Tras hablar con el señor Wilson y con la señora Ellen me sentí un poco más relajada. No resultaba fácil abrir mi alma herida, pero sentía que estaba haciendo lo correcto y, aunque me costara la cárcel, peor prisión era mi vida.
Ellen vino a buscarme a la habitación.
—Tienes una visita, Moon —sonrió—. ¿Puedes bajar a la sala principal? La miré desconcertada. No tenía ni idea de quién podía venir a verme, no obstante, la sonrisa de Ellen me hizo sentir curiosa. Mientras bajaba los escalones hasta el lugar del encuentro iba pensando que quizá podría tratarse de alguna de mis «hermanas», de las que no pudimos rescatar.
—Hola, Moon…
—¿Munny? ¿Qué estás haciendo aquí?
—Os dejo solos —Ellen desapareció como el humo, con prisa y dejando el rastro de su agradable perfume en el ambiente. Nos dejó frente a una mesita con té y sabrosas pastas dulces.
—Quería verte… Te marchaste así, de la noche a la mañana… Estamos preocupados por ti.
—¿Cómo has sabido…
—¿…dónde estabas? El mundo del tuc-tuc es pequeño. Sólo tuve que hacer unas preguntas por el barrio. No siempre hay chicas guapas a las que transportar.
Me sonrojé, sentí como mis mejillas ardían con el comentario de Munny. ¿Tu hermana y el bebé están bien? —pregunté intentando mantener un tema de conversación ajeno a mi persona.
—Sí. Quiere agradecerte lo del dinero. ¿Por qué huiste así? —Verás Munny, no soy quien crees. He hecho algo…
—…Quiero ayudarte. Sé de dónde venías el día que te recogí —un silencio se cruzó entre nosotros—. Vi rastros de sangre en tus ropas y sé lo
que ocurre dentro de ese edificio. Luego me enteré de que hubo un asesinato. Sé que fuiste tú, Moon.
Agaché la cabeza, avergonzada, y me puse más triste si cabía.
—Yo hubiera hecho lo mismo —siguió—. Hay algo que no te he contado.
Volví a mirarle.
—Mi hermana también pasó por ello. No hizo falta preguntar a qué se refería.
—No sabes nada de mi vida, Munny. Voy a entregarme a la policía. No soy una asesina.
—Sé lo que necesito saber. Cuando vivíamos en Siem Reap, Chenda fue captada por una red de pederastia; tan sólo tenía quince años —Munny sudaba mientras me contaba su historia—. Nuestros padres habían muerto y tenía que sacarme adelante. No sé cómo pudo salir de allí con vida… Aún conserva cicatrices y tiene pesadillas. Huimos a la capital y montó la pequeña tienda. Luego encontró a su alma gemela, que nunca supo de su pasado, ni lo sabrá; se casaron y nació el niño. Hace muy poco que me lo contó. Yo era pequeño y quería darme un futuro.
—Munny…
—El tipo que mataste era un malnacido… Siempre trabajo en esa esquina y lo veía actuar. Además, sé que tenía retenidas a más chicas. Yo mismo le hubiera quitado la vida. Su actitud era una deshonra para este pueblo ¡no todos somos así!
Ellen entró de nuevo en la sala.
—¿Qué tal va chicos? —Ellen interrumpió nuestra conversación. Imaginé que con el ánimo de comprobar si yo estaba bien.
—Señora Talbot —Munny volvió a saludarla. —¿Y bien? —preguntó Ellen.
—Moon me ha explicado lo que piensa hacer —Ellen miró extrañada a Munny—. Creo que puedo ayudar… Conozco el barrio y a otras chicas que han estado bajo el dominio de ese cerdo. Quizá quieran declarar a su favor.
—No quiero que te pongas en peligro. Ni tú ni Chenda, ni el niño —dije con los ojos llorosos, emocionada ante el ofrecimiento de mi amigo.
Sabía con toda certeza que, sin un testigo ni pruebas a mi favor, acabaría muriendo en la cárcel. Valoraba mucho que Munny se ofreciera a ayudarme, sin embargo, no quería que sufriera las consecuencias.
beneficiará, seguro —Ellen intentaba convencerme—. Por supuesto si se decide a colaborar contará con nuestra protección, no lo dudes ni por un instante.
—Moon, puedo y quiero ayudarte ¡no pienso permitir que acabes en una prisión y que te coman las pulgas!
Tras un buen rato de conversación decidí que lo pensaría. Ellen estuvo de acuerdo.
Munny se marchó y me retiré a mi habitación.
Tengo que reconocer que fue un bonito detalle que se presentara en casa y me abriera su corazón. Me fiaba de él y eso que era un animal tan herido, que me costaba mantener la mirada fija en algún otro ser humano que no fuera Ellen o alguien de su entorno. Pero viendo sus ojos podía ver con claridad su alma y ésta era totalmente pura.
Munny era distinto. Transmitía calma, verdad, sinceridad y consuelo. Después de lo que me contó supe que nuestras vidas estaban conectadas de algún modo y en nuestro destino estaba escrito conocernos.
Esa noche salí al porche a contemplar las estrellas. Quería pensar y sólo podía concentrarme mirándolas. El pequeño Max se estiró y apoyó su cabeza en mis pies.
—Sólo se te acerca a ti, Moon —Ellen salió con una infusión en la mano, como solía ser costumbre en ella—. Le gustas.