El lugar era, efectivamente, un restaurante. Al principio respiré aliviada pensando que haría tareas en la cocina o sirviendo mesas: sólo fue un espejismo que mi mente quiso imaginar.
En la parte de atrás del local, había un karaoke. Había oído hablar sobre este tipo de negocio, aunque en mi pueblo no había ninguno, pero sí sabía que la hija de una de nuestras vecinas, Kalliyan, trabajaba desde hacía años en uno de ellos en la misma ciudad donde yo me encontraba. Dejó la aldea y no la volvimos a ver y eso me hizo pensar que le iba bien.
—Quédate aquí, Moon —ordenó mi nuevo propietario— enseguida vendrán tus hermanas a conocerte.
¿Hermanas? ¿Querría decir compañeras? Me alegró saber que no iba a estar sola en esa nueva aventura y que habría más chicas como yo en ese lugar. Por un momento me emocioné.
Esperé diez minutos sentada en un mugriento sofá de estilo francés bastante destartalado. A mi alrededor se hallaban un par de micrófonos, una pantalla gigante y mesitas de cristal donde imaginé a los clientes tomando sus copas mientras cantaban.
¿Sería mi cometido amenizar las fiestas del local? ¿Limpiar vasos y servir bebidas? Me daba igual, iba a tener «hermanas» que cuidarían de mí: eso era lo único que me importaba.
Entraron varias chicas, todas ellas jóvenes, aunque no tanto como yo. —¿Tú eres la nueva? Bienvenida, me llamo Tina —se presentó una de ellas.
—Yo me llamo Chantrea —contesté—, pero todo el mundo me llama Moon.
—Tendrás que buscarte otro nombre —comentó otra de las chicas—. Aquí me llamo Brandy. A los extranjeros les gusta más que nos los cambiemos, no les gustan los de origen camboyano: suenan demasiado rústicos, además —siguió explicando— es una manera de diferenciar esta vida nueva de la anterior. Tina tampoco se llama así…
Se fueron presentando una a una: Tina, Brandy, Chantal y Jessica.
—No tengas miedo, mi niña —intervino Jessica—. Te explicaremos cómo funciona esto, pero antes debemos darte la ropa adecuada.
¿Adecuada para qué? Ellas iban vestidas con brillos, faldas cortas que dejaban ver su ropa interior y camisetas ajustadas que marcaban sus senos. Iban muy maquilladas, en exceso. Yo nunca me había maquillado y no hubiera sabido por dónde empezar.
—Tienes un cabello divino —Tina me los acariciaba con cariño—: volverás locos a los clientes.
Sonreí tímidamente por el cumplido, no obstante, no me imaginaba vestida y arreglada como ellas.
—Ven —comentó Brandy—, creo que tengo ropa de tu talla, te prestaré algo hasta que llegue tu uniforme.
Me fui con ella a una habitación, donde de unas barras colgaban unas perchas llenas de ropa del estilo que ellas llevaban: una indumentaria muy atrevida y que en mi poblado hubiera sido muy criticada.
Me vistió con un mini pantalón verde con lentejuelas y un top blanco tan corto que dejaba ver los marcados huesos de mis costillas.
Me maquilló con alegres colores; lo suficiente como parecer quien yo no era. Me peinó, cardó mis cabellos y con un aparato onduló las puntas.
—Ahora ya eres de las nuestras.
Me miré en el espejo y no me reconocí. Para todos, Moon había dejado de existir en ese preciso instante, excepto para mí.
—¿Cómo quieres llamarte? No puedes seguir siendo Moon aquí, al menos mientras trabajes.
—¿En qué va a consistir este trabajo? —pregunté curiosa e intuyendo la respuesta.
—Cariño… aquí nos acostamos con quien puje por nosotras: follamos ¿no te lo han explicado? Damos placer a los clientes, en su mayoría extranjeros. Somos putas… putas cautivas que no tienen capacidad para elegir ¿me entiendes ahora? —afirmó con dureza y con los ojos a punto de reventar a llorar.
Follar… Era la primera vez que oía esa palabra, sin embargo, la palabra puta tenía muy claro lo que significaba.
Mis lágrimas resbalaron estropeando todo el maquillaje.
—Te acostumbrarás —acarició mi rostro—. Siempre es mejor que estar en la calle, niña. Creo que un buen nombre para ti sería Amanda.
Asentí con la cabeza dándome igual el apodo a utilizar. Allí me llamaría como ellos quisieran, pero yo seguiría siendo Moon hasta la muerte.
Retocó de nuevo con unos polvos lo que mis lloros habían destrozado. Volvimos de nuevo a la sala donde me presentaron al resto de chicas que reían sin parar.
—Van drogadas —indicó Brandy—. A veces es necesario para poder soportar todo esto. Yo odio las drogas y mi truco, cuando me toca estar con algún cliente que no me gusta y que son la mayoría, es dejar la mente en blanco. No les gusta que lloremos —confesó—. A veces sólo quieren que bailemos, otras, que les besemos y, la mayoría de veces, que les follemos como si estuviéramos disfrutando, por lo que deberás aprender a fingir.
Callé de nuevo e intentaba asimilar la información que me estaban dando. No quería ser puta, tampoco drogarme ¡no quería vivir así!
—No quiero hacerlo. Prefiero servir mesas en el restaurante.
—No tienes elección, Moon. El señor Puong te ha comprado, como a todas nosotras. Hazme caso y obedece si no quieres que te muelan a palos — sentenció.
El dueño entró de nuevo y me miró de arriba a abajo.
—Habéis hecho un buen trabajo con ella —soltó satisfecho al ver el resultado—. Ha pasado de mocosa a glamurosa. Esta noche será la subasta y la quiero perfecta. Se marchó dejándome con mis hermanas.
Jessica me contó que la subasta era un ritual que se llevaba a cabo con todas las chicas nuevas que entraban y, que consistía en la venta de mi supuesta virginidad al mejor postor. Hacía ya días que se estaba anunciando entre los clientes de la parte de atrás del restaurante, la parte clandestina donde se ejercía la prostitución, se hacían trapicheos de todo tipo y por supuesto se consumían drogas, el tema de la subasta.
Apenas quedaban un par de horas para el anochecer y las chicas me daban ánimos, aunque yo estaba hundida… No iba a ser violada porque se suponía que yo estaba allí como una trabajadora más, pero lo era en toda regla. Iban a hacer conmigo lo que quisieran sin poder dar mi opinión ni oponerme, todo a cambio de un plato de comida, nada más.
—Tómate esta pastilla —sugirió Tina— te hará estar más contenta y olvidarte de todo.
Negué con la cabeza, no quise tomarla.
—¡No, Tina! —exclamó Brandy— ¡no le deis pastillas, coño! Sólo es una niña asustada. Pasará por esto como todas lo hemos hecho. Lo superará.
—Sólo es éxtasis. Le hará olvidar lo que pasará esta noche —respondió. —Estoy bien —mentí—. Lo haré. Sólo necesito relajarme un poco.
Volví a mi habitación, la que compartiría con Brandy, me senté en el suelo y recé pidiendo ayuda y fuerza a mis ancestros.