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Tras explicarles a mis hijas todo lo que estaba organizando sólo obtuve aprobación y admiración a partes iguales. Tal y como intuía, ellas prometieron colaborar tanto como les fuera posible ¡ya estaban peleando a ver quien venía primero!

De hecho, ambas son chicas muy comprometidas, desde siempre… Aún recuerdo cuando con quince años organizaron unas jornadas benéficas, rifas y demás, en favor de los niños más desprotegidos de américa. Me sentí muy orgullosa de ellas.

Conocí al novio de mi hija. Nacido en los Estados Unidos e hijo de una importante familia japonesa. Sus padres tenían negocios en el sector de la electrónica. La verdad es que el chico era lo que se dice un «buen partido», aunque lo que realmente me importaba es que amara a mi hija. Hayley es una chica enamoradiza, sin embargo, no es para nada era la típica que presentaba a sus novios a la primera. En realidad, excepto George, un chico con el que salió unos meses en el instituto, no había conocido a ninguno más. Hikaru se veía un chaval inteligente, deportista y muy sano. Me gustó y lo que más me emocionó era lo bien que la trataba: quería un amor para ellas como el que yo había tenido con John.

Courtney era otro cantar, lo que se dice un alma libre. Salía con chicos, no obstante, no buscaba nada serio. También lo veía normal, dada su juventud y carácter independiente.

Esa misma noche cogí el vuelo de vuelta a casa. El siguiente paso iba a ser reunirme con más personas entendidas en el tema y viajar a Camboya tan rápido como fuera posible.

Llegué a casa y Max y mi hermana me esperaban encantados.

El pequeñajo vino hacia mí moviendo esa colita tan rápido que se oía hasta un zumbido: ya no me lo quité de encima casi hasta la mañana

siguiente, pues le había cogido el gusto a dormir en mi habitación y, ese día como excepción, en mi propia cama. Supongo que, a su manera, echaba de menos a su mamá…

Mi hermana seguía en busca y captura de un nuevo marido, aunque no lo verbalizara: la conocía lo suficiente como, para sin pronunciar palabra, saber lo que se cocía en su cabeza. La pista definitiva fue que se había apuntado a un crucero con otras amigas divorciadas… Yo fui invitada, por supuesto, pero dado que nuestros intereses eran totalmente opuestos, amablemente rechacé la invitación.

Me iba a quedar de nuevo diez días sola, pero mi agenda estaba tan apretada entre reuniones, papeleos, etc. que no me importó. Unos meses atrás hubiera significado otra cosa bien distinta.

Al fin llegó el día de la cita con Marie, mi amiga médico de la ONG, y aproveché para preparar mi famoso asado para cenar. Caí en la cuenta de que no lo cocinaba desde que John murió… era uno de sus platos preferidos. Me entristeció y pensé que debía hacer estas cosas más a menudo para tratar de normalizarlas. Además la cocina me relajaba y podía pensar con tranquilidad cuando estaba entre fogones.

Preparé la mesa con esmero, tenía ganas de este encuentro pues ella me iba a proporcionar muchos contactos e información valiosa.

Marie llevaba muchos años en esto. De chiquillas las dos estuvimos en un campamento y allí empezó a forjarse nuestra amistad. Ella tenía clarísimo que se iba a dedicar a lo que realmente quería, que era ayudar donde más se la necesitara y así ha sido. El peaje, sin embargo, ha sido demasiado alto ya que no ha podido tener una familia; los continuos viajes a los rincones más recónditos del mundo se lo han impedido. Tampoco la veía ligada a una sola pareja y sentando un «campamento base» definitivo. No me hubiera cambiado por ella, pero sentía una envidia sana por haber cumplido su sueño: hacer lo que realmente el cuerpo le pedía.

Tras nuestra larga cena donde estuve comentando todo mi plan con pelos y señales, Marie me animó. Es más, se ofreció a colaborar en la medida de lo posible y era maravilloso poder contar con una doctora en la plantilla.

No me podía creer que tuviera a todos los astros de cara. Estaba resultando sencillo encontrar los apoyos necesarios para llevar a cabo mi proyecto. Free Women pronto iba a hacerse realidad.

A la mañana siguiente me contactó una mujer australiana que vivía en Phnom Penh y que lideraba allí un proyecto con niños. Me habló de la

delicada situación política y social que está sufriendo el país; de la sensible economía y cómo no, me habló de la explotación de la mujer.

—Sra. Talbot, esto no deja de ser muy arriesgado —intervino tras exponerle una idea general del proyecto—. Conviene que tenga alianzas con personas locales y prepárese para lidiar con una mafia muy peligrosa. La prostitución infantil no está permitida, pero le aseguro que miran hacia otro lado: este es un negocio muy lucrativo del que mucha gentuza saca partido. Quiero que sepa que también hay policía corrupta y estará usted muy expuesta. Aquí la vida no es fácil.

Hablamos largo y tendido y me dio muchísimos detalles y consejos, algunos de ellos me aceleraron el pulso, pero ya sabía al menos por dónde empezar a investigar. Sentía miedo, sobre todo a lo desconocido, y un profundo respeto, sin embargo, nada iba a suponer una barrera.

Recordé que uno de los mejores amigos de mi marido y también de la familia trabajaba en el FBI: Fred. También le contacté, pues él había operado en Asia en diversas ocasiones. Si la pederastia de por sí me daba asco, ser conocedora de que muchos de estos delincuentes son compatriotas míos, me asqueó todavía más. Muchos de estos monstruos son felices padres de familia y llevan una vida normal… No puedo ni quiero entender por qué sus bajos instintos les llevan a cometer ese tipo de delitos con los más frágiles: los niños.

17.