en la calidad de todas las relaciones que lleva a cabo en el transcurso de toda, su vida.

El intenso contacto físico con el bebé tiene un valor muy especial, pues realiza la conexión con el suceso emocional y con la experiencia intrapsíquica.

La relación madre-hijo es como un "baile sincronizado" y es la expresión de un intenso vínculo sensible y emocional, donde cada uno es el complemento del otro.

En la fase postnatal el niño cuenta desde el primer minu­ to con el equipo emocional con que nació, el cual debe ser puesto en marcha; debe recibir de la relación simbiótica el aliento de la vida.

El ciclo acción-reacción-acción entre la madre y el niño abre los más diversos canales de comunicación. Estos cana­ les capacitan al niño para transformar, paso a paso, estímulos sin significado en señales plenas de significado. Surgen las primeras imágenes del reconocer y recordar. Con la madre como un yo que representa al mundo, el niño desarrolla su confianza pre-verbal en el tú, que aleja el miedo, a los extra­ ños y a lo desconocido, y que establece las condiciones para la propia identidad.

Contemplando la descripción de la relación postnatal madre-hijo se puede resumir que la madre es la partera de la individuación y el nacimiento psíquico de su hijo, hasta que ambos salen de la membrana madre-hijo que los une.

La madre de Javier me reportó que la concepción fue pro­

ducto de la última relación sexual que tuvo con su marido; el embarazo fue muy problemático, tuvo problemas serios pues su bebé no crecía por calcificación de la placenta, ella baja­ ba de peso y había amenaza de aborto. Del esposo no recibía ningún apoyo y le reprochaba el embarazo. En la misma se­ mana del difícil nacimiento, ella tuvo que irse a cumplir con sus obligaciones profesionales, que eran dar clases en la uni­ versidad; así pues, la madre no contó con tiempo y energía para él. Lo más grave sucedió a los 45 días de nacido, cuando tuvo que llevarlo a la guardería. La separación que se llevó a cabo entre ambos generó dolor y angustia en Javier, que revi­ vía en todos los momentos posteriores que su madre se sepa­ raba de él.

La vida de Valeria era de mucho estrés, además de los fuertes conflictos que tenía con su esposo.

No es difícil comprender el estado emocional en que se encontraba Javier desde su concepción, estado que para la madre se hizo evidente por la profunda angustia de separa­ ción que manifestaba cuando lo dejaba en el colegio.

Los niños que no pudieron satisfacer su vinculación con la madre sufren también de miedo al abandono; esto es, son incapaces de disfrutar y aprender si la madre no está cerca, porque constantemente piensan que no volverá y que ellos se van a quedar abandonados para siempre. Por eso necesi­ tan la cercanía física de la madre en todo momento y sufren cuando ésta se aleja.

Me llamó la atención que cuando la madre venía con él, lo traía cargando como un bebé a pesar de sus casi cinco años. Javier sólo tenía interés en la cobijita que le daba seguridad y no le interesaban los juguetes ni relacionarse conmigo; era evidente que Javier era todavía emocionalmente un bebé que sólo quería y necesitaba estar pegado al cuerpo de su madre,

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tratando de recuperar la vinculación que había sido tan defi­

ciente y acompañada de tantos conflictos.

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Es claro que cuando un niño está en un estado de depen­ dencia tan profundo que necesita a su madre como al aire que respira, el padre y la relación con él no le representan ningún interés, pues no cuenta con la energía para comenzar ninguna otra relación. Cada vez que Javier tenía que ir con su padre revivía la dolorosa separación de la madre y esto lo imposibilitaba para poder relacionarse libre y tranquilamen­ te con él.

Cuando impartía el curso "Desarrollo Psicológico del Niño" en Alemania, escuché anécdotas de varios padres que sentían que habían tenido también una simbiosis o vincula­ ción con su hijos, que se involucraban en las tareas diarias con ellos y habían estado muy cercanos el primer año de vida. Yo les expliqué que la sensación de sus hijos debía ser de una inmensa seguridad al sentir un vínculo tan intenso con ambos padres.

El problema con Pedro surgió a partir de la segunda etapa del desarrollo, ya que en la primera pudo satisfacer sus nece­ sidades emocionales de vinculación con su madre.

En esta segunda etapa, si los niños pudieran expresarían a sus padres sus necesidades de la siguiente forma: "Como ya cumplí dos años, tengo la madurez para que, con paciencia y tolerancia, me enseñen el manejo de la pipí y de la popó, pero sobre todo no me regañen ni me presionen si no lo logro rápidamente como ustedes quieren. Si las cosas empiezan a ir mal, entonces es probable que me tarde mucho, que nues­ tra relación se deteriore o que tenga recaídas más tarde, con lo cual yo voy a sentirme muy mal"

También en esta etapa empieza el niño a manifestar el nacimiento de su Yo por medio de los berrinches, se vuelve

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egocéntrico y quiere hacerlo todo solo. Si sus deseos no se cumplen surge la explosión y el drama del berrinche, para demostrar a sus padres y a sí mismo que está naciendo en él la semilla de la fuerza de voluntad; para permitir que se de­ sarrolle, necesita practicar manifestando una voluntad con­ traria a la de los padres.

