La madre de Nicolás tuvo una impresionante sesión de contención, sobre todo por las expresiones verbales de su hijo de cuatro años. Esta mamá logró también integrar la contención y las técnicas de comunicación de CIF para llevar a su hij o a la lib ertad y tranquilidad.
“Conocí al hombre que hoy es mi marido a la edad de 17 años. Estuvimos tratándonos dos años y después nos casa mos; yo tenía 19 años y él 27. A los 15 días de ser novios me había dado el anillo de compromiso y a los 11 meses nos ca samos. Todo era maravilloso hasta que un buen día luego de seis meses de casada, me enteré que iba a llegar la cigüeña. Nunca me imaginé que al mes de dejar las pastillas anticon ceptivas iba a embarazarme; yo tenía 20 años. Mi primera sensación fue de mucho miedo y tristeza, miedo porque me sentía insuficiente para cargar con toda esa responsabilidad a mi edad, y tristeza porque mi marido ya no iba a ser sólo para mi; me faltaba disfrutarlo más y tenía la sensación de que alguien me lo podría quitar; lo peor es que sabía que el bebé que esperaba era niño. Durante todo el embarazo me sentí desposeída; algunos días me sentía muy emocionada, quería conocerlo y sentirme mamá, y otros me sentía deso lada. Todo era inconsciente porque durante el embarazo mi marido me consintió, me apapachó...
Me llamaba mucho la atención que al bebé le diera tanto "hipo durante el embarazo". Por fin nació, fue parto natural.
EL ABRAZO QUE LLEVA AL AMOR
Al tercer mes de nacido me di cuenta de que tenía reflujo, lloraba todo el día y no había momento en que él se sintiera tranquilo. Desde esa edad yo lo abrazaba y él con su cuerpo me empujaba, nunca se me acurrucaba, jamás se quedó dor mido conmigo, no disfrutaba mi contacto, no toleraba que su propia madre lo arrullara; con el papá obviamente todo era diferente, así que en efecto el cariño del papá se dividió.
Pasó el tiempo y con el tratamiento el reflujo desapare ció; sin embargo, “mi hijo seguía llorando todo el día”. Tenía un año y medio cuando lo operaron de otitis (infección en el oído medio) y él seguía llorando, no era feliz. La educación que me dieron fue para no llorar a gritos ni reírse a carcaja das y siempre pensé que había sido una educación adecua da. Con ese patrón de conducta eduqué a Nicolás, hasta que conocí a una psicóloga maravillosa que me hizo ver lo con trario.
En nuestra primera entrevista, me impresionó mucho que lo primero que me preguntara haya sido: “¿Tu bebé fue un niño deseado?" Me quedé helada, y contesté que no. Laura me dijo que con seguridad todo mi embarazo había sido am bivalente (“te deseo, pero no te deseo”), que tuve sentimien tos contradictorios, los cuales había sentido ese pequeñísi mo ser. Me pareció increíble que mi bebé hubiese sentido y absorbido todo lo que pasaba a su alrededor, así como cada uno de mis pensamientos.
Finalmente, después de verlo y diagnosticarlo Laura me sugirió la "Terapia de Contención" Me explicó que llevaría mos a Nicolás por tres pasos: rabia, tristeza y miedo. Me dijo que primero está la rabia á nivel garganta, la tristeza a nivel pecho y el miedo a nivel panza. Entre más conocía lo que íba mos a hacer en la Terapia de Contención, más me animaba a creer que esa era la solución, ya que aunque Nicolás tenía
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Testimonio de la m am á de Nicolás
cuatro años de edad, emocionalmente se encontraba con una madurez de dos años.
Nicolás era muy rebelde conmigo, se negaba a comer, llo raba todo el día. Laura me explicó que el alimento simboliza a la madre, ya que el primer alimento del recién nacido viene de ella, y que el rechazo ai alimento significa una forma de rechazo a la madre.
Mi hijo nunca me obedecía y yo estaba muy desesperada, porque es muy frustrante ver que a pesar de echarle todas las ganas y tratar con todo el corazón de hacer las cosas bien, todo salía mal. Me sentía con la brújula completamente des orientada.
La meta de dicha terapia consistía en que Nicolás pudie ra sacar todo lo que en su alma producía conflicto y dolor. Mi marido y yo decidimos que, por tanto, era lo mejor por seguir. Llegó por fin el día; fuimos mi hijo y yo, entramos a un cuarto y nos encontramos con una colchoneta en el piso que abarcaba todo el cuarto. Laura nos pidió que nos quitá ramos los zapatos, que yo me sentara recargada en la pared y Nicolás encima de mí, viéndome de frente. Laura explicó a Nicolás que estábamos ahí para arreglar y sanar nuestra re lación, porque el amor mutuo a veces se deteriora mucho, y que había que curar todas esas heridas que existían entre los dos; le dijo que no se podía escupir, patear, morder, pegar ni pellizcar, que yo lo iba a agarrar de frente abrazándolo y que no lo iba a soltar hasta que sacara todo lo que lo atormentaba internamente.
