En cuanto Moon se sintió más fuerte fui a hablar con ella. Ellen me acompañó para que no se sintiera incómoda por el hecho de estar sola ante un hombre, y con más motivo si se trataba un hombre occidental. Entendía perfectamente sus reservas y que, ni tan siquiera, quisiera acercarse a una persona de mi género… sólo había sufrido abusos y era totalmente comprensible.
—Soy Fred, no sé si me conoces. Soy amigo de Ellen —le ofrecí mi mano en señal de saludo. No la miré directamente a los ojos para no intimidarla… sabía que no confiaba más que en unas pocas personas.
—Lo sé. La señora Ellen me dijo que vendría a hablar conmigo —la miró buscando su aprobación mientras Ellen permanecía calmada asiendo su mano.
—Quiero que me cuentes todo, con todos los detalles que recuerdes, cuantos más mejor. Tengo algunas preguntas que hacerte y necesito que seas muy sincera. Quiero ayudarte. Debes confiar en mí.
Moon asintió.
En su rostro, a cada palabra que pronunciaba, se podían leer el daño y la tristeza que le producían sus vivencias. No debió resultarle fácil relatar cómo la violaban, torturaban y maltrataban…
Como hombre sentí rabia al ser conocedor del sufrimiento de esa pobre niña. Hubiera matado a ese malnacido con mis propias manos.
Como agente de la ley sabía que su historia contaba únicamente con una ventaja: si se entregaba, teniendo en cuenta que nadie la buscaba podríamos tener alguna posibilidad.
Marie redactó un informe médico en el que constaban las lesiones, no sólo las recientes, también las anteriores, para reforzar su defensa. Después de leerlo supe que ese cabrón estaba muy bien como estaba: muerto. ¿A
cúantas chicas les habría hecho lo mismo? ¿A cuántas se lo habría hecho ya? ¿Cuántas vidas se había encargado de destrozar?
Moon fue valiente y tomó la única decisión que podía: quitarle la vida antes de que él acabara con la suya. Sin embargo, aún debíamos decidir qué hacer. Su historia era sólida y en Estados Unidos hubiera salido libre, con total seguridad. En Camboya todo es distinto…
Tenía amigos en la policía y de hecho ya me estaban ayudando en el caso, sin saber de qué trataba.
Tras dos horas hablando con ella y ser consciente de sus evidentes nervios intenté tranquilizarla y le brindé mi ayuda.
Hacía días que investigaba a ese cabrón. Su historial delictivo no era para estar muy orgulloso: detenciones por robos, maltrato, peleas, pederastia… Era un personaje que debía arder en el infierno. Nadie le había echado de menos y no reclamaron ni siquiera su cuerpo.
Debíamos buscar como fuera a un testigo o al menos a alguien que quisiera hablar sobre ese oscuro personaje. No iba a ser fácil y seguramente sería como buscar una aguja en un pajar, pero teníamos que intentarlo.
Me armé de valor y quedé con mi buen amigo el capitán Chuong, un alto cargo del cuerpo de policía en Phnom Penh. En el pasado habíamos actuado juntos en decenas de redadas y lo consideraba un hombre sensato y legal. Chuong intentaba que todos los hombres que tenía a su cargo fueran como él, sin embargo, eso no siempre era posible. En muchas ocasiones algunos de sus subordinados caían en la trampa de aceptar dinero a cambio de favores. No era sencillo acabar con esa práctica en un país donde unos pocos rieles de más pueden marcar la diferencia. Pero él no era así y confiaba en su criterio para plantear el tema de Moon.
No sabía a ciencia cierta cuál sería su consejo o decisión o, quizá hasta me procesara a mí por ocultar a la chiquilla, sin embargo, debía correr el riesgo porque no podíamos seguir en esa situación.
Tal y como quedamos, me reuní con Nhean Chuong en el Café Francés para almorzar.
—Fred Wilson ¡qué honor! —chocamos nuestras manos—. ¿Qué tal va todo, amigo?
—Bien, como siempre. Con mil líos… —no quise hablar del asunto sin que hubiera, al menos, un poco de conversación previa…
—He oído que estás ayudando en casa de la Sra. Talbot y que está haciendo una gran labor. ¡Necesitamos personas como ella aquí! Además, me
han contado que es bella y que está disponible…
—¡Nhean! ¡No has cambiado nada! Lo intentaste con tu hermana, tu vecina… ¿seguro que no te has equivocado de profesión? —reímos ya que Nhean siempre intentaba emparejarme con alguien, sin éxito…
—¡Dos cervezas! —indicó al camarero— Y algo para comer: estoy hambriento.
—Yo también, la verdad.
Estuvimos largo rato charlando sobre nuestras vidas. Nhean llevaba la voz cantante pues estaba muy contento; su hija mayor iba a contraer matrimonio pronto y, tanto él como su mujer, estaban deseando ser abuelos. La confianza que nos teníamos hacía posible que la conversación fluyera hacia temas personales la mayor parte del tiempo, aun así, mi cometido ese día era otro.
Introduje la cuestión de la forma más sutil que pude…
—Amigo ¿recuerdas hace unos días que te pedí los informes sobre el chulo al que hallaron muerto en aquel cuchitril del centro?
—Sí… Esa escoria. Me acuerdo, como no hacerlo —torció el gesto en señal de desagrado.
—Escucha con atención, tengo algo importante que decirte sobre este caso.
—Lo que quieras, amigo, pero está bajo investigación, aunque sin pistas se cerrará pronto…
—Sé quién lo mató.
Chuong me miraba y no articulaba palabra, esperando más información por mi parte…
—Es una de las chicas que está en la casa de Ellen, bajo nuestra protección —seguí—. Quiere entregarse, pero tiene miedo. Lo mató en defensa propia, pero no hay testigos ni pruebas a su favor…
Le expliqué todos los detalles de la historia. Chuong cambió su semblante divertido para convertirse en el capitán de la policía del lugar, el que lleva toda la vida luchando contra el crimen, la pederastia y la trata de blancas.
—Debe acudir a comisaría y entregarse —intervino muy serio.
—Lo sé y por eso he quedado contigo. Justificaremos el maltrato físico al que la sometió. ¡Casi la mata! ¡Tuvo que defenderse!
—Hace muchos días de este suceso. ¿Por qué no se ha entregado antes? ¿Por qué lo hace ahora?
policía. Ahora lo hace porque sabe que es lo correcto. Es una buena chica, no podría vivir con ello.
—Lo haremos a mí manera: tráela el viernes a primera hora; yo mismo le tomaré declaración y veremos qué puedo hacer. No te prometo nada, Fred.
Era miércoles y tan sólo disponía de dos días para decidir si entregarla o esconderla, pero enseguida pensé que lo más sensato era entregarla a las autoridades.
Nos marchamos y, de forma tensa, mi amigo me estrechó la mano y se despidió: