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Ya tenía catorce años cumplidos. En la aldea ya eran muchas las niñas que a esa edad se prometían para un futuro matrimonio, aunque ese no iba a ser mi caso.

Al no utilizar ningún tipo de protección durante el sexo me contagiaron una enfermedad de transmisión sexual llamada gonorrea que al principio me pasó totalmente desapercibida, hasta que empecé a tener fuertes hemorragias. Como sabía que no era posible un embarazo ya que nos inyectaban una sustancia mensual que según Puong hacía traer de Europa, supe que estaba enferma.

Le expliqué a Brandy, mi confidente, lo que me pasaba. —Te han pegado un bicho —soltó—, suele pasar.

—Y ¿qué hago? —respondí asustada al creer literalmente lo que me había explicado mi hermana, que una alimaña crecía en mi interior.

—Debe verte el médico —indicó—. Tranquila, es uno de los amigos de nuestro querido y asqueroso Puong. Vendrá, te dará la medicina y aquí no ha pasado nada.

Informé a mi amo y señor de lo que pasaba y me abofeteó. —¡Eso me va a costar mucho dinero! —gritó enfadado. —Lo devolveré todo señor Puong.

—No podrás trabajar en tres semanas, al menos.

—Puedo bailar, limpiar, lo que necesite señor —respondí para evitar que se enojara más.

Se fue blasfemando y vociferando. Al rato el doctor vino a verme y me recetó algo que ya traía con él, por lo que imaginé que mi situación no era nada que le sorprendiera. Las pastillas debía tomarlas durante catorce días y durante ese tiempo no debía tener contacto sexual con nadie. Eso me alivió pese a que supe que me costaría caro.

—No te olvides de tomar ninguna —me advirtió— sino no te hará efecto el tratamiento.

—Cuídate, hija.

Se marchó y volvió Puong.

—¿Sabes cuánto me cuesta tú broma? ¡Más de cien dólares! —Lo siento mucho señor… yo no quería…

—En cuanto te recuperes buscaré la manera de que me lo pagues ¡todo! Tragué saliva… ya nada podía ser peor que lo que hacía. Pese a estar indispuesta físicamente, quería sentirme fuerte mentalmente para poder soportar lo que me fuera a asignar el destino. Por desgracia estaba creciendo de la manera más espantosa que jamás hubiera podido imaginar.

Una vez terminado el tratamiento asignado por el doctor volví al «trabajo» con mis hermanas, a las que ya se había añadido alguna chica nueva.

Puong no se olvidó en ningún momento de la deuda que había contraído con él y sabía que tarde o temprano me la haría pagar.

Volví a dar servicios, no menos de ocho o diez horas diarias. Físicamente estaba todavía débil, sin embargo no se me permitía descansar tanto como a otras compañeras. Había días en los que acababa desmayada en la cama.

—Esta noche tienes un cometido especial —indicó Puong— al fin sacaré algo de provecho por ti.

Consulté con las chicas a qué se podía referir con lo del «cometido especial».

—No significa nada bueno, Moon —confesó Jessica—. Creo que podría referirse a tu puerta de atrás o algo peor.

Me estremecí ante la incertidumbre, pues no tenía ni idea de a qué se referían.

—Espero que no sea una sesión con «cruel Bill» —comentó Brandy— un sádico americano al que le gusta disfrutar haciendo daño.

—No me da miedo el dolor físico —confesé—, ya no tengo sentidos disponibles para eso. Estoy muerta en vida…

—No digas tonterías, Amanda —contestó Tina. —Soy y siempre seré Moon —puntualicé.

—Creo que hoy va a ser mejor que te tomes la pastilla que rechazaste la primera noche ¿recuerdas? —siguió Tina—. Créeme, la vas a necesitar.

Hasta Brandy asintió con la cabeza. Yo pensé que por una sola no iba a pasar nada.

Una hora antes del servicio especial me la tomé y… me sentí volar, no sentía dolor, no sentía nada en absoluto.

No era yo. Dejé de ser Moon para ser Amanda y me sentí totalmente fuera de mi ser; sin dolor; sin angustias… era algo parecido a la felicidad.

—Joder ¡cómo le ha subido! —exclamó Jessica a Tina—. Espero que se controle —les oí decir.

El día iba a terminar metida en una habitación del dolor con el tal Bill, al que llamaban el cruel.

Recuerdo vagamente cómo me ató a la cama con unas cuerdas muy rígidas. Primero me apaleó con una fusta dejando mi piel amoratada, después me mordió dejándome sus dientes marcados con sangre; introdujo en mi vagina diversos artilugios y finalmente me forzó hasta destrozarme. En ese momento no sentí nada. No fue hasta el día siguiente que noté el dolor del profundo desgarro que me había provocado. Tras varias horas de tormento me desató, me sentó en una silla y peinó mis cabellos como si nada hubiera ocurrido.

—Eres una linda muñeca de porcelana —besó mis labios delicadamente cómo si de Romeo se tratara y lamió la sangre que emanaba de ellos. Rozaba la psicopatía.

Después desapareció. Para entonces ya se me había pasado el efecto de la maravillosa pastilla que, a partir de ese día, iba a necesitar todas las noches.

Luego me enteré de que Puong le cobró más a Bill al ver el estado en el que me había dejado. Deseé que un rayo le partiera en dos y jamás se cruzara de nuevo en mi camino, sin embargo, vi en sus ojos que volvería más de una vez. Quise morir, de hecho, ya estaba muerta en vida.

10.