Laura nos pidió que nos viéramos a los ojos, cogiéndonos los cachetes y nos dijéramos lo que nos molestaba del otro. Yo empecé, lo tomé de la cara y le dije que me enojaba que llorara todo el día; que no me obedeciera y que comiera tan mal. Cuando a él le tocó su turno, no quiso hacerlo. Lo tomé
de la espalda, y como desde ese momento ya no debía sol tarlo, lo abrace intensamente, estómago contra estómago; él me pedía que lo soltara, me decía que lo estaba apretando mucho, que ya no quería estar en ese lugar, pedía a su papá; yo le tenía que decir que el problema no era con su papá sino conmigo y qUe no nos íbamos a separar hasta que pudiéra mos sentir el amor. Él decía que le dolía la cabeza mucho y yo le contestaba (Laura me soplaba) que yo estaba ahí para curarlo. No me aceptaba, me decía que yo solamente estaba en su vida para lastimarlo.
El trance de la rabia duró una hora. Me impresionó la fuer za que ejercía para tratar de zafarse de mí. Poco a poco se fue calmando y empezó a expresar su tristeza. Se acostó frente a mí y me decía que estaba muy triste porque yo estaba para sacarle toda la sangre del cuerpo y arrancarle el corazón; me pedía que por favor lo sacara en ese instante de mi corazón, porque así como yo no estaba en el suyo él no tenía por qué estar en el mío. Decía que yo estaba para hacerle la vida difí cil, que no me aceptaba para nada como su mamá, que todo el día le gritaba, lo regañaba y lo castigaba. Se tapaba los ojos para no verme y los dos llorábamos con un inmenso dolor.
Yo le pedía perdón por todos esos años de profunda infe licidad y tristeza y le prometí que nunca más iba yo a volver a tener esa conducta. Le pregunté en qué momento de su vida había sido feliz y me contestó que cuando estaba dentro de mí; me quedé impactada porque me pregunté: "¿Cómo se acuerda?” ya que cuando nació, sólo había habido tristeza. Se quitó de mi lado y se hizo bolita, dijo que tenía mucho frío.
Laura nos prestó una frazada, él se tapó completamente; le pregunté si había espacio para mí en esa cueva y me con testó que no; le pregunté si quería quedarse solo en esa cueva fría y oscura, y contestó que sí, que él no necesitaba a nadie
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para vivir, continuaba negando su amor hacia mí. Me dijo que sentía mucho miedo y lo abracé; se sentó en mis piernas y se me acurrucó. Me pidió que lo acariciara con mi pelo en su cara, algo que curiosamente hacíamos cuando era bebé; era el único momento que disfrutaba lo que yo le hacía.
Muy, pero muy lentamente, empezó a aceptarme, pegaba su cuerpo cada vez más al mío, empezó a disfrutar mi cer canía y la alegría y el amor iban saliendo poco a poco de su corazón. Cuando sentí esto, me inundó una sensación de fe licidad; lo disfrutamos juntos, sintiendo el amor renovado; salimos de ahí muy contentos jurándonos amor. Me acuerdo que cuando íbamos de regreso en el coche, Nicolás preguntó cómo me sentía, le contesté que muy bien y él me dijo que también se sentía muy bien.
Me inscribí junto con mi marido al curso de estrategias de comunicación GIF que Laura imparte, descubrí lo importan te que es hablarle a mi hijo de una forma clara y directa, ex presando mis sentimientos ante sus conductas, las que yo no aceptaba, en lugar de regañarlo sin ton ni son como lo había hecho hasta entonces. Para mí fueron maravillosos los "men sajes claros” pues me hacían sentir segura en la relación co tidiana con Nicolás, para expresarle tanto mis sentimientos negativos como positivos. Ya en la vida cotidiana después de la contención, Nicolás empezó a.comer mejor, incluso cosas que antes jamás comía, como queso, verduras y frutas.
Empezó a obedecer con ganas. A veces sentía como que tenía temor de volver al sentimiento horrible de antes; en tonces prefería echarle ganas conmigo. Hubo por supuesto momentos difíciles, pero con lo que yo iba aprendiendo en el curso CIF, pude sobrellevarlos bastante bien.
Con ambos métodos pude aprender a gozar a mi hijo, a disfrutarlo, a convivir como amigos, con respeto entre madre
e hijo, a reírnos mucho juntos, a jugar buena parte del día. Obviamente la comunicación entre nosotros creció enorme mente; me platica cualquier sentimiento que tiene. Adoro a Nicolás con un amor nuevo y me arrepiento de haber desper diciado tres años y medio de su vida, de no haber sido capaz de disfrutarlo al cien por ciento. Estoy convencida, después de todo lo que he aprendido con Laura, que la educación es tricta no lleva a ningún lado bueno."
EL ABRAZO QUE LLEVA AL AMOR
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El manejo de la agresión y la rabia