Un mes después, un hombre apareció por el refugio. Era una persona oscura, tosca, maleducada. En su rostro se podía leer la calaña de la que estaba hecho. Supe enseguida que se trataba de Puong y sentí una arcada con tan sólo tenerlo frente a mí.
—¿Qué quiere? ¡No puede estar aquí! ¡Llamaré a las autoridades! —Señora…
—Talbot. Ellen Talbot. Insisto en que se vaya. —Sólo quiero recuperar lo que es mío por derecho. —Usted no es dueño de estas chicas. Márchese. —Yo compré a esas zorras.
—¡Diana, llama a Fred inmediatamente! —grité con todas mis fuerzas. —Señora Talbot… me han costado mucho dinero y me deben millones de rieles.
—Si le pago yo esa suma ¿se marchará y no aparecerá por aquí nunca más?
—¡Fred viene hacia aquí! —informó Diana—. ¡Ni se te ocurra darle un dólar a este hijo de puta! ¡Lárgate, cabronazo!
—Son diez mil dólares americanos. Piénsenlo.
—¡Vete, bastardo! —Diana gritó con todas sus fuerzas portando un bate de béisbol que teníamos para defendernos.
—Sr. Puong, no voy a pagarle ni un centavo. Lo más probable es que lo invierta en destruir otras almas. ¡Váyase de mi propiedad!
—Aténganse a las consecuencias. Esto no va a quedar así.
El malvado ser se fue de casa. Le esperaban dos matones unos metros más allá que presumí eran sus guardaespaldas.
A los pocos minutos, extasiado, llegó Fred. Toda la calma que pude mantener hasta ese momento se disipó para dar paso a un fuerte ataque de
nervios.
—¡Nos ha amenazado! ¡Y creo que va en serio! ¿No sería mejor pagarle? —Si lo haces volverá a por más. Es una persona despreciable y no tiene palabra. ¡No puedes confiar en él! —replicó Fred.
—Tengo miedo. No sólo por mí, también por las chicas.
—Lo vigilaré de cerca y pasaré todo mi tiempo libre aquí, con vosotras. —No puedo pedirte eso, Fred.
—Ellen, insisto. Espero que tengas una habitación libre para mí porque voy a pasar muchas noches en esta casa. Necesitáis a alguien que vaya armado, por lo que pueda ocurrir…
—De acuerdo —me relajé un ápice.
—No quiero que salgáis solas y, si no hay otro remedio, que sea a plena luz del día. Evitad parajes solitarios. Esto es muy importante, Ellen.
—Por supuesto.
—Volveré más tarde. Traeré un par de cosas para instalarme ¿estás conforme?
—Sí. Muchas gracias.
—Lo hago por ti, ya lo sabes.
Me quedé sin palabras ante el maravilloso ofrecimiento de Fred y supe que su preocupación iba más allá de una simple colaboración con una pequeña ONG.
Esa tarde hablé con mis hijas y no quise comentarles nada de lo ocurrido… separándonos miles de kilómetros no quise preocuparlas innecesariamente. Sí les comenté que en breve íbamos a comenzar unos cursos, unos talleres profesionales para poder dar a las chicas una preparación de cara al futuro. Mi idea era poder formarlas y que pudieran trabajar en el sector del turismo pues Camboya está en auge como destino vacacional. También vendrían clases para mejorar el inglés, un idioma esencial para poder ejercer en hostelería, y que iba a impartir yo misma. Mi sueño era poder colocarlas a todas en un trabajo seguro para ellas y que se respetara su integridad física y moral.
Tenía ya a veinte bajo mi protección y pensaba seguir con esto hasta mi último aliento. Algunas de las chicas mayores decidieron marchar para no volver jamás.
Es duro decir adiós, sin embargo, ya con cierta edad, no podía obligarlas a permanecer en el refugio en contra de su voluntad. Fred incluso comentó que muchas de ellas están tan influenciadas por sus chulos, que tienen una
especie de «necesidad irrefrenable» de estar con ellos. Son dependientes y desvincularlas es muy complicado. Aun así, sabiéndolo, lo intentaba, pero cuesta mucho que confíen en una extranjera que les abre los brazos sin más; romper esa barrera es muy difícil.
No podía retenerlas, efectivamente, pero les indiqué que siempre que quisieran aprender y salir de ese peligroso camino, no dudaran en volver y serían bien recibidas.
Moon seguía pasándolo muy mal debido a su adicción, sin embargo, en dos días había cambiado bastante su actitud volviéndose algo más colaborativa.
Quería comprobar si su madre había muerto realmente… Moon tuvo un sueño y se le apareció. Esa era la prueba que tenía y ninguna más. Necesitaba cerrar esa herida. Su madre la maltrató y la vendió, como si de un saco de arroz se tratara.
Si aún estaba viva, era el momento de hablar y de perdonar. Era una cuestión de vital importancia para poder seguir adelante con su recuperación.
Moví algunos hilos a espaldas de Moon para confirmar si, efectivamente, su madre estaba muerta y esperé respuesta de algunos contactos.
La información de que disponía era escasa: únicamente el nombre de la aldea en la que vivió y un apellido, más que común en esa zona.
Fred, tal y como había prometido, se instaló y, ya dormí mucho más calmada sabiendo que se encontraba en la habitación de al lado.
Yo soy una mujer fuerte y decidida, aunque en esos momentos, la presencia de un agente de la ley armado me daba mucha más seguridad. Sabía que no podría contar con Fred a todas horas, sin embargo, lo que estaba haciendo por nosotras era impagable pues también él se estaba poniendo en peligro.
Diana entró en mi habitación.
—¡Ellen! ¡Moon no está! Entré a darle su medicación y no estaba en su cama. ¡No la encuentro por ningún lado!
Una sacudida me estremeció.
Busqué por todos los rincones de la casa y nada. Moon se había marchado. No dejó ni una sola nota, simplemente desapareció.
A las cinco de la mañana estábamos los tres, Fred, Diana y yo, tomando un té en la cocina.
—¡Es por las jodidas drogas! —exclamó Diana—. ¡Casi lo tenía superado!
—Poco podemos hacer en esta situación —intervino Fred.
—Moon es un caso especial para mí —se me escapó una lágrima—. Aún recuerdo sus ojos el día en que la rescatamos de las garras de ese malnacido. Sé que puede hacerlo… ¡Quiero salir en su busca!
—Ahora no, Ellen —dijo Fred—. No tenemos ni idea de dónde ha ido ni con quien está. Déjame que haga un par de preguntas por las calles y cuando tengamos alguna pista salimos a buscarla. Es peligroso.
Fueron pasando las horas y acabamos invirtiendo el día esperando junto al teléfono y vigilando la puerta por si alguien entraba.