Un vehículo me llevó directamente al aeropuerto. Mi hija Courtney estaba a punto de aterrizar y no veía el momento de abrazarla.
Encendí un cigarro. Hacía ya unas semanas que no fumaba, pero los nervios me estaban consumiendo. Apenas le di dos caladas y enseguida lo apagué sintiéndome culpable por haberlo hecho.
Courtney no tardó en salir y nos fundimos en un abrazo que nos hizo llorar como tontas…
—Llevas aquí un montón de tiempo, pero sigues igual de blancucha, mamá…
—Es que no vine a tomar el sol, princesa.
En el carro del equipaje mi hija traía una gran sorpresa:
—¡Dios santo! ¿Has traído a Max? —dije al fijarme en el trasportín en el que estaba acomodado.
—¡Sí! Pensé que le estarías echado mucho de menos. Con la tía Sue se estaba volviendo un auténtico malcriado.
—¡Qué ilusión! —besé a mi hija seis o siete veces seguidas por toda su cara—. Lo cierto es que me hará mucha compañía y seguro que a las chicas les encanta. Además, disponemos de bastante terreno en la parte de atrás de la casa. Será muy feliz aquí. Ven, subamos al coche que debes estar agotada.
—Bastante cansada, aunque estaba deseando llegar y verte —mi hija me besó en la mejilla.
—¡Tengo tantas cosas que contarte! Pero primero te dejaré descansar un poco.
—He dormido mucho en el avión. Mejor que no me acueste hasta que sea de noche, así me amoldaré mejor al nuevo horario.
—Bien pensado, cariño.
puerta. Yo aproveché para liberar a mi perro de la jaula en la que llevaba muchas más horas de las que hubiera deseado. Se puso loco de contento, dándome lametazos por todas partes, olisqueando cada esquina del refugio mientras movía con energía su bonita cola color canela adornada con un zigzag negruzco.
Mi hija se sentó en la mesa de la sala principal.
—¿Cómo están las cosas por aquí? —se remangó—¡La casa está preciosa, mamá! Se respira tu esencia por todos lados. ¿En qué puedo ayudar?
—Gracias mi amor. Hago lo que puedo.
—Debo decir que estás más delgada —noté como me reñía con cariño. De hecho, desde que llegué había perdido casi ocho kilos. Para una persona menuda como yo, era bastante.
—El calor, la comida… no pasa nada, hija. Yo me encuentro bien.
—Mamá, me encanta lo que haces aquí pero no pienso permitir que te cueste la salud.
—Estamos empezando, es normal estar más nerviosa…
—Confío en ti. Sé que no te pondrás en peligro, pero es que te conozco, mamá y sé que eres muy capaz de pasar a un segundo plano por ayudar a los demás. He estado investigando un poco sobre lo que está sucediendo aquí — siguió—. Las mafias, la prostitución, etcétera… Y las últimas veces que hemos hablado por Skype no me has convencido nada de nada. Me vas a contar qué ocurre ¿verdad?
—Vale, te lo explicaré todo, pero antes déjame que te prepare un té.
Pensé que una infusión relajante me ayudaría a explicar con la calma necesaria la situación. Mi hija ya era adulta y podía entenderlo perfectamente.
Empecé a contar toda mi experiencia allí, con pelos y señales…
—¿Entonces Fred vive aquí con vosotras? —preguntó con los ojos bien abiertos, como solía hacer desde que era bien pequeña cuando el tema le interesaba de verdad.
—Sí, la mayor parte del tiempo.
—Me siento más tranquila —respiró profundamente.
Cogí su mano y la acaricié. Las tenía delgadas y cuidadas, con las uñas perfectamente arregladas con la manicura francesa. Eran manos de pianista, como las de John.
Estuvimos conversando durante horas hasta que cayó la noche sin apenas darnos cuenta.
Fred apareció cerca de las nueve.
—¡Courtney! ¡Santo cristo! ¿Cuándo te has hecho tan mayor? —la abrazó como si se tratara de su propia hija y le dio dos besos— ¡Estás preciosa!
—¡Cuánto tiempo sin verte, Fred! Debo decir que tú también estás fantástico ¡no pasan los años por ti!
—Díselo a mis cabellos blancos…
—Las canas hacen a los hombres más interesantes y atractivos, Fred — intervine— y con la edad se adquiere experiencia y sabiduría.
Mi hija me miraba extrañada y sonreía mientras Fred se retiraba para darse una ducha tras acabar la larga jornada.
—¿Qué pasa aquí, mami? —me dio con el codo en el brazo a la vez que guiñaba el ojo y hacía muecas graciosas con la boca —. ¿Me he perdido algo? ¿Te queda algún secreto por confesar?
Me daba una cierta vergüenza confesar ante mi hija que Fred me atraía más allá de lo que significa un amigo y que nos habíamos besado en alguna ocasión, aunque sin llegar a nada más. Por un momento pensé que estaba faltando al respeto y a la memoria de su padre.
—Verás, cariño… No hay nada, de momento. Sólo un pequeño acercamiento… Es pronto para…
—¿…Para sustituir a papá? Ambas sabemos que es insustituible, pero no cierres puertas al amor, mami —me rodeó con sus brazos y me besó en la frente ante una lágrima que desbordaba de mis ojos—. ¡Me encanta Fred para ti! ¡No desearía a nadie mejor!
—Es pronto para saber qué pasará. Ambos tenemos, ya sabes, reservas. Mi hija unió su cuerpo al mío con fuerza. No tuve que pedir su aprobación, supe enseguida que la tenía.
Esa semana, con mi adorada hija en casa, fue la más maravillosa que una madre podría soñar.