Sólo a través de este proceso será capaz de separarse poco a poco de ellos y empezar a construir su identidad del Yo.

El síntoma de Pedro era la encopresis (incapacidad de controlar la función de la defecación).

La siguiente definición de encopresis me pareció la más adecuada para nuestro caso: "Este síntoma tiene directa­ mente que ver con dificultades en el manejo de la rabia. Un niño con encopresis es excesivo en el control y por otro lado tiene explosiones exageradas, o su estado permanente es de irritabilidad (Harbauer, 1980)'!

Algunos niños sienten su medio ambiente como dema­ siado exigente, reaccionando con inferioridad, pasividad o una excesiva adaptabilidad. Son niños que se califican como demasiado agradables.

Se brincaron la etapa de berrinche y ésta viene aparecien­ do después del cuarto año.

Un conflicto respecto a la relación madre-hijo en el mo­ mento del aprendizaje del control de los esfínteres (pipí y popó) está relacionado con haber empezado muy temprano o con exigencias muy estrictas.

Estas mamás generalmente son inseguras, temerosas; por un lado sobreprotegen y por otro exigen demasiado, sin to­ lerar la oposición del niño que empieza y que es completa­ mente normal en esta etapa.

La encopresis puede ser provocada por un conflicto de tipo familiar o por el nacimiento de un hermano, o algún

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Testimonio de la m am á de Pedro y Javier

evento que coincida cronológicamente con la aparición del síntoma y que tiene relación directa con una problemática más profunda.

Otro aspecto que detona el síntoma tiene que ver con la actitud en la familia respecto a la posesión de dinero, bienes, o ropa. El niño esconde una incapacidad de poseer y mante­ ner sus cosas como propias, ya que el entrenamiento signi­ ficó para él entregar algo propio bajo regla, orden, exigencia que, dependiendo del tono emocional de la relación ma­ dre-hijo, será vivida por el hijo como la entrega de un regalo maravilloso, o como una entrega forzada de algo personal.

Esta definición resulta como hecha para el caso de Pedro. Su madre dice: "Llevaba una temporada enojado con el mundo y sus alrededores, de mal humor, sin paciencia. La relación con su papá era difícil y también le tenía miedo; a menudo se hacía popó cuando se aproximaba el momento de salir con él o cuando venía de estar con él”

Aparentemente el manejo del control de los esfínteres realizado en la guardería fue de mucha exigencia, sin que la madre se hubiera percatado de esto.

Otra situación directamente relacionada con el síntoma encopresis son los conflictos familiares, los cuales Pedro había vivido prácticamente desde que nació. El divorcio de sus padres no trajo la calma esperada, ya que éstos seguían peleando a través de sus hijos.

El segundo punto que quiero enfatizar se refiere al acto que llevó a cabo Valeria, la madre de Pedro, con excelentes resultados para el desarrollo de su hijo. Pongo este capítu­ lo enseguida del orden en el amor, porque es precisamente esta área en la que la madre de Pedro decidió que su hijo tomara contacto con su padre biológico, quien había sido excluido.

Valeria reseña:

“Desde aquí empecé a pensar en el secreto que pendía so­ bre la vida de mi hijo mayor; él no sabía que no era hijo bio­ lógico de su padre legal, el único que él conocía como padre. Tenía bastante sentido que los conflictos en la relación entre ellos, el sentimiento de enojo de Pedro, la impotencia para ganarse el afecto de su padre, tuvieran que ver con eso. Hasta ese momento yo no había hablado de eso en los cursos ni en las terapias, prácticamente con nadie nunca; pensaba que era un secreto que me llevaría a la tumba y que así era mejor para el niño."

Los secretos son muy perjudiciales en una familia, sobre todo los que tienen que ver con el hecho de excluir o sacar a alguien del sistema familiar negándole el lugar que le corres­ ponde en el corazón de los familiares. Solamente puede ser secreto lo que una pareja guarda entre sí, como por ejemplo su sexualidad o un aborto. Esto pertenece solamente a íá pa­ reja y a nadie más, los hijos no deben saberlo. Sin embargo, secretos como la paternidad de un niño no deben mantener­ se en la oscuridad ni llevarse a la tumba. Es absolutamente necesario que el hijo conozca su historia, su origen biológico y, si es posible, al padre mismo. Negarle acceso a esta verdad que él tiene derecho a saber, podría tener consecuencias trá­ gicas en su vida.

En muchos casos ven al padre solamente una vez y esto es suficiente. No necesitan relacionarse con él; simplemente basta que sepan quién es para tener paz en su corazón.

Hasta entonces será el niño capaz de relacionarse libre­ mente con el padre de crianza o esposo de la madre, reci­ biéndolo como un regalo. Internamente el niño puede sentir hacia él lo siguiente: "Tú tendrás siempre un lugar especial en mi corazón, pero mi padre es el otro”

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El mundo interno de Pedro se ordenó cuando supo la ver­ dad sobre su origen; paralelamente su padre adoptivo dejó de pegarle e insultarlo, lo que agregó un aspecto más de “or­ den” en su vida.

A partir de ese momento él contó prácticamente con dos papás, lo cual le dio un sentimiento de bienestar y orgullo. La madre platicó que su hermano Javier dijo en una ocasión: “Yo también quisiera tener dos papás”

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