El niño pasa, entre los cinco y 22 meses, por una fase de omnipotencia normal en la que siente que los padres pue den ser dominados completamente. Si esta experiencia se convierte para él en la más segura y fiable debido a que los padres no le ponen límites, no queda al niño más que hacer del dominio de su entorno la satisfacción sustituía de sus ne cesidades básicas de protección. Así pasa a depender de la experiencia de su dominio, como un adicto.
después de haber llenado el precedente. Recordemos que una necesidad básica para el desarrollo de la personalidad es la vinculación fecunda y la satisfacción de la necesidad de protección y seguridad. Así se ponen los cimientos para el destino del niño, porque sin vinculación no hay desvincu lación. Sólo cuando adquirió la confianza originaria puede confiar en otros y desarrollar la confianza en sí mismo. La satisfacción sustituta no sacia nunca la verdadera necesidad básica; el grado de dependencia está en relación directa con el grado de miedo.
Jirina Prekop (1991) explica por qué en los países en vías de desarrollo, en los que los niños son cargados con rebozo, no puede desarrollarse el niño tirano. La diferencia es que el niño en el rebozo puede satisfacer sus necesidades básicas de protección, afecto y consuelo previsible, y esto representa para él la confianza en los padres, así como la vinculación y seguridad que necesita.
Sin embargo, tiene también que acomodarse a la madre y a toda la situación vital de la gran familia. La madre no se adapta a sus deseos de libertad corporal, necesidad de explo ración y autoafirmación. El niño tiene que aprender y prac ticar la renuncia, soportar frustraciones, superar la propia rabia y miedo, y a vivir satisfecho con su madre, a esperar y sentirse querido aunque ello le moleste. Recorre los altibajos de una relación, puede expresar sus sentimientos y desem barca siempre en el puerto seguro del cariño.
Gracias a que se ve frenado en sus actividades por la limi tación del rebozo, acaba percibiendo a los padres como más fuertes, como superiores. Puede sentirse protegido de una manera creíble bajo la autoridad primaria de los progenito res, respetarlos y orientarse por su modelo.
Sobre la basé de la simbiosis corporal psíquica e instinti
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va, nace una calidad superior de identificación entre niño y padres que abre camino a la capacidad de una solidaridad consciente.
En los países del primer mundo, todo el bienestar permite a la madre y a su pequeña familia, en la que frecuentemente sólo hay un hijo, adaptarse plenamente a él. El niño vive la adaptación del entorno a su persona, y no al revés. El depar tamento o casa con todas las comodidades lo hacen posible; tiene cuarto especial para él y en ocasiones hasta una sir vienta que está también a su servicio.
Todo esto lo hace sentir como si tuviera poder para po ner en movimiento la creación entera y para aniquilarla. Este poder le da un sentimiento falso; se siente más fuerte que su madre. Cuando esto pasa en la relación simbiótica con la madre, el niño ya no puede encontrar la seguridad, el apoyo y la orientación que necesita. Se agudiza su miedo frente a la pérdida de seguridad y recurre al empleo de una satisfacción sustituta; la que mejor funciona es la experiencia del ejerci cio del propio poder sobre su entorno.
Es su sistema de defensa contra el caos. Cualquier puesta en duda de su poder es vivida como una amenaza a su segu ridad y protección, como si un peligro amenazara la misma existencia.
El dominio y control permanentes lo ponen en un estrés que genera inquietud, tensión, hiperactividad y falta de con trol permanente; entre más agitado y más nervioso, más ne cesita sus seguridades sustitutas.
Es fascinante ver la evolución que tienen los niños tiranos en la sesión de Terapia de Contención con sus padres.
Recuerdo un tirano en Alemania, al que su madre le dijo al llegar a la sesión: “Quítate los zapatos, vamos a subir a la colchoneta',' la respuesta fue: "¡Quítamelos tú, estúpida!” La
EL ABRAZO QUE LLEVA AL AMOR
madre, acostumbrada a ese trato, se acuclilló y se los quitó obedientemente. Pero al terminar la sesión, cuando la madre dijo: "Ponte los zapatos, ya nos vamos" la respuesta fue: “Sí, mamá" y se los puso inmediatamente.
Con la ayuda de la Terapia de Contención, el pequeño ti rano es ayudado en varios aspectos: su vinculación dañada se sana, la expresión de su rabia y agresión es permitida, y el orden se restablece; ya que antes de la sesión el niño sentía que su padre o madre eran más pequeños y débiles que él. Durante la sesión se confronta con la realidad de que la ma dre es más grande y más fuerte que él. Ella se lo demuestra simplemente con el cuerpo, diciendo muy pocas palabras, por ejemplo: "Quiero que sientas que tienes una mamá fuer te, la mamá más fuerte del mundo” En ocasiones hago repetir esto a las madres inseguras para que se lo crean ellas también.
La expresión de la rabia en estos niños es especialmente intensa por el proceso de deshabituáción de su poder. Pasan por él, ya que por primera vez la madre no está a su servicio, no obedece sus órdenes cuando él ordena que lo suelte, o cuando la amenaza diciendo que si no lo suelta verá cómo le va a ir. Sentir por primera vez que la madre es más fuerte, que ella sabe lo que hace y que lo abraza contra su voluntad, lo sumen en una profunda ansiedad y pérdida total de poder como seguridad sustituta.
Sin embargo, después de que el niño ha expresado toda su rabia, su tristeza y su miedo, puede llegar a sentir que, en efecto, su madre es más fuerte y más grande; por tanto, es capaz de contenerlo y darle toda la seguridad y protección que necesita. El uso de su poder ya no será necesario para sentirse seguro, pues ya puede confiar en su madre y sentirse seguro como hijo, porque ella se siente segura como madre. El orden se ha restablecido; la madre es la grande, él es el chi
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co; la madre da, él recibe. Por primera vez en su vida puede también sentir que la tranquilidad y el equilibrio interno se encuentran én los brazos de los padres.
El niño tirano